Capítulo 2

                                                       

Coronel Von Stupiden


El día avanza, son ya las tres y media de la tarde. Subo a mi habitación y me visto adecuadamente para la entrevista que tengo con Mister Patterson y su misterioso cliente dentro de media hora.

Me doy cuenta de que cada viaje tiene el efecto de hacer olvidar parte de los anteriores. Ahora mi mente no para de recordar mis tiempos pasados en Roma a costa de dejar casi en el olvido a mis queridos amigos de Raboblanco.

Me preocupa pensar que al final ni yo mismo recuerde estas etapas de mis viajes y vidas anteriores y todo vuelva a permanecer oculto en algún cajón donde la historia guarda estas cosas para que jamás se vuelva a saber de ellas.

A partir de esta noche escribiré un diario en el que estarán contenidas todas estas vivencias y a las personas con las que conviví durante todo ese tiempo. Guardaré un volumen en cada una de las cajas para que quede constancia de ellos cuando yo mismo ya haya llegado final de mi existencia y sea otro de los personajes anónimos y desconocidos que deambularon por la vida sin pena ni gloria y a los que nadie jamás recordará.

Está decidido. Escribiré todos los días vividos en el pasado con todo lujo de detalle.

Termino de arreglarme y bajo al despacho de Mister Patterson. Faltan treinta segundos para que el reloj de su despacho comience su cantinela de cuatro campanadas.

Me ajusto la incómoda corbata y golpeo la puerta con los nudillos.

–Adelante– escucho a Mister Patterson.

Penetro lentamente en su despacho y observo a un tipo relativamente joven y con ojos azules y fríos. Es alto y delgado y lleva el pelo impecablemente cortado a cepillo. El traje le sienta de maravilla pero es tan formal que incluso le hace parecer mayor de lo que debe ser.

A su lado hay un individuo enclenque y con gruesas gafas que permanece de pie. Para definirlo concretamente creo que se inventó la palabra “canijo” expresamente para él.

Von Stupiden, le presento a nuestro eficiente gilipollas JuanVi. – dice Mister Patterson mientras se acerca a mí para darme un apretón de manos.

El hombre me mira sin levantarse de su sillón. No me gusta su actitud prepotente. Apenas me dirige una mirada inexpresiva y falta de todo interés. Me parece que a este le van a dar por culo y va a ir su puñetera madre a donde quiera que haya contratado la misión con él Mister Patterson. No, mi primera impresión acerca de ese tipo no es buena. 

JuanVi, te presento a Von Stupiden, teniente coronel del ejército alemán. –

–Saludo con un leve movimiento de cabeza. El fulano ni se inmuta. Me mira de pies a cabeza sujetando con su mano derecha un monóculo ridículo y, tras un largo rato, deja caer el chisme que queda colgando en su pecho mediante una cuerdecilla y también me devuelve el cabezazo como signo de saludo desganado.

Mister Patterson me hace señas para que me siente en un sillón frente al militar. Luego hurga en una caja de madera que tiene sobre su escritorio y ofrece un cigarro puro al coronel, pero éste lo rechaza. Dice unas palabras en su idioma con acento claramente alemán. (¿Qué esperabais? ¿Que tuviera acento gallego? ¡No me jodas!). El hombrecillo que permanece a su lado actúa como intérprete.

–Gracias, no fumo. – traduce el pequeñajo. Mister Patterson toma asiento en su sillón tras su mesa.

–Bueno, bueno… – comienza a decir dirigiéndose a mí y evitando encender su puro para no incomodar al cliente– En primer lugar quiero que sepas que esta misión te va a encantar. Es como si el encargo se hubiese hecho a tu medida. –

Su voz suena tan poco convincente que llega a escamarme.

–¿De qué se trata esta vez? – Pregunto un poco inquieto.

–Poca cosa, el coronel anda interesado en conocer ciertos acontecimientos que involucran a su abuelo en un asunto de vital importancia para él. –

Súbitamente, el militar se pone en pie y comienza a deambular por la habitación con pequeños pasos marciales sin dejar de mirarme.

Me parece percibir en él la autoridad de un oficial ante un pelotón de reclutas. El canijo traduce como buenamente puede, dada la velocidad a la que este fulano alemán habla.

–Al grano, necesito saber si mi abuelo consiguió apoderarse o no de ciertas cajas que se supone ocultó en algún lugar.–

–Pues muy bien. ¿Y qué se supone que debo hacer, encontrarlas?

–Exacto. Mi abuelo luchó en Verdún durante la Primera Guerra Mundial. Sirvió como sargento en el 5º Ejército. No voy a entrar en detalles, pero esas cajas contienen algo de vital importancia para mí en particular. Mi abuela nos habló de ellas pero desconoce el lugar exacto en el que las ocultó su marido.–

–¿Secretos militares de guerra? – pregunto. El intérprete se lo traduce.

–No exactamente. Pero sé que contienen algo de gran valor y no voy a decirle nada más al respecto. Eso a usted no le interesa.–

–¿Y pretende usted que me meta en la boca del lobo de la batalla de Verdún para averiguarlo?. Se trata de una carnicería horrible. Y en las guerras tengo entendido que la gente muere. No cuenten conmigo.– me acomodo en mi sillón y cruzo las piernas despreocupadamente.

Cuando el intérprete termina de traducir lo que le he dicho, el coronel pone cara de verdadero disgusto. Instintivamente busca su pistola que debe tener al cinto. Pero, afortunadamente, no viste su uniforme militar y no la lleva encima.

Deja de mirarme y se dirige instantáneamente hacia Mister Patterson.

–Me aseguró usted que su gente estaba adiestrada y dispuesta para enfrentarse a cualquier misión. ¿Qué broma es esta? Pensaba que estaba tratando con profesionales.–

–No se preocupe, coronel. Deberá estar usted de acuerdo conmigo, que solo un gilipollas aceptaría este reto. JuanVi es de los buenos y como tal terminará por presentarse voluntario. ¿No es así? – dice ahora Mister Patterson dirigiéndose a mí con mirada dura.

–Pues no. Una cosa es ser gilipollas y otra muy distinta es ir a una guerra que ni me va ni me viene. –

Ahora el coronel se planta ante mí con las piernas abiertas, los brazos en jarras y expresión de muy malas pulgas.

JuanVi, o como se llame usted. Me llena de vergüenza estar cara a cara con un cobarde. –

–Me suda la polla lo que piense usted de mí, coronel. No pienso ir a esa misión. Eso es todo. Ya puede usted buscarse a otro para que le saque las castañas del fuego. Y hablando de cobardes ¿Por qué no va usted mismo en lugar de enviarme a mí a jugarme el trasero? –  Le hago señas al canijo para que se lo traduzca palabra por palabra.

Mister Patterson interviene:

–Vamos, vamos, querido JuanVi. A ver si va a resultar que no hay huevos. –

Eso me ha llegado a la patata. ¿Cómo se atreve?

–¿Qué no hay huevos? ¡Tengo más que nadie!– digo muy enojado. –Dónde hay que ir exactamente y a qué año en concreto? –

El viejo zorro de Mister Patterson ha sabido pulsar la tecla adecuada para liarme. Y yo he picado, como el gilipollas que soy, herido en el amor propio.

Tras traducir el episodio al coronel, éste toma asiento en su butaca con actitud más relajada.

–Deberá usted viajar al año mil novecientos dieciséis. La batalla de Verdún estará en pleno apogeo. Encuentre a mi abuelo y averigüe qué pasó con esas condenadas cajas. –

–¿Lo has entendido correctamente, JuanVi? – me pregunta Mister Patterson.

–Sí,, pero les advierto que si mi vida corre peligro o tengo que matar a alguien abortaré la misión y volveré con las manos vacías. –

–No te preocupes por eso. El coronel tiene un plan rigurosamente detallado para que no sufras peligro alguno. Y en cuanto a lo de matar a alguien, eso queda en tus manos. Al fin y al cabo vas a una guerra. Tú verás. –

El traductor, a una seña del coronel, me entrega un maletín de cuero marrón.

–Aquí hay documentación exhaustiva acerca de todo lo que debe saber para pasar desapercibido entre las líneas alemanas. Léalas concienzudamente. Esto es vital para que usted pueda salir de allí de una sola pieza. Si los alemanes sospechan del más mínimo detalle pueden confundirle con un espía francés y fusilarle sobre la marcha.

–No sabe usted lo que me tranquilizan sus palabras– le contesto con ironía. Creo que al final va a ser cierto eso de que no hay huevos. Mis piernas comienzan a temblar como castañuelas.

–Después de cenar con Nerón, podría decirse que en peores plazas has toreado. –intenta animarme Mister Patterson.

–¿Entonces qué? – pregunta el coronel volviéndose a colocar el ridículo monóculo, esta vez en el ojo derecho.

–Acepto. Pero con las condiciones que ya he dicho. Si me las veo putas, me vuelvo y asunto terminado. –

–No tiene usted que preocuparse. Todo está previsto al milímetro. ¿No ha oído usted hablar de la meticulosidad alemana? Pues eso. –

Me pongo en pie y cojo el maletín que me han entregado. No tengo nada claro si volverme atrás o no pero ya es demasiado tarde. Un español tiene agallas para eso y mucho más. Bueno, no todos los españoles, solo los gilipollas...

El coronel se acerca a mí y pone sus manos en mis hombros. Por el acento y volumen de sus palabras creo que me está regañando. Menos mal que el traductor canijo se encarga de dejar las cosas en su sitio:

–No sé qué grado de deficiencia mental tenga usted, JuanVi, pero soy militar y aprecio su valentía. Es un honor para mí el abrazarle como a un camarada. –

Me dispongo a salir para ir a mi habitación y revisar la documentación que me han  entregado cuando el coronel vuelve a hablarme.

–Una cosa muy importante que debe usted saber es que no deberá abrir las cajas ni revisar su contenido. Es alto secreto sobre el cual usted no está autorizado a conocer nada en absoluto. ¿Conforme? –

–Sí. ¿Qué puede a mí importarme lo que contengan? Probablemente se trate de mapas, cartas, documentos entre generales… A mí no me interesa nada de eso. –

–Perfecto, Her JuanVi, confío en su lealtad. –

Abandono el despacho entre confuso y cagado de miedo.

Has vuelto a hacer el gilipollas y picado en el truco más viejo que la tos:

“¡No hay huevos!” ¡No me jodas JuanVi!.



 Nota del traductor:

Me parece de todo punto intolerable que el autor haya pintado a mi colega, el traductor del coronel, como un canijo, cagabandurrias, brincapozos, imbécil, abrazafarolas, cobardón y, en definitiva, un mierda. 

Llevaré el asunto al Sindicato de Traductores. No descarto en absoluto que esto sea el principio de un conflicto laboral con consecuencias imprevisibles.

¿Qué se habrá creído el JuanVi este de los cojones?