VIDA Y VIAJES DE UN GILIPOLLAS: VERDÚN

Preámbulo

Escribo este tercer libro de viajes con cierto desasosiego. En este volumen se narran aventuras dentro de un marco histórico terriblemente trágico para la humanidad: La Primera Guerra Mundial.

Al igual que la Segunda y cualquiera otra de las guerras que han sacudido al ser humano a lo largo de la historia, no son más que el resumen de lo peor que nuestra especie ha ido dejando como legado a las generaciones sucesivas.

No conozco un solo día a lo largo de mi vida, y ya peino canas, en los que no se haya desarrollado alguna guerra en algún lugar del mundo. Debe ser que esa horrible actividad es intrínseca al ser humano o que, como todo en esta vida, es un modelo de negocio basado en la trituración de pueblos enteros a cambio de enormes beneficios para quien sabe situarse en el lado adecuado.

Cuando el sufrimiento, el dolor, el salvajismo, la miseria y la muerte enlutan la memoria de la humanidad, es estéril intentar presentar estos acontecimientos como algo romántico o heroico y mucho menos pretender maquillarlos con toques de sátira o humor. Sin embargo, para un escritor que cultiva el difícil arte del relato humorístico, el enfoque debe ser distinto. Es realmente difícil desnudarse de toda ética para inventar situaciones divertidas en donde éstas no pueden producirse de ningún modo.

En todo caso, no es mi intención hacer broma de unos acontecimientos que colmaron de muerte y horror a todo el mundo.

Admito que he de narrar situaciones horrendas sin maquillarlas. El sufrimiento vivido por quienes lucharon debe ser respetado sin entrar tampoco en detalles demasiado escabrosos, como corresponde a un relato que pretende hacerse desde un enfoque más o menos cómico. Pero me disculpará el lector si el texto está plagado de escenas horrendas e impropias de una narración que pretenda ser humorística. Sin embargo, no sería justo con aquellos pobres seres no describir, suavemente pero con realismo, lo que tuvieron que soportar.

Sirva este humilde relato como homenaje a todos aquellos que perdieron sus vidas y sus almas en los campos de batalla, las ciudades, los hospitales de campaña…

Espero que el lector tome esta narración como un alegato antibelicista, en tono de sátira y que sirva para que nunca más tengamos que soportar una afrenta semejante ante nuestra conciencia como humanidad.

Aunque mis libros no pretenden ser un referente histórico ni se corresponden estrictamente a la realidad de los acontecimientos, sí que tengo la tarea de documentarme ligeramente acerca del marco en el que se mueven mis personajes.

Para escribir este libro me ha resultado tremendamente difícil abstraerme de los horrores que he consultado en archivos históricos, documentales, testimonios de los supervivientes…

Realmente he llegado a dudar si escribirlo o no. No se trata de una narración que presente a héroes, hazañas, desfiles de soldados valientes al son de timbales, brillantes trompetas y rutilantes banderas.

Al final, un soldado es un ser que mata para vivir, que soporta el hambre, el agotamiento, el frío, la miseria, el miedo… Se convierte en una especie de máquina procesadora de horror, dejando su conciencia en segundo plano para analizar las circunstancias en otro momento en el que la propia vida no sea la preocupación número uno. Así de simple e igualmente así de espantoso.

Tanto se ha escrito en tono de horror acerca de esta atrocidad que tal vez se nos haya endurecido el corazón de tanto acostumbrarnos al espanto. A ver si haciéndolo satíricamente se nos reblandece un poco.

Pero yo no quiero retratar, más allá de lo soportable, barbaridades, calamidades, horror… Eso es lo fácil cuando se trata de escribir cómodamente sentado acerca de acontecimientos que ocurrieron hace cien años con la intención de sobrecoger el espíritu del lector.

Yo lo que pretendo es ridiculizar aquello a los que unos pedantes llaman “el arte de la guerra” y que es al arte lo que el canibalismo a la gastronomía.


Juan Vicente Sánchez Díaz.