Capítulo 4


Comité de recepción

No hemos tardado mucho en llegar por fin a New Tymes and Horizons. Antxón sabe desenvolverse entre el tráfico a horas punta.

Mari observa con agrado y fascinación el edificio. Contrasta su escasa altura y el estilo neoclásico entre los rascacielos espigados de la avenida.

En la recepción nos esperan Bobby, el botones y Mari Tere, alias Lorys, que es como debe llamársela cuando hay gente. Ya se sabe que aquí el que más y el que menos o es gilipollas o tiene un nombre falso para cubrir las apariencias.

–Os presento a mi encantadora esposa, María. – les digo.

Mari Tere sale de detrás del mostrador que le sirve de mesa de recepción y da un par de besos a mi mujer.

Bobby permanece inmóvil durante unos segundos y después coge la voluminosa maleta que carga como si llevase una tonelada de pedruscos. Las mujeres ya se sabe cómo son para eso de hacer los equipajes. Afortunadamente mi esposa cree que sólo va a estar aquí un fin de semana,

–Es un placer, María. Estoy segura de que seremos buenas amigas en cuanto nos tratemos un poco más– le dice Mari Tere con voz muy cariñosa. Mari le sonríe.

–Estoy convencida. Sois todos muy simpáticos y amables. –

–Seguro que así será, Mari Tere, gracias, pero antes subiremos a mi habitación para que mi esposa disfrute de un buen baño reparador y descanse un poco.–

Bobby nos abre el ascensor, introduce en el la pesada maleta y sujeta la puerta para que entremos. Él se queda abajo, en el vestíbulo, porque ese chisme no está preparado para el peso de los tres y el del maletón.

No puedo soportarlo un solo segundo más. En cuanto se cierra la puerta interior del ascensor, abrazo a mi mujer y la beso con tal pasión que parezco un quinceañero con las hormonas desatadas.

Ella se asombra por un instante pero luego se deja llevar por la pasión y corresponde a mi beso con otro aún mejor.

Nos abstraemos del lugar y el tiempo hasta tal punto que no nos percatamos de que el ascensor ha llegado ya al tercer piso y la puerta automática se ha abierto.

–¡Ohú! – escuchamos una voz – Un poco de formalidá. Menos mal que te he pillao yo. Si lo hubiera hecho Mister Patterson se hubiera molestao y te habría llamao la atención. Es muy mirao pa esas cosas.– Es Anthony, el científico loco, que nos observa.

–Hola Manolo, no es lo que piensas. Esta es mi esposa. –

–Mucho gusto, señor. – le saluda mi Mari mientras se ajusta la blusa.

Encantao. Este JuanVi es una caja de sorpresas. ¿Quién iba a imaginarse que tiene tan buen gusto para las mujeres? Es un auténtico placer conocerla.–

–Pues ya ves, Anthony, lo tuyo son las máquinas endiabladas y lo mío son las faldas. A cada uno lo suyo. –

Salimos del ascensor y Anthony entra en él. Seguramente se dirige al despacho de Mister Patterson. Hay que ser vago para tomar el ascensor para bajar un piso a sólo dieciséis escalones de distancia. Pero ya se sabe que los científicos son muy raritos.

El ascensor se cierra y comienza la bajada.

–Ese es Manolo, el científico de la empresa. Pero hay que llamarle Anthony cuando no estamos reunidos en el comedor. Aquí cada uno tiene un nombre falso. –

–¿Por qué? ¿Acaso esto es una secta, o lo que es peor: una organización criminal? –

–Pues no sé qué quieres que te diga. Pero no te preocupes, lo entenderás pronto. Ahora descansa un poco y hablaremos después. –

 Entramos en mi habitación. Brenda, siempre tan atenta y eficiente, nos ha preparado sobre la mesa una cubitera con una buena botella de Champagne. Preparo dos copas y brindamos por fin solos.

Chin, chin. Esto es sólo el principio. Ya verás que alucinante es todo esto. –

–Estoy tan sorprendida me parece estar viviendo un sueño. Pero no tengo claro todavía qué coño hacemos aquí tú y yo.–

–Toma un baño y relájate. ¡Tengo tanto que contarte! –Le digo mientras descuelgo el teléfono que acaba de sonar.

Es Brenda. Al parecer Mister Patterson está ansioso por conocer a mi esposa. Nos espera en su despacho para darle la bienvenida dentro de una hora.

¿Una hora? Este infeliz no conoce a mi Mari: ducharse, lavarse concienzudamente el pelo, perfumarse, maquillarse y vestirse en una hora sería un record mundial para lo que son sus marcas en estos asuntos.

Nota de un lector a su esposa:

¿Lo ves, Cari. Las mujeres sois todas iguales. Hasta a JuanVi le pasa con la suya.

¡Claro! Porque Mari es una señora que tiene clase. No como tu hermana que siempre va como una pordiosera.

Fin de la nota de un lector a su esposa:

Escucho el sonido del agua en la ducha. Pongo en marcha mi cronómetro y me tumbo en la cama con la botella de Champagne. Sería un crimen que se calentase.

Está comenzando la película ‘Lo que el viento se llevó’. Si no hacen anuncios publicitarios, creo que la voy a tener tiempo para verla enterita.

Una hora y treinta y seis minutos después, Mari sale del baño completamente desnuda salvo una toalla que cubre su melena. Creo que la fase de baño ha terminado. Entramos en la etapa secador de pelo.

–¿Y qué ropa se supone que debo ponerme para ver a tu jefe? Apenas he viajado con lo puesto. –

–¿No has traído ropa? ¿Y la maleta gigante que pesa tres toneladas que contiene? –

–Ropa de invierno, verano y entretiempo. Nunca se sabe con lo que se va a encontrar una en sitios desconocidos.–

–Pues ponte ropa de verano. Hace calor en Philadelphia en pleno Agosto. –

–No puedo ¡Es horrible! No quiero ir vestida de mamarracha. –

–¿Y porque compraste esos vestidos si luego no te gustan?–

–Los hombres no entendéis nada de nada acerca de la ropa. Además, no sabía que tenía que hablar con nadie y mucho menos con tu jefe.

–¿Qué no sé nada de ropa? ¡Más que nadie! Aquí dónde me ves, he vestido al mismísimo Nerón. –

Mari me mira estupefacta. Sin duda debe pensar que se me ha ido la cabeza más allá de cualquier límite razonable.

Me pongo a sacar todo lo que lleva en la maleta: pantalones, blusas, camisas, polos, faldas, vestidos, zapatos, zapatillas, chanclas, ropa interior…

Me centro en las prendas más apropiadas para la temperatura actual. Utilizo el tacto para comprobar las calidades de las telas. Uno a uno voy descartando vestidos tirándolos sobre la cama.  Mari me mira convencida de que me he convertido en un demente irrecuperable.

–¡Este! – le digo mostrándole un vestido rojo precioso. – Es de buena calidad y te favorece el color. ¿Tienes unos zapatos a juego? –

–¿Qué te han hecho, amor mío? Tú que nunca has querido entrar a las tiendas de ropa porque decías que te daba un agobio de morirse y ahora pareces el asesor de Christian Dior…–

–Bueno, no te lo vas a creer, pero en realidad he estado algún tiempo en el negocio de la moda. Ya te contaré. –

Dos horas después, mi Mari ya está lista para bajar a hablar con Mister Patterson. Se ha maquillado sin exagerar, como es ella, y luce radiante con el vestido rojo y el pelo sobre sus hombros.

He aguantado pacientemente a que el baño estuviese libre. Me estoy meando a chorros. Unas voces perturban el placer de estar meando cuando uno no se podía aguantar más.

–¿Bajamos o qué? – Ahora parece que le han entrado las prisas.

Mister Patterson nos espera sin alterarse para lo que es él en lo tocante a la puntualidad. Debe ser que también está casado y conoce el percal. No le había preguntado nunca acerca de estos asuntos.

– Entramos en su despacho. Él se pone en pie y rodea su escritorio para acercarse a mi Mari. Sin mediar palabra le da un par de besos en las mejillas.

–Esta es Mari, mi esposa.– le digo como si eso fuese necesario–

–Encantado de conocerla. Yo soy Patxi, pero debe llamarme Mister Patterson. En Estados Unidos hay que ponerse un nombre americano para desenvolverse en los negocios. –

–Un placer conocerle. Yo soy Mari pero puede llamarme Mary, es fácil ¿No? Se me acaba de ocurrir sobre la marcha. Porque supongo que yo también debo tener un nombre falso ¿No es así?–

–Pero siéntense, por favor. No sabía que JuanVi tuviese una mujer tan encantadora. Qué calladito te lo tenías, bribón. –

–Sospecho que él tampoco lo sabe.– ríe mi Mari mientras le guiña un ojo.

–No subestimes a tu marido. Es un gilipollas de primera.–

–¿Gilipollas? ¡A mí me lo va a contar! –

–Bueno.– interrumpo– El caso es que mi esposa se va a quedar a vivir conmigo en Philadelphia. Supongo que necesitaremos una habitación un poco más grande que la que tengo asignada ahora. –

–Pues me temo que eso no es posible. Además, no puede quedarse en la sede porque no es una empleada. Eso figura en los estatutos de la empresa. Una norma que se cumple a rajatabla.–

–Pues entonces nos trasladaremos momentáneamente a un hotel. Ya buscaremos un apartamento en la ciudad en donde establecernos. –

–Pues tampoco va a poder ser. Los gilipollas tienen que vivir en el edificio. Nunca se sabe cuándo se les va a necesitar. Además, no conviene que nadie sepa a qué se dedican. –

–¿Cómo consientes que te llame gilipollas? – Mari ya está un poco mosqueada con el devenir de la conversación.

–Porque es el puesto que ocupo en la empresa. Ahora no lo entiendes pero es estrictamente cierto. –

–¡Gilipollas! Claro, no podía ser de otra manera. ¿Pero sabes que te digo? Que me vuelvo a casa. Este misterio ya me está asqueando más de la cuenta.–

–¿Y no podría usted darle un empleo? De ese modo podríamos estar aquí juntos igual que Mari Tere y Horacio. –

–Déjame que lo piense. En realidad no necesitamos a nadie para trabajar en la Fundación. Todos los puestos administrativos están ya ocupados. –

Hace una profunda reflexión y continúa.

– Sin embargo, es cierto que no disponemos de personal femenino para los viajes. Podría ser extremadamente útil. –

–¿Viajar? ¡Me encanta! –

Esta infeliz no sabe dónde se está metiendo.

–¿Entonces quieres ser gilipollas como su marido? –

–Es difícil superar el modelo. Pero no me resultará difícil. Ya lo dice el refrán ‘Quien anda con un cojo, al año cojea o renquea.’– contesta mi Mari con todo el desparpajo – Pero todo depende de lo que haya que hacer y de cuanto se gane en el oficio. –

–Tendrá las mismas condiciones económicas que su marido y el resto de gilipollas. –

–Ah, ¿Es que hay más gilipollas en nómina? ¿Qué clase de empresa es esta? ¿Una O.N.G. que experimenta con tarados? Ya he visto que tienen un científico y todo.–

–No, no. En realidad el cargo de gilipollas está poco valorado ahí fuera, pero para nosotros son la pieza esencial en el negocio. –

–Comprendo. Se dedican ustedes al ‘Timo de la estampita’ y necesitan gente para hacer de tonto y birlarle la pasta a algún paleto confiado. –

Ja, ja.Mister Patterson está encantado con mi Mari. – Es usted buena, muy buena. Seguro que pronto se labrará una merecida reputación entre sus compañeros. –

–Bueno, al grano. ¿De qué contrato estamos hablando? –

–No deberías aceptar sin conocer antes el oficio. Te advierto que muchas veces se viven situaciones que no son plato de buen gusto.– aviso a mi esposa.

–Cien mil dólares al año. ¿Qué te parece, Mari?–

–Pues me tendrás que disculpar, Mister Patterson, pero he de volver a la habitación. De la impresión me ha bajado el cuerpo. –

–Bienvenida entonces. Ya eres de los nuestros. Ahora, JuanVi, llévala a cenar a un buen restaurante y explícale todo lo que necesita saber. Nos vemos mañana para formalizar el correspondiente contrato.–