Capítulo 13

El fuerte Douaumont

Pasan los días uno tras otro. La misma cantinela de siempre, atacar, y morir. Avanzar es tan peligroso como retroceder. Lo único medianamente seguro para conservar el pellejo es permanecer en la trinchera echo un ovillo como un hámster cansado de girar en su rueda.

Intento establecer conversaciones con algún soldado para pasar el tiempo. Pero esa gente me desprecia. Me consideran un enchufado del coronel porque yo no salto fuera cuando los oficiales hacen sonar el silbato dando la orden de ataque. ‘Ratas de retaguardia’ nos llaman a los mensajeros. Sin embargo, es un oficio peligroso también.

De todas formas, tampoco tengo mucho interés en hacer amigos. Muchos no vuelven cuando toca replegarse. No deseo tener más disgustos. He puesto a salvo a Türuten y cuando vuelva a casa no deseo echar a nadie de menos.

Tras incontables ofensivas, los pocos franceses que quedan con vida se retiran.

Es ya entrada la noche cuando un teniente me despierta dándome una patada en las botas.

–Arriba, zángano. Tenemos trabajo que hacer. –

Lleva la cara manchada de hollín para camuflarse mejor. Muchos otros soldados se ponen en pie perezosamente y recogen sus armas. Sin duda, se prepara un nuevo ataque.

No protesto, podría decirle que tengo licencia para quedarme aquí porque soy el mensajero del coronel. Pero no quiero hacerlo. Avanzar significa llegar al agujero que me permitirá volver a mi tiempo.

Salimos sin prisa de la trinchera sin formar escándalo. Las tropas francesas que ocupaban este sector ya no existen. La mayoría ha sido liquidada o hecha prisionera. Triste final para unos valientes soldados.

Recorremos lo que era la tierra de nadie. Sigue salpicada de cadáveres que fueron abatidos en las ofensivas anteriores.

Resulta sobrecogedor verles en posturas grotescas o colgados de las alambradas. Muchos están mutilados por las explosiones. Un espectáculo dantesco.

Un compañero escupe y me sonríe. Su cara es lo más parecido a un boniato que he visto en mi vida. No sé qué me impresiona más, si él o todo lo que me rodea. Luego se pone a mear apuntando a un casco que está bocarriba hasta que lo llena a medias.

Llegamos por fin a lo que eran las trincheras francesas ya abandonadas. Lo que encontramos allí es un monumento a la barbarie: cuerpos humanos irreconocibles, destrozados o abrasados por nuestros lanzallamas.

El teniente nos ordena que nos detengamos y habla con sus suboficiales.

–Sargento, Acöjonen, divida su pelotón en dos grupos. Uno servirá de avanzadilla. Puede que queden franchutes escondidos entre los escombros. La orden es liquidarlos sin contemplaciones. Nada de prisioneros. Tenemos que avanzar rápido y serían un estorbo.–

–A sus órdenes, mi teniente. –

–El resto de las tropas le seguiremos a cierta distancia. Limpien bien el sector. No podemos permitirnos pérdidas.–

–¿Hacia dónde vamos, mi teniente? – Pregunta el sargento.

–Vamos a tomar el fuerte Douaumont. Cuando lo hagamos, dominaremos todo el campo de batalla. Verdún estará a tiro de piedra y caerá sin remedio en nuestras manos. Todo el ejército alemán tendrá vía libre para avanzar.–

¿Un fuerte? ¡No me jodas! A ver si la máquina endiablada de Anthony se ha estropeado y ahora estoy en el Oeste Americano con indios y toda la pesca.

Pero no, Douaumont es una fortaleza enorme construida en el siglo XIX para defender Francia durante la guerra Franco-Prusiana. Estos dos países no escarmientan y desde hace muchos años no han parado de matarse entre ellos. ¡Y lo que les queda! Ya verán cómo se las gasta el hijo de perra de Adolfo cuando se convierta en Führer y se dedique a dar por el culo a todo el mundo.

El sol despunta en la campiña. Nos detenemos a poca distancia del fuerte. Hay que estudiar bien el ataque.

Esta mole tiene forma de pentágono de cuatrocientos metros de ancho protegido por muros de seis metros de alto. Está estratégicamente colocado en una elevada colina y desde ahí domina todo el frente. Cuenta con numerosas galerías subterráneas y búnkeres.

Unos cuantos soldados del Cuerpo de Ingenieros Zapadores nos esperan recostados perezosamente agazapados en una zanja.

–¿Qué hacen ustedes aquí? – les grita nuestro teniente.

Un sargento, cuyo uniforme debe tener más mierda que la freidora de una tasca, se pone en pie y se cuadra militarmente ante su superior.

–Soy el teniente Helver Galarga. He venido con mi sección de avanzadilla para tomar el fuerte Douaumont yo solito. ¡Con dos cojones! ¿Quiénes son ustedes y qué hacen en estas posiciones tan avanzadas? –

–A sus órdenes, mi teniente. Soy el sargento Stupiden, del 6º de Ingenieros. Les estábamos esperando. Tal vez nos necesite para volar estos muros y poder entrar en el puto fuerte. –

¡Stupien! ¡Qué pequeño es el mundo muchas veces! ¡Acabo de encontrar, por pura casualidad, al abuelo de mi cliente.

Me quedo abobado mirando a ese hombre. No se parece en nada a su nieto. Es bajito y algo rechoncho. Unas gafitas le dan un aire de intelectual pero su forma de hablar le delata. Es un paleto de tomo y lomo. El casco parece que le queda grande y le tapa casi media cara. Por su acento adivino que debe ser de la zona de Hamburgo.

–¿Qué miras, cabo? Cualquiera diría que te has enamorado de mí repentinamente. – me dice al ver que le observo con mi cara de gilipollas agravada por mi asombro.

–No, nada de eso, mi sargento. Lo que ocurre es que creo que nos conocemos. –

–Pues se ha confundido, cabo. Yo no le he visto a usted en mi vida. Le aseguro que una cara de imbécil como la suya no se olvida fácilmente.–

–Supongo que no. Pero conozco a su nieto, el teniente coronel Von Stupiden.–

¡Ja! Está usted loco de remate. Ha debido tomarse un buen lingotazo de gas mostaza y se le ha convertido el cerebro en una masa de mierda. Yo no tengo hijos. Además, a mis veinticuatro años sería un record mundial el tener un nieto teniente coronel ¿No cree? –

–Claro, tiene usted razón,  mi sargento. Estas guerras vuelven tarumba al sabio más equilibrado. He debido tomarle por otro.–

El día que sepa controlar el tiempo entre lo que pienso y lo que digo, y que las gilipolleces que manan de forma natural de mis sesos no lleguen a mis labios, dejaré de ser gilipollas. Pero de momento, soy lo que soy. Espero que Anthony invente un chisme para implantarme en el cerebro y darme el conocimiento justo para, por lo menos,  pasar el día sin ir metiendo la pata a la mínima oportunidad.

¡Já! ¡Un nieto teniente coronel, dice el gilipollas este! – El sargento ríe de buena gana.

–No se ría usted, mi sargento. ¿Quién sabe lo que nos depara el futuro? –

–Escucha, especie de tonto de pueblo, en el último permiso estuve con mi novia, es cierto y no hace tanto tiempo de eso, créeme. Pero de echar un par de polvos y dejar preñada a mi Wilhelmina a tener un nieto va un abismo. ¡Ni siquiera sé si se ha quedado embarazada! ¿Me comprendes, payaso? Además ¿Para qué te cuento a ti esas cosas? –

–Bueno, ya está bien de tanto palique. Hemos venido a lo que hemos venido. – interviene el teniente de muy malos modos.

–¿Dé donde coño ha sacado usted a este tipo, mi teniente? ¡Con estos individuos es imposible ganar guerras mundiales! – dice mientras da media vuelta y vuelve con sus hombres.

Después, el sargento Stupiden y tres de sus soldados cargan con unas caja de munición. Están repletas de dinamita. Se disponen a volar un muro, que a juicio del sargento, es el más débil.

Para nuestra sorpresa, apenas un par de disparos procedentes del fuerte intentan detenerlos. Igual están todavía durmiendo esos vagos comedores de croissants. Sin duda no nos esperaban, al menos tan pronto. Pero una vez tomada la Cote du Poivre, el avance alemán ha resultado rápido e imparable.

Tras colocar las cargas en la pared, vuelven apresuradamente tirando de un cable para detonarlas.

–Cuando usted ordene, mi teniente. El explosivo está listo. –

–¡Fuego! – grita el otro con tal fuerza que se engallita y su voz suena como el pito de un juguete de goma.

La explosión es terrible.

¡Merde!– grita alguien desde dentro del fuerte. (Este capítulo se ha escrito en plena huelga de traductores. No pienso trabajar hoy (Nota del traductor))

Cuando se disipa el humo, contemplamos estupefactos que el muro sigue intacto.

–¿Qué clase de explosivo de pacotilla ha traído usted, sargento? – indudablemente, el teniente está furioso.

–Joder, mi teniente, esas paredes deben estar hechas de piedra de calidad. ¿Qué culpa tengo yo? He puesto dinamita suficiente como para volar el Castillo de Neuschwanstein. –

–No importa. – asevera el teniente– Ordene a sus hombres que tomen su fusil y vamos todos a la carrera. Subiremos esos muros con una cuerda, si es necesario. –

Me aterra entrar en combate ¿Quién sabe si nos van a achicharrar a tiros desde lo alto? No me convence en absoluto el plan del teniente. Además tengo vértigo y nunca pude subir por la cuerda en las clases de gimnasia de mi colegio. Decido hablar con el teniente para que descarte su plan de ataque.

–Mi teniente, yo no entiendo de guerras ¿Pero no sería mejor entrar por la puerta como señores? Tal vez los vecinos de enfrente sean razonables y abran sin mayor problema? –

–¿Entrar por la puerta? ¡Claro! ¿Cómo no se me había ocurrido antes? – el tipo me mira estupefacto– Tal vez podríamos decirles a esos fulanos franceses que somos vendedores de enciclopedias. ¡No te jode! –

–No es tan mala idea, mi teniente– interviene providencialmente el sargento Stupiden. – Todavía nos queda algo de pólvora y podríamos volarla. Al fin y al cabo es de madera y no resistirá. Hasta el más tonto del culo sabe que la madera es más blanda que la piedra.–

–¿Qué clase de anormales profundos tengo a mi cargo? La puerta es el punto más vulnerable del fuerte y será el más protegido por el enemigo. ¿Quieren ustedes morir? Pues adelante. Y no se olviden de tocar el timbre y limpiarse el barro de las botas en el felpudo. Los franceses son muy tiquismiquis para estas cosas. –

De repente la situación cambia. Sorprendemos a un soldado francés que está escondido cerca de nosotros y que había salido de madrugada del fuerte para coger setas.

–¡Alto! – grita el teniente.

–El francés levanta las manos al verse sin escapatoria alguna. –

–“Ne tirez pas. J'abandonne. Je ne suis pas armé” – nos grita. (No disparen. Me rindo. Estoy desarmado (Nota del traductor, la huelga de traductores ha terminado. No hemos conseguido mejoras salariales. El autor es un negrero)

–¿Alguien sabe lo que está diciendo ese tipo? – pregunta el teniente.

–Algo referente a tiritas, jabón y acné. Debe tener problemas de granos en la cara o algo, mi teniente. –traduce un soldado larguirucho y delgado como una escoba.

–¿Qué tonterías dice usted, soldado Chiqüiliquattrënn? –

–Dice que se rinde y que no va armado, mi teniente. – intervengo yo.

–¿Sabe usted hablar ese galimatías de idioma de Francia, Gillempollenn? –

–Perfectamente, mi teniente. Y también sé hablar Alemán, Español y Latín. –

–¡Joder, es usted un tío de circo! No esperaba esto de un hombre que aparenta ser gilipollas a cien kilómetros de distancia.–

–Pues ya ve, soy un hombre muy viajado. –

Dos soldados han capturado al francés. Es un sargento Mayor de unos cincuenta años. Está asustado pero aparentemente no pierde el aplomo. Le registramos en busca de algún arma oculta en sus ropas.

El teniente me usa ahora como traductor.

–Pregúntele lo que realmente nos interesa ¿Cuántos soldados defienden la fortaleza y con qué armamento y munición cuentan? –

Pero el franchute se acoge a seguir los protocolos de prisionero y sólo nos refiere su identidad y punto pelota.

–Sargento Mayor Pierre Trette. De los Territoriales Franceses. Cuarta compañía. Y no les diré nada más. – explica el francés.

–Dígale a este cabrón que no se ande con rodeos ni formalidades reglamentarias. Quiero un informe completo acerca de las tropas que defienden el fuerte y por dónde es más vulnerable para atacar. – saca su flamante pistola Luger y encañona al sargento mayor.

–El general Jofre, Comandante en Jefe, ha dado orden de resistir bajo pena de ser enviado al paredón a aquel que se retire. Además, no pienso traicionar a mis camaradas revelando a puercos alemanes la más mínima información relevante. El fuerte resistirá como es debido. – explica el prisionero.

–Muy bien. Pues entonces nada. Ya veo que no estás dispuesto a colaborar. – amartilla el arma y apunta directamente a la frente del hombre.

–Pero no hay porque ponerse así, alemán. ¡Joder que afición tenéis los germanos a la hora de darle gusto al gatillo! ¿Quieres que hable? Pues hablaré. Para tu información te diré que el fuerte está defendido por los Territoriales, soldados veteranos que hemos sido llamados a filas. Lo tienes mal para salirte con la tuya. –

–¿Cuántos sois en total? –

–Los suficientes como para pararte tus sucios pies. Jamás entraréis en el fuerte, hijo de puta comedor de salchichas. –

Lo de hijo de puta y las salchichas lo he añadido yo por mi cuenta a la hora de traducirle al teniente. Un adorno literario como otro cualquiera.

El teniente monta en cólera. Apunto está de disparar cuando el prisionero, sin duda acuciado por el nerviosismo, deja suelto su esfínter y lanza al aire una tremenda flatulencia.

El sonido nos sobresalta a todos y nos tiramos al suelo. Es un reflejo psicológico cuando uno está acostumbrado al estampido cercano de los obuses. Fatiga de combate lo llaman los medicuchos siempre dispuestos a poner nombres raros a cualquier cosa. ¡Qué bobada!

A eso siempre se le ha llamado “miedo”.

Nos miramos los unos a los otros y nos palpamos las ropas para comprobar que seguimos con vida. Todo ha quedado en un susto. Pero el aire comienza a teñirse de un tufo que nos invita a ponernos las máscaras inmediatamente. Si eso no es tóxico, poco le debe faltar.

–¿Qué hacemos con este cerdo, mi teniente? – pregunta un cabo cuya barba es tan larga que le llega casi al pecho.

–Liquidarlo inmediatamente. Ningún sargento decente se ensucia los pantalones delante de un oficial alemán. –

El barbudo saca su bayoneta y se dirige al preso.

–¡No!– grita el sargento Stupiden– Ni se te ocurra abrirle en canal. Por lo que le huelen a este tipo los pedos, debe tener un polvorín de cieno bien abastecido en sus tripas. –

–Tiene usted razón, sargento– interviene el teniente–Lléveselo tras esos árboles y le pega dos tiros en la sesera. Y usted, Gillempollenn, acompáñele por si en el último momento se le suelta la lengua y nos dice algo provechoso. –

Tiro del brazo del desdichado y le ayudo a ponerse en pie. Le saco del hoyo en el que estamos escondidos y le escolto hasta el bosquecillo. El sargento Stupiden nos acompaña desenfundando su pesada pistola italiana que no sé en dónde la habrá conseguido.

Estoy aterrado. Voy a asistir a una ejecución inhumana. No podré resistirlo. Mis brazos y piernas tiemblan más que las del francés.

–¡De rodillas! – grita el gañán de Stupiden. Probablemente él no tiene tantos remilgos cuando se trata de matar a sangre fría. Incluso parece que al contrario de disgustarle disfrute con el asunto.

–Tengo una proposición que no vas a poder rechazar. – Dice el francés. Supongo que está desesperado por ganar tiempo. Intenta sumar unos segundos preciosos más de vida a una existencia breve.

–¿Un negocio? Explícate. ¿De qué se trata? – Stupiden baja el arma momentáneamente.

–Puedo hacer de ti un hombre inmensamente rico si me conservas la vida. Créeme. Matarme ahora no es un buen negocio para ti sin saber algo muy importante que te puedo revelar.–

–A ver, a ver ¿De qué estás hablando? –su instinto oportunista de hijo de perra con galones ha entrado en acción.

El francés me mira como dándome a entender que esta conversación está estrictamente reservada a suboficiales y que yo no estoy invitado a ella. Me hace un gesto para que me aleje. Stupiden también lo ha percibido.

–No puedes largarte, Gillempollenn. Yo no hablo franchute y no sé lo que este individuo mitad hombre, mitad cloaca, quiere decirme. Te necesito como intérprete. –

El prisionero asiente. El sargento Stupiden tiene razón.

Traduzco toda la conversación del uno al otro:

–Alemán, ante todo tienes que confiar en mí. –

–¡Y una mierda! ¿Por qué habría de hacer tal cosa? El frente está lleno de cadáveres de soldados que confiaron en sus propios compañeros ¡Como para fiarse del enemigo!–

El sargento francés comienza a mover sus dedos. Parece que esté haciendo cálculos matemáticos complejos. Al fin cuchichea:

–Por unos diez millones de marcos alemanes. Pero qué más da. Posiblemente tengas tan alto el patriotismo que tal vez te ocupes de matarme ahora mismo, como te han ordenado y seguir pasando hambre y calamidades el resto de tu jodida vida. ¡Una lástima!–

–¿Diez millones? Debes ser el embustero más liante que hayan parido las rameras de París.–

Ahora el Francés se siente por primera vez dueño de la situación.

–Pues nada, me matas y asunto concluido.–

El tipo tiene los huevos bien puestos.

–No hay prisa. Tampoco se va parar la guerra por unos minutos de conversación entre camaradas del frente. Ahora dime ¿Qué te traes entre manos?– su tono ha cambiado de repente. Ahora parece el de una madraza.

–Primero enfunda tu arma. No se puede hablar de negocios entre gente honrada con las pistolas encima de la mesa. Es una cuestión de confianza ¿Sabes? –

La esencia del ser humano se impone. Ya no son dos soldados enemigos dispuestos a volarse los sesos a las primeras de cambio. La promesa del oro siempre está por encima de todo.

–Espero que no me estés mintiendo, camarada. – le dice al francés mientras enfunda su arma.

–¿Qué va a hacer usted, Stupidden? – pregunto mientras le ata las manos a la espalda con una tira de cuero..

–¡Simple, Gillempollenn! ¿No ha oído lo de los diez millones de marcos? Pues pienso tenerlos en mi bolsillo en cuanto este tipo me diga dónde están. Mientras tanto: ¡Chitón! Ni el teniente ni nadie deben enterarse de nada de esto ¿Me has entendido? –

Vuelve a desenfundar su pistola. Pero esta vez apunta al cielo y dispara dos veces.

–Asunto terminado, el francés ha muerto. El teniente debe haber oído los disparos y estará satisfecho. –

–¿Y ahora qué hacemos con este tipo? ¿Lo soltamos?

–Es una pena que no se haya inventado todavía la medalla al más tonto del culo. A ti te corresponderían tantas que no quedaría espacio en tu pecho para ponerte otra. –

–Pues usted dirá, mi sargento. Seguro que el teniente nos espera para iniciar el ataque. –

–La solución es tan simple que hasta un niño de teta la habría imaginado ya.– hace una pausa para mirarme bien a los ojos mientras se da golpecitos en la sien con su dedo índice para indicarme que la cabeza está para pensar y no como pechero del casco de acero.

–Yo siempre he sido un desastre para las adivinanzas, mi sargento. O me habla usted claro o tendré que dedicar media vida pensando en cómo resolver este asunto. –

–¡Fácil, imbécil! ¡Moriremos los tres! –

Observo estupefacto cómo saca de uno de los bolsillos de su capote un cartucho de dinamita, le coloca una mecha y lo deja en el suelo.

–Largaos de aquí los dos. – ordena con voz firme.

Agarro al preso de un brazo y echo a correr tras un montón de escombros de lo que había sido una casa.

–¡Mi teniente!– grita el sargento hacia las posiciones de nuestros compañeros– Tengan mucho cuidado. Toda la zona es un campo minado. Gillempollenn ha pisado una y estoy intentando liberarle.

Después, enciende un cigarro puro y con el ascua prende la mecha y corre como un gamo en dirección a nosotros.

Unos segundos después, la dinamita hace su trabajo y una explosión considerable hace que nos piten los oídos.

El teniente debe estar convencido de que hemos pasado a una vida mejor. Y tal vez, en eso, tenga razón.

¡Diez millones de marcos!

Con esa fortuna un soldado podría vivir cien vidas en los burdeles más caros de toda Alemania. Hasta un Sultán sentiría envidia al contemplar como las damas le cortan la comida en trocitos y se la introducen dulcemente en la boca para que no se atragante mientras disfruta tumbado cómodamente en un canapé del espectáculo.

¡Y seguramente, el payaso de Stupiden soñaría con tener también un nutrido grupo de doncellas encargadas de limpiarle el trasero!

No voy a ayudarle porque con esto podría cambiar los acontecimientos históricos. En Raboblanco tal vez cometí el error de influir demasiado en los asuntos de la aristocracia. Pero no le voy a quitar la vista de encima a este sargentucho alemán. Permaneceré pegado a él como una lapa. Ya me imagino lo que deben contener esas cajas por las que tan interesado está mi cliente.