Capítulo 7

Colette

Aparezco entre unos árboles frondosos. Unos matorrales me ocultan del resto del mundo. Me pongo en pie y compruebo que estoy en medio de un bosquecillo completamente desierto.

Hace frío, pero es normal. Si los cálculos del imbécil de Anthony han sido correctos, debo estar en pleno mes de Febrero de mil novecientos dieciséis.

Con muchas precauciones camino un trecho por entre los árboles sin saber exactamente qué dirección debo tomar. Súbitamente aparece ante mí un prado completamente nevado. Dos casas pequeñas y bastante destartaladas se yerguen como fantasmas entre la nieve.

Decido dirigirme hacia ellas. Las botas que llevo no demuestran ser muy eficaces para caminar por la nieve. Tengo los pies helados. Afortunadamente, el capote y la gruesa ropa con la que voy vestido, me mantienen el resto del cuerpo razonablemente caliente.

A medida que me acerco a las cabañas observo que de una de ellas sale humo de su chimenea. Indudablemente debe haber alguien dentro preparando la cena.

Con dos buenos golpetazos en la puerta intento que alguien me abra. El frío viento corta mi cara como un cuchillo.

Sorprendentemente la puerta no está cerrada. Mis golpes la han abierto a medias. Oigo un ruido desde el interior de la casa que me resulta extraño.

–¿Qué quieres de nosotros? – es una voz femenina. Su dueña debe ser joven a juzgar por su timbre.

–Busco refugio, eso es todo. –respondo mientras me introduzco decididamente en la casa.

–Ni un paso más o será el último de tu puta vida. Esto es terreno ocupado por vosotros, los alemanes, pero todavía nos queda orgullo francés para defender nuestra tierra.– la muchacha está en pie sosteniendo una especie de escopeta vieja con la que me apunta directamente al pecho.

Quedo paralizado. Un hombre mucho más mayor y, que deduzco que debe ser su padre, permanece sentado en una silla junto a la chimenea.

–No he venido a haceros ningún daño. Créeme. – intento tranquilizar a la muchacha. Pero ésta permanece apuntándome con el viejo cacharro oxidado que si lo dispara puede ser tan peligroso para mí como para ella.

Decididamente soy un novato en esto de la guerra. A estos sitios hay que venir con el fusil cargado y entre las manos y no colgando de su correa como si fuese una bota de vino. ¡Cuánto me queda por aprender!

–Los alemanes no sois bienvenidos en Francia. ¡Lárgate de nuestra casa!–

Estoy completamente paralizado pero no por el miedo sino por el hecho de que entiendo perfectamente el francés y lo hablo con toda naturalidad. Supongo que el gilipollas de Anthony me lo ha metido en la cabezota. ¿Habrá hecho lo mismo con el alemán? No lo sé. Pero me será imprescindible cuando esté en mi ejército.

–Déjale entrar, Colette. De todas formas estamos en territorio ocupado por esta gente y matarle no nos traería más que una desgracia cuando lo descubran los suyos. –

El abuelete interviene de modo providencial. La chica baja el arma con desgana y me hace señas con un leve movimiento de cabeza para que entre en la estancia.

Para demostrarle que no voy a intentar nada malo contra ellos, descuelgo mi fusil y lo dejo apoyado en una de las paredes. Extiendo los brazos en señal de ir desarmado y en son de paz.

Doy un par de pasos en dirección al calor de la lumbre, pero el hombre vuelve a hablar:

–Cierra la puta puerta, mequetrefe. ¿No ves que se va el calor? –

–Ya lo hago yo, padre. – dice la muchacha dirigiéndose a la entrada con la escopeta todavía entre sus manos y sin dejar de observarme.

El hombre me mira y me invita a sentarme en una especie de taburete que hay junto a él y muy cerca de la chimenea en donde arden dos buenos troncos.

Me quito el pesado casco y cuelgo mi abrigo en una especie de gancho que me sirve de perchero.

–¿Has cenado algo, alemán?– me pregunta mientras revuelve con un cucharón de madera un brebaje de debe tener más agua que sustancia.

–No he venido a cenar. Sólo quiero calentarme un poco y conseguir información. –

–Pues ya te puedes ir por dónde has venido. Ni mi padre ni yo sabemos nada de nada. Además ¿No creerás que somos unos delatores? – la chica los tiene bien puestos, sí señor.

–Te equivocas… ¿Cómo has dicho que te llamas”–

Colette. Y es lo único interesante que vas a sacar de mi boca. Mi padre se llama Belmont. Somos pastores y no tenemos nada que ver con esta condenada guerra. ¿Y tú quién eres? Bueno, no hace falta que me contestes. Salta a la vista. ¡Un jodido soldado alemán!–

–Por favor, Colette– interviene su padre – El hombre no parece que traiga malas intenciones. Si quisiera habernos detenido o peor,  matado, ya lo habría hecho. –

La chica me mira fríamente y después observa mi fusil cerca de la puerta y alejado completamente de mí.

–Está bien, padre. Además, para ser un cerdo alemán, es condenadamente guapo. (Recuerde el lector que tanto el protagonista como el autor son la misma persona. Sin embargo, no me responsabilizo de las opiniones vertidas libremente por parte del resto de personajes. (Nota del autor)

–Pues qué quieres que te diga, Colette. – interviene su padre– Siempre has tenido un gusto horrible para los hombres. Recuerdo a tu antiguo novio, Alphonse. ¡Lo más parecido que he visto nunca al hombre de Cromañón!–

–Basta. –intervengo bruscamente– No he venido hasta aquí para participar en un concurso de Mister Guerra Mundial. –

–¿Entonces qué es lo que quieres de nosotros? – vuelve a preguntarme.

–Soy Johann Vincent Gillempollenn. Un simple soldado raso tan metido en esta mierda como vosotros. Y ya te lo he dicho, Colette: sólo busco algo de refugio y que me contestéis a una pregunta. –

El hombre me ofrece una pequeña escudilla en la que humea un caldo amarillento. Tiene un sabor horrible, pero al menos está caliente.

–Gracias, anciano. Te agradezco tu hospitalidad. –

La chica parece algo más relajada. Se sienta en una especie de cajón de madera junto a nosotros. ¡Pero la escopeta no la suelta!

–¿Vivís los dos solos aquí? –

Padre e hija se miran.

–Sí– contesta al fin el anciano – Tengo otra hija más, Annette, pero vive en París. –

–¡París! ¡Qué preciosa ciudad! Me gustaría conocerla. Jamás he estado allí. –

–¿Y es necesario que ocupéis Francia a sangre y fuego para hacer turismo?  Los alemanes sois todos unos salvajes. – la chica en su línea de ir haciendo amigos. Pero en el fondo tiene razón.

–Créeme, Colette. La guerra terminará algún día y al final las cosas no habrán cambiado. Francia seguirá siendo Francia y nosotros nos retiraremos a nuestro país. Siempre ha sido así y ésta condenada guerra no lo cambiará. –

–Pues podrías largaros cuanto antes. Aquí no se os ha perdido nada a los alemanes. –

–Si de mí dependiera esta puta guerra se terminaría ahora mismo. –

–No hablas como un fanático alemán. Por tus palabras me parece que eres un desertor en busca de que te demos algo de refugio en el que esconderte de los tuyos. –

–No se fíe de esta gente, padre. Son unos bastardos embusteros. Salta a la vista que es un espía.–

–Bueno, ya está bien, Colette. Creo que he dejado claro con mi actitud y mis palabras que no tengo nada contra vosotros los franceses ni con nadie en general. – ya me está sacando de mis casillas esta chica. ¿A quién me recuerda? Bueno, no importa, no es el momento de pensar en eso.

Devuelvo el platillo vacío al hombre. Ya estoy entrando en calor gracias al fuego y la sopa.

Mi estómago da un brinco al observar que el hombre saca de la olla un calcetín humeante y con agujeros como el de un queso. –

–Sopa Bullabesa con patatas.– me aclara. Esta gente debe estar pasando más hambre que Carracuca. Ya me parecía a mí que aquel consomé tenía cierto sabor a Roquefort.

–¿Y qué es lo que querías preguntarnos? –

–Me dirijo al frente de Verdún pero no sé exactamente dónde está ni que camino he de tomar para llegar a él.–

Ambos se miran con asombro.

–¿El frente de Verdún? En Verdún no hay ningún frente. La guerra está en el frente de Somme, a muchos kilómetros de aquí. –

Estoy un poco perplejo. Por lo visto, la batalla no ha comenzado todavía.

–¿Qué día es hoy? – Les pregunto.

–¡Vaya con la famosa eficacia alemana! ¡Ahora va a resultar que no sabéis ni en el día que vivís! –

–Por favor, Colette. No seas tan dura conmigo. Yo sólo soy un ignorante soldado anónimo que ha llegado a esta guerra prácticamente forzado por las circunstancias, como vosotros. –

Saco de mi chaqueta un sobre con tabaco y el librito de papel.  Lío un cigarrillo y se lo ofrezco al anciano.

–Gracias, Von Gillempollenn. El tabaco es un bien muy escaso últimamente.– el hombre lo enciende con una ramita que saca ardiendo de la chimenea y da una bocanada con deleite.

–Hoy es diez de Febrero. – me dice al fin la chica.

Si la historia es exacta, faltan todavía tres días para el inicio de la carnicería en Verdún. De momento ni siquiera los franceses se han dado cuenta de la que les viene encima por estos andurriales.

–¿Por qué has mencionado Verdún? ¿Acaso planeáis alguna jugarreta a las tropas francesas? – la chica parece de repente interesada.

–Es posible. Pero no puedo decírtelo. Eso es información secreta. –

–¡Joder! ¡Pues blanco y en botella! –

El abuelo interviene con lucidez:

–O eres un bocazas o tal vez seas tan gilipollas como pareces. ¿Por qué nos cuentas todo eso? ¿Y ahora qué vas a hacer? ¿Matarnos para que no lo comuniquemos a nuestro ejército? –

–No pienso matar a nadie. He jurado no hacerlo jamás. –

–Pero eres un soldado y llevas un fusil. ¿Nos tomas por imbéciles a mi hija y a mí? –

La chica vuelve a encañonarme con su ridícula escopeta. No me inmuto pese a que tengo verdaderamente miedo de lo que esta mujer pueda llegar a hacer con ese viejo y oxidado chisme.

–Está bien, escuchadme. En tres días todo esto se va a convertir en una carnicería. No os voy a hacer ningún daño pero quiero que me prometáis una cosa. –

–¿Qué cosa es esa? –

–¿Cuántos sois en esta casa? – pregunto con interés.

–No te importa. ¿Para qué quieres saberlo? –

–Para protegeros. No estáis del todo a salvo, dadas las circunstancias. No deseo que os ocurra nada malo.–

–Aquí vivimos mi hija Colette y yo. Tengo otra hija, Annette, pero se trasladó a París nada más comenzar la guerra. –

–Largaros de aquí si apreciáis vuestra vida. Estáis en una situación delicada. Los alemanes ocupamos este terreno y a poco que las cosas vayan mal lo terminaremos pagando con los paisanos franceses. Pero si entran aquí vuestros adorados soldados compatriotas seréis acusados de haber colaborado con el enemigo y sólo Dios sabe lo que puedan llegar a haceros. –

Quedan pensativos durante un instante mirándose sin expresión alguna en sus rostros. Por uno de los ventanucos se puede apreciar claramente que nieva con fuerza.

–¿Y qué vas a hacer ahora, alemán? – El hombre parece muy preocupado.

–Dormiré esta noche aquí, con vosotros. No me seduce la idea de caminar entre nieve con el tiempo que hace. Mañana partiré hacia dónde quiera que estén mis camaradas.–

Ambos guardan silencio. Al final es Colette quien extiende una especie de saco rugoso junto a la chimenea.

–Puedes dormir aquí. Imagino que ni se te habría pasado por esa cabeza perjudicada por el peso de tu casco que ibas a dormir en mi cama y mucho menos conmigo. –

Prefiero no contestarle.

Me acuesto sobre la improvisada cama en la que ha convertido las baldosas del suelo. El hombre termina su cigarrillo y echa la colilla a la lumbre. La muchacha desaparece tras una cortina que separa su intimidad de nuestras miradas. La casa no tiene habitaciones.

No consigo dormir profundamente. Estoy en un estado de duermevela permanente. Además, el suelo está más duro que un pistacho cerrado.

Es bien entrada la noche cuando me parece oír un leve sonido. Veo a Colette caminar de puntillas y acercarse a mi fusil. Está a punto de cogerlo entre sus manos.

–Está descargado. ¿Por qué especie de tonto de pueblo me tomas? – le digo provocándole un susto de muerte.

–No me fio de ti, alemán. Pensé que era mejor tener el arma en mis manos que en tu cercanía. –

Me incorporo a medias.

–Ven a mi lado, Colette. Tengo algo que decirte. –

La chica se acerca cabizbaja y aterrorizada ante lo que pueda hacerle. Ha perdido su presteza de ánimo y se ha rendido ante mí como un juguete roto.

–Escucha. He venido a esta guerra para cumplir con una tarea que me encomendaron hace mucho tiempo. – en el fondo es verdad, aunque no le especifico que ese tiempo está por llegar dentro de cien años.

–No te hagas ahora el interesante conmigo. Has venido a lo mismo que tus camaradas; invadir un país que no os corresponde. –

–Bueno, lo que tú digas. Pero créeme que ni tu padre ni tu tenéis nada que temer de mí. Es posible que volvamos a vernos. En ese caso, te prometo que haré lo necesario para que estéis a salvo tu padre, tú y tu hermana Annette si aparece por aquí. –

–Para que lo sepas, no te tengo ningún miedo. Pero nada bueno espero de un alemán que se presenta en mi casa armado. Además, mi hermana no saldrá de París. Trabaja en una fábrica de municiones. Hasta es posible que la bala que acabe contigo en el frente la haya fabricado ella con sus propias manos. –

–¿Por qué me odias tanto? ¿Sólo porque soy alemán? –

Se pone en pie y camina hacia una especie de estante en el que hay un par de fotografías enmarcadas. Coge una de ellas y me la muestra.

Son su padre, ella, la que debe ser su hermana Annette y un chaval con las orejas que nada tienen que envidiar a las del Príncipe Carlos de Inglaterra.

–Ese era mi hermano Auguste. Lo matasteis hace poco en el frente del Somme. ¿Todavía crees que debes caerme simpático? –

–Yo nunca he estado en el frente ni he matado a nadie jamás. –

–Tal vez tú no, pero los salvajes de tus colegas están convirtiendo toda Francia en un cementerio. –

–Siéntate a mi lado, Colette. La chimenea todavía está caliente. –

La chica se tumba junto a mí. Ciertamente, en invierno al calor de la lumbre, se está mucho mejor aunque sea con el peor de tus enemigos.

El viejo ronca como un búfalo sobre una vieja cama destartalada.

Lo que viene ahora no os lo voy a contar. Además, ya tuve bastante con la hostia que me dio mi Mari en Philadelphia por una anécdota que tuve con Clitórica en Roma, como para narrar otro episodio brillante fruto de mi masculinidad mundialmente célebre.

(Menos lobos, Caperucita (Nota del traductor)