Capítulo 11


Adolf

¡Me cago en mi puta suerte! Justamente ha ido a caer una bomba francesa en mitad de una letrina en el mismo momento en el que paso yo por ahí. No voy a entrar en detalles pero doy gracias a los oficiales majaretas que haya lanzado el gas y nos hayan ordenado ponernos las máscaras. ¡Menos mal!

Sigo corriendo por la trinchera. Pero ahora no necesito hacerme paso a codazos entre los soldados. Son ellos mismos los que se apartan para cederme el paso. Ríen al verme cubierto de mierda.

Para llegar al punto designado necesito subir hacia cielo abierto. La noche se ha cerrado y el tiroteo ha cesado en gran medida. Sigilosamente avanzo medio agachado por entre los alambres, los cráteres de obús y los muertos. Algunos comienzan a descomponerse y apestan. ¡Pero mira quien ha ido a hablar!

La oscuridad juega a mi favor. Apenas puedo ver más allá de un metro de distancia. El cielo está completamente tapado con el negro humo de los incendios. Irremediablemente caigo de bruces en un agujero que ha hecho una de las bombas. Está medio lleno de agua. Aprovecho para lavarme un poco en aquel cenagal.

Pero ahora estoy completamente mojado y la noche es muy fría. Salgo del cráter empapado y encuentro a un cabo que yace a poca distancia. Le quito la ropa y las botas. Me desnudo y me pongo su uniforme. Afortunadamente, sólo ha recibido un disparo directo en la frente y su uniforme está casi limpio e intacto.

¿Afortunadamente? ¡Qué mierda de guerras que sacan lo mejor y lo peor de uno mismo! Ese pobre chico ha muerto de forma horrible pero para mí es un alivio volver a estar seco y casi caliente. Es la vida en el frente. Lo tomas o lo dejas. Los remordimientos y las angustias no tienen ahora espacio en la lucha por la vida.

Sigo corriendo por mitad de la tierra de nadie. Estoy ya fatigado pero con una fuerza extraordinaria que saco de no sé dónde para acabar esta carrera suicida lo antes posible. ¡Qué miedo estoy pasando!

Encuentro muchos cuerpos sin vida destrozados o colgando de las alambradas como trapos viejos. Pero doy gracias al humo que me oculta de miradas indiscretas.

¡Coño! Algún imbécil ha lanzado una bengala. Cuelga del cielo como un adorno de navidad e ilumina gran parte de la zona en la que me encuentro. Como me vea algún francés ya puedo darme por jodido.

Tengo que ocultarme o me dispararán de inmediato. Me tiro al suelo como si acabase de descubrir la ley de la gravedad. Hundo mi cabeza entre mis hombros y me aferro al terreno como si tuviese miedo de ser rechazado por él y me pusiese de nuevo en pie. Agarro con mis manos la tierra con tal fuerza que me hago daño en los dedos.

La Madre Tierra, por algo la llaman así, es ahora la que me protege como una auténtica diosa maternal hasta que esta iluminación infernal de la puta bengala se agote y se vaya a tomar por culo y me deje a solas con mi amada oscuridad.

La asquerosa bengala se apaga y continúo mi carrera por estos andurriales. Creo que me he desorientado un poco pero estoy convencido de que sigo la ruta más o menos correctamente.

Vuelvo a caer en uno de los fosos producidos por un obús. Gracias a Dios este está seco pero hay un hombre malherido en su interior. ¡Es un sargento francés!

Como puede, intenta coger su fusil pero reacciono a tiempo y le doy una patada al trasto alejándolo de su alcance. Saco mi puñal y se lo muestro. Está tan aterrado como yo.

–No te molestes por mí, alemán, ya estoy liquidado. – me dice con un hilo de voz.

–No pienso hacerte ningún daño– le digo. Se asombra de que hable francés perfectamente. A veces el malafolla de Anthony tiene buenas ideas, hay que reconocerlo.

El hombre, un sargento de infantería francés, tiene una fea herida en el pecho y una pierna rota. Me mira consciente de que su precaria vida pende de un hilo y a merced de mi cuchillo. Pero no me suplica piedad. Su mirada es firme. ¿Valor o locura? ¿Quién sabe?

Yo ya tenía muy claro desde un principio que no iba a involucrarme de ningún modo en la muerte de nadie. Él no lo sabe pero jamás pasaría por mi cabeza la idea de hacerle daño alguno.

Saco un cigarrillo, lo enciendo con prudencia con un encendedor de yesca que no hace chispas y tras darle una calada, se lo pongo en los labios.

–Toma, francés. Es un cigarrillo de opio. Te ayudará a soportar el dolor. – Le digo en voz baja.

Me mira agradecido. Nunca olvidaré aquella mirada desesperada.

Unas voces en francés hacen que salten todas mis alarmas. He debido adentrarme en terreno tomado por el enemigo sin darme cuenta.

–¡André!– escucho que llaman a alguien al que deben estar buscando. Probablemente se trate del sujeto que está a mi lado.

En un acto reflejo le quito el cigarro de la boca y se la tapo con mi manaza. Si me delata estoy listo.

Los soldados se alejan y vuelven a su trinchera. Una ráfaga de ametralladora que hace rebotar varias balas por entre el pedregal les ha convencido de que no vale la pena buscar a nadie ni meter las narices fuera de un buen refugio. Miro al sargento que mantiene la vista perdida. Sin duda, está ya recogiendo su boleto con destino directo al infierno.

Le dejo allí agonizando. ¿Qué otra cosa puedo hacer? Tal vez matarle y poner fin a su sufrimiento fuese un acto más piadoso que cruel pero no tengo estómago para eso. Probablemente, este episodio de inhumanidad me persiga de por vida preguntándome si estuve a la altura de las circunstancias o no.

Se ha levantado un viento bastante fuerte y se ha llevado el humo en dirección a Verdún. Eso me proporciona más claridad a la hora de averiguar dónde coño me encuentro. Con espanto, me doy cuenta de que mis líneas están mucho más al este de lo que pensaba por lo que debo corregir mi rumbo. Estoy en pleno territorio francés.

No tengo valor para correr ni de pie ni medio agachado, así que me arrastro como una culebra para no ser visto. La desesperación y el pánico me hacen llorar como a un niñato pero mi instinto de supervivencia toma el timón y me conduce directamente hacia mis camaradas alemanes.

–¡Lárgate de aquí, estúpido. Vas a atraer a toda Francia hasta mi escondite. – me dice una voz bastante antipática desde un cráter.

Ruedo instintivamente hacia el agujero hasta caer en él. Un tipo delgaducho y con bigote me toma del cuello y me impide defenderme como es debido.

–¿Quién eres? – me dice sin dejar de apretarme el pescuezo.

–soldado Gillempollenn, del 2º de Comunicaciones. – le contesto como puedo.

–¿Soldado? ¿Y por qué llevas galones de cabo? – El tipo es observador.

–He ascendió esta misma noche. – le contesto– Las guerras son un lugar estupendo para hacer carrera en el ejército. –

Me suelta dándome un tremendo empujón.

–¿Eres el enlace del coronel Schürzenjäger? – me pregunta. 

–Eso depende de quién seas tú. –

–Cabo Adolf, tengo órdenes de esperarte para que me entregues las órdenes para el Comandante Fritz Zangüangus, jefe del 32º de Infantería.

–Si de verdad eres quien dices ser debes darme el Santo y Seña.– No me fío de este tipo. Algo me dice que no es trigo limpio ¿Y si fuese un espía?

–“Esta noche he cenado huevos y me duele el hígado.” – me contesta del tirón.

–Lo que me dice es exacto, eso concuerda con las instrucciones que me facilitó el coronel.

–Y ahora tú. Podrías ser un metomentodo francés que me diese instrucciones falsas para el Comandante. –  tiene razón. Estas cosas deben hacerse bien. Nunca se puede uno fiar de nadie.

–“Pues yo he cenado hígado y me duelen los huevos.” –contesto.

–Muy bien. Todo correcto y en orden. – ahora se relaja un poco y me extiende la mano para que le entregue los planes de ataque.

Un bombazo explota cerca de nosotros y nos acurrucamos en el hoyo. Cuando cesa la lluvia de piedras, volvemos a tomar una postura más normal.

Le entrego el sobre con las órdenes que debe encargarse de trasladar. Otra explosión nos vuelve a sobresaltar.

–Estoy hasta los cojones de esta puta guerra. Estos franchutes cada vez afinan más la puntería. deberíamos colgarlos de los huevos inmediatamente. – me dice con un tono de voz rotundo.

–Bueno, Adolf, lo importante es que conservamos el pellejo de una pieza. Eso es lo que cuenta ¿No? –

–De momento…–

Guarda el sobre en un bolsillo de su capote. Está a punto de salir hacia el destino encomendado. Me estrecha la mano pero lo que me dice a continuación me hiela la sangre:

–No conocía la existencia del 2º de Comunicaciones. Pero si alguna vez necesitas algo, yo pertenezco a la 1.ª Compañía de la 6.ª División de Reserva Bávara. Si algún día te dejas caer por ahí, pregunta por mí, cabo Adolf Hitler. Nos tomaremos unas cervezas.–

–¿Adolf Hitler? – exclamo estupefacto.–

–En efecto. ¿De qué te extrañas, Gillempollenn? ¿Acaso me conoces de algo? –

–¿Qué si te conozco? – estoy a punto de meter otra vez la pata – ¡Por supuesto que no! ¿Por qué habría de hacerlo? –

Otra bengala ilumina el campo. Algunos soldados son sorprendidos por el alumbrado y caen bajo las balas de una ametralladora.

No es el momento más oportuno de salir de agujero. Adolfo se sienta a mi lado para esperar a que se calme un poco el jaleo.

–Cuando acabe por fin todo esto volveré a Viena. Soy pintor ¿Sabes? ¡Y de los buenos!– me dice para hacer tiempo.

Siempre había oído decir que es un tipo reservado y antipático. Pero esta noche, por lo visto, está de lo más hablador.

–¿Pintor? Pues mira, yo te veo más metido a político. –

–¿Político? Debes estar de broma. Jamás caeré tan bajo. Esa gentuza solo sabe hacer trampas para que nos matemos unos a otros y largarse con el beneficio y el ego bien gordo. ¡Qué cosas tienes, Gillempollenn! –

Decido ser un poco más audaz con este tipo.

–No soy judío, que lo sepas. –

–¿Y a mí que coño me importa? ¡Por mí como si te la pica un pollo!¿A qué viene eso ahora? –

–No sé. Pero supongo que les tendrás manía, como todos. –

–No tengo nada contra los judíos. Además yo tampoco lo soy. Es cierto que son gentuza, pero tengo camaradas que también lo son y luchan como cualquier alemán de pura raza. –

Adolf, nada me agradaría más en este mundo que no cambiases de idea. Lo que dices está lleno de sabiduría. –

–Hablas raro, Gillempollenn. ¿Qué mosca te ha picado? –

–Ninguna, simplemente tengo un presentimiento acerca de tu futuro. No soy adivino pero esta noche tan oscura lo veo claro como el cristal. –

–Sin duda la guerra te ha perjudicado la sesera. Será mejor que me largue con viento fresco antes de que me leas la mano o la regata del culo para vaticinare el porvenir. –

–¿Crees que ganaremos esta guerra? –

–Sin duda, pero lo único que verdaderamente me preocupa es que no me agujeree el trasero una bala enemiga. Ya fui herido en una ocasión y eso duele. Si a los jefazos les disparasen de vez en cuando otro gallo cantaría y tal vez se pensasen dos veces el enviar a la juventud a esta carnicería.–

¡Joder como cambia el cuento cuando uno es un mandao y está con la mierda hasta el cuello! Lástima que olvidará pronto sus propias palabras.

–Hablas como un cobarde, Adolf. ¿Dónde está tu patriotismo? –

–Amo a Alemania del mismo modo que las balas francesas la odian. Sin embargo, me cago en el patriotismo. Los héroes mueren inútilmente y nos dejan solos en el fregado. Pero no soy un cobarde, simplemente no entiendo para qué nos estamos matando tontamente. – me muestra su Cruz de Hierro de segunda clase, una condecoración difícilmente otorgada a un soldado de tan baja graduación.

–¿Cómo es que no has llegado al menos a suboficial todavía? –

–No tengo dotes de mando, eso dicen mis jefes. Y debe ser cierto. Yo sólo aspiro a largarme en cuanto esto acabe y volver a mis acuarelas. Eso es todo. –

–Yo no sé si tienes dotes de mando o no. Pero ten cuidado. El futuro de la próxima generación alemana y de gran parte del mundo dependerá de ti. –

Me mira como quien está convencido de estar frente a un loco de remate. En el fondo eso no es del todo falso. Formamos un dúo excepcional compuesto por un demente y un gilipollas.

Una ráfaga de ametralladora francesa ruge de repente. Se pueden ver perfectamente las trayectorias de las balas trazadoras en dirección a algún punto de nuestras posiciones avanzadas.

Dos explosiones más. La noche está movidita. Pero esta vez las bombas caen a doscientos metros de distancia y son inofensivas para nosotros.

Me quedo pensativo durante unos instantes. Otra bengala surca el cielo vomitando su peligrosa luz.

–Dime, Adolf ¿Crees que Alemania se rendirá al final? Tengo entendido que los americanos también están a punto de llegar.–

–Por supuesto que no. La supremacía alemana está muy por encima de cualquier otro pueblo. ¡Y los americanos son una panda de maricones indisciplinados! ¡No me jodas! Pero no será un camino fácil. El Káiser tomó la decisión de hacer luchar al ejército en dos frentes, el ruso y el occidental. ¡Sólo a un inútil se le ocurriría tal cosa!

–Pues algo me dice que vamos a perder esta guerra. Créeme. Pero tú sobrevivirás. Está escrito.–

–¿Eres acaso uno de esos brujos del demonio que se dedica a sembrar el derrotismo? Conmigo no tienes nada que hacer. Es más, debería matarte aquí mismo. Los que son como tú sois un cáncer para la victoria germana. No tenéis cabida entre soldados decentes.–

–No sé, pero la situación pinta mal. La juventud alemana es aniquilada en estas luchas. No puede ser bueno para nadie que esto ocurra. –

–Hablas como un cobarde de primera. Pero tal vez tengas razón. En las guerras siempre hay un ganador pero a costa de unas pérdidas inimaginables. ¿Pero qué quieres? ¡Así son las guerras! Si no, se llamarían de otra manera. –

–A lo mejor no es cierto lo que se dice en Alemania y los enemigos no son tan cobardes, debiluchos y subdesarrollados como nos han enseñado. Al fin y al cabo, luchan igual de bien que nosotros. –

–¡Bobadas! Lo único que hace falta es un buen Führer que sepa hacer mejor las cosas que estos gobernantes de opereta anticuados. – me dice con tal convicción que me eriza el cabello.

 ¡Ja! ¡No me fastidies! ¿Y ese vas a ser tú? – le tiento un poco para ver de qué clase de pasta está hecho.

–No, Gillempollenn. ¡Qué tonterías se te ocurren! Soy un simple cabo de Bohemia. Estoy tan metido en la mierda como tú y el resto de alemanes que luchan en esta condenada guerra. Con salir vivo me doy por satisfecho. Me alisté en el ejército para tener cama y comida. Luego estalló esta gigantesca bola de mierda y aquí estoy. No me está mal empleado ¡Por listo! Pero si tengo que dar mi vida por Alemania, lo haré, tenlo por seguro. Creo que en ese aspecto, tú y yo somos muy distintos.–

Disimuladamente, busco mi puñal debajo de mi capote. El tipo sigue hablando acerca de su vida en Viena y de la dura vida de un joven intentándose labrar un futuro en un mundo que no aprecia su arte. 

Dibujo en la arena una Cruz Gamada. El hombre me mira extrañado.

 –¿Qué ostias estás pintando? – 

–Es una Svástica. –

 ¿Svástica? ¿Qué coño es? Nunca he oído hablar de eso. ¿Es acaso un símbolo satánico? – 

–Puedes asegurar que lo será pronto. –

 –No se puede negar que es simple, bonito e hipnótico. Me gusta. Cuando acabe esto lo incluiré, de alguna manera, en alguna de mis obras.– Otra bengala y nuevos disparos. Al cabo de un par de minutos se extingue su brillo y volvemos a la oscuridad. Y aquí, en este apestoso cráter de obús, en plena batalla, con la noche cerrada y olor a pólvora y sangre, este sujeto no me parece tan obscenamente despreciable. Es más bien un simple desgraciado fanatizado como otros millones de camaradas de uno y otro bando. Nadie se imaginaría al verlo cubierto de barro y polvo, asustado y tiritando de frío que es un ser sin alma. Más bien parece un paleto con galones. 

Otro soldado anónimo y constipado igual que los que combaten en cualquier bando. Con la cabeza carcomida por ideas prefabricadas acerca del honor, la patria, la grandeza, la obediencia ciega del soldado de cada uno de los países por los que luchan y por los que no apetece en absoluto dar la vida pero que se entrega a cambio de nada. 

Tengo que hacerme una composición de lugar y poner en orden mis pensamientos.

¡Estoy nada menos que ante Adolf Hitler!. Aunque él no lo sepa todavía, lleva dentro de a uno de los criminales más despiadados que haya dado nunca la humanidad.

Charlando con él aquí, en este oscuro agujero, no parece siquiera un mal tipo. Pero yo conozco la verdad. Podría liquidarle ahora mismo y a traición y cambiaría la historia con mis propias manos.

Estoy dispuesto a hacerlo. Al fin y al cabo, nada de lo que ocurriese en un futuro sin su grotesca presencia podría ser peor de lo que aguarda al mundo si le dejo escapar vivito y coleando.

Ya está decido, me lo cargo y que sea lo que Dios quiera.

Mi mano tiembla. Nunca he matado a un hombre y jamás pensé que me agradaría hacerlo. Pero me reconforto a mí mismo con la idea de que no es un ser humano sino un esbirro de Satanás destinado a destrozar a la humanidad entera.

Otro cañonazo estalla a menos de cinco metros de nuestro agujero. La onda expansiva es tan fuerte que me arranca el casco de la cabeza y el puñal de mi mano. Quedamos cubiertos de tierra y piedras. Por un momento pierdo el conocimiento. Mis oídos sangran, también mi nariz.

Recupero el sentido en unos segundos. Hitler se ha puesto en pie y me mira casi sin inmutarse. Se acerca a mí y me da un buen par de hostias para que reaccione. Sería la ocasión perfecta pero mi puñal ha ido a parar lejos de mi alcance y no tengo fuerzas ni para moverme.

–¿Estás vivo? –

–Sí, eso creo. – le respondo.

–Me alegro, Gillempollenn, espero volver a verte algún día cuando esto acabe. Te aseguro que es preciso conservar la vida ahora porque nunca más volveremos a vivir una guerra como esta. Estoy convencido de que servirá de escarmiento a más de uno.–

El cacho cabrón me da la espalda y sale apresuradamente del hoyo.

Apenas puedo moverme. Experimento dolor en todo el cuerpo y una mezcla de impotencia y rabia por haber dejado escapar a esa alimaña.

Otra vez el mismísimo Demonio ha debido estar de su lado. Seguramente ha estado atento para cuidar de su cachorro favorito.

¿Y Dios? ¿Dónde está Dios cuando más se le necesita? ¿O acaso el destino está escrito en algún lugar de tal modo que es imposible cambiarlo de un plumazo?

Lo ignoro, pero ahora es el momento de volver a mi sitio, junto a Türuten. Después de todo, es la única razón de peso por la cual permanezco en este manicomio gigante.

Y si el lector se está preguntado por qué soy tan gilipollas como para no largarme y volver de una puta vez a mi tiempo… Pues en la pregunta está, precisamente, la respuesta.