Capítulo 30

Quinto Mandamiento

Dos obuses caen cerca. El ruido de las ametralladoras y disparos de fusil va en aumento.

–Vámonos, cari,  todavía tenemos por delante el tema de largarnos de aquí.–

–Sí, supongo que no va a resultar sencillo escapar. Todos esperan tus órdenes y no te van a dejar ni a sol ni a sombra. –

Los franceses inician otra ofensiva. Los refuerzos alemanes todavía no están preparados y la mayoría de las compañías que nos envía el Káiser están compuestas por novatos, niños y ancianos. Alemania está rebañando sus cajones.

Durante toda la noche el continuo estampido de las bombas nos ha dejado casi sordos y son tan frecuentes que casi se puede caminar sin tropezar por la luz incesante de las explosiones.

Nuestras trincheras, a poco más de dos kilómetros del convento, están cediendo. Los chicos mueren en ellas amontonados unos con otros y devorados por el fósforo de las bombas incendiarias.

Por otro lado, los franceses que intentan tomar las posiciones exponiéndose a avanzar por la tierra de nadie caen a centenares alcanzados por las ametralladoras que disparan desesperadas para detenerlos. Si esto no es el infierno le debe faltar muy poco. ¡Satanás, mira y aprende!

Ya no existe terreno seguro en ninguna parte. He trasladado el Puesto de Mando al interior del convento pero es sólo de manera momentánea porque están comenzando a caer los primeros obuses en la abadía.

El claustro y lo que era la enfermería cuando conocí al capitán De Gaulle han desaparecido. Ahora son un montón de escombros humeantes.

Dos monjas que no se han refugiado en los subterráneos yacen muertas entre los muros como muñecas destartaladas.

–He dado orden de resistir hasta el último hombre.– me dice un capitán con una venda sangrante en su frente.

–¡Qué locura!. Esto es una de esas escaramuzas a los que ya estamos acostumbrados. Seguramente todo acabará  tan súbitamente como empezó y en dos días las posiciones permanecerán como estaban. Nosotros resistimos y ellos no avanzan, estamos ante un empate técnico y eso durará mucho tiempo. Toda esta gente está dejándose la vida para nada. Así es esta guerra inmunda de las trincheras. –

–Sí, no sería la primera vez que parece que el frente se hunde y luego se recompone. –

–Esta trituradora de hombres es lo que tiene. – le digo mientras pongo mi mano en su hombro. – Por mucho empeño que pongamos en evitar pérdidas humanas, no lo conseguiremos. La humanidad se ha vuelto loca y ha puesto en marcha la maquinaria de la extinción. –

Mari ha subido del subterráneo en donde están las monjas resguardándose del fuego de artillería.

–¿Alguna novedad respecto a las hermanas? –le pregunto.

–Siguen rezando y se niegan siquiera a comer. La propia abadesa ha perdido toda la esperanza de que esto termine bien. Si no fuera porque de vez en cuando miran al cielo, juraría que han perdido todo resquicio de fe en Dios.–

–Es comprensible, han visto el mal tan de cerca que sus ojos no pueden ya soportar más horror. El problema para ellas es que esto es sólo el principio. Todavía les queda por delante mucha guerra.

–¿Crees que sobrevivirán? –

–¿Quién lo sabe? En estos tiempos lo que un día parece blanco se transforma en negro azabache a los pocos segundos. –

–Hemos tenido mucha suerte de haber nacido muchos años después de todo esto. La juventud europea se está desangrando y todavía les queda por soportar una postguerra cruel y otra guerra aún peor. –

–Bueno, de alguna manera sí lo estamos viviendo. Esto es algo inimaginable si no se experimenta personalmente. Las películas que contarán después todo esto no serán más que eso: películas. Intentarán narrar este horror con héroes atractivos que luchan con alegría al son de trompetas y timbales. Eso no es así. Aquí no hay héroes sin desgraciados condenados. –

–Así es, los espectadores las verán mientras permanecen sentados en un sofá y bebiendo una copita de coñac junto a la estufa. No es lo mismo. La guerra es hambre, frío, sueño y muerte, no una película.–

–Pero no olvides que podemos morir aquí y nadie nos va a venir a buscar para poner una bonita lápida en nuestra memoria. A todos los efectos no existimos para nadie. Pero ya verás la que preparará Adolfo para que esta gente no pueda vivir jamás tranquila y en paz. Pertenecen a generaciones maldecidas.–

–¿Quién está al mando de esta pandilla de inútiles? – grita alguien que entra en el convento por un tremendo agujero que un obús ha abierto en uno de los muros del ala oeste.

–Yo soy el comandante Gillempollenn, mi general, jefe de este sector. – le digo al verle aparecer con su bonito e impecable uniforme imperial  sin rastro de polvo. En su casco luce un pincho ridículo y anticuado. Parece una figurilla de plomo perteneciente a alguna colección de museo.

–Pues tendrá que dar muchas explicaciones acerca de porqué sus hombres se están dejando matar sin detener al enemigo. ¿Acaso ni usted ni sus tropas tienen los suficientes cojones para luchar como es debido?–

Le observo de arriba abajo.

–¿Usted no ha estado nunca en el frente combatiendo verdad? Supongo que ha permanecido cómodamente sentado antes sus mapas moviendo banderitas con sus delicados dedos. ¿Sabe lo que significa mover una de esas banderitas un sólo centímetro? ¿No, verdad? Yo se lo diré: miles de muertos. Esto es el frente, mi general y aquí se muere igual que se mata pero cara a cara no detrás de una bonita mesa de caoba a kilómetros del fuego enemigo. –

–¿Cómo se atreve usted a hablarme así? ¿No ve que está ante todo un general del glorioso ejército prusiano? –

–Me la suda. Es usted uno de esos incompetentes que se dedican a enviar a la gente a la muerte segura con la excusa del cumplimiento del deber, la patria, la bandera y todas esas milongas en las que, en lo más profundo de su ser, no creen ellas pero de las que sacan buen provecho. –

–Le  haré fusilar por esto, comandante. Es usted un cobarde indigno de mandar su regimiento. –

–Posiblemente deba usted hacerlo, mi general, pero antes de eso sígame y le mostraré algo que usted debe conocer en persona. –

Mari tiembla de terror. Se ha dejado intimidar por este individuo engreído y no sabe exactamente que hostias estoy haciendo.

Lo hago entrar en los sótanos en los que las monjas entran en pánico al verle aparecer.

–¿Qué demonios es esto? – dice al verlas ajustándose su monóculo para hacerse el importante.

–Estas mujeres son francesas pero han hecho más por nuestros soldados heridos de lo que haya hecho usted en su puta vida por nadie. Han tratado por igual a los unos y a los otros obedeciendo a su conciencia y a su caudillo al que llaman Jesucristo.–

–¿No me diga? ¿Y se supone que debo ponerles una medalla en el pecho? Es usted un gilipollas, comandante. –

–En eso tengo que darle la razón, mi general,  pero .en cambio usted y los de su calaña son unos criminales que se han dedicado a enviar a millones de hombres y mujeres al matadero y luego han vuelto a su casa a fornicar con sus parientas con la satisfacción de un deber cumplido y la conciencia a salvo porque carecen de ella. –

–Ese discurso no demuestra más que es usted un iluso cobarde que vive en un mundo de fantasía. ¿Qué otra cosa se puede hacer? Es usted un oficial y sabe que se debe al cumplimiento estricto de las órdenes recibidas. A eso se le llama disciplina y es la columna vertebral del ejército.–

–Se puede uno revelar contra esa cadena de mando tan estúpida y peligrosa y ponerle las peras a cuarto a sus superiores como estoy haciendo yo ahora con usted. Pero para eso hay que tener los cojones suficientes para hacer lo mismo hasta que, al final, llegue hasta el mismísimo Káiser. ¿Lo han pensado alguna vez? –

–Es usted un loco soñador y un traidor, comandante ¡Desobedecer las órdenes y amotinarse! ¿Todavía no se ha dado cuenta de que nuestra nación está en guerra? –

–Yo sí me he dado perfecta cuenta desde el primer momento en que pisé este terreno. Son ustedes quienes se empeñan en joder la vida a la gente honrada, humilde y decente, palabras de las que sin duda desconoce su significado. –

–¡Basta! Ya le he oído suficiente. Ahora mismo daré orden de que le detengan y le fusilen inmediatamente ante cualquier muro. No es usted digno del uniforme que viste. – me apunta con su arma.

–General, una cosita…– dice la abadesa.

El hombre da media vuelta y la mira con desprecio.

Un estampido resuena y el tipo cae redondo. Ha muerto antes de tocar siquiera el suelo. Sor Chochette mantiene en su mano una pistola humeante.

Todos quedamos paralizados durante un instante por la sorpresa. Ha sido tan rápido que necesitamos tiempo para asimilar lo ocurrido. Sin embargo, la abadesa lejos de sentirse abrumada, sonríe como si hubiese hecho algo que deseaba en lo más hondo de su ser.

–¡Qué horror! – grita otra monja–Lo ha matado, Madre. Esto va en contra del Quinto Mandamiento. –

–¿Y qué importa? ¿No estamos acaso ya todas en el infierno? Dios no me va a castigar por haber eliminado a un esbirro de Satanás, al contrario, posiblemente me proporcione unas alas y me convierta en ángela. –

Estoy paralizado. No esperaba esta reacción de la abadesa pero tengo que actuar rápido.

–Escondan a este saco de basura en algún lugar en donde nadie pueda encontrarlo. Si sus oficiales se enteran de esto las matarán a todas. –

Se apresuran a cargar como pueden con el muerto y lo llevan por un pasillo que no sé dónde conduce.

–El asunto se ha complicado mucho. Ahora vendrán a buscar al general y tendremos que inventarnos muchas explicaciones. Lo importante es que no encuentren nunca el cadáver. – les digo entre estupefacto y preocupado.

–Deje eso en nuestras manos.– responde la abadesa con una serenidad que hiela la sangre.

Yo salgo de aquí con mi Mari. Es el momento de poner pies en polvorosa definitivamente.

En el exterior las bombas francesas caen por todas partes. Milagrosamente el convento no está sufriendo los impactos pero todo parece temblar como si cien terremotos estuvieran en plena faena.

Los soldados se cobijan en sus trincheras y en agujeros improvisados y los obuses de nuestra artillería nos sobrevuelan en dirección a las posiciones francesas.

Las ametralladoras ladran como perros sarnosos y el cielo es un pantone de colores grises y negros producidos por los incendios, las explosiones y el humo de la pólvora.

Un coronel se acerca a mí. Ha perdido una oreja y su cara está ennegrecida por el polvo, el barro y el sudor.

–¿Ha visto usted al general Grossenmerden? – me pregunta mientras se agacha instintivamente ante una explosión relativamente lejana. No me cabe duda, es un novato en el frente.

–No, bastante tengo con encontrar a mis propios oficiales entre este caos, mi coronel. Esta vez la mierda nos llega ya hasta el cuello. No sé qué mosca les ha picado a los franceses pero van en serio. –

–Me dijo que iba a inspeccionar el convento para montar en él su puesto de mando. Lo buscaré allí. Es vital reorganizar una contraofensiva. –

Espero que estas brujas hayan escondido bien al general. Como este tipo encuentre su cadáver, vamos listos.

–Haga lo que quiera, mi coronel. Pero trate bien a las monjas. merecen gratitud después de todo lo que han hecho por nosotros durante todo este tiempo. –

–Acompáñeme, comandante, usted las conoce mejor que yo y también el local. Con su ayuda lo encontraremos más rápido. –

¡Qué putada! Yo sólo deseo largarme cuanto antes con mi Mari y ahora tengo que aplazar la huida para acompañar a este palurdo a buscar a su jefe. Pero no tengo otra alternativa. Vuelven los nervios y el miedo y, como es en mí habitual en estos casos, las ganas locas de aliviar mis tripas.

Intento por todos los medios no conducir a este sujeto hacia los subterráneos en donde deben haber escondido al general. Durante más de media hora recorremos todos los rincones del convento, celda por celda. Necesito ganar tiempo para que las monjas se deshagan del maleante con medallas al que Sor Chochette ha liquidado.

De pronto entramos en la capilla y nos topamos con las religiosas rezando ante una vitrina en la que hay una especie de momia.

–¿Se puede saber que hacen ustedes aquí? –Pregunta el coronel al verlas de rodillas y rezando una letanía monótona.

La abadesa le mira como si le extrañase la pregunta.

–Rogamos a San Moriticio, patrón de las balas perdidas. – responde con desparpajo la abadesa que, con disimulo, me guiña un ojo.

No puedo creer lo que ven mis ojos. Han vestido al general con unos hábitos de monje, le han cubierto la cara con un pañolón antiguo para que no se le vea a través del cristal de la hornacina y tiene todo el aspecto de una reliquia antigua.

–Bien, sigan con lo suyo. De sobra sabemos los militares profesionales que esto de rezar no sirve para nada, pero si les consuela a ustedes no tengo inconveniente en que pierdan su tiempo en ello. –

–Rezar nunca ha hecho daño a nadie, coronel. – dice una de las monjas.

–¿No habrán visto al general en jefe en el convento? Le ando buscando para reorganizar toda la brigada. –

–¿Un general? No, aquí el único jefe que tenemos está crucificado. Es un sacrificio que hace para salvar a los hombres. –

Adoro a esta abadesa cuando se pone tan mística y con los nervios templados. Está manejando tan bien la situación que sería una espía de primera o una jugadora de póker invencible.

El coronel se larga. No tiene tiempo, ganas ni preparación para este tipo de conversaciones.

–¿Cómo se les ha ocurrido a ustedes traer aquí al fiambre a la vista de todos? ¿Están locas o qué?–

–No se preocupe, comandante Gillempollenn, todo el mundo sabe que si quieres esconder algo para que nadie lo encuentre, lo mejor es dejarlo bien a la vista. – responde – El problema será que cuando acabe la guerra, igual este criminal se convierte en un santo venerado por quien no conozca la verdad.

Las dejo con su teatro. Ya solo pienso en largarme de aquí. Siempre recordaré a estas pobres mujeres a las que abandono a su suerte y siento un sentimiento extraño de nostalgia y culpabilidad.

Tomo del brazo a Mari y caminamos con prisa hasta mi propio despacho.

–Hay una cosa que siempre he querido preguntarte. – me dice mi esposa con cara de preocupación. –¿Cómo se supone que se abandona el pasado y volvemos a nuestro tiempo? –

–¿No te lo explicó el cabronazo de Anthony? ¿Cómo es posible? Si no me hubieses encontrado no habrías sabido regresar.–

–En realidad no le dio tiempo a decírmelo. Le amenacé de tal modo para que me trajese hasta aquí que creo que aún debe estar cagando blando. –

En la mesa hay extendidos unos mapas manoseados y sucios, por lo demás la habitación está desierta.

Señalo con mi dedo índice un punto relativamente cercano.

–¿Sabes orientarte bien en este plano? –

–Perfectamente. ¿Me tomas por tonta? –

–No, pero nunca has sido buena para estas cosas. Incluso te he visto discutir con el GPS de coche. –

–Al grano, por lo que veo, esto que señalas está a unos doce kilómetros de aquí ¿Cierto? –

–Casi, a catorce. Ya veo que has aprendido muchas cosas aparte de poner vendas, pinchar inyecciones y sondar pililas. –

–¿Y qué se supone que hay allí? ¿Una puerta estelar con lucecitas y toda la pesca? –

–No, un simple agujero tan vulgar como cualquier otro. No esperes nada del otro mundo. –

–¿Y qué hay que hacer? –

–Escribe en dos papelillos la palabra “RETORNO” y déjate caer en el hoyo con ese papel en la mano. El agujero es el que me indicó el papanatas de Anthony para mí, pero supongo que te servirá a ti también. Todavía hay cosas que desconozco en este oficio de viajar en el tiempo.

–De acuerdo. – me dice mientras recoge una pluma y un tintero que hay sobre la mesa y escribe con una letra casi ilegible las famosas palabras para volver. La caligrafía y ella nunca se han llevado demasiado bien.

Me entrega uno de los papeles y guarda el otro en su bolso de combate.

Nuevas explosiones suenan ahora mucho más cerca. Creo que incluso alguna de ellas se ha producido en el interior de convento.

–Todo listo, nos vamos de aquí cagando leches. –

Salimos fuera de los muros de convento por la misma brecha por la que entró el general. Es un lugar relativamente bueno ya que da a un bosquecillo en el que podremos ocultarnos mientras escapamos.

Pero no resulta un plan demasiado brillante, muchos soldados están agazapados entre los árboles. No se atreven a correr a las trincheras en donde encontrarán la muerte segura. Incluso han asesinado a sus oficiales que les ordenaban avanzar. Tengo que volver a improvisar.

–No se muevan de aquí, muchachos. – les grito–Esta posición es segura. No vayan a las trincheras, eso es un suicidio. –

Me miran asombrados. Esperaban de mí la orden de avanzar y sin embargo les indico que no lo hagan. Alguno sonríe encantado.

–A sus órdenes mi comandante, descuide, no nos moveremos de aquí ni un milímetro. –

Atravesamos el bosquecillo y salimos a un camino más despejado. Busco algún vehículo que podamos tomar para salir de aquí a escape pero los que no están destrozados, no funcionan por falta de combustible.

Afortunadamente vemos acercarse un camión hacia el convento. Me pongo en medio del camino y levanto la mano para darle el alto.

–Deténgase. – le grito al conductor.

–A sus órdenes mi comandante. Llevo algo de munición para el frente y doce hombres en el camión. Tengo órdenes de llegar a un convento que debe estar cerca. –

–Todas las compañías de reserva están acampadas en este bosquecillo que puede ver usted ahí delante. Descargue aquí sus hombres y sus cosas y déjeme el vehículo, he de ir al Cuartel General con toda urgencia. –

–Imposible, mi comandante, tengo orden de regresar con el camión a recoger más material, me esperan en el polvorín.–

–¿Hacia dónde va usted, cabo? Supongo que el arsenal sigue en su sitio y podemos hacer el camino juntos. – le pregunto mientras comienzan a bajar los soldados de la plataforma del camión.

–Sí, mi comandante, cerca del Cuartel General. – el hombre se apea de su puesto de conductor y se cuadra ante mí para saludarme militar y correctamente.