Capítulo 44


Capítulo 44

Epílogo

He volado con Arturo hasta Italia. Durante el viaje me ha contado muchas cosas acerca de la Roma antigua. Verdaderamente, sobre la época que de Nerón hay muchas inexactitudes en la historia oficial. Yo la he vivido y es completamente diferente a lo que se cuenta. Para lo bueno y para lo malo.

Sin embargo, me hubiese venido muy bien mantener estas conversaciones antes de mi partida. Habría conocido detalles que me habrían servido de gran utilidad. En próximos viajes me documentaré mejor antes de iniciarlos.

Estoy impaciente por volver a mi Roma. El trayecto en taxi desde el aeropuerto de Fiumicino se me hace eterno. No, no lo voy a negar, estoy entre nervioso y acongojado.

¡Los foros romanos están hechos polvo! Los hermosos templos, edificios públicos, villas lujosas… ¡Son ruinas y escombros!

Arturo me ha dejado solo para ir a una reunión con varios amigos historiadores y arqueólogos que tenía concertada desde Philadelphia. Eso me da la oportunidad de pasear tranquilamente en soledad por una ciudad preciosa, pero casi irreconocible.

Esa no es mi Roma. Las gentes no visten elegantemente con mis togas ‘Casto’, van de paisano. Han sustituido la clase por las prisas, como en el resto del mundo, la elegancia por la informalidad.

Contemplo la grandeza del Coliseo que se ha tragado todo mi barrio, no está mal, pero no es lo mismo. Los turistas no saben que donde ahora se alza esta especie de plaza de toros, hubo un día en el que Nerón se hizo construir un enorme y espectacular palacio en el solar en el que se convirtió esta zona tras el incendio. Ni que mucho antes, miles de romanos humildes compartían sus miserias y sus grandezas.

Siento gran nostalgia.

Me dirijo al centro. Reconozco algunos edificios que ahora son sólo una sombra de lo que fueron, castigados duramente por el paso del tiempo, las invasiones, las guerras…

La Domus Aurea de Nerón tampoco existe. Todo ha sido tragado por el Coliseo y la escuela de gladiadores que hay a su lado.

Ciertamente todo esto ha ido a peor. No es que el Coliseo esté mal, pero destruyó todo lo hermoso que antes había allí.

¡La casa de Marcia!. En las guías turísticas aparece como la casa de Okupus. Debe ser que años después de desaparecer Marcia alguien vivió en ella, tal vez de modo ilícito ¿Quién sabe?.

La reconozco perfectamente, incluso el callejón empedrado por el que se accedía por la puerta trasera para no llamar la atención de los guardias.

Los arqueólogos desconocen que hay un pasadizo que lleva al sótano en donde una vez conocía a San Pedro. Mejor, eso quedará entre el Santo y yo. No quisiera que nadie manchase la memoria de ese íntimo lugar. Probablemente dirían que se trata de una bodega o algo por el estilo. Ya se sabe que esta gente se inventa las cosas como les sale de las pelotas.

Sigo caminando. Algunas calles no existen ya o han sido modificadas por los diversos urbanismos que se hicieran en épocas posteriores. Me cuesta un poco reconocer ciertos lugares.

Pero indiscutiblemente estoy ante lo que fue mi casa hace casi dos mil años. Está en tan buen estado que siento el deseo irrefrenable de entrar en ella a pesar de que está estrictamente prohibido. Lo pone en un cartel.

Entro ¡A tomar por saco! Al fin y al cabo es mi casa.

No tiene techo, se debió hundir hace muchísimo tiempo. Pero las habitaciones son reconocibles.

El atrio, la pequeña fuente en su centro, que no existe pero que ha dejado una huella perfectamente reconocible.

Mi alcoba, sobre la que Culito debió hacer de las suyas porque en un fresco veo perfectamente ¡Mi retrato! Pintado con vivos colores en un mosaico que se conserva a pesar del tiempo.

¿Qué? ¿Soy guapo o no? ¡Pues entonces…!

En un catálogo consulto la referencia de esta casa y del mosaico.

Hombre desconocido” han puesto los cabrones de los historiadores y se han quedado más anchos que largos. ¡Nos ha jodido!

Pero mejor, así nadie sabe que soy yo.

¿Qué se puede hacer ante todo esto sin comenzar a llorar de nostalgia?

Unos turistas alemanes también se han animado a entrar en la casa al verme hacerlo a mí.

–Scheiß drauf, wie dieser Typ aus dem Mosaik aussieht! (Hay que joderse lo que se parece este tío al del mosaico! (Nota del traductor, el alemán no es mi fuerte) les oigo decir pero no entiendo nada de lo que dicen.

Efectivamente, la hermosa casa de Séneca no está en su lugar. Aquella lujosa villa con sus columnas y escalinatas en donde una noche tormentosa una gran mujer llamada Magna Gaya me cobijó en su casa.

Hoy hay sólo pedruscos y escombros perfectamente amontonados para que no molesten al paso de los turistas.

No me canso de andar. Descubro alguna de las tabernas en las que tantas veces entré a tomar excelentes vinos, carnes y pescados…

Me siento raro caminando entre turistas de todos los países a los que los guías que les acompañan cuentan historias totalmente absurdas e inventadas con respecto a estos lugares.

Pero no he vuelto a Roma para contemplar la sombra de lo que fue, todo lo contrario, he regresado para averiguar una cosa muy importante para mí.

Cruzo el río Tíber para ver si el ludus de Hijoputus sigue en su lugar.

¡Qué decepción! Sólo hay edificios modernos donde niños juegan al balón en uno de los parques que está situado justo donde los gladiadores entrenaban y en el que compré a Excrementus a su despiadado amo.

Almuerzo algo en un restaurante junto a la Fontana de Trevi. Es magnífica. Lástima que todo esto no existiera en mi época, es muy posterior. Visito también el Panteón de Agripa. Una maravilla construida  casi cien años después de mi regreso.

Y por último me dirijo al Vaticano. Me interesa mucho visitar el Museo. Es algo realmente maravilloso. Pero por más que lo busco, no encuentro lo que realmente me interesa.

Es ya de noche. He vuelto al hotel en donde Arturo y yo tenemos reservada habitación. El día se ha hecho muy corto y aunque estoy cansado de caminar por Roma, siento impaciencia por volver a pasear mañana o todo el tiempo que sea necesario.

Decididamente, Arturo ha optado por la solución más sencilla para dar a conocer las memorias de Séneca. En lugar de hacer el chorra excavando un poco para hacer creer que las ha encontrado, simplemente les ha dicho a sus colegas que alguien las descubrió, se las llevó a Philadelphia y ahora han aparecido en un desván tras su muerte y que los herederos se las habían entregado para que investigase su autenticidad.

No les costará hacerlo porque pueden contrastar su letra con la de otros documentos originales de Séneca que todavía se conservan. Francamente, a mí este asunto me tiene sin cuidado. Yo conozco la verdad. Si me gasté un dineral en ellos sólo fue para que mi viaje fuese fructífero y para que Arturo tuviese en sus manos algo digno de pasar a la historia.

Amanece y me levanto como un resorte. Estoy impaciente por volver a lo que queda de mi Roma. Hoy dedicaré el día a seguir indagando por los museos. Necesito imperiosamente encontrar algo…

Durante toda la mañana recorro salas y salas llenas de capiteles, columnas, lápidas y piedras con inscripciones en latín y estatuas.

¡Un busto de Nerón! Tiene cierto parecido con el sátrapa ese pero no… El que lo esculpió debió hacerlo sin conocerlo personalmente y sólo por referencias. ¡Qué manía con ponerle una barbita ridícula! Y su mirada fría e impenetrable es imposible tallarla en mármol.

Es el segundo museo que visito. Si no encuentro en él lo que ando buscando creo que lo dejaré por imposible. No tengo ninguna garantía de que exista y mucho menos de encontrarlo.

Vagabundeo entre sala y sala. Estatuas y más estatuas, estanterías llenas de utensilios de la época. Hay una que me genera gran interés pues está dedicado a los ropajes antiguos.

Me ha parecido ver un par de túnicas masculinas en las que juraría que existen unas letras deterioradas y casi ilegibles por el paso del tiempo y en las que pondría la mano en el fuego que dicen “Casto”.

Me siento orgulloso de ello. Los arqueólogos han debido volverse majaretas intentando averiguar qué cojones es eso. En un letrerito han especificado que desconocen quien pudiera ser el propietario.

Tijeras, cintas de medir, reglas de corte… Todo es rigurosamente original. Hasta podría tratarse de herramientas que dejaran alguna de mis costureras antes de su partida.

Estoy ya cansado de recorrer pasillos y salas. Es entrada la tarde cuando casi estoy a punto de que me dé un síncope.

En una sala discreta se amontonan una gran cantidad de losas, piezas de cantería, estatuas rotas, cosas extraídas de las excavaciones y que han resultado imposible de catalogar…

Y allí, en ese lugar anónimo al que los turistas se asoman y dan la vuelta sin interés en analizarla porque comparada con las maravillas que han visto no dejan de ser más que pedruscos… ¡La veo!

Un vigilante del museo se acerca a mí al verme descompuesto por la emoción.

–Stai bene? – me dice el hombre con cierta preocupación.

–Sí, un poco mareado, eso es todo. –  le respondo sin saber exactamente qué decirle.

Vorresti che ti accompagnassi all'uscita per prendere una boccata d'aria fresca? (¿Quieres que te acompañe hasta la salida para tomar un poco de aire fresco? .Nota del traductor. Por cierto, si conocéis al autor decirle que me pague.)

–No, no. Estoy bien. Gracias. –

El hombre se aleja. Me quedo solo en la pequeña sala. Hay una lápida preciosa de mármol blanco algo estropeada por el paso del tiempo que le ha dado un tono grisáceo. Limpio con mis manos el polvo que la cubre.

Un sentimiento indescriptible para mí se apodera de todo mi cuerpo. Experimento sensaciones contradictorias, desde la alegría a la más profunda congoja.

Es una lápida funeraria extraída de algún pequeño panteón de un antiguo cementerio. En ella puedo leer claramente en latín:

AQUÍ YACEN CULITO CASTO

Y SU AMADA ESPOSA SULPINIA POLLUS

SIENDO EMPERADOR MARCO ULPIO TRAJANO

CONOCIDOS EN TODO EL IMPERIO POR SU

GENEROSIDAD Y GRANDEZA

EN HOMENAJE A SU MEMORIA DE SU HIJA

GILIETA


¡Estos granujas se han puesto mis apellidos!

Me alegra tanto que hayan tenido una larga vida. Si murieron siendo Emperador Marco Ulpio Trajano, llegaron a la vejez.

Me siento muy orgulloso de que hayan permanecido en la memoria de Roma como grandes personas…

¡Y sí, aquel hijo que esperaban resultó ser una niña a la que le pusieron de nombre Gilieta en mi honor!


Fin del segundo viaje.