Capítulo 6


Ha llegado la hora

Ya es viernes, pronto Mister Patterson me enviará a la guerra. A medida que pasan las horas estoy más y más preocupado ¿Qué digo preocupado? ¡Cagado de miedo!

Mari ha salido de compras. Yo me he quedado en la habitación estudiando la documentación que me entregó el coronel Von Stupiden. Algo me dice que debo ser buen estudiante por primera vez en mi vida si no quiero volver lisiado o, lo que es peor, que me quede para siempre como un bonito cadáver en una trinchera alemana.

De todas formas, conservo algo de mi carácter anterior acerca de ir a comprar ropa. Sigo sin soportar el agobio de las prendas colgadas en las perchas, de las estrecheces de los probadores en los cuales una leve cortinita de tela separa tu intimidad del más absoluto de los ridículos. Si, realmente mi Mari hubiese disfrutado en mis talleres y tiendas de Roma, pero también es cierto que hubiese terminado a palos con mi encantadora cagona Vitoria. Realmente hubiesen sido tal para cual.

Unos golpecitos suenan al otro lado de mi puerta. Me levanto y abro sin dejar de leer el Código Penal Militar Alemán. En el fondo es bastante simple: Por cualquier gilipollez te condenan a muerte y te fusilan en el acto.

Es Bobby, el botones, quien llama.

–Hola, JuanVi. Sólo vengo a comunicarte que partes esta noche a tu nueva misión. Son órdenes directas de Mister Patterson. –

–¿Ya? ¿Tan pronto? –Esperaba esta noticia de un momento a otro pero siempre tuve la vana esperanza de que nunca llegase.

–Bien, dile a Mister Patterson que lo prepararé todo para después de cenar. No me apetece ir al frente con el estómago vacío. Algo me dice que voy a pasar más hambre que un piojo en una peluca. –

–Perfecto. Así se lo diré. Imagino que a Mister Patterson le dará igual que lo hagas un rato antes o después. Es lo que tiene dominar el control del tiempo.–

Abro el armario en el que tengo guardado mi uniforme militar. Se me ponen los pelos tan de punta que podría cepillar un tablón y dejarlo tan suave como la coronilla de un calvo.

Durante estos días he aprendido a desmontar, limpiar y cargar el fusil. Es algo que creo fundamental y que me será imprescindible en un futuro, o mejor dicho, en un pasado. Me horroriza la idea de tener que usarlo contra alguien pero no estoy dispuesto a quedarme allí debajo de alguna cruz anónima. Haré lo que tenga que hacer aunque me arrepienta mil veces a mi vuelta.

La tarde pasa a una velocidad tremenda. Es curioso cómo transcurre el tiempo cuando no quieres que llegue determinado momento. Mi Mari vuelve de sus compras cargada con seis bolsas repletas de vestidos, pantalones, calzado…

–¡Nunca imaginé lo que sería ir de compras con una tarjeta repleta de dinero! –me dice con una sonrisa de satisfacción propia de un vegano en un campo de lechugas.

Es cierto. A mi regreso de Roma me pagaron casi ciento sesenta mil dólares por el año y medio que pasé allí. Yo tampoco he sentido en mi vida esa sensación de ir desahogado económicamente. Pero no he gastado todavía ni un centavo.

–¿Lo has pasado bien en Philadelphia? ¿Qué has comprado? –

–¡Una gozada! Aquí hay tiendas de todas las marcas. Creo que le voy cogiendo el tranquillo a eso de tener un marido gilipollas. –

Examino la ropa que ha traído. Ella me mira con escepticismo. En su mente sigue estando ese marido gañán incapaz de comprarse unos calzoncillos por sí mismo y ahora me observa cómo tanteo la calidad de los tejidos. –

–No está mal. Pero aquí hay más fibra artificial que natural. El lino ya no es lo que era. ¡Esto es Tergal! –

–¡Sabrás tú mucho del último grito en moda! ¿Te crees que porque vendieses lana en Roma eres un experto? Ya le puedes ir dando gracias a Vitoria que fue quien te encumbró. Además, no me calientes los cascos. No tengo ganas de discutir contigo. Me voy a volver a probar este vestido de Yves Saint Laurent que es la leche. –

Guardo silencio. Pero me conoce bien. Sabe que algo anda mal. No puede ser que una buena discusión matrimonial acabe tan pronto.

–¿Qué te pasa? Tienes la cara muy seria. – me dice al fin mientras sostiene un vestido azul que acaba de sacar de una de las bolsas.

–Esta noche parto hacia la guerra. Ha llegado el momento. –

Queda paralizada por un instante. Después continúa sacando más y más ropas de las bolsas. Pero su sonrisa ha desaparecido.

–Supongo que era cuestión de tiempo ¿No? Todavía puedes negarte a ir. – pese a su actitud aparentemente tranquila, observo que una lágrima furtiva se escapa de su ojo izquierdo.

–No. Ya he dado mi palabra. Prefiero quedar como un gilipollas que como un cobarde cagarrita. –

Se acerca a mí y me abraza.

–No hay necesidad de todo esto. Volvamos a casa y vivamos nuestra vida humilde pero tranquila. –

–Tal vez sea lo mejor, cariño. Pero no voy a dejar a medias mi trabajo. A mi vuelta lo pensaremos de nuevo y ya veremos…–

–¿Y si no vuelves? –

–Te prometo que lo haré. Tengo un poderoso motivo para hacerlo. –

–¿Ah sí? ¿Qué poderoso motivo es ese? –

–Tú. –

Cierro la puerta porque lo que viene ahora no es cuestión de ir aireándolo en la novela. ¡Pero qué cotillas sois los lectores para los asuntos del cameo, por Dios!

A las ocho en punto bajamos al comedor. Están ya todos en la mesa, incluso Dimitri, que ha vuelto de su viaje a la China con Marco Polo. Sin embargo, algo le ha debido ir mal porque sólo ha traído una de sus orejas.

Mi mujer se sienta a mi lado. Le presento al ruso.

–Este es Dimitri, otro gilipollas.–

–Рад встрече. Ты очень красивый[1]. – (Encantado de conocerte. Eres muy hermosa. (Nota del traductor)).

 Mi Mari me mira como pidiéndome que le traduzca lo que haya dicho este cosaco desorejado. Pero es Horacio el que mete baza en el asunto. En ocasiones se cree muy gracioso con sus bromas sin sustancia.

 –Te ha dado la enhorabuena por el embarazo. – Le dice a mi Mari sin dejar de comer un buen trozo de morcilla. 

–¿Embarazo? ¿Me está llamando gorda esta especie de mono de la estepa? ¡Lo mato! –

 Gastarle bromas pesadas a mi mujer es como meter la mano en un nido de cobras. Tarde o temprano vas a terminar perjudicado. Toma su vaso de vino y se lo tira al ruso a la cara. 

–Horacio hijo de gran puta.– dice Dimitri completamente empapado– Yo no dice eso tan feo a mujier bonita. Tu no gorda. Tu preciosa. –

 –Escucha– le digo a mi mujer– esto es una novatada por la que pasamos todos. Dimitri se defiende con el español pero le hace el juego a Horacio para reírse los dos un rato. – 

–¡Acabáramos! – exclama– Si es una broma entonces no hay problema–y se vuelve hacia Horacio que sonríe abiertamente.

 La hostia que le ha dado ha sonado igual que una campana. Le debe pitar el oído derecho como un mercancías de vapor. – 

–¡Ojito con tocar a mi Horacio! – salta Mari Tere enojada con la actitud de mi mujer. –¿Cómo te atreves? –

 –¿Quieres tu otra? Te advierto que la primera me cuesta pero las demás van todas seguidas– 

–Carma, Zeñoras. Ya ha llegao este asunto demasiao lejos. –Interviene Anthony con autoridad. – Pídanse discurpas y aquí no ha pasao ná. –

 Ambas se miran amenazantes mientras la mejilla de Horacio va tomando un tono morado alarmante y la mano de mi mari resalta en su cara como si estuviese tatuada. 

–Lo siento, Mari Tere. Estoy algo nerviosa. Mi marido parte para una misión de guerra y me comen los demonios. –

 –Lo entiendo, María. A mí me pasa lo mismo cada vez que Horacio tiene que salir a trabajar a saber dónde. – 

–Успокойся, Мария, я уверена, что все будет хорошо.[2] – (Tómatelo con calma, María, estoy seguro de que todo estará bien.(Nota del traductor. Ya estoy trabajando demasiado en este capítulo))

–¿Qué me ha dicho ahora este bolchevique? –

Horacio está a punto de volver a abrir la boca pero se detiene en seco. Esta vez se lo piensa diez veces antes de hacer la traducción.

–Que no debes preocuparte por nada. Eres la mujer más encantadora jamás vista por ruso alguno tanto en las estepas siberianas como en los desiertos helados o las tundras indómitas. Está seguro de que tendrás un feliz reencuentro con tu marido cuando vuelva orgulloso de su misión y seréis tan felices como las moscas ante una buena boñiga de vaca. –

Mari me cuchichea al oído.

–¿No son esas demasiadas palabras para lo poco que ha hablado el ruso? –

–Cosas de los idiomas extranjeros. Ya sabes que ellos hablan raro y muchas veces una letra significa muchas cosas. ¡Mira los chinos! –

La cena transcurre sin más novedades. Mister Patterson no ha bajado al comedor. Es extraño, siempre lo hace. Probablemente tenga otro asunto pendiente con algún nuevo cliente al que endilgar una nueva misión a alguno de los gilipollas en plantilla.

Subo a mi habitación y me visto con el viejo uniforme alemán que me proporcionaron. Mi Mari me ayuda a ponerme toda la impedimenta. No nos dirigimos la palabra. Un silencio tenso y agobiante nos rodea a ambos.

Finalmente me pongo el pesado casco y me cuelgo el fusil al hombro.

–¿Y ahora qué? – me pregunta mi mujer.

–Bajaré al sótano. Allí está la puta máquina infernal de Anthony. En un instante viajaré cien años atrás y estaré metido de lleno en la mierda. –

–Ten mucho cuidado. No sé qué voy a hacer si terminas quedándote definitivamente allí. Por favor, no te vayas.– Llora desconsolada mientras me abraza.

–No me lo pongas más difícil de lo que ya es. Sabes perfectamente que no voy a renunciar a estas alturas. Ya es tarde para todo eso. –

La beso. Camino de espaldas hacia la puerta para no dejar de mirarla y llevarme su imagen allá donde el destino me lleva.

En el sótano ya me esperan Bobby y Anthony. Apenas nos dirigimos una mirada. El chaval me ajusta la chaqueta y me ofrece una cantimplora llena de agua que me ajusta colgando del cinturón.

Como puedo me introduzco en el cuartucho de espejos en donde me espera la silla de barbero. Llevo tantas cosas encima que me resulta difícil sentarme. Anthony me entrega el papelucho en donde están las ubicaciones de los zulos para volver. Lo guardo en uno de los bolsillos interiores del abrigo.

Antes de pulsar los botones para enviarme al pasado, Anthony me dirige unas últimas palabras:

–Cuídate, compadre.–

No le contesto. Intento ofrecerle una sonrisa de agradecimiento pero todo comienza a volverse borroso. Los espejos reflejan mi imagen cada vez más difuminada y por fin entro en una especie de túnel oscuro que recorreré en muy breves instantes y en cuyo extremo se desarrolla una matanza a la que voy derechito y sin remedio.