Capítulo 12

Desertores

Al amanecer, las tropas alemanas toman la famosa colina Cote du Poivre. Adolfo ha debido cumplir con su tarea y sin duda el Comandante Fritz Zangüangus, al mando del 32º de Infantería ha hecho un buen trabajo.

Yo vuelvo a mis posiciones. Tengo la ropa perjudicada a consecuencia de ir arrastrándome como un gusano por todo el valle. Ahora, el fuego enemigo ha disminuido y se baten en retirada hacia el fuerte Douaumont.

La luz del día me descubre un paisaje de pesadilla. Todo lo que podía arder ya lo ha hecho. Centenares de hombres yacen inertes hasta donde puede alcanzar la vista. El campo es un paisaje lunar cuajado de cráteres. Si alguien osa hablar de la gloria del soldado, de la épica de las batallas o del arte de la guerra, traerlo aquí hasta que se ahogue con sus propias lágrimas.

Entro en el Puesto de Mando. Por primera vez tengo la sensación de que el hijo de perra del coronel Schürzenjäger está contento.

–A sus órdenes, mi coronel, informo de que la misión que se me encomendó ha sido cumplida sin novedad.–

–Bien, no esperaba menos. – me ofrece un cigarro puro a medio consumir. Un gesto inaudito para un oficial de alto rango con un subordinado de la tropa.

–¿Y esos galones de cabo? ¿A qué se deben? –

–Me ascendió anoche un teniente. Dijo que me los merecía. Afortunadamente quedan todavía oficiales que saben apreciar lo que es bueno. – le contesto con desparpajo.

Se encoge de hombros.

–Sí, ciertamente se lo merece después de lo de anoche. Gracias a usted, el Comandante Zangüangus ha tomado las posiciones planeadas. Ahora descanse y coma algo. Pero no se vaya muy lejos, creo que le volveré a necesitar muy pronto. – me hace un gesto con la mano para que me largue.

Busco por todas partes a Türuten. El granuja no debe andar lejos. Supongo que se le habrá pasado ya la borrachera y estará más tranquilo ahora que ha cesado el bombardeo en este sector.

A medida que  pregunto a unos y otros por el chaval, nadie es capaz de decirme su paradero. Comienzo a temer que esté herido o, lo que es peor, muerto por alguna explosión de obús, los gases o alguna bala perdida.

Recuerdo que el subteniente aquel me dijo que lo llevaría a la enfermería, así que me encamino hacia ella con paso firme.

Lo que encuentro allí no se puede narrar en este relato. Es algo superior a mis fuerzas. Ahorro al lector describir el horror que contemplan mis ojos.

Pregunto a una enfermera cuya bata está perdida de sangre.

–¿Sabe usted darme razón acerca del soldado Türuten, el corneta del coronel? –

–No conozco a nadie por su nombre. Esto está repleto de soldados heridos que gritan sin cesar. Estoy agotada y al borde de la locura yo también. ¿Türuten? Ni idea. Busque usted mismo entre esta pobre gente moribunda y quejumbrosa. –

–Gracias. Está usted haciendo un gran trabajo con estos muchachos y por la Patria. –

–¿Patria? ¡No me hagas reír, cabo! –

Con horror descubro al oficial al que encomendé la custodia de mi chico. Está consciente pero le falta una pierna.

–¿Qué le ha ocurrido, mi subteniente? –

–Estoy jodido. Un obús franchute explotó justo delante de nosotros cuando llevaba al corneta a la enfermería. Del resto no recuerdo nada. Ahora he perdido una pata. Pero por lo menos volveré a casa con vida y me licenciarán de este infierno. – Su voz es débil y tiene mucha fiebre pero parece que su cerebro está intacto a juzgar por cómo me habla.

–¿Y el chico? –

–No lo sé. Perdí el conocimiento con la explosión. Desperté en esta cama cubierto de vendas por todas partes. –

Sigo buscándolo angustiado. Ese enano no ha podido morir tan inútilmente. Recorro todas las camas hasta que le encuentro tumbado en un camastro y aparentemente dormido.

Me acerco a él y le sacudo un poco para despertarle. Todo mi vello se eriza al escuchar como emite un quejido que viene de lo más profundo de su alma.

Türuten, soy yo, Gillempollenn. ¿Acaso creías que te iba a dejar abandonado en esta ratonera? –

Me mira sin fuerzas. Sus ojos están apagados. Nada que ver con el brillo de una mirada de adolescente.

–¿Qué te ha ocurrido? ¿Estás bien? –

–Me duele todo el cuerpo. Apenas puedo respirar sin que sienta como mil puñales me perforan los pulmones. Ha debido ser el puto gas. Adiós para siempre el tocar la corneta. –

–¿La corneta? Eres todavía más gilipollas que yo. ¿A quién se le ocurre pensar en la puta corneta en tu estado? –

–Se pondrá bien y se recuperará pronto. – dice un médico que pasa a nuestro lado con un serrucho para cortar algún miembro de otro desgraciado.

–¿Qué puedo hacer yo, her doctor? –

–Nada de momento. En cuanto pueda levantarse sin marearse se lo lleva usted a que tome algo de aire fresco y puro. Necesito que deje libre su cama. Además, no le va a hacer mucho bien este ambiente cargado de éter y de olor a putrefacción. –

–Vámonos– le digo al chico mientras le ayudo a incorporarse. Se queja y llora. Debe estar bastante jodido. Pero si lo que necesita es tomar el fresco, aquí estoy yo para ser su enfermera más servicial.

Detrás de la enfermería queda un bosquecillo milagrosamente intacto. Siento al chico apoyado en un árbol para que le dé un poco el calorcillo del sol.

–No puedo respirar bien, Gillempollen. Tengo miedo. –

–Intenta tomar aire poco a poco. Te hará bien. Es preferible a que te tenga que hacer yo un boca a boca. –

–Ni lo sueñes. Si al menos fueras una de esas enfermeritas tan guapas, todavía. ¿Pero te has visto últimamente en un espejo, Gillempollenn? –

Me reconforta que haya recuperado algo del sentido del humor que tanto escasea por aquí. Poco a poco veo que su cara va tomando color y respira algo mejor.

Descubro que hay unos algunos camiones aparcados en un claro del bosquecillo. Deben ser los que usan los artilleros para transportar las bombas de los cañones desde los polvorines a las baterías.

No lo pienso ni un instante, levanto a Türuten y lo meto en la cabina de uno de los camiones. Acto seguido arranco y nos largamos a toda velocidad.

–¿Dónde vamos? ¿Estamos desertando? ¡Nos fusilaran en el acto si nos pescan! –

–Pierde cuidado, sé lo que estoy haciendo. –

Durante horas conduzco por caminos casi intransitables. Están cubiertos de un espeso barro y algo de nieve sucia. El chico está dormido en su asiento. Debe estar agotado después de la borrachera y los efectos del gas o la explosión. Pero respira profundamente a pesar de que carraspea como una carraca vieja y tose de vez en cuando.

Es casi medio día cuando alcanzamos por fin el lugar donde quería llegar.

Me apeo del camión y ando unos pasos hacia la casa. Un disparo de escopeta me sobresalta. La lona del camión se llena de agujeritos de los perdigones.

–¡Colette, no dispares más! Soy yo, Gillempollenn. Te vas a lastimar con ese trasto si no lo dejas quieto. ¡Y lo que es peor, vas a terminar dándome!–

La mujer se asoma por el quicio de la puerta sin abrirla del todo.

–¿Gillempollenn? ¿Qué has venido a hacer aquí? ¿No habéis tenido bastante con la que habéis organizado? –

–Cálmate, Colette. Te juro que no traigo malas intenciones. Sólo vengo a pedirte un favor. –

–¿Un favor a un apestoso alemán? ¡Ni muerta! –

Me acerco a ella. Sigue apuntándome con su vieja escopeta de un solo cañón. Evidentemente, está descargada después de haber disparado.

–Escucha, no tengo tiempo que perder. Traigo a un soldadito malherido. Te pido que le auxilies. Eso es todo. –

–¡Y una mierda! A saber a cuantos de mis compatriotas habéis matado entre los dos. ¡Mira, hasta te han ascendido y todo! ¡Que le cuide su puta madre! –

Hay que reconocer que Colette a veces está imposible de tratar.

Vuelvo al camión y ayudo a bajar a Türuten. Está todavía muy débil y mareado y el tortuoso trayecto no le ha hecho ningún bien.

–Este niñato es mi amigo. Más que un camarada es para mí casi como un hijo. Ya ves, en la guerra para ser padre, no hace falta echar un polvo y esperar nueve meses.–

Sin pedir permiso, aparto a la mujer de la puerta e introduzco al chaval en la casa.

Colette parece que ha entrado un poco más en razón y ahora está más calmada. Deja la escopeta colgada en un gancho que hay en la puerta.

–¿Qué le pasa? – me pregunta mientras le observa un momento.

–Los gases. Ha debido respirar cloro. Pero está mejor y sobrevivirá. En realidad no necesita que le prestes cuidados sino que lo escondas. No debe volver al frente en donde la palmará tarde o temprano. Es un novato y un niño que morirá sin remedio. Todos estamos condenados en esta locura. Pero es muy joven para acabar en un cementerio militar bajo una cruz anónima.–

–¡Ni lo sueñes! ¿Sabes lo que le harán si lo descubren tus colegas? ¡Habéis desertado!–

–Por eso quiero que lo escondas bien. –

–¿Y si lo descubren los míos? Lo matarán igualmente y a mi padre y a mí también por confraternizar con el enemigo. –

–Escucha, sé que has perdido recientemente a tu hermano, pero ni este chicho ni yo tenemos nada que ver. No hemos matado a nadie. Este es un corneta desafinado que no puede ni soportar el peso del fusil y yo… bueno, yo soy gilipollas. –

–Puedes jurarlo ya que me pides un imposible. Además ¿Qué tiene que ver mi hermano con todo esto? ¿A qué viene ni siquiera mencionarlo?

–Imagina que él también hubiese tenido la suerte de contar con un buen compañero de armas que le hubiera alejado de los peligros del frente. Ahora estaría vivo. No, las guerras no pueden estar por encima de los deberes que como seres humanos tenemos todos con nuestros semejantes independientemente del uniforme que vistan. –

–Hablas como un cura. ¿Tal vez crees que me vas a convencer? –

–¿Un cura? No, Colette, hablo como un hombre desesperado. No creo en la Iglesia. De sobra sabes ya que Dios no está por aquí ni se le espera. Esto es territorio de Satanás ¿Acaso no lo ves? –

–Agua, por favor. – Türuten está mareado y se ha recostado junto a una pared de la casa.

Es la propia Colette quien le da de beber un poco de un vaso de barro. Después le ayuda a acostarse en el suelo y lo tapa con una manta.

–Lárgate, Gillempollenn. Maldigo la hora en la que apareciste por aquí con tu sucia jeta alemana. –

–Gracias, mi querida Collette. ¿Puedo confiar en ti?–

–He dicho que te largues. Y no se te ocurra volver por aquí jamás. Te juro que la próxima vez no fallaré el tiro.–

Dirijo una última mirada al muchacho. Está dormido o inconsciente.

Vuelvo al camión. Me satisface tanto haber puesto a salvo al chico que conduzco el trasto este cantando todas las canciones que me sé de El Fary. No todo en esta vida es inmundicia. Eso me consuela.

Ahora ya estoy libre de mi carga. Puedo volver a Philadelphia y olvidarme de todo esto de una puñetera vez. Le diré a Von Stupiden que su abuelo está muerto o capturado por el enemigo. Improvisaré sobre la marcha. Asunto zanjado.

Estoy llegando otra vez al frente. Consulto el mapa que me dieron antes de mi partida. ¡Maldición! El imbécil de Anthony ha situado el foso de retorno en un lugar que todavía está ocupado por los franceses. Sin duda Von Stupiden quiso asegurarse de tenerme una temporada por aquí para encontrar al abuelo. Me cago en su puta calavera.

Tendré que arreglármelas para llegar ahí cuanto antes. Pero ahora es imposible. Si asomo los morros por ese lugar soy hombre muerto. ¡La madre que lo parió!

Una patrulla me da el alto. Detengo el camión en mitad del camino.

–¡Vaya, vaya! – me dice un sargento de la Policía Militar mientras se acerca a la ventanilla del vehículo pistola en mano.

–Así que eres tú el rufián que ha robado el camión. Baja inmediatamente con las manos en alto donde yo pueda verlas. –

–Mi sargento, no he robado el camión, sólo lo he tomado prestado para cumplir una misión encomendada. Cumplo órdenes. –

–¿Ordenes de quién? –

–Del coronel Schürzenjäger. Soy su enlace. –

–¿Ah, sí? ¿Y de dónde vienes, si puede saberse? –

–Alto secreto. –

–Mi sargento– grita un soldado detrás nuestra– Deberíamos colgarlo inmediatamente de un árbol. Se nota a la legua que es un desertor. –

–¿Desertor? Entonces sería el desertor más inútil del mundo ya que no se alejaba sino que venía hacia el frente. –

–Pues entonces es un espía o un gilipollas, blanco y en botella. Lo mejor será fusilarlo. –

–Hay que ver que perra ha cogido usted con matar a este hombre. Espero que con los franceses tenga el mismo entusiasmo. Además, puede que esté diciendo la verdad y eso es muy sencillo de averiguar. Lo llevaremos ante el coronel. Él nos dirá si miente o no. Siempre habrá tiempo de liquidarlo si ha pretendido engañarnos. –

Me quitan la pistola y el fusil. Se colocan a mi lado y me obligan a caminar a buen paso y con algún empujón hasta que llegamos al Puesto de Mando.

–A sus órdenes, mi coronel– ladra el sargento tieso como un palo.

–¿Qué quiere sargento? ¿No ve que estoy ocupado con asuntos fundamentales? –

Me empujan hasta el extremo de hacerme caer de bruces a pocos centímetros de las botas de coronel.

–¿Conoce usted a este hombre? Asegura que es su enlace y viene de cumplir una misión que usted le ha asignado. Ha robado un camión y le hemos detenido en el bosque. –

–Sí, es Gillempollenn, mi enlace de comunicaciones. –

–Entonces le pido disculpas. Ha sido un mal entendido. Nunca se sabe. Hay mucho traidor a la Patria en nuestra filas últimamente. Un poco de jaleo y las ratas más cobardes intentan abandonar el barco.–

–Puede retirarse, sargento. Buen trabajo. –

–Con todo respeto, mi coronel.–interviene el soldado con la esperanza de verme colgando de un árbol como una ardilla– Yo creo que estaba desertando. Contra eso conozco yo un remedio de lo más eficaz. Créame que se le irán las ganas de holgazanear por ahí con nuestros camiones cuando tenga la soga al cuello. –

–¿Está usted sordo, soldado? Ya le he dicho que es mi enlace de comunicaciones. – grita el coronel y después se dirige al sargento.

–¿No sabe usted implantar la disciplina en sus subordinados, sargento?. Cuando un oficial habla, todo el mundo calla. –

–Lo siento, mi coronel, tomaré serias medidas contra este soldado. Su comportamiento debe ser corregido. –

–Por supuesto. ¡Que le corten el pelo al cero y me lo trae para inspeccionar su sesera! Con suerte le quedará algún piojo y de ese modo en su cabeza habrá un cerebro. –

Los soldados abandonan el Puesto de Mando. El futuro calvo me mira con desprecio y frustración. No se ha salido con la suya y sigo vivo.

Me incorporo y me cuadro ante el coronel. Doy media vuelta y me dirijo a la salida.

–Alto ahí, cabo. –su voz suena tan autoritaria que creo que estoy a punto de cagarme encima.

–¿Ordena alguna cosa, mi coronel? –

–Por supuesto. Quiero que me diga qué hacía usted robando camiones y circulando por esos caminos. Yo no le he ordenado que vaya a ninguna parte. Espero que tenga una explicación razonable para justificar su comportamiento. –

–La tengo, mi coronel. –

–Estoy que ardo en deseos de que me cuente qué diablos ha hecho usted.– Saca su pesada pistola y la mantiene en su mano derecha.

Es el momento de sacar lo mejor de mí mismo e inventarme una sarta de mentiras tan convincente que hasta yo mismo me las crea.

–¿Recuerda usted a Türuten, mi coronel?–

–No conozco a ese individuo ¿Quién es? –

–El corneta virtuoso que me ordenó usted buscar. –

–Ah, sí, ahora caigo ¿Qué pasa con él? –

–Desgraciadamente murió anoche durante el bombardeo. – adorno mi razonamiento con lágrimas que he conseguido sacar frotándome disimuladamente los ojos con mis manos sucias.

–¿Y qué? ¡Una lástima¡ Anoche murieron muchos bravos soldados alemanes. ¿Pero eso que tiene que ver con el asunto del camión? –

–Le había tomado cierto cariño al muchacho. Era valiente y muy buen chico. Un auténtico camarada del frente a pesar de su corta edad. No quise enterrarlo entre el barro sucio y apestoso como a tantos otros. Cargué en el remolque su cadáver y lo he enterrado como corresponde a un héroe en un lugar de honor, limpio y soleado.–

–Algo me dice que me está usted tomando el pelo. –

–En absoluto, mi coronel. Además, la patrulla me detuvo cuando estaba a punto de aparcar el camión en el mismo lugar en donde lo tomé prestado. ¿Tiene eso pinta de deserción?–

Vuelve a enfundar su pistola lentamente. Después consulta uno de sus mapas pasando su dedo índice por uno de los caminos.

–¡Aquí está! – grita como si hubiese descubierto un tesoro. – ¿Me toma usted por imbécil?

–No entiendo, mi coronel. Todo lo que le he contado es estrictamente cierto. –

–A otro perro con ese hueso. Sé perfectamente de dónde viene usted y me están entrando unas ganas locas de arrestarlo en el acto. –

Estoy asustado. Pero no puede ser verdad que sepa de dónde vengo. ¿Qué se figura ese vejestorio que he estado haciendo? Me acerco un poco a la mesa y miro el punto que señala en el mapa. Ciertamente anda muy equivocado.

–No pretenderá negarme que viene de aquí, un burdel de mala muerte con prostitutas viejas y sifilíticas ¿Verdad? –

Se me abre el cielo. Él mismo me ha dado una excusa mucho mejor que la mía.

–Lo siento, mi coronel. Es cierto. Inventé todo esta farsa del entierro del corneta porque estoy avergonzado de mi comportamiento. Aunque no le he mentido del todo. El chico ha muerto anoche. –

–Lo sabía. Es usted un cerdo indigno de vestir este uniforme. Pero supongo que nada se le debe reprochar a un soldado alemán que cumple con sus deberes. Un poco de diversión no viene mal en estos tiempos. Esta vez se va usted de rositas. Pero no vuelva a hacer lo que le salga de los huevos y jamás se le ocurra mentirme otra vez ¿Entendido? –

Suspiro aliviado. La cosa no podría haber ido mejor. Sin embargo, cuando uno lleva la gilipollez en los genes, tarde o temprano sale a relucir.

–¿Puedo preguntarle una cosa, mi coronel? –

–Diga lo que tenga que decir y aléjese de mi vista. Vaya a descansar un poco, probablemente tenga que salir esta noche otra vez a trabajar. ¿Qué quiere saber?–

–¿Es cierto que las fulanas esas son sifilíticas? ¿Y cómo lo sabe usted? ¿Acaso las visita usted también junto a sus oficiales?–

Ahora saca otra vez su pistola pero con más brío.

–Desaparezca de aquí inmediatamente o no respondo. Y póngase usted también a la cola del barbero. Su pelo ya no le va a molestar cuando tenga que colocarse el casco. –

Los soldados que me han detenido siguen por aquí cerca. Sus caras de desprecio no tienen rival al verme salir de Puesto de Mando tan campante.

Esos policías militares siempre están sedientos de caza. Muchos de ellos se alistarán voluntariamente a las SS Hitlerianas dentro de algunos años. La cabra siempre tira al monte y si, ya estoy viendo por experiencia que existen personas sin rastro alguno de alma. Tendrán ocasión muy pronto de saciar su instinto criminal con millones de desgraciados.

Estoy cansado después del viajecito en esa tartana y de la nochecita en vela. Curiosamente, no tengo hambre, pero sí la extraña necesidad de darme un buen baño. No existen en estas trincheras lugares acondicionados para darse una buena ducha. De hecho, el agua está racionada para el consumo humano mínimo necesario y sobre todo, para refrigerar las ametralladoras.

Las letrinas son agujeros infectos en los que no se puede entrar sin experimentar una angustia repulsiva. Muchos de nosotros nos ponemos las máscaras antigás para cagar medianamente a gusto.

Decido recostarme en un hueco y taparme con una manta que he encontrado tirada en el suelo. Debe tener el mayor número de piojos por metro cuadrado de la historia. La echo a una hoguera que alguien ha encendido para calentar la cena.

La tarde comienza a caer y refresca. Me acurruco en el rincón. Oigo perfectamente ruido de combate en la lejanía. Sin duda, mis camaradas están avanzando a buen ritmo. Eso son buenas noticias. Pronto el agujero que me permitirá volver a mi época estará en nuestro territorio. De ahí a largarme para siempre de aquí sólo es cuestión de poco tiempo. La falsa sensación de seguridad que me asalta al escuchar los tiros en un frente cada vez más lejano me permite dormir un rato a pierna suelta.

Ya ves, la muerte de muchos será mi salvación de retorno. ¿Remordimientos? Pocos. ¡Es la guerra!