Capítulo 10


El día del ataque

Todavía no ha amanecido. Türuten y yo dormitamos hechos un ovillo para resguardarnos del frío. Los cascos, los uniformes, las botas, todo está cubierto de una fina y helada escarcha.

Tenemos órdenes de presentarnos a las siete en punto en el Puesto de Mando. El tiempo ha mejorado y probablemente hoy se inicie el ataque a gran escala. Satanás debe estar impaciente frotándose las manos.

Entramos en la choza en donde el coronel está despachando las últimas órdenes a sus oficiales. Todos sincronizan su relojes de bolsillo. Son las siete y tres minutos.

Uno tras otro saludan al coronel. Este les estrecha la mano antes de que salgan a sus respectivos puestos.

–Corneta.–le dice a Türuten– Esté usted preparado para soplar. En unos minutos vamos a desencadenar tal infierno que hasta el Diablo apartará la vista horrorizado ante un infierno que superará al suyo. –

El silencio reina en la habitación. Pero me parece estar escuchando el reloj del coronel. ¡El tic-tac de la muerte!

A las siete y cuarto en punto se da la orden.

–¡Corneta, sople hasta que se le salgan los pulmones por el otro lado de la cuerna! –

Está amaneciendo. El sol brilla tristemente asomándose por el horizonte como intrigado para ver que va a ocurrir. La silueta del corneta se recorta contra un horizonte anaranjado.

La artillería, situada detrás de nosotros, comienza a vomitar un tornado de fuego. Podemos oír los cañonazos y los obuses volando sobre nuestras cabezas en dirección al bosque francés. De hecho es lo único que podemos escuchar. Se ha desatado el Apocalipsis.

Türuten y yo volvemos a la trinchera y nos cobijamos aterrados tras unos sacos. Ninguno de los dos ha estado antes en combate. Temblamos de frío, nervios y miedo. En el interior de nuestros pechos retumba cada una de las explosiones.

Mil trescientos cañones disparan sin cesar más de un millón de obuses contra las posiciones francesas del bosque Des Caures. Los franceses están cayendo como moscas. Debe ser terrible. Una lágrima se me escapa. La locura en estado puro se ha apoderado de la humanidad. El frente francés es una columna de humo y fuego hasta donde alcanza la vista.

Mis camaradas están eufóricos en un primer momento. Ninguno parece experimentar el más mínimo remordimiento por el sufrimiento que deben estar padeciendo los muchachos de enfrente.

–Cuantos más mueran en el ataque, menos posibilidades tendremos nosotros de ser muertos por ellos. – es la aplastante lógica con la que Türuten, en un escaso intervalo entre cañonazo y cañonazo, puede decirme.

Al cabo de dos horas de bombardeo, los soldados alemanes se aburren y dedican su tiempo a limpiar sus armas, hacerse algo de almuerzo, escribir cartas a sus madres o novias y jugar a naipes en el fondo de la trinchera. Es curioso el cerebro humano capaz de adaptarse a cualquier circunstancia y convertirla en rutina por muy espantosa que esta resulte.

Son las doce del mediodía. Nuestros oídos ya no son capaces de oír nada. Parece que se han endurecido a base de tanto escuchar los estampidos. Sólo un silbido constante y monótono martillea los tímpanos. Hasta las ratas, tan comunes en las trincheras, se han esfumado.

Türuten ensaya con su corneta pero dudo que ni él mismo llegue a escuchar sus propias notas.

Un capitán se acerca a nuestro grupo. Se trata de Von Gaffen Malafollenn. Un oficial muy apreciado por sus hombres. Es de esos escasos oficiales que son capaces de infundir algo de optimismo a sus subordinados. Incluso se muestra simpático y agradable con la tropa, una cualidad que escasea entre los oficiales germanos. Sus hombres le adoran.

Nos indica por señas que preparemos nuestras armas y calemos las bayonetas. Seguramente el bombardeo ha debido acabar con cualquier resquicio de tropas francesas en el lado de enfrente y ha llegado el momento de tomar las posiciones enemigas y liquidar a aquel desgraciado que continúe con vida.

Pero esto parece no tener fin hasta que a las cinco de la tarde, el cañoneo cesa tan súbitamente como comenzó. El repentino silencio parece ahora tan irreal como el estruendo del bombardeo.

El capitán hace sonar su silbato y todos comienzan a subir la rampa de la trinchera para avanzar como una manada de búfalos de estampida hasta las posiciones francesas.

–No te muevas de aquí.– le digo al corneta que ya está a punto de asomar el hocico y saltar al exterior.

–¿Por qué me he de quedar aquí como un cobarde? ¡Déjame en paz, Gillempollenn! –

–Tu puesto y el mío están junto al coronel. No sabemos si nos va a necesitar a alguno de los dos. No somos la infantería y no estamos destinados a ser carne de cañón ¿Te queda claro, mocoso? –un extraño instinto paternal se ha apoderado de mí. De ninguna manera voy a consentir que se exponga a la muerte este niñato alocado.

Los soldados avanzan gritando como si se hubiesen vuelto locos de remate. Supongo que es una forma de soltar adrenalina ante el miedo a ser acribillados por algún superviviente francés.

Efectivamente, alguno es derribado por disparos enemigos y cae al suelo como un saco viejo. Otros se enredan entre las alambradas y ahora ya no gritan de entusiasmo sino de dolor. ¿Cómo es posible que haya quedado algún rastro humano en la zona francesa después de recibir aquella lluvia de fuego durante todo el día?

Pese a las terribles pérdidas, los supervivientes franceses hacen piña y resisten. Pero es ahora cuando se demuestra que la crueldad humana no conoce límites. Nuestros lanzallamas entran en acción.

Puedo ver a lo lejos como los franceses corren de una zanja a otra y contraatacan. Me parece estar viendo una película. Esto no puede ser real. Tengo que engañar a mi cerebro o me volveré más gilipollas de lo que soy.

Cae la noche y los franceses han recuperado prácticamente todo el terreno perdido. Los nuestros regresan jadeantes, asustados y algunos se ha ensuciado en los pantalones.

El capitán Gaffen Malafollenn, tiene una ligera brecha en la frente que no para de sangrar. Con un trapo sucio se prepara él mismo un vendaje improvisado.

–Teniente Zangalindrön– grita a uno de sus oficiales– Quiero un informe de bajas. –

Los hombres se tiran de cualquier manera al interior de la trinchera y caen como escombros en la precaria seguridad que les ofrece el sucio fondo del foso.

Algunos todavía no se han dado cuenta de que están heridos y otros suspiran profundamente aliviados  porque han conservado el pellejo intacto.

–Recargad munición, revisad vuestras armas y descansad un poco. Esto no ha hecho más que comenzar. – grita el capitán– Más pronto que tarde tendremos que atacar nuevamente a esos franchutes subdesarrollados. Por lo visto no han recibido bastante y no han muerto todos esos hijos de perra como estaba acordado.–

Unos soldados rasos se ocupan de transportar en camillas improvisadas a los desafortunados compañeros que han resultado seriamente heridos. Algunos están inconscientes pero otros nos ponen los pelos como a un erizo a consecuencia de sus gritos.

–Mi capitán, tres suboficiales muertos o desaparecidos, doscientos trece soldados no han vuelto a la trinchera. Están muertos o heridos entre el campo y las alambradas. – informa el teniente Zangalindrön. Aunque da las novedades en voz baja, Türuten y yo las oímos perfectamente.

El chico me mira horrorizado.

–Ya te dije que no asomases tu hueca cabezota fuera de la trinchera. Esto no es un juego de machotes para adivinar quien la tiene más larga. Si quieres ver héroes tienes una colección completa ahí fuera, pero están averiados para siempre.– le digo mientras el chico se acerca a mí como buscando cobijo.

Cae la noche. Todos están agotados tras el ataque y comidos por los nervios. Casi ninguno tiene presteza de ánimo para dormir. Para la mayoría es su bautismo de fuego.

Se nos ordena guardar silencio absoluto. Es crucial escuchar lo que esté haciendo el enemigo no vaya a resultar que nos preparen una jugarreta inesperada.

Türuten se ha aferrado a mí como una lapa. No quiero rechazarle bruscamente pero tampoco que nos tomemos un cariño mutuo que pueda resultar doloroso para ambos.

Algo me dice que ninguno de los dos va a salir de esta. En el fondo no es más que un niño que debería estar en secundaria estudiando algo de provecho e intentando, de paso, ligar con alguna jovencita de la Escuela Femenina Insel Scharfenberg.

Consulto mi reloj. Son cerca de las cinco de la madrugada. Un individuo se acerca a mí sigilosamente.

–¿Eres tú el que toca la corneta?– me pregunta en un siseo de voz.

– ¿Y qué si lo fuera?– le contesto escamado. Türuten, duerme abrazado a mí. Instintivamente pongo mi brazo sobre él como un reflejo proteccionista paternal.

–El coronel me ha ordenado que te busque y te presentes en el Puesto de Mando inmediatamente.

Despierto al chico. Me mira con ojos vidriosos. Apenas ha comenzado a conciliar el sueño.

– Te llama el coronel. Sin duda tendrás que volver a tocar tu trompeta de la Apocalipsis. Por lo visto, la fiesta se va a reanudar.

Se pone trabajosamente en pie y camina hacia el Puesto de Mando. Yo espero agazapado en la zanja. Sólo han preguntado por él y en cuanto a mí, sé por experiencia que presentarse voluntariamente ante los jefazos, no es buen negocio.

Son las cinco de la mañana en punto. Oigo perfectamente las notas de zafarrancho que está tocando Türuten. Los cañones comienzan a acompañarle con su estruendosa percusión. Triste sinfonía que anuncia la muerte.

Pero esta vez es distinto, los franceses han instalado cerca de trescientos cañones y ahora los obuses van y vienen de unas posiciones a otras.

Türuten ha vuelto a mi lado. Unas bombas están cayendo muy cerca de nosotros. Temblamos de miedo. Ahora nos toca también a los alemanes pasar por el aro.

El escándalo es monumental. Cada explosión nos parece reventar el pecho. Nuestros oídos casi se niegan a trabajar. Están saturados. Una lluvia de piedras elevadas cientos de metros por las explosiones cae sobre nosotros. El humo nos impide ver más allá de unos metros y el olor a pólvora me hace añorar a mi querida Valencia, tan lejana en la distancia y el tiempo.

–Lo principal es que estés siempre cerca de mí. No dejaré que te ocurra nada malo. Pero si yo desaparezco, es fundamental que no te separes del capitán Gaffen Malafollenn. Él sabe lo que hace. – Intento explicarle a voces junto a su oreja.

Los oficiales hacen sonar sus silbatos. Toda la tropa está preparada para salir de la precaria seguridad que ofrecen las trincheras para corretear por el campo y encontrar, seguramente, la muerte.

Como una jauría de locos, salen al exterior. El capitán Malafollenn recibe un disparo en la cabeza y es uno de los primeros en caer. Su cuerpo no ha conseguido superar la barrera, rueda como una marioneta gigante y ahora yace en el interior de la trinchera junto a nosotros.

–¿Qué decías acerca del capitán y su buena suerte? – me dice el chico aterrado ante el cadáver del oficial.

–Bueno, teniendo en cuenta que se llamaba Gaffen y de apellido Malafollenn, tampoco es de extrañar que le pasasen cosas como estas de vez en cuando. –

Siguen las explosiones, pero ahora se mezclan con los disparos de fusil de ambos bandos y el ladrido de las ametralladoras. Otra bomba francesa cae a pocos metros de nosotros. En un instante estamos cubiertos de barro.

Me asomo ligeramente para ver el lamentable espectáculo. Hombres corren y caen súbitamente alcanzados por las balas. Otros vuelan cuando una bomba explota a pocos pasos de los infortunados. Las alambradas parecen tendederos de costureras asesinas dejando al sol los cadáveres enganchados. Durante unos segundos vomito y luego pierdo el conocimiento.

Türuten me despierta con un buen par de hostias. Por un momento ha llegado a pensar que he sido alcanzado yo también por alguna bala traviesa o un trozo de metralla. Llora de pena y terror. Pero al verme abrir los ojos me regala una extraordinaria sonrisa.

–Pensaba que eras un tipo duro, Gillempollenn, pero veo que tú también eres como los demás. ¿Estas herido?– me dice a voces. Casi es imposible oír nada con tanto jaleo.

–Estoy bien, mocoso maleducado. Pero no mires ahí fuera. El espectáculo está acorde al precio de las entradas. –


–¿Y qué hacemos? ¿Esperar a que una bomba nos caiga justo encima? – Está tan asustado que ni siquiera se ha dado cuenta de que sangra por la nariz. Son las consecuencias de las ondas expansivas de las explosiones.

–Vamos al puesto de mando. Tal vez el coronel requiera de nuestros servicios–le digo al corneta mientras le ayudo a ponerse en pie. Es una excusa como otra para salir pitando de la zanja y regresar a la retaguardia sin quedar como lo que soy: un auténtico cagarrita.

La cabaña en donde se suponía que estaba el Puesto de Mando ha desaparecido. Ha debido recibir un impacto de lleno. Sólo un muñón se alza a duras penas. Es la chimenea que se mantiene en milagroso equilibrio.

Siguen cayendo las condenadas bombas francesas por todas partes. soldados corren de un lado a otro sin saber exactamente dónde ir. A pesar de que estamos en lo que podría llamarse la retaguardia, este tampoco es un lugar apacible.

–¿Dónde está el coronel? –pregunto a un cabo que se ha dejado llevar por el pánico y se ha abstraído completamente de la situación. Está sentado en el suelo tirando piedrecitas a un bote de conservas vacío.

–Déjame en paz. Me importa una mierda el coronel y toda su tropa de oficiales. Nunca nos dijeron la verdad acerca de lo que es una auténtica guerra.–

Un obús estalla muy cerca de nosotros. Yo caigo de culo y me hago mucho daño en las nalgas. Veo a Türuten entre neblinas. También está tumbado pero me sonríe para hacerme saber que se encuentra bien. El cabo sigue con su jueguecito sin darse por aludido. Estoy convencido de que ni siquiera ha escuchado la explosión.

Un soldado gigantón corre sin reparar en  mi presencia. Tropieza conmigo pero no llega a caerse.

–¿Sabes dónde está el coronel? – le pregunto mientras me incorporo a medias y totalmente dolorido allá donde la espalda pierde su casto nombre.

–Antes de iniciarse el ataque, todo el Puesto de Mando se instaló en el búnker ¿Acaso crees que esa gente es gilipollas?–señala hacia una trinchera en cuyo interior hay pasadizos y refugios.

Ayudo a levantarse al corneta y le tomo del brazo. Corremos nuevamente hacia la trinchera. Del campo de batalla nos llega tal escándalo que diríase que es el purgatorio en un día de fiesta mayor.

Nos dejamos caer en la fosa y avanzamos hasta que encontramos la entrada del Bunker.

El coronel discute con sus oficiales a grito pelado. El ataque no ha resultado tan efectivo como estaba planeado. Observa atentamente sus mapas manoseados y habla con rotundidad a sus subordinados.

–Prohibido ceder un solo palmo de terreno al enemigo. Me encargaré personalmente de quien retroceda. No quiero que vuelvan ustedes con el rabo entre las piernas. Esta vez tenemos que tomar los objetivos acordados.

–Los franceses deben contar con pocos refuerzos tras el ataque de ayer. Pronto tomaremos sus posiciones. – dice un Comandante con más años que Matusalén.

–Esta misma noche tenemos que tomar Cote du Poivre. Desde allí tenemos una posición de dominio y además está sólo a cinco kilómetros del fuerte Douaumont.

–El viento sopla en dirección a Verdún y las tropas enemigas. Pido permiso a Her coronel para utilizar los gases. –  dice un capitán completamente calvo.

El ingenio humano no conoce límites en lo que a matar se refiere.

–De acuerdo. Ordene a toda la tropa que se ponga las máscaras antigás. Es preciso tomar Cote du Poivre ya. El Mariscal Grossen Görren de Platten me cortará las pelotas si no lo hacemos antes del amanecer. Pero juro ante Dios que antes de todo eso se las cortaré yo a ustedes ¿No sé si me explico–

Yo ya sé que esta batalla va para largo. Estos estúpidos que lucen sus galones y sus medallas creen que se trata sólo de una ofensiva rápida. No tardarán en darse cuenta del cenagal en el que se han metido.

Y  hablando de cenagal… ¿Qué coño estoy haciendo yo aquí en una guerra que ni es la mía ni de la que voy a sacar nada bueno? Maldigo el día en el que acepté la misión. ¿Cómo voy a encontrar al antepasado del coronel Von Stupiden. ¿Y si ha muerto ya? Creo que lo mejor será desertar y volver con mi Mari a Philadelphia. Aquí no se me ha perdido absolutamente nada.

De pronto, el coronel repara en mi presencia.

–Esté atento, Gillempollenn, le voy a necesitar. – me dice. Sus palabras me hielan la sangre ¿Qué querrá de mí esa especie de asesino vestido de uniforme?

Estoy tan absorto con estos pensamientos que apenas me doy cuenta de que el coronel Schürzenjäger me entrega unos documentos perfectamente doblados y metidos en un sobre.

–Debe usted salir inmediatamente hacia las posiciones que ocupa el 32º de Infantería. Serán los primeros en atacar las posiciones. Para ellos está reservada la gloria de tomar Cote du Poivre.  Debe entregar este sobre al Comandante Fritz Zangüangus, jefe del Batallón. Nuestras líneas de comunicación han sido cortadas por el bombardeo francés y no es posible comunicar con él mediante el teléfono. Dese usted prisa, estas órdenes deben estar en sus manos antes de la media noche. –

Me señala en un mapa el lugar en donde se supone que está establecido el 32º de Infantería. Mis ojos no pueden creer lo que estoy viendo.

–Mi coronel – le digo en un alarde de valor– Es imposible bordear el prado de retaguardia, cruzar los dos riachuelos, atravesar el bosquecillo y esa aldea hasta llegar allí en menos de dos horas.- Señalo toda la ruta en el plano.

–Es usted un inútil, Gillempollenn. ¿Acaso no sabe que las órdenes de un superior deben ser obedecidas sin rechistar?

–Mi coronel, la única forma de cumplirla es atajando por el frente. Por tierra de nadie. Seguramente me verán corretear los centinelas franceses. Las posibilidades de que pueda llegar al lugar ordenado son mínimas. ¿No se da usted cuenta de que me envía a una muerte segura? –

Echa mano a su pesada pistola que cuelga de su bonito cinturón de cuero negro.

–Probablemente está usted cansado ya de vivir. Bueno, eso se lo arreglo yo en un momento. No se preocupe. –me apunta directamente al pecho y sonríe como sólo un loco asesino puede hacerlo. Sus ojos azules y fríos me causan más pánico que su reluciente pistola.

–Bueno, bueno, no se ponga usted así, mi coronel. Si hay que ir se va y asunto terminado. Total, con el miedo que tengo en el cuerpo ahora mismo, seguro que soy capaz de correr incluso más rápido que las balas francesas.–

–¡Lárguese y no pierda más tiempo ni me haga perder el mío! Espero no tener que arrepentirme de no haberle volado la cabeza ahora que he tenido ocasión de hacerlo. Además, no tienen que hacer todo el recorrido– señala un punto en el mapa más o menos a mitad de camino. – Aquí estará esperando otro enlace para que le entregue la documentación y acabe él el trayecto. Conoce mejor que usted la zona que ocupa el 32º de Infantería. –

Me retiro con un fuerte taconazo. Salgo del Puesto de Mando con la determinación absoluta de mandar a tomar por saco todo esto. Ya sólo me ronda una idea en la cabeza: desertar y volver a mi época.

Vuelvo lentamente al lugar en donde está el corneta. Recojo mi fusil y mi impedimenta. El muchacho me mira sin dirigirme la palabra.

Deliberadamente le ignoro. Echo un vistazo a la podredumbre de mi alrededor. Aunque la experiencia me ha resultado horrible, quiero conservar una imagen clara de esta gigantesca mierda. Tal vez sea por eso por lo que no quiero perderme detalle de lo que estoy a punto de abandonar para siempre.

–¿Dónde vas Gillempollenn? – me pregunta el chico sin dejar de mirarme fijamente.

–No te importa. – le contesto fríamente.

Siguen cayendo bombas francesas. Esta vez parece que han afinado la puntería. Docenas de ellas caen directamente en el interior de las trincheras. Algunos soldados que permanecen acurrucados en el fondo de la zanja vuelan en pedazos a menos de treinta metros de nosotros.

El espectáculo es dantesco. El chico sufre una impresión de tal magnitud que experimenta el vértigo del frente: un terror paralizante que liquida la consciencia humana y la rebaja a sus instintos más básicos.

Llora con un desconsuelo como yo no había visto nunca. Tiembla de terror como si su esqueleto se hubiese transformado gelatina. Se ha orinado encima.

Me acerco a su lado, le abofeteo fuertemente para hacerle reaccionar, después le acaricio el pelo con una delicadeza propia de un ama de cría. Probablemente yo tenga todavía más miedo que él, pero debe ver en mi sucio rostro que no está completamente solo en aquel circo.

–Vamos, Türuten. Es sólo un poco de guerra, nada más. –

No consigue articular palabra. Me mira como si no me viese. Saco de mi macuto un pedazo de chocolate y se lo introduzco en la boca. Lo vomita en el acto. Paso al plan B y le meto entre los labios la boca de una botella de Ron. Entre toses y síntomas de ahogo consigo que no se atragante y beba hasta que pierda completamente el sentido.

Comienzo a pensar en que no debo dejar a este niño abandonado en este fregado monumental. Indudablemente, debo ser el Gilipollas Mayor de toda la Primera Guerra Mundial. ¿En qué momento me he convencido de que soy una especie de padre para él? ¿Por qué creo que desertar y dejarlo ahí es de ser mala persona?

Algunas unidades han recibido de sus oficiales la orden de retroceder y volver a las trincheras. La mayoría sigue agazapada en el frente disparando a la nada. Es imposible hacer un blanco claro disparando entre el humo.

–¿Qué tal los gabachos? Parece que son tipos duros de pelar. – le digo a un sargento que jadea junto a mí sin aliento tras el esfuerzo.

–¿Gabachos? ¿Qué es eso de Gabachos? – me pregunta extrañado.

–Así es como llamamos los españoles a los franceses desde que Napoleón puso su asquerosas zarpas en Madrid. –

–¿Eres español? –

Creo que acabo de meter la pata hasta el corvejón.

–No, nada de eso. Soy de Berlín. – me estrujo los sesos para dar una explicación convincente hasta que se me ocurre al fin. – Pero me encanta la paella, las naranjas y las mujeres morenas con un clavel en los labios. –

–¿Berlinés? Eso lo explica todo. Los de Berlín sois todos unos liantes y engañabobos. Nunca me fío de un tipo de Berlín. –

Un subteniente se acerca a nosotros con cara de pocos amigos.

–Poneos inmediatamente las máscaras antigás.– nos grita.

Saco la del muchacho de su estuche y se la coloco como puedo. Con esas pintas, su rostro me recuerda enormemente al de un moscardón. Después me pongo la mía.

Es difícil respirar con ese cacharro pero es el único modo de sobrevivir cuando el cloro se esparza por todo el valle. Los oficiales gritan a toda su tropa para que se protejan inmediatamente de los gases venenosos.

–Cuide del corneta, mi subteniente, está inconsciente, pero nada grave. En unas horas estará como nuevo. Yo tengo una misión en comendada personalmente por el coronel y debo partir de inmediato.–

–¿Qué le ha pasado? – me pregunta intrigado mientras se agacha ligeramente para observarlo de cerca.

–Un mal golpe en la sesera. Le he tenido que embadurnar todo el cráneo con alcohol. – La peste a Ron que exhala su aliento atraviesa incluso los filtros de la máscara.

–No se preocupe. Me haré cargo de él. Daré orden de que lo trasladen a la Enfermería de Campaña inmediatamente. –

–Gracias, Her subteniente. En sus manos lo dejo. Trátenlo bien, es un buen chico aunque algo escandaloso cuando toca la cuerna. Entre usted yo, mi subteniente, desafina un poco.–

Termino de ajustarme el pesado capote y coloco el casco como puedo sin que se mueva mi máscara. Tras una mirada breve al muchacho, emprendo mi camino.

¿Debo largarme a casa? ¡Claro, imbécil! Una cosa es ser gilipollas y otra muy distinta es estar loco de remate. ¿Qué hostias haces todavía aquí?

En eso entretengo mi mente durante unos metros, hablándome a mí mismo. Un chico está tumbado en el suelo de la trinchera. Sostiene sus propios intestinos mientras grita desesperado.

Me deja tan estupefacto que apenas sé reaccionar. Sin embargo, me agacho para intentar ayudarle sin saber exactamente qué hacer.

–Agua, camarada. – me suplica con los ojos completamente en blanco.

Está rigurosamente prohibido dar bebida a los heridos en el vientre. Pero poco importa. Este chico morirá de todas formas.

Echo mano a mi cantimplora y estoy desenroscando el tapón cuando sufre un estertor, su boca sangra y queda completamente inerte. Ha muerto.

Tiemblo. En un instante pienso en Türuten y tomo la determinación de no abandonarlo a su suerte en este infierno de locos. El gilipollas mayor del reino ha vuelto a encariñarse. No escarmiento.