Capítulo 27

Moulin de Saint Laurent

Han pasado dos días desde que se largó todo el mundo. La Policía Militar no ha vuelto por aquí y nosotros tres permanecemos con el chico herido. El resto de la aldea está completamente vacía y abandonada.

Olga ha cerrado el negocio y se ha trasladado con sus chicas hacia el frente en donde obtener clientela asegurada.

–¿Estás bien, chaval? –le pregunto a Türuten que tiene mucho mejor aspecto. Mi Mari tenía razón y su herida, aunque aparatosa, no es grave.

–¿Por qué el sargento me disparó? No entiendo nada, Gillempolenn. ¿Le dijiste que le espiaba e intentó vengarse de mí? Todo el mundo sabe que ser un chivato es lo peor en lo que puede convertirse un compañero. –

–Algo parecido, perdóname, hijo. He sido un gilipollas de primera. A punto ha estado de costarte la vida. –

El chico comienza a llorar. El pecho le duele al respirar. Ha vivido más horror en su corta vida que cualquiera de nosotros.

–¿Y ahora qué? – dice entre sollozos– No quiero morir. De repente he averiguado que deseo continuar con vida. He visto la muerte tan cerca que ahora la temo como a una serpiente venenosa. –

–Saldrás de esta, incluso creo que eres inmortal después de sobrevivir a las trincheras bombardeadas, al cloro, el ataque aéreo cerca del tanque inglés y este disparo a traición. –

Mari le cambia el vendaje y Chominé le ayuda a beber algo de caldo caliente. El chico comienza a dar señales de cansancio. Pero antes de que se duerma un rato quiero hablar con él.

–¿Dónde descargó Stupiden las cajas que llevabais en el camión? –

–Deja al chico en paz.– interviene mi esposa con la autoridad de una Jefa de Servicio de hospital. – está todavía muy débil. –

–Sabes perfectamente a lo que he venido y no pienso desaprovechar esta oportunidad. Imagina que empeora y se nos muere. –

–Eres un animal ¿Cómo se te ocurre decir esto delante de mi paciente? –

–¿Me voy a morir, María? – dice el chaval muy asustado.

–No, de ninguna manera. Ya ves que estás mucho mejor que ayer. No hagas caso a este viejo comandante de opereta. – le contesta mientras me da una colleja en el cogote.

–Después de todo lo que he pasado en esta puta guerra, no me voy a reblandecer ante las lágrimas de un corneta. Estoy que ardo de impaciencia por cumplir lo que he venido a hacer y largarme de este manicomio. Sin embargo, aprecio tanto a este chico que incluso le daré mi sangre si es necesario. Mira, tengo cien litros. –

Extiendo mi brazo y me arremango para que me pinche si es preciso.

–Eres un bobo con un corazón grande. Tal vez me casé contigo por eso. –

El muchacho está a punto de dormirse completamente agotado pero me tira un poco del abrigo para que me acerque. Su boca está junto a mi oreja derecha.

Moulin de Saint Laurent. – dice casi en un susurro antes de caer profundamente dormido.

¡Por fin sé dónde están escondidas las cajas! Pero no tengo ni puta idea de dónde pueda estar ese molino. Voy a necesitar un mapa del que no dispongo.

Salgo a la calle a fumar un poco. Mi mari se muestra implacable a la hora de no dejarme hacerlo dentro de la casa a la que ahora llama “su hospital particular”

Por el camino veo acercarse a cuatro o cinco soldados. Caminan hacia nosotros con paso prudente pero relajado. Sus fusiles cuelgan perezosamente de sus hombros. Pero no avanzan por el centro de la calzada sino que me parece que se cobijan entre las sombras de la arboleda.

Me escondo tras una especie de alberca de piedra que debió servir para abrevar a las caballerías de la gente de esta aldea. Antes de abandonarla por la puta guerra, debieron ser los agricultores de toda esta vega ahora arruinada por falta de cuidados.

Cuando están a punto de llegar a la primera casa e introducirse en ella, aparezco súbitamente por su espalda con mi flamante pistola Luger en la mano.

–¡Alto! – grito con rotundidad mientas disparo al aire.

Instintivamente quedan paralizados en el acto. Son cuatro hombres. Tres de ellos levantan las manos antes de volverse hacia mí. El cuarto se caga encima y la mierda chorrea por sus piernas hasta salir por los camales de su pantalón.

–No dispares más, nos rendimos. – grita uno de ellos con la voz quebrada por el espanto y el susto.

–Tirad vuestras armas al suelo y daros la vuelta. – les ordeno.

Cuatro fusiles chasquean entre los adoquines al dejarlos caer. Cuando se vuelven hacia mí, su cara de terror se convierte en un espanto indescriptible.

–¡Un comandante! – dice uno de ellos– Estamos acabados. –

–¿Quiénes sois y qué hacéis aquí? –

–Soldados del Octavo Regimiento de Fusileros, mi comandante. –

–¿No estaréis desertando, verdad? –

–En absoluto, mi comandante. Hemos venido de patrulla. –

–¡Ja! Me tomáis por un imbécil novato. Se adivina a la legua que estáis huyendo del frente. Pero habéis tenido suerte. No voy a deteneros ni delataros. Es más, os necesito. Obedeced mis órdenes y pasaré página a este asunto ¿Estamos?–

–Haremos lo que ordene mi comandante. – dice uno medio aliviado pero sin fiarse del todo.

–¿Tenéis un mapa de esta zona? – le pregunto al que parece más espabilado.

–No, mi comandante. Pero conocemos el terreno. –

–¿Una patrulla sin mapa? Ya os dije que no me tragaba ese cuento. Pero no importa, mi trato sigue en pie. Olvidaré que sois unos cobardes que abandonan su puesto de combate.–

–¿Qué desea saber, mi comandante? – pregunta el que se ha cagado encima.

–Un par de cosas. La primera, y más importante, es identificar el lugar en donde existe un molino llamado Moulin de Saint Laurent. Y la segunda es saber qué ha comido usted esta mañana. Le huele la mierda a cieno de acequia. –

–Yo sé dónde está. Era un antiguo molino. Es sólo una ruina desde hace muchos años. Ni si         quiera la guerra se ha dignado en pasar sobre él. Sólo es un montón de escombros. Anoche, precisamente dormimos muy cerca de él antes de continuar con la “patrulla”.– contesta el otro.

–¡Magnífico! Recojan sus armas. Un fusil nunca debe estar en el suelo cuando se desarrolla una guerra mundial y su propietario es un soldado alemán. – les digo en tono de oficial al mando.

–¿Para qué nos necesita, mi comandante? –

–Usted, lávese el trasero y cámbiese de pantalón. No quiero tener que recurrir a la puta máscara antigás. Encontrará algo que ponerse en el puticlub abandonado, aunque sea ropa de fulana.– le digo al cagón.

Los otros recogen su armamento. Me fio de ellos. Nada como un soldado desertor, pillado en plena faena y perdonado para perder cualquier rastro de valentía.

–¿Qué está pasando aquí? ¿Quién ha disparado? – es mi Mari, asomándose a la puerta tan asustada como estos reclutas.

–No ocurre nada, cariño. Estos caballeros y yo hemos tenido una ligera conversación. Eso es todo, cálmate. ¿Sabe alguno de ustedes conducir un camión? –

–Sí, por supuesto, yo sé conducir. – contesta el que me había parecido más espabilado.

–Pues en cuanto salga el gorrino con pantalones limpios nos largamos en dirección al molino ¿Le queda claro? –

–A sus órdenes, Her comandante. –

–Voy a dar un paseo con estos señores, espérame y cuida de Türuten. No tardaré en volver con la misión completada. –

–¿Qué hay allí? anoche no había rastro de vida. –

–Lo sabrá a su debido tiempo. Ahora toca obedecer. –

Se abre la puerta de club de Olga y sale el soldado con un pantalón casi tan sucio como el que llevaba puesto. Pero este está solo manchado de grasa y polvo y no apesta como el otro.

Todos suben al camión en el que habían llegado Türuten y Stupiden y que permanecía oculto con la lona. Yo me siento al volante de mi coche de oficial y les sigo.

A unos seis kilómetros, toman un camino tortuoso y cinco minutos después puedo apreciar la silueta de lo que debió ser un enorme molino de trigo y que ahora no es más que un montón de escombros, tal y como me dijo el soldado.

El conductor del camión detiene el vehículo y todos se apean de él.

–Hemos llegado, mi comandante. Esto es, o mejor dicho era, el Moulin de Saint Laurent. –

Yo también me bajo del coche. Stupiden es un viejo zorro. Imposible hacerse una idea de lo que estas ruinas  esconden. Pero hasta un gilipollas como yo es mucho más astuto que él.

–¿Y ahora que se supone que debemos hacer, Her comandante? –

–Buscamos seis cajas de madera con una cruz roja pintada a mano y tan burda como si la hubiese dibujado un demente. –

Los hombres se dispersan entre los escombros. Tras un buen rato, uno de ellos viene hacia mí.

–No encontramos nada, mi comandante. Tal vez ya no estén aquí. –

Enciendo un cigarrillo. El tabaco siempre me ha ayudado a pensar. ¿Dónde coño las escondería Stupien? Deben estar cerca porque una de las pocas cosas de las que estoy seguro es de que Türuten no me ha mentido.

–Sigan buscando, es una orden. No nos iremos de aquí hasta que las encontremos. –

El propio Stupiden me dijo que si era necesario volvería a por ellas después de la guerra. Eso me da que pensar… Las ruinas no son seguras. Si los franchutes reconstruyeran el molino las descubrirían. No, Stupiden es un criminal pero no es tonto. Definitivamente no pueden estar ocultas entre los escombros.

Creo que estamos perdiendo el tiempo, lo mejor será volver a la aldea y esperar a que el corneta despierte y me dé más información. Posiblemente, él mismo ayudó al sargento a descargarlas y esconderlas.

Y es en ese preciso momento cuando descubro un enorme pedrusco entre unos árboles. Tengo una corazonada.

–Ustedes– les grito a los soldados–¿Ven ese peñasco entre los abetos? –

Miran hacia el bosquecillo.

–Sí, mi comandante. –

Me acerco a la piedra. Parece que alguien la ha movido pero está cubierta a medias con tierra fresca.

–Muevan ese pedrusco. Algo me dice que las hemos encontrado. –

Los hombres la mueven con cierta dificultad. Sin duda, Stupiden ha usado una palanca, él sólo no podría hacerlo con sus propias manos ni siquiera ayudado por el enclenque de Türuten.

Cuando la retiran, resulta que no era un pedrusco dejado allí por la naturaleza sino que es una especie de tapa o puerta que cierra un pequeño subterráneo. Es un desagüe que viene desde el molino y que está completamente seco y, seguramente, en desuso desde hace muchos años. ¡Un lugar magnífico!

Ordeno al soldado cagón que se meta dentro. Total, no se va a ensuciar los pantalones más de lo que están.

–¡Aquí! – Le oímos desde fondo el agujero –¡Están aquí! –

–Ayúdenle a sacarlas. ¡Por fin las hemos encontrado! –

Con cuidado extraen las pesadas cajas. Todas están cerradas con un candado grande. Parecería el tesoro de un Pirata bucanero.

–Cárguenlas en el camión con cuidado. Volvemos a la aldea. – les ordeno con una sonrisa de niño ante un escaparate de chucherías.

El viaje de vuelta se me hace eterno. Una ligera llovizna está embarrando estos caminos y tanto mi vehículo como el camión resbalan entre el barrizal fino que se pega a las ruedas.

Una vez en la aldea paramos frente a la puerta de la casa convertida en enfermería por mi Mari.

–Descarguen las cajas e introdúzcanlas dentro. Después pueden prepararse algo de comida. En el puticlub debe quedar algo. –

–¿Son esas las putas cajas que nos han traído hasta esta guerra? – pregunta mi Mari al verlas apiladas en el saloncito.

–No exactamente. Las cajas me trajeron a mí. Tú has venido por voluntad propia. ¡Hay que estar loca! –

–¡Qué decepción! No son tan grandes como me imaginaba. Cuando hablabas de un verdadero tesoro de las  monjas pensé que iba a ser mucho mayor. –

–¿Dónde está Chominé? – le pregunto al no ver a la chica.

–Ha salido. Lloraba desconsolada por haber perdido a su marido para siempre. He intentado impedírselo pero no podía dejar a Türuten. Le ha subido la fiebre. –

–¡Mejor! Dame una horquilla del pelo. –

–¿Cómo que mejor? Me temo que haga una locura.

–No te preocupes, ese niño nacerá y será el padre de mi cliente. Está escrito en el destino. Pero ella no debe saber que tengo las cajas en mi poder, de lo contrario nunca le hubiese contado a su nieto que su abuelo las escondió y nadie sabía dónde.–

–Entonces es un callejón sin salida. O las vuelves a ocultar para que ella no las vea o no habrá leyenda. ¿Pero entonces que ganamos con esto? ¿Pasarán a manos del nieto? –

–Por supuesto, he venido a por estas cajas y ese fulano las va a tener. Un gilipollas siempre cumple con sus tareas. –

Con cierto esfuerzo y poca maña, consigo por fin abrir uno de los candados.

En esta primera caja que he abierto hay un montón de cosas de plata y oro. Deben valer bastante simplemente al peso. Probablemente hablamos de miles y miles de marcos alemanes de la época. Su valor actual en euros debe ser también miles y miles. No tengo ahora el coco como para hacer multiplicaciones.

–Busca un arcón o algo, vamos a vaciarlas y meter todas estas cosas en él. – le digo a mi esposa.

Mari vuelve al poco con unas cajas de cartón y papeles para envolver. Yo he abierto ya todos los candados. Lo que hay aquí es verdaderamente valioso. Para el cabrón del Teniente Coronel Stupiden ha valido la pena la inversión que haya hecho. –

Escondemos todo en una habitación y cerramos la puerta. Ahora las cargamos en el camión de nuevo. Ya no pesan casi nada.

–Vuelve con Türuten a ver si le ha bajado la fiebre. Cuídalo, ese chaval va a salir de esta como que me llamo Juan Vicente. –

–Así lo haré ¿Pero dónde vas tu ahora? –

–Al puticlub, por supuesto. – le contesto con naturalidad.

–¿Cómo que al puticlub? ¿Y me lo dices como si tal cosa? ¡Eres un cerdo con cerebro de mosquito incapaz de pensar en otra cosa!.–

–Tranquilízate. Sabes de sobra que las putas de Olga se marcharon ayer. Los soldados que me han acompañado están allí almorzando algo si han  encontrado comida en alguna despensa. –

Entro en el local de Olga. Esos cuatro zánganos están comiendo unas latas de conservas con pan duro. Incluso han encontrado varias botellas de licor y están ocupándose de ellas.

–¿Habéis comido bien? –

–Sí mi comandante– me dice uno alargándome una botella de licor.

–Gracias, pero no es momento de beber. Tenemos trabajo. –

–¿Qué ordena, mi comandante? –

–Volvamos al molino. Vamos a dejar las cajas donde estaban. –

Salimos de la aldea y en poco tiempo estamos nuevamente ante el pedrusco bajo el que estaban escondidas . –

–Abran las cajas y caguen una buena mierda dentro de ellas. Es una orden.–

Se miran entre ellos con extrañeza pero tras un segundo de duda, se bajan los pantalones y obedecen como soldados dispuestos a todo.

Yo también me ocupo del asunto. Ahora que lo pienso, llevaba ya un par de días sin hacer de vientre aunque yo siempre he sido un reloj para estas cosas… En definitiva, es mi caja la que mayor contenido va a encerrar.

–¿Han acabado? – les pregunto.

–Sí mi comandante. Pero no entendemos nada de nada. –

–Ni falta que les hace. Vuelvan a dejar las cajas en el fondo del foso y tápenlo con el pedrusco. Aquí no ha pasado nada. –

Después de que obedezcan la orden, me aseguro de que todo ha quedado oculto y como debería. Nadie diría que bajo esa piedra hay un montón de…. ¡Mierda!

–Volvamos a la aldea, buen trabajo, muchachos. –