Capítulo 1

                                                                      

María

He vuelto de Roma con una extraña mezcla de alivio, melancolía y cansancio.

Son las nueve menos veinte de la tarde. Mi avión aterrizó a las ocho de regreso de Roma. Estoy un poco aturdido con el viaje y el cambio de hora. Jet lag, creo que le llaman a eso de ir cambiando de hora en un vuelo. Una mierda como otra cualquiera cuando se viaja en los aviones de un lado a otro del mundo.

Tras instalarme nuevamente en mi habitación de la Fundación New Times and Horizonts, darme una buena ducha reparadora y tumbarme en mi confortable cama, todas mis alarmas han sonado al unísono:

¡Me cago en la leche!. Con tanto viaje de arriba para abajo, a lo tonto llevo más de un mes fuera de España. ¡Y menos mal que no cuenta el año y pico que he estado en la antigua Roma! Si fuese así, la cosa ya no tendría remedio… Mi mujer no sabe ni dónde estoy ni que hostias estoy haciendo. Tendré que llamarla…

Me armo de valor y marco unos números en el teléfono fijo que tengo en mi mesilla de noche. Es una antigualla de esas que tienen una ruedecita con números y a la que hay que ir introduciendo el dedo en los agujeritos correspondientes para hacerla girar.

–¿Diga? – escucho la voz de mi mujer al otro lado del hilo. Por su tono parece que esté un poco atontada.

–Nada, que soy yo, JuanVi, tu marido. – le contesto nervioso y con la voz de un niño negando que se acaba de cargar la lámpara del comedor por jugar dentro de casa con un balón.

–¡Hombre! ¡Qué bonito!. Llevas un mes sin dar señales de vida y me llamas a las cinco de la mañana para despertarme como si tal cosa. –

No contaba yo con la diferencia horaria. Soy un maestro en esto de ir cagándola una detrás de otra.

–Verás, Cari, tengo mucho que contarte…– intento explicarme pero me corta la conversación en seco.

–¿Dónde has estado todo este tiempo? –

Dadas las circunstancias, la preguntita se las trae...

–Pues si te digo la verdad no me vas a creer. Pero ahora mismo estoy en Philadelphia. –

–¿Qué es Philadelphia? ¿Algún club de carretera de esos que hay a las afueras de los polígonos industriales? – parece muy cabreada. Ahora su voz suena más rotunda y sin el gangoseo del sueño de recién despertada.

–En absoluto. Es una ciudad de Estados Unidos. He conseguido un buen trabajo aquí. Pero he estado tan ocupado que no he tenido tiempo de avisarte. Esto ha sido un no parar de faena, cariño. – No sé porque mi cabeza se obstina siempre en mentir como un bellaco, pero esta vez no estoy engañándola del todo.

–¿Estados Unidos? ¿Qué coño estás haciendo tan lejos? No me mientas que te conozco. –

–Es completamente cierto. Me despidieron del trabajo en el hospital y encontré esta colocación al día siguiente. No puede avisarte porque estabas de excursión con tu grupito de yoga en Alicante y tuve que salir volando, nunca mejor dicho, hasta Philadelphia. –

–Algo me dice que me estás colando una de tus mentiras. Cuando desapareciste lo denuncié en comisaría y lo primero que me dijo el policía tras ver tu foto era si de verdad estaba interesada en volverte a ver. –

–Escucha, mi amor, el trabajo en el que me veo envuelto es algo complicado para explicártelo por teléfono. Lo mejor es que vengas aquí conmigo y nos establezcamos en esta ciudad. Ya habrá tiempo para explicaciones más completas. –

–¡! Hay que reconocer que tienes un buen cuajo para contarme trolas. Y lo peor de todo es que estás completamente convencido de que me las creo. –

–Te juro que no te estoy contando ninguna mentira. Te voy a enviar un pasaje en avión para que vengas mañana mismo a mi lado. Ya verás que fascinante es todo esto.–

–¡Y la tonta del papo se lo cree! ¿No?. ¡Señor, dame paciencia para soportar al marido gilipollas que me diste! –

–Escucha, cariño, todo lo que te estoy contando es rigurosamente cierto. Mañana toma el vuelo y vente. Yo te recogeré en el aeropuerto. Te echo de menos, amor. –

Cuelga el teléfono. Creo que no ha creído ni media palabra de lo que le he dicho. ¿Pero qué puedo hacer?

Unos golpecitos en la puerta me sacan del soponcio. Es Brenda, la secretaria de dirección que pide permiso para entrar.

–Hola JuanVi. ¿Qué tal tus vacaciones en Roma? –

–Bien. – le respondo sin ganas de hablar demasiado.

–¿Te ocurre algo? Tienes la cara blanca. ¿Estas enfermo? –

–No, estoy bien. Pero acabo de tener una conversación telefónica que me ha dejado muy trastornado. –

–¿Te puedo ayudar? ¿Qué ocurre? –

–Pues se trata de mi mujer. Estoy casado y llevo todo este tiempo sin decirle siquiera dónde estoy. –

–¡Hombres! Deberíais permanecer colgados de los huevos. ¿Cómo se te ocurre no decir nada a tu mujer? –

–Pues ya ves… Todo esto ha sido tan traumático para mí que no he pensado en nada. De hecho, creo que nunca pienso.–

–Llámala otra vez y pídele perdón a tu esposa? ¿Cómo se llama? –

–Mari. –

–Mejor la llamo yo en nombre de la empresa y le cuento que estás bien. – Se acerca a la mesilla y descuelga el teléfono.– Marca su número otra vez y yo hablaré. –

–¿Diga? – se vuelve a escuchar a mi Mari por el teléfono.

–Soy Brenda de New Times and Horizonts. Encantada de saludarla.–

–Son las cinco de la mañana ¿No crees que es demasiado temprano para que me llames dando por culo para que me cambie de compañía telefónica? – Jeje, Brenda no sabe con quién se está jugando los cuartos.

–No, escuche. No me cuelgue. Estoy con su marido en su habitación.

No entiendo mucho de estas cosas pero creo que Brenda no ha elegido correctamente las palabras adecuadas para iniciar esta conversación.

–¡Perfecto! Y me lo dices con toda la cara. ¡Sinvergüenza! ¡Puta!. –

–No es lo que cree. Soy la secretaria de dirección de la empresa. La llamo para darle explicaciones. –

–¿Cómo no? ¡Mi marido liado con la secretaria! Lo típico en estos casos. Y encima me lo restriegas en mis morros. Ya puede procurar que no le vuelva a ver porque lo primero que voy a hacerle es caparle como a un hurón. –

Pues no sé si Brenda está a las puertas de conseguir algo en positivo, pero yo me lo estoy pasando en grande oyéndolas a las dos.

–Escuche, María. Su marido trabaja en esta empresa desde hace un mes. Está haciendo un gran trabajo. Nada debe temer de su comportamiento. Es un hombre educado y correcto. –

–Es un gilipollas, ya lo sabes. Y tu una furcia. – ¡Esa es mi Mari!

–Sí, es un gilipollas. Precisamente se gana la vida con eso. Y créame que no le va nada mal. Estamos muy contentos con su trabajo. –

–Bueno, ya está bien de payasadas. ¿Qué está pasando aquí y que haces en la habitación con mi marido? ¡Que se ponga inmediatamente ese golfo! –

Brenda me ofrece el teléfono como si se tratase de una patata caliente.

–Escucha, cariño, todo esto tiene una explicación razonable. Toma el vuelo hacia aquí y verás que no es lo que parece ni tienes nada que temer ni de mí ni de nadie. –

–No sé qué decirte…No gano para disgustos con tus gilipolleces.– sus palabras suenan entrecortadas.

–¿Estás llorando, amor mío? Ven a mi lado y comencemos una vida como nunca has soñado. –

–Espero que todo esto no sea una de tus patrañas. Mañana haré lo que me dices. Por tu bien que no tengamos que arrepentirnos ninguno de los dos.–

Junto mis labios y emito un beso por el micrófono. Ella cuelga pero me parece haber oído que me ha devuelto otro a mí.

–Tu mujer es de armas tomar, por lo que veo. – me dice Brenda mientras se sienta en la cama a mi lado.

–Tiene sus prontos, eso es todo.– me encojo de hombros.

–Reconoce que tú también te has lucido sin decirle nada durante este tiempo, JuanVi. ¡Qué huevos! ¡Ni el caballo del general Espartero!–

–Es cierto. Tenéis razón. Pero ya sabes que soy gilipollas. En algo tendría que notarse a la larga y me pagáis precisamente por eso.–

–Bueno, espero que todo haya quedado solucionado en cuanto vuelva y paséis un par de días juntos. Tienes tanto que contarle que le va a resultar difícil asimilarlo todo a la primera. –

–Por cierto, Brenda. ¿A qué has venido a mi habitación? –

–¡Que tonta! Casi se me olvida decírtelo: Mister Patterson quiere hablar contigo mañana por la tarde, en cuanto te recuperes y descanses del viaje.–

–¿Está enfadado conmigo por haber visitado nuevamente Roma sin hacer caso de sus consejos? –

–No, no creo. Probablemente se trate de encomendarte una nueva misión. Hoy ha salido a visitar a un cliente y no creo que vuelva a la hora de la cena. Pero me ha asegurado que estará aquí mañana a las cuatro en punto de la tarde. Y ya sabes cómo es para estas cosas de la puntualidad. Si ha dicho a las cuatro en punto, no dudes que a las cuatro y un minuto ya estás llegando demasiado tarde. –

–Bien, gracias. Estaré en su despacho a la hora acordada. –

Brenda se pone en pie y abandona mi alcoba. Estoy cansado del vuelo y de tanto viaje. Creo que dormiré como un bendito hasta la hora de bajar al comedor a tomar una cena ligera.

Entro en un profundo sueño. Realmente no me resulta reparador. He vuelto a encontrarme en mi antigua Roma. Una auténtica pesadilla. Culito, Sulpinia, Amazónica, Excrementus… Todos han aparecido en mis sueños. Los he visto envejecidos, como cartones viejos, reprochándome el haberlos dejado abandonados.

Me he despertado de repente entre un mar de sudor. He tenido que dedicar mucho tiempo para recuperarme de tanta angustia.

Son cerca de las dos de la tarde del día siguiente. Me aseo un poco, me visto informal y bajo al comedor en donde, sin duda, deben estar ya mis compañeros de fatigas.

–Hola JuanVi– me saluda Horacio levantándose de la silla y tendiéndome la mano.

–Hola Horacio, hola a todos. – contesto. Allí está toda la tropa salvo Mister Patterson, tal y como ya me había dicho Brenda.

–¿Qué tal tus vacaciones por Roma? Tengo entendido que es un lugar estupendo. El día menos pensado iremos también mi Mari Tere y yo en viaje de placer. Nunca tuvimos ocasión de tener una luna de miel como Dios manda. – me dice Horacio con la boca llena.

–Ha sido un viaje magnífico. No me arrepiento de haber ido de nuevo por allí. –

–No deberías escarbar en el pasado. No creo que sea bueno para tu salud mental. ¿Qué buscabas allí?– me dice Mari Tere.

–No importa lo que buscase, lo importante es que lo encontré. –

Picha, hablas como un profeta o un filózofo de esos que parecen que siempre están diciendo acertijos. – Ese es Mister Anthony, el científico majareta.

–Bueno, lo que haya hecho o dejado de hacer en Roma es cosa mía. No creo que tenga importancia para vosotros. –

Guardan silencio mientras comen. Creo que han decidido que es mejor no remover más el asunto.

–¿Y el ruso? – pregunto al advertir que no está a la mesa Dimitri.

–Ha partido esta noche hacia una misión– me aclara Brenda– A estas horas debe estar con Marco Polo camino de la China. –

–Bien, le deseo suerte. – contesto sin darle ya la importancia que tiene al asunto. Me estoy acostumbrando poco a poco a esta locura.

–Tengo entendío que esta tarde tienes una reunión con Patxi. –me dice Anthony mientras se pone en pie para servirse otra ración de fabada de una enorme cacerola que hay en el centro de la mesa.

–Sí, algo me ha dicho Brenda. ¿Sabes tú de que va a ir todo ese asunto? –

–No, zolo sé que está reunío con un cliente nuevo, pero más. –

Bueno, pues hasta la hora de la cita, aprovecharé para tomar un café y fumarme un buen cigarrillo en el parque cercano. Necesito aire fresco. Pero antes me dirijo a Brenda.

–¿Podrías encargarte de sacar un billete para que venga mañana mi esposa? ¿Me harías el favor? –

–No te preocupes, JuanVi. Ya lo he hecho esta mañana mientras dormías. Tomará un vuelo directo el jueves.

–¿No hay vuelos antes de este día? –

–No. El primer vuelo directo que he encontrado es ese. –

–Pues casi que mejor. Tendré tiempo para preparar el encuentro. –

–JuanVi, Igual que te digo una cosa, te digo otra. Ya puedes ensayar bien el recibimiento. Sospecho que como vuelvas a meter la pata otra vez con ella, nunca más podrás volver a mear de pie. –

–Ya te digo… ¡Menuda es mi Mari…–