Capítulo 8

Bienvenido al frente

La mañana es fría aunque ha dejado de nevar. El anciano no está en casa y Colette está preparando un desayuno a base de leche que ha debido de ordeñar a alguna de las cabras que tienen en un cobertizo.

Apenas nos dirigimos la palabra. La chica está como avergonzada y arrepentida de haber confraternizado toda la noche con el enemigo.

Yo, sin embargo, estoy agotado. El tiempo no pasa en balde y los cuerpos ya no son lo que eran pasada cierta edad ¡Casi no llego al quinto!.

–¿Qué dirección debo tomar para ir hacia Verdún? –le pregunto mientras me ajusto el uniforme.

La chica me indica señalando hacia la ventana:

–Tras esa colina hay una vía de ferrocarril que lleva directamente a la ciudad de Verdún. Desconozco si circulan trenes, pero lo más seguro es que tu ejército la esté usando para transportar a sus asquerosas tropas de un lugar a otro.

Me acerco a la chica que me ha estado diciendo esto sin dejar de mirar al suelo. De alguna manera se siente una traidora a su Francia por facilitarme mi tarea. Con mi dedo índice colocado en su barbilla la obligo a subir su rostro hacia el mío.

–Escucha, Colette. No tenemos nada de lo que arrepentirnos. El destino nos ha colocado a cada uno en un sitio distinto, eso es todo. En cuanto a lo de esta noche…–

–¿Esta noche qué? – me interrumpe secamente. – No ha pasado nada. Por lo que a mí respecta, nunca he estado rezongando con un puto soldado alemán ¿Comprendido? –

–Conforme. Lo pasado, pasado está. ¿Fue un error? No lo sé. Pero el pasado no puede cambiarse así como así. Créeme que en eso soy un experto. – cuelgo el pesado fusil en mi hombro.

Salgo fuera subiéndome las solapas del abrigo para aliviar el frío. El padre vuelve del cobertizo cargado con un cubo y una gavilla de leña para la chimenea.

–¿Te marchas, alemán? –

–Sí, me espera mi desconocido destino en esta asquerosa guerra. Pero espera… – hurgo en mi macuto y saco la petaca con el tabaco y el librillo de papel. –Esto es para ti, anciano. No se me ocurre mejor modo de agradecerte tu hospitalidad y la de tu hija. –

El hombre lo coge con agrado y lo guarda como un tesoro en uno de los bolsillos de su pantalón de pana gastado y sucio, después me mira directamente a los ojos con expresión fría y dura.

–Sé lo que pasó anoche entre tú y mi hija ¿Crees que soy tan paleto como para no haberme dado cuenta? . –

Estoy sorprendido. No sé qué decirle.

–¡Debería haberte matado por deshonrar mi casa!

–Posiblemente. Estás en tu derecho y te pido perdón. –

–¿Así me pagas mi hospitalidad? Sin embargo, no estoy enojado. Colette es joven y le pica el chocho como a cualquier jovencita que vive sola en estos montes. Pero no te equivoques y vayas a creer que es una ramera.–

–Jamás se me ocurriría tal idea. Aunque me odiéis por no ser uno de los vuestros, sé que no sois mala gente.–

–¿De los nuestros? ¡Pero si eres el enemigo! Si yo tuviese lo que tendría que tener y algunos años menos, te mataría con mis propias manos aquí mismo. –

Tira la leña al suelo y saca una pequeña navaja de uno de sus bolsillos. Yo desenfundo mi pistola y le apunto directamente al pecho.

–Créeme que no me satisface haber mancillado tu casa y te pido disculpas, anciano. ¿Pero entonces nos viste en plena faena? –

–Sí, pero no quise avergonzaros, si es que los alemanes tenéis algún resquicio de vergüenza. No os interrumpí por no perturbar a mi hija Colette. Pero igual que te digo una cosa te digo la otra. ¡Qué buen cabrón hubieses sido para mis cabras! ¡Lo tuyo es de concurso!–

Me largo en dirección a la colina sin decir palabra y sonrojado hasta la raíz de mis cabellos tapados por el odioso casco metálico que tiene la virtud de enfriarme la cabezota a medida que él mismo se cubre con una gruesa capa de escarcha.

Tras bajar con cuidado la ladera completamente cubierta de nieve y hielo, me topo directamente con las vías de ferrocarril, tal y como me indicó Colette.

Camino trabajosamente entre las piedras que sustentan los raíles. No sé a qué distancia estará la condenada Verdún. Pero siguiendo por las vías es imposible desorientarse y perderse.

No pasan más de diez minutos cuando comienzo a oír una locomotora que se acerca. Me retiro de las vías y dejo pasar parte del tren. Efectivamente, es un convoy militar con multitud de vagones que transportan cañones y otros son para el ganado en donde viajan soldados somnolientos.

Corro paralelo al tren. De repente todo parece que comienza a tomar vida y los soldados gritan animándome a seguir corriendo hasta alcanzar una de las puertas abiertas de uno de los vagones en donde unos brazos me ayudan a subir y caigo como un saco viejo sobre el suelo del mismo.

Jadeo mientras permanezco tumbado a consecuencia del esfuerzo.

–¿Quién eres? ¿Y qué haces solo por estos caminos? – me habla un sargento huesudo y más feo que un coche por debajo.

–Mi sargento, se presenta el soldado Gillempollenn, Quinta Compañía de Reservistas del Octavo Regimiento de Infantería. A sus órdenes. –

–Levántate, soldado y cuádrate ante mí como es debido. Además me has hecho perder un par de marcos. Aposté con estos papanatas a que no conseguirías subir al tren. –

Los soldados ríen un breve instante y vuelven a tumbarse en el suelo para continuar con su aletargamiento. Deben llevar muchas horas en el viajando en este cacharro.

El sargento y yo somos los únicos que permanecemos en pie.

–Muéstrame tu documentación. No me fío de ti, Gillempollenn. ¿La quinta compañía de reservistas? Jamás oí hablar de esa unidad. –

Saco de un bolsillo de mi guerrera la carterita en donde tengo mis papeles y se la entrego. Examina todos y cada uno de ellos con meticulosidad alemana. Cuando queda satisfecho me la devuelve y se sienta sobre su petate del que previamente ha sacado una botella de coñac. Yo también me acomodo junto a él.

Bebe un par de tragos. Su nuez huesuda sube arriba y abajo. Resulta algo hipnótico. Después me la ofrece para que yo también tome un trago reparador. Hace mucho frío en el vagón.

–Hay que andar con mucho cuidado. Se prepara una buena y esto está plagado de espías. Los franceses no saben la que les espera. –

–Sí, tengo entendido que se avecina una batalla soberbia. –

–¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar con tu compañía y no ir vagabundeando por ahí? ¿No serás un desertor, verdad? –

–En absoluto. Pertenezco a un pelotón de comunicaciones. Ya sabes… llevo mensajes de un jefazo a otro. –

–¡Lo que me faltaba! ¡Un enchufado! ¡He invitado a beber a una de esas ratas cobardes de la retaguardia! – su voz ahora sube unos decibelios.

–No soy un cobarde, mi sargento. Cumplo órdenes y he sido asignado a este pelotón igual que podría haber sido destinado a disparar con un cañón o a limpiar boñigas de asno de cualquier regimiento de caballería. Cada uno tiene una tarea en esta condenada guerra. –

–¿Y a quien debes entregar ahora tu mensaje? En este tren sólo viaja el coronel Von Schürzenjäger y sus oficiales. Pero ellos lo hacen en un elegante vagón reservado sólo a los jefazos.– me explica mientras se saca la mierda de sus sucias uñas con la punta de una navaja.

–No, no traigo ahora ningún mensaje para nadie. Tengo el encargo de ponerme a las órdenes del coronel para hacer de enlace. –

–Entonces tendrás que esperar a que lleguemos a donde quiera que este tren nos lleve. Descansa mientras tanto. Nos esperan días largos y duros cuando lleguemos.–

Aprovecho para ir adelantando faena. Creo que no me va a resultar fácil dar con el antepasado del coronel Von Stupiden. Solamente en este tren deben estar viajando varios miles de soldados.

–¿Conoce usted al sargento Stupiden del Sexto de Ingenieros? –

–No ¿Por qué habría de conocerlo? Además, los ingenieros son gentuza aburrida y asquerosa que van a lo suyo y no se mezclan con nadie no vaya a ser que se les caigan los huevos al suelo por mezclarse con la chusma de la infantería. Jamás he visto tropa más infame. Y eso es así en todos los ejércitos. –

–Bueno, supongo que habrá de todo, mi sargento. –

–¿Para qué lo buscas? ¿O es tal vez alto secreto? Nadie nos dice nunca nada, ni siquiera a los suboficiales que somos la columna vertebral del ejército. –escupe al suelo – Todo esto es una gigantesca mierda. –

–No lo busco por nada en especial. Simplemente soy amigo de un pariente suyo al que conocí en Berlín y que me encargó que lo encontrase para saber qué es de él. –

–¿Pariente de un ingeniero? Pues que se vayan los dos a la mierda. Ahora déjame dormir un poco, soldado. Tengo un tremendo dolor de riñones de tanto tren. –

Me asomo por una pequeña ventana tapada con una especie de tela metálica y barrotes. El sol comienza a despuntar y los árboles proyectan largas sombras sobre la nieve. El frío parece menos intenso en el interior del vagón que huele a sudor, miseria y pedos.

Lentamente me acerco a la puerta del vagón teniendo mucho cuidado en no pisar a nadie. La abro un poco. Entra un chorro de aire helado. Pero lo primero es lo primero. Me saco la chorra y comienzo a mear sobre los nevados prados de Francia.

Un soldado se pone a mi lado y mea conmigo. Así es la guerra. La intimidad pasa a un segundo plano. Todos somos iguales. Los uniformes nos quitan cualquier resquicio de personalidad y nos vuelve anónimos.

–No hagas demasiado caso al sargento Kabestrumm. – me dice mientras se la espolsa.– Un día pilló a su mujer con un Brigada de Ingenieros en pleno fornicio y desde entonces odia a todos ellos como si estuviesen apestados. –

Aliviado, me vuelvo a tumbar junto al sargento. Poco a poco, el cansancio, la nochecita con Colette y el aburrido traqueteo del tren me provocan un profundo sueño.

Han debido pasar un par de hora o tres. El sol ya brilla en todo lo alto entre negros nubarrones y el tren se para bruscamente. Alguien del exterior vocifera mientras abre las puertas con violencia. Todos nos ponemos perezosamente en pie y recogemos nuestra impedimenta. Hemos llegado al donde quiera que sea.

–¡A formar! – grita el sargento cuando hemos bajado todos del vagón. Estamos en una estación improvisada.

Muchos otros soldados están apeándose todavía del tren o ya están en formación en sus respectivas compañías.

Reina un silencio total sólo roto por el silbido del vapor que escapa de entre la caldera de la locomotora.

Nuestro coronel, Von Schürzenjäger recorre todas y cada una de las unidades para pasar revista y recibir novedades de los jefes de compañía

Es un hombre de avanzada edad. Viste un uniforme imperial cuajado de medallas y con un pincho en el casco y toda la pesca.    

Sube a una especie de pódium que sus ordenanzas han colocado para que podamos verle y escucharle correctamente. Echa una mirada a toda la tropa y habla con parsimonia militar.

– Caballeros, bienvenidos al frente. Espero de ustedes lealtad y valor. Que todo el mundo sepa que aquí han llegado los invencibles soldados alemanes siempre dispuestos a dar sus vidas para mayor gloria de la patria. –

La misma basura militar que en todas partes. Seguramente este sujeto pasará la guerra en su escondite mientras envía a la muerte a su gente. Cuantas más barbaridades cometan sus hombres y más maten o mueran, más medallas para la triste colección de este individuo.

¿Lealtad y valor? ¡No me hagas reír! Va listo este si cree que me voy a dejar matar para mayor gloria de su currículum.