Capítulo 3

                                                     

Revista

Subo a mi habitación y compruebo que alguien ha introducido en ella varias cajas de cartón bastante voluminosas. Dejo el maletín sobre una pequeña mesa auxiliar y las abro con curiosidad.

Tan seguro estaba Mister Patterson de metérmela doblada que ya había ordenado Bobby que las subiera sin esperar siquiera mi aprobación de la misión.

En ellas hay un uniforme de soldado algo gastado, con restos de barro y un fuerte olor a sudor y humanidad. Un casco de acero Stahlhelm típicamente alemán y que luego se haría tan célebre entre los soldados nazis de la Segunda Guerra Mundial, unas botas extremadamente largas para mi gusto que se atan con unos cordones sujetos a lo largo de toda la caña, una gorra de campaña, una mochila que contiene latas de carne ahumada ¡Con fecha de caducidad de 1922! ,algunas galletas, un vaso de soldado, una escudilla de latón a modo de plato, una máscara antigás horrenda y…

¡Una pistola Luger con su vaina para colgarla en el cinto y un fusil Mauser con su bayoneta y todo!

¡Hostias JuanVi en que lío te has metido! Sudo como un gorrino y tiemblo como un flan. Afortunadamente mi habitación tiene un hermoso water. Tengo el tiempo justo para no ensuciar la moqueta. A mí los nervios siempre me afectan a la zona intestinal.

Decido relajarme tras estar un rato sentado en la taza del inodoro. Quien le puso ese nombre no estaba aquí para oler lo que acabo de echar. Intento tranquilizarme recordando las palabras del coronel acerca de que toda la misión está planificada al milímetro.

¡Los cojones! Los soldados mueren en las guerras, para eso les envían. ¿Qué planificación ni qué niño muerto?. ¡Planificación alemana! ¡No me hagas reír! ¡Mira la Volkswagen, denunciados por las I.T.V. por hacer trampas con las emisiones de humo!

Voy a bajar a hablar con Mister Patterson y con el capullo del coronel Stupiden y les voy a mandar a tomar por donde amargan los pepinos.

Suena el teléfono. Es Brenda quien llama.

Mister Patterson y el coronel quieren verte. Me han dicho que te pongas la ropa que encontrarás en las cajas de cartón que te ha subido Bobby y bajes correctamente uniformado. Por lo visto, el coronel quiere inspeccionar tu aspecto. –

–Perfecto, de todas formas iba a bajar ahora a hablar con ellos, gracias, Brenda.

Abro la puerta decididamente para salir de mi alcoba y tener unas palabritas con estos dos cuando me encuentro al bruto de Antxón esperándome detrás, con los brazos cruzados y tapando toda la salida.

–Ponte el uniforme. Me sabría mal tener que romperte algún hueso. Me caes bien, JuanVi– Se frota las manos y sus nudillos chasquean.

Sus palabras suenan tan convincentes que sólo puedo dar media vuelta y responderle mientras me aproximo a las cajas:

–¡Je, hay que ser gilipollas! Se me había olvidado ponérmelo ¡Qué cosas! –

Tardo un tiempo considerable en vestirme con toda aquella ropa. Aparte de todo el uniforme, debo ponerme un capote de invierno y después atarme al cinto la pistola, cargar con la mochila y colgarme al hombro el fusil sujeto por su correa. La Máscara antigás está en una especie de tubo metálico que debe llevarse a la espalda. La bayoneta es tan larga que me llega desde el cinturón a la rodilla. En cuanto a las botas son tan incómodas que creo que las tiraré nada más llegar y haré mi guerra particular en chanclas.

El casco pesa tanto que creo que me va a abollar la cabeza de un momento a otro.

Y con esas pintas, me presento ante aquellos dos caballeros ,por no llamarles de otra manera y mentarles a su santa madre.

El coronel se acerca a mí y contempla mi aspecto con cara de pocos amigos. Se nota la sangre prusiana por todas sus venas y esa manía de los oficiales, cuando pasan revista, por pretender que vayamos siempre vestidos con el uniforme impecable como para ir de boda.

–¡Fest! – me grita tan cerca de la cara que casi se me cae el casco.

–¡Firmes! – me aclara el traductor.

Pero no ha hecho falta, estoy tieso como un palo a consecuencia del susto que me acaba de dar este imbécil que sigue gritando como si un yunque neumático le aplastase los huevos.

Ein deutscher soldat muss respekt vor seinen offizieren haben.–

–Un soldado alemán debe tener el debido respeto con sus oficiales. –traduce el canijo.

–Vete a la mierda. Yo no soy un soldado alemán ni usted es mi jefe. Tradúceselo tal cual–le digo al intérprete que parece estar disfrutando de lo lindo con la fiesta esta pero que pone cara de preocupación por tenerle que decir eso a su jefe.

–Tranquilízate, JuanVi. Es por tu bien. Deberás acostumbrarte a la vida militar. Allá donde vas a viajar es la diferencia entre el éxito o pasarlas bien putas– Interviene Mister Patterson. – Además, de alguna manera, sí que es tu jefe en tanto que es cliente de New Times and Horizons y tú su gilipollas oficial. –

–¡Me cago en mi calavera! Creo que renuncio a esta misión. ¿No podría ir el canijo en mi lugar? –

–Soy canijo, sí, pero no gilipollas como tú.– contesta el alfeñique este al que le voy a dar una hostia que van a olvidar de golpe todos los idiomas que sepa.

Es reicht! (basta ya) – dice el coronel mientras me ajusta el uniforme, las correas e inspecciona mi fusil.

–Deberás cortarte el pelo casi al cero y practicar mucho el choque de tacones cuando saludes a un superior. En el ejército alemán sabemos hacer bien las cosas.– termina diciendo.

–¿Sabes disparar? – me suelta de golpe Mister Patterson.

–Supongo que sí, es cuestión de apretar el gatillo, sale la bala y que sea lo que Dios quiera.–

El coronel niega con la cabeza, parece poco convencido de mis aptitudes para el desarrollo de la misión encomendada. Pero al final creo que se resigna del mismo modo que yo.

El tipo ajusta mis correajes, me rodea y me observa de arriba abajo. Comprueba que me he ajustado las  botas correctamente y toma mi fusil para cargarlo y descargar su cerrojo. El chisme funciona perfectamente.

Finalmente se aleja unos pasos para contemplarme con cierta perspectiva.

–Magnífico. Parece usted uno de esos soldados zarrapastrosos que lucharon en el frente. Si además tuviese piojos ya estaría perfecto. –

–¿Es eso un elogio? Mire que la primera hostia me cuesta pero las demás van todas seguidas. – Yo seré gilipollas, sí, pero este tipo es un imbécil. Empate a uno.

–Es absolutamente fundamental que se aprenda de memoria toda la documentación que le hemos entregado. Debe conocer los rangos militares, las insignias, condecoraciones, tratamientos, nombres de determinados oficiales al mando, las divisiones alemanas y francesas que luchan en el campo de batalla. Nadie puede sorprenderle en un renuncio. Su integridad física depende en gran medida de todo eso. –

Ese sermón en alemán, con voz ronca y a gritos, acojona realmente.

Espero como una mierda pinchada en un palo a que el traductor enclenque termine su trabajo.

¿Aprenderme de memoria todos esos papeluchos? ¡No me hagas reír! ¡Ni siquiera me he acordado de llamar a mi Mari en todo este tiempo!

Y ojo, llegará hoy. A ver cómo me las apaño con ella. Tal vez no haga falta ir a Verdún para tener una buena guerra…

He subido a mi habitación y me he quitado toda la impedimenta que llevaba encima. Me huele el cuerpo a rancio. Es evidente que me han proporcionado un uniforme usado porque, por lo visto, los soldados en las trincheras no disfrutan de higiene ni sostienen una pastilla de jabón a una distancia razonable.  No debo desentonar cuando llegue allí.

Comienzo a leer todos esos papeluchos que me han entregado en el maletín. Lo dejo al poco rato. Es imposible para mí aprender todo esto. ¡Que le den por culo! Ya me las arreglaré sobre la marcha. No creo que nadie se preocupe de examinar a un soldado anónimo entre millones y en pleno frente de batalla.

Tengo otras cosas más urgentes que hacer. Por ejemplo, cómo explicarle a mi Mari cuando llegue lo que he estado haciendo estos días. Recupero la idea de escribir las memorias de los episodios vividos en Raboblanco y en Roma. Estoy seguro de que cuando los lea se podrá hacer una idea aproximada del nuevo oficio que ahora tengo.

Me pongo manos a la obra de inmediato. Le pido a Brenda que me proporcione un par de libretas y un bolígrafo que pinte bien.

Dedico toda la tarde y parte de la noche en describir con todo detalle mis andanzas por Raboblanco y Roma. Estoy satisfecho de mi capacidad de escritura aunque tiene más faltas de ortografía que un manual de instrucciones en español traducido por un chino.

Esta actividad me ha vuelto a poner melancólico. Rememorar a tanta gente de mi querido Raboblanco y de mi añorada Roma, me ha vuelto a poner muy triste. Pero de alguna manera es mi contribución para que salgan del olvido y anonimato en el que han estado sumergidos durante tantos años.

Guardo las libretas en sus cajas y me dispongo a dormir un poco. Desconozco cuando van a enviarme a la guerra y llego a la conclusión de que es mejor que me pille descansado.

Mañana volveré a revisar estos papelotes alemanes a ver si soy capaz de retener algo en la memoria para cuando llegue al frente.

Entre ellos hay una completa documentación personal para darme una identidad falsa medianamente creíble. Por lo visto, me llamaré Johann Vincent Gillempollenn. Veo claramente la influencia del tarado de Mister Anthony en todo este asunto de buscarme un nombre adecuado. Creo que le partiré los morros el día menos pensado.

Pasan dos días y me he empleado a fondo en el tema de aprenderme esa enorme cantidad de información que estoy seguro que no me va a servir para nada. Pero no quiero que nadie me meta un tiro entre pecho y espalda por no saber ni qué coño pinto yo entre el barro de las trincheras. Sin embargo, tras leerme todo ese fajo de documentos, podría decirse que soy casi un experto en lo que respecta a la batalla de Verdún.

En una especie de carterita de cuero tengo los papeles falsificados que acreditan mi identidad: Esto sí es verdaderamente importante memorizarlo por si alguien lo pregunta:

Nombre:          Johann Vincent Gillempollenn.

Nacionalidad   Alemana.

Edad:               Taitantos.

Origen:            Rüdersdorf, un pequeño pueblo al este de Berlín.

Profesión:        Hühner sexador (sexador de pollos)

Rango militar:  soldado raso.

Unidad:           Quinta Compañía de Reservistas del Octavo Regimiento de Infantería de la Cuarta División del V Ejército alemán.

Destino:           2º Pelotón de comunicaciones.

Bueno, pues eso es todo lo que deben saber acerca de mi persona cuando alguien meta sus narices en mi vida. También cuento, como recurso especial, con la pistola por si deciden escarbar en mi curiculum más de la cuenta.

Todas las insignias cosidas en mi uniforme son las correctas y el coronel Stupiden se ha encargado personalmente de revisarlas. Incluso tengo una pequeña condecoración que resalta en mi pecho.

Brenda da unos pequeños golpes en mi puerta.

-¿Estás listo ya para ir al aeropuerto a recoger a tu esposa? El vuelo aterrizará en menos de una hora. –

Apago apresuradamente un cigarrillo en el cenicero, guardo todos mis papeles en el maletín, me ajusto la americana y la corbata y me aseguro de que no llevo la bragueta abierta.

–¡Vamos! – He de reconocer que estoy ansioso por abrazar al fin a mi Mari.

Antxón nos espera en un coche alquilado negro y enorme para llevarnos al aeropuerto.

Cuando llegamos, un cartelón electrónico nos avisa de que el vuelo procedente de Madrid acaba de tomar tierra.

En el vestíbulo de llegadas, Brenda me ajusta la corbata y me sacude los hombros por si tuviese algo de caspa. Después se aleja un par de pasos para verme al competo y asiente con la cabeza un signo de aprobación pero con poco entusiasmo.

Unos minutos después comienza a desfilar gente por la puerta de salida. Son los pasajeros cargados con sus maletas con ruedas. Los primeros salen apretados y luego van apareciendo más espaciadamente. Durante unos minutos parece que todo el pasaje ha salido ya por la puerta de desembarco, pero de mi Mari, ni rastro.

Se escuchan unos gritos al otro lado:

–¡Y una mierda para ti! ¡Esto es jamón “Cinco Jotas”! ¡No lo pienso dejar en la aduana! – Le dice a una policía de fronteras de servicio en la aduana del aeropuerto.

¡Es mi Mari discutiendo! Sólo a una gilipollas se le ocurre traer comida en los vuelos y sólo a una gilipollas aún mayor se le ocurre llevarle la contraria a mi esposa por muy policía que sea!

La agente intenta hacerle entender en inglés que no se pueden introducir esas cosas en Estados Unidos. Pero a mi Mari, como si le hablase en japonés. No le entiende ni papa.

Un alarido tremendo sacude el aeropuerto entero.

–¿Quieres otra patada en los huevos? ¡Chucho, no te acerques ni un palmo a mi jamón! – acto seguido sale un perro a la carrera por la puerta huyendo como alma que lleva el diablo y soltando unos gritos estremecedores.

-¿Qué si llevo drogas en las tripas? ¡No! ¡No me jodas! ¿Por quién me has tomado?

La agente de policía la cachea y le pide que se agache mientras se ajusta un guante que le llega al codo.

–¿Qué me vas a meter un dedo por el culo? ¡Antes muerta! ¡Ni a mi marido, con lo gilipollas que es, se le ocurriría tal guarrería. ¡Y eso que marrano es un rato largo!–

Mi experiencia en el aeropuerto de Boston cuando aterricé todavía me pone los pelos de punta. Estuve tres días con un escozor de ojete insoportable.

Pero esa es mi Mari, va lista la policía si pretende salirse con la suya. No la conocen. Desconocen que una vez discutió con el mismísimo Satanás y el pobre diablo terminó metiéndose a monje de clausura.

Pasan un par de minutos sin que se vuelva a oír nada al otro lado de la puerta. Un policía se asoma para echar un vistazo al vestíbulo en donde sólo quedamos Brenda y yo.

–¿Están ustedes esperando a la pasajera española que tenemos detenida en la aduana? – nos pregunta en perfecto inglés que yo no entiendo todavía pero que Brenda domina a la perfección.

–Sí.– contesta– Y este hombre es su marido.–

El poli me mira con un semblante triste.

–¿De verdad? ¿Y por qué no se larga ahora que todavía está a tiempo? Si quiere entretengo a su esposa un poco para que tenga la ocasión de huir bien lejos.–

–¿Qué le están haciendo? – Estoy muy preocupado. Pero a decir verdad, más por ellos que por mi mujer.

El policía se encoge de hombros y vuelve a la aduana. El silencio es ahora absoluto.

Al poco, aparece mi Mari por la puerta con una sonrisa de oreja a oreja. ¡Está radiante! Me mira y suelta la maleta para acercarse corriendo a abrazarme. Nos besamos como dos tórtolos enamorados a punto de hacer su nido. Pero yo ya sé que eso es sólo la calma que precede a la tempestad…

–Bueno, pues ya me tienes aquí. Ahora me tienes que contar qué lio es este en el que me has metido. –

–Claro, cariño. Tengo tantas cosas que explicarte que creo que lo mejor es que charlemos tranquilamente esta noche en nuestra habitación. Ahora no es el momento ni el lugar. –

–¿Quién es esa? – me pregunta mirando fijamente a Brenda.

Brenda, la secretaria de dirección de mi nueva empresa. Hablaste el lunes por teléfono con ella.–

–Es más atractiva de lo que me suponía. – le dice tras dedicarle una mirada de arriba abajo.

–Gracias, María. Usted también es muy guapa y simpática. –

–Encantada de conocerla, Brenda. Disculpe si el otro día la tomé por una fulana que se acuesta con mi marido. En el fondo, no podía ser. Este desnalgado no da la talla para esas cosas. –

–¡Mujer, tampoco digas eso! De momento, gatillazos, ninguno. – protesto enérgicamente.

Ejem.– interviene Brenda un poco incomodada por la conversación. –Tenemos un coche en la puerta. Vayamos cuanto antes a la sede de la empresa. Allí podrá asearse y descansar del viaje. –

La agente de aduanas y su compañero nos observan desde la puerta. Ella lleva la ropa un poco rasgada, pero ambos están comiéndose un bocadillo.

Les oímos hablar mientras nos alejamos de allí.

–¡Este puto jamón está cojonudo. –

–Sí, nunca había probado nada tan exquisito. Lástima que la tipa esa se lo ha llevado casi todo. Sólo nos ha dejado unas lonchitas para hacernos este sándwich. –

–¡Qué remedio! ¡Cualquiera le dice que se lo requisábamos! –

–¡Menuda es la española esa! Por cierto: ¿Dónde está el perro? –

Llegamos al aparcamiento en donde nos espera Antxón. Brenda se sienta en el asiento delantero y mi Mari y yo detrás cogidos de la mano pero sin hablar apenas. Sólo mira por la ventanilla sorprendida de lo hermosa que es esta ciudad.

Creo que en el fondo y pese a todo, está contenta de haber venido.

El aroma a jamón ibérico que ha conseguido introducir por la aduana inunda todo el coche.