Capítulo 5

La última cena

Hemos salido a pasear un poco por las inmediaciones. El calor ya no es sofocante y apetece andar por estas calles que comienzan a acomodarse a la vida nocturna.

Pasamos junto al parque en el que suelo sentarme para tomar el aire y fumarme un cigarrillo. Unos niños juegan al baloncesto con una canasta vieja que alguien instaló y que no tiene red.

–Aquí pasé mis primeras horas antes de conocer a esta gente de New Times & Horizonts. Y sentado en este mismo banco me cagó una paloma en la cabeza ¡Que recuerdos! – le digo.

Paseamos tranquilamente cogidos de la mano. Salimos del parque y entramos de lleno en una avenida atestada de gente y tráfico.

Entramos por fin en un restaurante, pido una mesa en un rincón discreto y el camarero ayuda a mi Mari a sentarse colocándole servicial la silla como corresponde a una dama.

–Bueno, pues creo que ha llegado el momento de que me expliques todo este jaleo. Te confieso que me parece todo un gigantesco engaño. –

–Escucha y escucha bien porque sé que es difícil digerir todo lo que te voy a contar. Pero debes creerme. ¿Me lo prometes?–

–¡Qué remedio! Habla.–

–No voy a entrar ahora en detalles, pero nos dedicamos a hacer viajes en el tiempo para satisfacer intereses de clientes que acuden a la empresa para investigar el pasado. –

–¿Viajes en el tiempo? ¡No me hagas reír! ¿Me tomas por imbécil?–

–En absoluto. Escucha, no todo el mundo está dispuesto a arriesgar su vida viajando a épocas y lejanos territorios. Es necesario estar hecho de una pasta especial. –

–¿Y ahí entran en juego los gilipollas ¿No? –

–Exacto. Veo que lo has entendido a la primera. –

–¿Pretendes que me trague esa patraña? –

Anthony, el científico al que ya conoces, ha creado una máquina del tiempo que parece una auténtica birria pero que funciona. Los gilipollas nos sentamos en ella y viajamos de inmediato a siglos pasados para realizar los encargos de los clientes. Así de simple. –

–¿Estás seguro de todo esto o es que te han atontado más de la cuenta en este pueblucho? –

–¡Y tanto! Yo ya he realizado dos viajes. Uno a Raboblanco, un marquesado de Salamanca del siglo catorce. Otro a Roma, en donde conocí a San Pedro y al mismísimo Nerón– Hago una pausa, un camarero nos sirve unos entrantes mientras seleccionamos algo de la carta para la cena. No quiero que nos oiga.

–A ver, a ver – interviene mi Mari – ¿No te das cuenta de que eso no tiene ni pies ni cabeza? –

–Sólo te voy a pedir un par de cosas. La primera es que leas los cuadernos que he escrito como memorias de cada misión. Están en mi habitación. Luego te los prestaré para que los leas y saques tus propias conclusiones. –

–¿Y la otra cosa? –

–Sólo podrás creerme si accedes tú también a convertirte en gilipollas y te trasladas a otras épocas. Pero no quiero que lo hagas. Es muy peligroso. –

–Mira, cariño, ya no sé si me estoy volviendo loca yo también con todo este asunto. Pero por ese sueldo soy capaz de viajar al Jurásico y liarme a hostias con los diplodocus. –

–Te creo, pero hazme caso. No es una broma estar solo en una época de la cual desconoces las costumbres, las gentes y los peligros. –

–¡Que me lo digas precisamente tú que siempre has sido un cabra loca y no has tenido cuidado para meterte en jaleos, me extraña. ¡Ni que fueras a una guerra! –

Mi rostro adquiere una seriedad que hasta ella lo nota.

–Pronto estaré en Verdún–

–¿Verdún? –

–La batalla más sangrienta de la Primera Guerra Mundial. Un cliente así lo ha solicitado. Y me ha tocado ir a mí. –

–¡La Primera Guerra Mundial! ¿Pero tú estás loco o pretendes volverme loca a mí? –

–Es lo que hay. Aunque existen muchos peligros y se pasan calamidades, los viajes en el tiempo son como una droga. Una vez los pruebas, es difícil dejarlos. –

Durante unos minutos se hace un profundo silencio. Comenzamos a cenar sin apenas mirarnos a los ojos. Mari está profundamente confusa.

Tomamos un poco el fresco durante el regreso a mi habitación. Apenas conozco esta ciudad. No he tenido demasiado tiempo para recorrerla y visitar sus lugares más importantes. Nada puedo enseñarle para que la conozca ella también.

Subimos a mi cuarto y abro el armario en el que guardo mis dos cajas de madera correspondientes a mis dos viajes anteriores. Extraigo de cada una de ellas el cuaderno que he escrito para perpetuar en ellos hasta el más mínimo detalle de cada aventura.

–Esto es lo que he estado haciendo durante este tiempo. –  le digo mientras le entrego las libretas. – Leeos con calma y luego saca tus propias conclusiones. ¿Crees que escribiría algo así si no lo hubiese vivido? –

Nos acostamos. Creo llegado el momento de cumplir con mis obligaciones como esposo. Estoy impaciente. Es algo que he estado esperando ansioso durante todo el día desde que la vi aparecer por la puerta del aeropuerto. Pero Mari enciende la lamparita que hay sobre la mesilla de noche y a la luz tenue de la pequeña bombilla comienza a leer mis cuadernos.

–Cari – le digo– ¿No crees que es el momento de estrenar esta cama como corresponde a un matrimonio como Dios manda. –

–Calla, estoy leyendo. Esto es muy interesante. –

Pasa el tiempo. Me molesta un poco el reflejo de la lamparilla pero al final termino durmiendo como un tronco.

Mari me propina un empujón que me despierta en el acto.

–¡Qué bonito! Tu viaje a Raboblanco me ha hecho hasta llorar. ¿No es fascinante conocer a tanta gente maravillosa? –

–No, no lo es porque al final tienes que abandonarlos y volver a tu tiempo. Créeme que es duro dejar allí tantos sentimientos. –

–¡Pero es alucinante! Ya estoy convencida de que quiero ser también una gilipollas como tú. Esto no me lo perdería ni por todo el oro del mundo. Incluso lo haría gratis. –

–No todo es tan bonito como leerlo. Hay que vivirlo. –

–¡Y esto es el cuaderno de Roma! Voy a leerlo inmediatamente. Me has despertado tanto la curiosidad que no podré dormir hasta que lo haga. –

–Conozco un truco que te podrá servir para relajarte. Se llama ‘echar un polvo’ y funciona. Déjate ahora de lecturas. Tiempo tendrás.–

–A veces eres tan vulgar, cariño... Además, aunque estoy cansada del viaje y de tantas cosas raras, no podré dormir hasta que averigüe cómo te fue por Roma y qué demonios hiciste allí. –

Desisto de mis obscenas intenciones. Cuando se le mete una cosa en la cabeza en inútil convencerla de lo contrario. Que lea hasta que se canse. Estoy seguro que con las calamidades que pasé en Roma se le irá la loca idea de convertirse en gilipollas viajera.

Vuelvo a conciliar el sueño. Pero esta vez no es un leve empujón el que me despierta súbitamente sino una hostia de las que hacen historia.

–¿Quién es esa Clitórica? ¡Te faltó tiempo para calzarte a una romana nada más llegar a Italia!–

–No es estrictamente cierto. Aquello fue una necesidad de hospedaje y al final una cosa llevó a la otra. Eso es todo. – Le contesto mientras me masajeo la cara que me escuece a consecuencia del bofetón.

–¡Me has puesto los cuernos a las primeras de cambio! –

–Escucha, técnicamente no te los he puesto. En aquella época todavía faltaban dos mil años para que tu nacieras y nos casáramos. Es un episodio históricamente irreprochable.–

–¿Irreprochable? ¡Seis polvos en una noche! ¿Qué tenía esa fulana que no tuviera yo? Porque conmigo te viene justito. –

–No entremos en detalles, al fin y al cabo, esto es un libro que va a terminar leyendo alguien. No me quiero imaginar cómo va a quedar mi reputación en el Facebook. –

–Miedo me da seguir leyendo tus peripecias en Roma. Conociéndote seguro que has ido como loco detrás de las esclavas. –

–Te aseguro que Clitórica fue la única. He conocido a otras mujeres en ese viaje. Damas de la alta sociedad romana, esclavas y humildes trabajadoras. Pero siempre las he respetado como merece una dama cuando trata con un caballero. –

Está amaneciendo cuando despierto. Mari está acostada medio sentada. El cuaderno de Roma está sobre la sábana. Ella está llorando.

–¿Qué te ocurre, Cariño? – le digo mientras me incorporo a medias a su lado.

–Nunca pensé que estuvieses trabajando en un oficio tan bello y extraño a la vez. Llegué a suponer que te habías largado de casa y me habías abandonado. Ahora comprendo por lo que has pasado.

–¿Te puedes imaginar lo que ha supuesto para mí abandonar allí a Culito? Es algo que resulta muy difícil de superar. Pasas de la euforia por volver a tu tiempo a la depresión más absoluta por el trozo de tu propia vida que dejas allí. Pero esa es la vida del gilipollas. Piensa bien en lo que vas a decirle a Mister Patterson. Esto no es un asunto que se deba tratar a la ligera. –

–Lo tengo decidido. Yo también quiero ser viajera en el tiempo. Con suerte conoceré a María Antonieta, a Nefertiti, a La Dolores de Calatayud  o vete tú a saber cuántas gentes famosas. – Su tono de voz es tajante.

–Está bien, es tu decisión, pero recuerda que los peligros a los que nos sometemos son reales. Nos podemos encontrar que a la vuelta de una misión el otro haya muerto en la suya. ¿Has pensado en eso? –

–Ahora que lo dices, me preocupa que vayas a la guerra como me dijiste en el restaurante anoche. ¿No puedes rechazar el encargo? –

–Sí, siempre se puede renunciar a una misión. Pero en este caso no voy a hacerlo. Tengo poderosas razones para ello. –

–¿Qué razones son esas más importantes que tu propia vida? –

–El orgullo. Un hombre no puede vivir sin su orgullo. –

–¿De qué va todo eso? ¿Estas tonto? –

Mister Patterson me desafió. Me dijo en mi propia jeta que no tenía huevos de ir. ¿Qué podía hacer ante tal afrenta?–

–Supongo que nada. En el fondo, Mister Patterson tiene toda la razón. –

–¿Razón? ¿A qué te refieres con eso? ¿A que no tengo huevos? –

–No, cariño. A que eres un gilipollas de primera.–