Capítulo 9

El capitán Kagüenlaputen

Caminamos en formación tras nuestro capitán Von Kagüenlaputen. Un hombre ya entrado  en años, gordinflón y de una estatura demasiado pequeña para lo que debe ser un capitán como Dios manda. Pero tiene más mala leche que una diarrea con tos. Sus botas le quedan  demasiado grandes para sus rechonchas piernecillas y le llegan casi hasta las nalgas. Por su aspecto todos le llaman “El Culo con Botas”.

De camino a lo que debe ser el frente observo con espanto miles y miles de obuses almacenados en montones correctamente ordenados, cañones nuevecitos y enormes junto a ellos. Cajas y más cajas de madera que deben estar repletas de munición. Todo está dispuesto ya para la carnicería en la que se van a convertir estos parajes.

Seguimos caminando y el paisaje no cambia. Bajo el sol brillan las bombas y los cascos de los soldados que las custodian.

El capitán ordena que detengamos la marcha.

–A partir a ahora deben ustedes guardar un riguroso silencio. Los franchutes no saben que estamos preparándoles una jugarreta y no deben sospechar nada. Al primero que abra la boca le vuelo las pelotas. ¿Estamos? –

A mí no  me interesa continuar con esta gente. Creo que lo mejor será presentarme al coronel. Desde su puesto de mando me será más fácil encontrar al puñetero abuelo del coronel Von Stupiden.

Me acerco al capitán.

–Mi capitán, yo no pertenezco a esta compañía. Soy mensajero y tengo órdenes de presentarme al coronel Schürzenjäger.

–¡Sabía yo que tarde o temprano tendría bajo mis órdenes a un auténtico gilipollas! –

Me quedo estupefacto.

–Efectivamente lo soy, mi capitán ¿Cómo lo ha adivinado? –

–¿Acaso no me acaba de oír lo que acabo de decir de no abrir la boca y guardar riguroso silencio? –

–Sí. Pero yo no estoy aquí para hacer de mimo. Necesito contactar con el coronel, ya se lo he dicho. –

El tipo está furioso. Una vena se le hincha en el cuello. No está acostumbrado a que se desobedezcan sus órdenes. Durante un instante no sabe qué decir. Piensa y piensa hasta estar a punto de que se le abolle el cerebro. Al final es él  mismo el que no respeta el silencio ordenado y grita como sólo un oficial alemán sabe hacerlo.

–¡Hijo de perra! Me voy a encargar personalmente de que esta guerra sea muy corta para usted. – me grita mientras arroja su gorra de oficial al suelo convertido en una sopa de barro y nieve.

–Pues no sabe lo que se lo agradezco, mi capitán. Tengo unas enormes ganas de regresar a casa cuanto antes. –

El tipo intenta sacar su pistola tan apresuradamente que no acierta a desenfundarla. Al final se dispara un tiro muy cerca de su pie derecho. El sonido del disparo retumba en todo el prado.

–¡Que alguien me preste su fusil! –grita a la tropa– Yo a este gilipollas me lo cargo aquí mismo. – Aúlla como un demente.

Un pequeño coche aparece providencialmente. De él se apea el coronel en persona.

–¡capitán Kagüenlaputen! Creí que le había dejado bien claro que nada de ruidos y usted está montando un circo con mascletá y toda la pesca. Si le parece a usted bien, invitamos a un coro con la banda de música y toda la parafernalia ¿Se ha vuelto usted loco? –

El capitán se cuadra militarmente ante su superior.

–Es este tipo, Her coronel. Debe ser el gilipollas más grande de todos los tiempos. –

–Yo sólo le he oído a usted berrear y disparar. Como me toque más los cojones le degrado a cabo furriel y se va a hinchar a limpiar letrinas ¿Comprendido? –

–Al Culo con Botas le están dando lo suyo.–murmura un soldado detrás de mí.

Veo mi oportunidad.

–Mi coronel–me cuadro ante él – Se presenta el soldado Johann Vincent Gillempollenn, del Segundo Pelotón de Comunicaciones. Tengo órdenes de ponerme a su servicio para actuar como mensajero  y todo lo que usted ordene. –

Aparta la vista por un momento del capitán y clava sus ojos fríos y azules en los míos. Verdaderamente acojona este individuo

–¿Y quién le ha dado a usted vela en este entierro? ¿Acaso no ve que estoy hablando con un oficial? –

–Y yo que sé. Ya le ha dicho el capitán Culo con Botas que soy gilipollas. –

Al capitán le da un síncope. Su cara parece un pantone de colores que no para de cambiar de un tono a otro. Recoge su gorra llena de barro y se la coloca en la testa. La tropa estalla en una ruidosa carcajada.

–¡Perfecto! – grita el coronel– Si quieren les decimos personalmente a los franceses que estamos aquí. Pero que no se preocupen, que sólo hemos venido a hacer botellón. –

El capitán ha conseguido sacar su pesada pistola de su funda y me apunta con ella.

–¡Basta! – grita el coronel– ¿Qué clase de tropas me ha enviado el Káiser? ¡Una pandilla de locos indisciplinados! ¡Así no se pueden ganar guerras mundiales! –

Todos permanecemos firmes como clavos.

-Capitán, le ordeno que vaya a su posición asignada y deje de hacer el ganso. No quiero oír ni siquiera un solo pedo. El enemigo va a terminar oliéndose la tostada gracias a su ineptitud. –

Una gota de sudor se escapa de la frente de Culo con Botas mientras no deja de observarme con mirada asesina.

–Venga conmigo– me dice el coronel– Seguramente tenga mucho trabajo para usted. –

Subo al coche con el jefe. El conductor arranca el vehículo mientras oigo perfectamente al capitán dar órdenes a su compañía.

–Ya han oído al Her coronel. Ni un pedo. Vacíen sus tripas antes de que ronroneen. Todos a cagar. ¡Ar!. –

Circulamos por un bosquecillo repleto de más obuses, municiones y soldados. En él hay una casita de piedra en el que el coronel ha instalado su puesto de mando. A pocos metros puedo ver a unos soldados terminando de construir una de las famosas trincheras en las que se desarrollará la batalla.

Por toda la campiña puedo divisar incontables surcos de trincheras y alambradas de acero y espino. Nubecillas de vapor escapan de las cocinillas de petróleo en donde los soldados se calientan la comida.

El sol ha desaparecido. Cae ligeramente un aguanieve sobre nosotros. El agua chorrea de los cascos y sentimos un frío inhumano por todo el cuerpo. Las gotas caen mojándonos las manos y el rostro salpicando nuestras armas, las latas de munición y comida.

Nadie me ha dado permiso pero entro en el Puesto de Mando para protegerme de la lluvia.

Sobre una mesa de madera hay extendidos varios mapas. El coronel habla con tres de sus oficiales más próximos.

–Esta maldita nevada ya nos está retrasando el ataque más de lo previsto. Hoy debería haber empezado la fiesta y aquí estamos, cubiertos de nieve hasta los cojones y esperando que escampe y mejore el tiempo –

–Her coronel– dice uno de los oficiales– Vengo desde el puesto de mando del general Olen Mishuevën. Me temo que tengo malas noticias. –

–¿Qué ocurre, capitán? ¿Acaso los franceses ya se han rendido y nos han jodido la verbena? –

–Algo mucho peor. Un pequeño grupo de alsacianos del Regimiento de Infantería 143 ha desertado y se ha pasado al enemigo. Probablemente, a estas horas los franceses ya saben que estamos aquí para darles lo suyo. El factor sorpresa se ha esfumado.–

El coronel da un tremendo puñetazo a la mesa y uno de los mapas vuela hasta el suelo.

–¡Maldición! – grita como un becerro en celo– ¡Que fusilen inmediatamente a todos los oficiales de ese regimiento. A la tropa hay que atarla en corto. ¡Desertores traidores, lo que nos faltaba!–

–Los oficiales ya han sido trasladados a retaguardia para someterlos a un consejo de guerra. A estas horas deben estar ya colgado de algún árbol. – dice el capitán con toda naturalidad.

–Bueno, no importa– ahora el coronel habla con más tranquilidad– Los franceses no tienen tiempo para traer más tropas. Al margen de que ya conocen nuestros planes por culpa de esos traidores, poco pueden hacer. En cuanto el tiempo mejore y reciba las órdenes del general Otto Kapüllen, les liquidaremos a todos. –

De pronto, un teniente repara en mi presencia.

–¿Usted que hace aquí? ¿No sabe que hay que pedir permiso para entrar en el Puesto de Mando? –

–Sí, pero fuera está lloviendo el agua más fría que he visto en mi vida. –

–¿Y qué? ¿Teme acaso que se le hielen los huevos y tengamos que amputárselos? Estoy dispuesto a hacerlo ahora mismo si no se larga inmediatamente. – Saca su reluciente pistola Luger de la funda y me apunta con ella a la entrepierna.

Verdaderamente, este tenientillo de tres al cuarto es un auténtico ejemplar de jefecillo endiosado.

–Déjelo, teniente. Este es el soldado Gillempollenn, mi enlace de comunicaciones. Puede que me sea útil si usted me lo conserva intacto para corretear por las trincheras. 

Ese imbécil enfunda su arma de nuevo y aparta su mirada de mí con tanto desprecio como si hasta ahora hubiese estado observando una mierda.

Me siento en cuclillas en un rincón. Los oficiales siguen discutiendo los detalles del inminente ataque. Tras un buen rato, el coronel se dirige a mí. Me pongo firmes tan rápidamente que un observador poco avezado juraría que tengo un resorte en el trasero.

 Gillempollenn, el ataque se producirá muy pronto. Necesito que vaya al 18º Regimiento de Fusileros. Esos capullos tienen una banda de música. Traiga a un corneta. Lo necesitaré para dar la orden de ataque y que se enteren los artilleros de cuando iniciar el fuego.–

–A sus órdenes, Her coronel. ¿El corneta debe saber solfeo o basta con que sepa tocar de oído? – estoy decidido a demostrarle que soy de lo más eficiente a la hora de cumplir una orden.

Me mira de arriba abajo. Durante un momento duda de haber entendido una palabra de lo que le he dicho.

– Probablemente el capitán Kagüenlaputen tenía razón y sea usted un gilipollas de primera. – me dice en voz baja. Pero inmediatamente parece que le haya picado un tábano en un testículo porque grita como si pensase que el resto de la humanidad fuese sorda.

–¡Cumpla mis órdenes! No me importa si el jodido corneta se sabe de memoria las sinfonías de Beethoven. Con que sople y haga sonar ese chisme, me sobra. –

Ahora pienso que ha sido un acierto que el teniente coronel Von Stupiden me haya destinado a un pelotón de comunicaciones. Podré moverme libremente por todo el frente hasta que encuentre a su abuelo.

Salgo al exterior. No tengo ni puñetera idea de dónde pueda estar acampado el 18º de Fusileros. Las trincheras son un laberinto estrecho y agobiante. Pero están muy bien construidas. Tienen un lecho de cemento, buenos parapetos y una inmensa cantidad de sacos terreros para proteger a los hombres.

Muchos soldados están sentados en el suelo cubiertos con mantas impermeables. Apenas se puede andar entre ellos sin pisarles. Unos dormitan bajo la llovizna, otros beben y fuman cigarros de marihuana mientras juegan a las cartas con los naipes mojados. Pero todos permanecen en discreto silencio. Algunos de los más novatos no pueden disimular su miedo y lloriquean.

Me acerco a un cabo muy joven que tirita de frío sobre un montón de sacos.

–¿Sabes dónde está el 18º Regimiento de Fusileros? –

–Sí, claro. Apenas sé dónde estoy yo como para saber dónde están esos. ¿Por qué no le preguntas a un guardia urbano? – me contesta con muy pocas ganas.

Otro cabo, de unos veinte años se acerca a mí.

–¿Para qué quieres saberlo? –

–Tengo órdenes del coronel para presentarme al oficial que esté al mando. ¿Contento, cabo? –

Se quita un momento el casco y se rasca la cabeza.

–Está lejos. Sigue por aquí y después toma la trinchera de la derecha. Debes seguir en dirección oeste hasta que veas a los zapadores terminando de construir un cobertizo para colocar ametralladoras. Verás a unos soldados completamente zarrapastrosos y borrachos, como de costumbre. Son ellos. –

–Gracias. –

Verdaderamente son agobiantes estos lugares por debajo del nivel del suelo y repletos de soldados. Todas las trincheras parecen iguales y hasta dudo de estar dando vueltas y retornando al punto de partida.

Un sargento está agachado en cuclillas leyendo el periódico francés Le Monde. Pero tiene poco interés en la lectura. Se incorpora a medias y se limpia el culo con una de las páginas.

–Estos franceses no saben ni escribir. – me explica mientras se sube los pantalones.

–¿Sabes leer francés? – le pregunto.

–No. Pero ni falta que me hace. Mi ojete tampoco sabe. Pero el papel que usan es de lo mejor para limpiarlo. No raspa las almorranas como  el nuestro.–

Sigo adelante. Tras una buena caminata por el interior de las trincheras, por fin llego a la posición del 18º de Fusileros.

Un subteniente de Zapadores permanece en pie y con los brazos en jarras observando el trabajo de sus hombres.

–A sus órdenes, Her subteniente. Se presenta el soldado Gillempollenn. – le digo al llegar a su altura y entrechocando mis talones tan eficientemente que suenan como petardos.

–Mucho gusto en conocerle, soldado. – me contesta irónicamente. – Ahora hágame el favor de largarse con viento fresco por donde ha venido. ¿O acaso es usted un jubilado que viene a criticar las obras como acostumbran a hacer esa gente? –

–Nada de eso, mi suboficial. Tengo órdenes del coronel Schürzenjäger para presentarme al coronel del 18º de Fusileros y escoger al mejor corneta que tengan en la banda. Me han asegurado que esos tipos están por aquí.–

–¿A sí? ¿Y quién es usted? ¿Un director de orquesta? ¿No se ha enterado de que el mundo entero está en guerra? –

–Mire, no tengo tiempo que perder. ¿Sabe dónde están o no?. –

Señala hacia un punto fuera de las trincheras en nuestra zona ocupada. Sin despedirme siquiera de este tipo, me dirijo veloz hacia la dirección que me ha indicado. Pero, tras unos pasos, resbalo en el barrizal y caigo dentro de otra de las zanjas.

Dos soldados que están dentro, y tan asustados como yo, me apuntan con sus fusiles. Tiemblan. Pero no sé si de miedo, frío o ambas cosas.

–¿Qué haces aquí? – me dice uno de ellos al que no le ha dado tiempo ni de ponerse el casco y lleva una especie de braga militar en la cabeza.

–Busco a vuestro coronel. Vengo del puesto de mando. Cumplo órdenes del coronel Schürzenjäger.

Schürzenjäger ¿Quién es ese? No lo conocemos. –

–Es el jefe de este sector. – contesto pronunciando bien claro la palabra “jefe” para darme importancia.

–Seguro que se lo está inventando. Nadie tiene huevos de llamarse tan raro. – dice el otro. – A ver. Repítelo. –

Schürzenjäger.

–Ah, pues sí. Lo ha dicho otra vez y sin trabucarse. Debe ser cierto.–

Pero el otro soldado sigue desconfiando.

–No. Todo el mundo sabe que nuestro coronel tiene más medallas y heridas de guerra que las que pueda tener el tuyo. ¿Cómo puede ser el fulano ese el jefe del sector? ¿Insinúas que nuestro coronel es un paleto al que le da órdenes un ese tipo con el nombre tan raro?  –

–Dejaros de tanta filosofía. ¡Y yo que sé!. ¿Dónde puedo encontrar a vuestro oficial al mando?–

Bajan sus armas y me ayudan a ponerme en pie.

–Nuestro capitán, her Mëpi Kalcülenn está en su cobertizo. Pero ten cuidado. Es un hombre imprevisible y podría molestarle tu simple presencia. Hay quien asegura que se ha vuelto loco. Otros, sin embargo, juran que ya lo estaba antes de venir a esta mierda de guerra mundial.–

Señalan hacia la derecha en la propia trinchera en la que nos encontramos. Camino unos metros y tomo varias curvas. Esta zanja es sinuosa como una serpiente. Por fin encuentro al fulano bajo una chapa de zinc. Ha improvisado unos camastros con los sacos terreros y está tumbado boca arriba junto a dos de sus tenientes,

–¿Es usted el capitán Mëpi Kalcülenn? –le pregunto mientras me cuadro militarmente ante él.

¿Y eso a quien le importa, si puede saberse? – me contesta sin ni siquiera mirarme.

–soldado Gillempollenn, mi capitán, enlace del coronel Schürzenjäger.

–¿Y qué mosca le ha picado a ese vejestorio para enviarme un gilipollas como usted para interrumpir mi siesta? –

Estoy anonadado. ¿Cómo un capitán habla así de un superior en el ejército alemán?

–Con todos mis respetos, mi capitán. No debería referirse así de mi coronel y menos delante de sus oficiales subordinados. –

Se incorpora a medias y me mira como si estuviese ante una fulana.

–Escuche, imbécil. Llevamos aquí muchos días esperando a que los jefazos den alguna orden coherente. A este paso los franceses van a ganar la guerra sin siquiera disparar porque vamos a morir de frío, hambre y picaduras de liendres. Al teniente Themblëqqes, aquí presente, se le ha congelado un dedo del pie. El otro, teniente Calabandürrienn, ha pescado piojos y no para de rascarse el poco pelo que ya le queda. El rascarse es un gesto tan contagioso que incluso yo también lo hago aunque no me pique nada. Y seguimos regodeándonos en el barro francés como búfalos sin hacer nada de nada, salvo cavar zanjas como si fuésemos de la empresa del gas colocando sus tuberías. ¿Y quiere que tenga respeto por el mando? –

–No sé, mi capitán. Yo soy nuevo en esto. Pero pensaba que el ejército alemán era el más disciplinado y respetuoso del mundo. –

–¿Respetuoso?- me grita mientras se pone completamente en pie y hace un amplio gesto con los brazos para abarcar todo el terreno a nuestro alrededor. – Mire, soldado,  contemple lo que están haciendo ahora mis hombres ¿Qué ve usted?–

Por un instante observo a los soldados que están tumbados de cualquier manera protegiéndose de la lluvia con sus impermeables. Aparte de estar agotados por los interminables días de trabajo haciendo las puñeteras trincheras, están ateridos de frío.

–Me va a perdonar, mi capitán. Pero yo no veo que estén haciendo nada. –

–¡Exacto! ¡Es usted mucho más inteligente de lo que aparenta a simple vista! ¿Y sabe lo que significa? –

Intento decir algo pero estoy confuso. Este tío me está liando.

–No se moleste, soldado. Lo haré yo: La tropa necesita actividad porque de lo contrario se embrutece y se dedica a tocarse los cojones para matar el tiempo. La mayoría tiene ya la polla en carne viva de tanto meneársela. Las órdenes dejan de ser cumplidas por pereza y las guerras se pierden. La chusma como usted se vuelve indisciplinada y se pierde el respeto a los oficiales.  ¿Me entiendes ahora, paleto? –

Se dirige ahora al otro teniente que sigue tumbado como si el asunto no fuese con él pero rascándose de tal modo que llega a poner nervioso incluso al más sosegado.

–Explíqueselo usted, teniente Calabandürrienn.

–Se lo va a explicar su puta madre, mi capitán. ¡Déjeme en paz! –

–¿Lo está usted viendo, Gillempollenn? La indisciplina es un virus que se transmite desde abajo y termina por contaminar a toda la cadena de mando.–

–Mire, Her capitán, yo soy un sencillo soldado que no entiende de estas cosas tan complejas. Figúrese que no he llegado ni a cabo a pesar de mi edad. Lo único que quiero es saber dónde está la banda de música y quien la manda. Eso es todo. –

El capitán está ahora estupefacto.

–¿Banda de música? ¿Le ha enviado el coronel Schürzenjäger a alistar a los músicos? ¿Qué clase de ofensiva están tramando? ¿Un concurso de bailes folklóricos con los franceses? –

–No, solo quiere al mejor corneta que tengan. Lo necesita para dar órdenes concretas durante el ataque y que las oigan todos. –

–Los de la banda están cavando zanjas y haciendo cobertizos para que no se mojen los lanzallamas. –señala hacia un punto detrás de la trinchera –Con la ley de silencio, hace días que no ensayan. ¡Y menos mal, nos ponían la cabeza como un bombo! Ahora les toca arrimar el hombro como a los demás. Se enchufaron en la banda para no pegar golpe y pegarse la vida padre. Pero conmigo se les acabó el chollo.–

Salgo de la trinchera y camino tranquilamente hacia el lugar en donde deben estar los músicos. No he andado más de treinta pasos cuando una voz ronca me paraliza en seco.

–¡Agáchate, podrían verte los franchutes y volarte la cabeza! ¡Hay que ser gilipollas para pasear por estos andurriales como si estuvieses buscando setas. –

Me tiro al suelo como un saco de patatas y recorro un trecho reptando por el suelo y poniéndome perdido el uniforme de barro.

Llego a la zanja que se supone que está cavando la banda al completo. Un hombre gordinflón me observa desde el interior.

Tiene una pala entre sus manos y suda como si estuviésemos bajo el sol abrasador de Agosto.

–¿Quién eres, novato? – me pregunta.

–soldado Gillempollenn. El enlace del coronel. Tengo órdenes tajantes de contactar con la banda del 18º Regimiento de Fusileros. ¿Y usted quién es? –

–Nosotros somos la banda. Y yo soy el sargento Fritz Boomberg. –

–A sus órdenes mi sargento. Necesito un corneta. Mejor dicho, al mejor. –

–¿Y para que, si puede saberse? –

–Alto secreto. El coronel no me ha autorizado a desvelar el alcance de la gloriosa misión a la que está destinado ese hombre. –me pongo transcendental. He de impresionar a este gorila.

Se rasca la cabeza como si así pudiese entender mejor mis palabras. Luego llama a un chaval pelirrojo.

–Este es corneta, soldado Türuten ¿Te sirve?.

–Sí, si es bueno. –

–El mejor. Había otro pero comió carne de perro con gusanos para caer malo y ser licenciado. Ahora está arrestado limpiando los retretes de la enfermería. –

–¿Dónde se supone que debo acompañarte y qué misión tan gloriosa me espera? Yo no quiero dejar la banda. Aquí no se expone uno a tanto peligro. – me dice el chico. Debe haber mentido sobre su edad para alistarse porque aparenta tener unos dieciséis años.

–Servirás como cornetín de órdenes del coronel. Un trabajo fácil que te alejará de primera línea y de los tiros. Se acabaron para ti el cavar zanjas y hacer de centinela.–

El muchacho sonríe de oreja a oreja y tira lejos la pala que sostiene entre sus manos.

–¡Por encima de mi cadáver! – dice el sargento. Iré yo mismo. –

–Pero mi sargento, el corneta soy yo, usted toca el bombo. –

–¿Acaso no hace más ruido mi timbal que tu ridícula trompetilla? –

–Mire, no tengo tiempo que perder. ¿Me va a dar al músico o tendré que aprender yo a soplar la cuerna? ¡El coronel nos espera! –

Pongo mi brazo sobre el hombro del corneta.

–Recoge tus cosas, Türuten. Nos vamos. –

Desandamos el camino hacia el Puesto de Mando. Caminamos por infinidad de trincheras en donde soldados aburridos y medio helados vagabundean, charlan entre ellos o simplemente dormitan tapados con viejas mantas de lana.

– Es una suerte que me hayas escogido para este destino. –me dice el chico que sostiene su brillante corneta con su mano izquierda y un petate voluminoso en la derecha.

–Yo no te he escogido. Nada tienes que agradecerme. Por lo visto, en la banda sólo tú tocas la cuerna. –

–En absoluto, somos varios. Pero el sargento Boomberg me tiene mucha manía desde un maldito día en el que se me ocurrió cuchichear con mis camaradas que parecía una bola infecta de sebo. Todavía me duele la cara de la somanta de hostias que me dio. –

–Bueno, pues parece que al final, te ha hecho un favor ¿no? –

–No lo creas, Gillempollenn, supongo que antes de saber para qué me buscabas, creyó que por fin se iba a librar de mí y de paso que los franchutes me liquidarían por la vía rápida. Hablaste de una misión gloriosa…–

El tiempo parece que mejora. Por lo menos ya no llueve. Estamos ya cerca de la chabola del coronel.

El muchacho respira fatigosamente. Entre su equipo y el fusil lleva demasiado peso. Le cojo el pesado petate.

–Gracias, Gillempollenn. Eres un buen colega. Me encantará hacer mi guerra contigo. Siempre es bueno tener un amigo cerca.–

Me detengo en seco y le miro directamente a los ojos.

–Escucha, chaval. Aunque no te lo creas, he vivido muchas vidas y de todas ellas sólo he sacado en claro una cosa. –mi voz suena rotunda. –Jamás debo tomar cariño a quien esté cerca de mí. Cuando el festival acaba siempre uno añora a sus lejanos amigos y eso cuesta mucho de superar. –

Se encoge de hombros. Creo que no ha entendido nada.

–¿Quién habla de cariño? ¿Por quién me tomas? –

–Déjalo. Sólo quiero que te quede claro como el agua que no debes esperar de mi nada más que la camaradería que se le supone a cualquier soldado que se precie con sus compañeros. Eso es todo. –

–Escucha, abuelo. –me dice con todo el desparpajo del mundo. – No te necesito.

–Perfecto. Esa es la idea. No pienso trabar amistad con nadie y menos en estos tiempos en los que de un segundo para otro podemos desaparecer en este inmenso matadero. Dentro de cien años no quiero tener que llorar el recuerdo de nadie.–

–Te cubriré las espaldas si es necesario pero no arriesgaré la vida por un bicho raro como tú. Debes estar como un cencerro si supones que vas a vivir cien años más. – creo que piensa que estoy completamente majareta.

Llegamos al Puesto de Mando. Entramos sin pedir permiso. Varios oficiales rodean al coronel examinando mapas y documentos.

–Her coronel, le traigo al corneta tal y como se me ordenó. –

Todos se vuelven hacia nosotros. Creo que les he dado un susto de muerte. Uno de ellos incluso ha llevado su mano al mango de su espada de oficial.

–Muy bien, Gillempollenn– contesta el coronel Schürzenjäger con voz oscura y siniestra.– ¿Y qué quiere? ¿Qué me lo coma a besos? ¿Acaso no se ha dado usted cuenta de que estamos reunidos toda la Plana Mayor para planificar el ataque? –

–Me ordenó que le trajese un corneta y aquí lo tiene. Eso es todo, mi coronel. –

–Lárguense de aquí los dos inmediatamente. Busquen un lugar en donde dormir esta noche y deje de dar por culo a sus superiores. ¿Entiende su cerebro de libélula lo que le digo? –

–Perfectamente, Her coronel. Precisamente, al venir para acá, he visto un cobertizo en el que podemos pasar la noche el soldado Türuten y yo. No es una suite de hotel pero servirá. Créame si le digo que he dormido en sitios peores. No se preocupe usted por mí.–

Su mirada se ha transfigurado, su cara ha enrojecido y parece que no encuentra palabras para decirme algo. Deja caer sobre el mapa una varita que le sirve para señalar objetivos y sus ojos me taladran.

–¿Pero quiere usted hacer el favor de largarse de una vez con su amigo el soplador de tubos? Tengo cosas mucho más importantes que hacer que ver un par de pazguatos ensuciándome el suelo con el barro de sus asquerosas botas. –

Tras saludar militarmente y dar un buen par de taconazos, caigo en la cuenta de que no me he despedido correctamente. Eso lo aprendí cuando hice la mili en el Hospital Militar de Valencia. Así que ni corto ni perezoso vuelvo a entrar en la habitación para que ese energúmeno sepa con qué tipo de soldado correctamente disciplinado está tratando.

–Mi coronel ¿Ordena Usía alguna cosa más? –

Me mira atónito como si encontrar a un soldado tan bien adiestrado le pareciese irreal. Tras unos segundos le veo sonreír por primera vez desde que le conozco.

–Pues ya que lo dice, si, soldado Gillempollenn. Acérquese. Una orden tan bien ejecutada merece su recompensa. Seguramente me ha traído usted al mejor músico de la barriada y eso merece una condecoración.–

Avanzo dos pasos y me cuadro ante él. Saco pecho para facilitarle la labor de colgar una de esas medallas tan chulas que luce la infantería germana.

¡Chasssss! La hostia ha debido sonar en todo el frente. Incluso cuando la onda sonora llegue a las posiciones francesas volverá en forma de eco.

–Lamento de no disponer de una bonita Cruz de Hierro, tal y como merece–me dice masajeándose la palma de la mano. Sin duda se ha hecho también daño el tío salvaje.

Salgo medio mareado. El corneta me espera fuera.

Recojo agua sucia y fría de un charco y me refresco la cara. Por un momento me da la impresión de que se evapora al instante.

–Vamos acomodarnos en cualquier sitio. La noche está al caer. – le digo al muchacho como sin dar importancia a nada.

No me contesta. Por el rabillo del ojo veo que intenta disimular una risotada. A este muñeco le pienso hacer la guerra lo más insoportable posible. ¿Pero quién se habrá creído que es? Esta juventud ya no respeta el escalafón propio de la edad.