Capítulo 43


Capítulo 43

                    Rindiendo cuentas

Amanece un día de verano precioso en Philadelphia. Los rayos del sol entran osadamente por mi ventana. Debe ser temprano porque no oigo ningún ruido en el edificio.

Entro en el baño y me ducho de nuevo. Todavía me parece conservar cierto aroma a humo. Me visto informal con una especie de chándal que tengo en el armario. Es más cómodo que los trajes de marca. Pero su calidad a la vista y al tacto deja bastante que desear.

Bajo al comedor a desayunar. Sólo están Antxón, Bobby, Mari Tere la recepcionista, alisas Lorys y su marido Horacio.

–Buenos días. – saludo mientras me dirijo a la cafetera. Necesito un buen café.

–Hola. ¿Cómo te encuentras? ¿Ya estás mejor?– me pregunta Horacio.

–Creo que sí. Esta noche he dormido del tirón y no he tenido pesadillas ni nada. –

–¿Por qué ibas a estar mal? ¿Te ha ocurrido algo malo en tu viaje? – me pregunta Mari Tere.

–No, nada de particular. He tenido una vida vulgar sin nada interesante que destacar. –

–¡No me jodas, JuanVi! ¡Has conocido a Nerón en persona! ¿Te parece poco? –

–Un auténtico mequetrefe. No vale la pena viajar tanto para codearse con ese tonto del culo cuyo ego era más grande que sus palacios. –

–Pues vaya mierda.– interviene Antxón.

–Pero sí he conocido a otros mucho más interesantes y he compartido mucho tiempo con ellos. –

–¿Sí? Cuenta, cuenta. – Mari Tere está hoy muy habladora.

–Pues a Séneca, el filósofo. Pero lo mejor de todo es que he pasado grandes ratos con San Pedro. –

Antxón se levanta de golpe asombrado.

–¡Ostias, San Pedro! – dice con su inconfundible acento vasco.

–El mismo, un Santo Varón. –

Brenda entra en el comedor.

 –Buenos días. ¿Cómo estáis todos? –

–Buenos días. – contestamos.

–Pues aquí estamos con JuanVi que nos está contando que ha estado con San Pedro. – le dice Horacio.

–Eso es magnífico. Supongo que eres cristiano, ¿no? Pues fíjate que bien te viene eso para confirmar tu fe. –.

–Sí, soy cristiano. Pero que no salga de aquí. No quiero morir en el anfiteatro devorado por las fieras o a manos de un gladiador embrutecido. –

–Juanvi, espabila. Ya no se mata a los cristianos. Estamos en el dos mil veintiuno. –

Ufff. Es verdad. Cuesta despegarse de todo tan de golpe. –

–Esta tarde vendrá Mister McLaughlin para que le informes de tu viaje. Él y Mister Patterson te esperan a las dieciséis horas en punto en su despacho. –

–Gracias. ¿Recibisteis una caja que deposité en el hoyo antes de volver? –

–Sí, Mister Patterson y Anthony estuvieron curioseando los papelotes que contiene pero no han sacado nada en claro. –

–Mucho mejor. Será una auténtica sorpresa cuando sepan de qué se trata. –

–En tu habitación tienes la túnica limpia y planchada. Es verdaderamente hermosa. –

–Sí. Muy bonita. Se puso muy de moda en Roma aquel año. –

–Me he fijado que lleva bordadas unas letras a la altura del corazón. “Casto”, creo recordar. –

–Un modisto muy famoso en Roma. Llegó un momento en el que sólo vestía sus modelos. Incluso Nerón lo hacía. El sastre favorito para la alta sociedad romana.  –

–¡Entonces llegaste a ser rico! –

–Algo de fortuna hice, no me puedo quejar. –

–Me alegro mucho de que todo haya salido bien. –

–¿Te puedo hacer una pregunta, Brenda? –

–Por supuesto, dime. –

–¿Cuánto tiempo ha pasado para vosotros desde mi partida a mi regreso? –

–Apenas una semana. ¿Por qué? –

–¡Una semana! Yo estuve en Roma casi año y medio. –

–El tiempo no es lineal. Lo que para ti es mucho tiempo en el pasado, para nosotros apenas son unas horas. –

–Comprendo. –

–Pero no te preocupes, cobrarás en función del tiempo transcurrido en la misión, no en el actual. Figura en el contrato. Te vas a llevar un pastón. ¿Te imaginas con tanto dinero encima?–

–¿Mucho dinero? No, no puedo siquiera imaginarlo. –si esta supiera…

–¿Pero tengo derecho a unas vacaciones? Me gustaría hacer algo especial. –

–Sí, en cuanto termines de atender a nuestro cliente, podrás disfrutar de cuarenta y tres días para hacer lo que te plazca. ¿Volverás a España? –

–No, tengo pensada otra cosa. –

Salimos todos del comedor. Vuelvo a mi habitación para relajarme un poco, ver la tele un ratito y preparar la reunión de esta tarde.

En mi mesilla, junto a al televisor hay todavía libros acerca de Roma y que nunca leí junto a una gran cantidad de discos compactos con películas de romanos.

Lo tiro todo a la basura. Son una sarta de estupideces y recreaciones totalmente inexactas. ¡Y Peter Ustinov se parce a Nerón lo mismo que mi culo comparándolo con el de George Clooney!

Y allí está mi túnica. Hermosa, resplandeciente. ¡Soberbia!

Me la pongo por última vez y me miro en el espejo grande del cuarto de baño.

¡Señoras y señores, ante ustedes Gilius Pollus Casto! Digo en voz alta mientras hago una reverencia a mi imaginario público.

Me han proporcionado otra caja igual a la que me entregaron para guardar mis cosas del viaje a Raboblanco. Ya tengo dos.

No me apetece bajar al comedor para tomar algo antes de la reunión. Tengo el estómago cerrado de tantas emociones. Le pido a Bobby que haga el favor de subirme un café con algunas pastas a mi habitación. Eso es todo.

A las cuatro menos diez se me ocurre que debo dar un golpe de efecto a Arturo y vuelvo a sacar mi túnica del arcón y me la coloco elegantemente. ¡Qué cosa más agradable!

Son las cuatro en punto de la tarde cuando llamo a la puerta del despacho de Mister Patterson.

Al entrar, el hombre casi se cae de culo al verme con estas pintas.

–¡Joder Juanvi, me has asustado! –

Se acerca a mí, me da la mano y luego una sucesión de palmaditas en el hombro. Odio que me hagan eso.

Mister McLaughlin está avisado de la reunión. Vendrá en unos minutos. ¿Y tú? ¿Cómo estás? –

–¿Sinceramente? Pues mal. ¿No deberíais haberme advertido de que me iba a tirar año y medio haciendo el gilipollas por Roma? –

–Te pido perdón. Ha sido una jugarreta. Pero necesaria. Sólo así podrías empaparte de la vida romana en la época. –

–¿Una jugarreta? ¡Una putada más bien! –

–Bueno, por la pinta que traes tampoco parece que te haya ido tan mal. Incluso te favorece bastante este vestido. –

–No es un vestido. Es una túnica “Casto”. A ver si aprendemos distinguir la calidad de estos linos semejantes en suavidad a las más delicadas sedas. No amigo, no todo el monte es orégano. –

Mister Patterson me observa preocupado durante un instante.

–¿Está bien, Juanvi? Hablas como un bicho raro.–

Brenda da unos golpecitos a la puerta, la entreabre y asoma su cabeza.

Mister McLaughlin ha llegado. –

–Gracias, Brenda. Hazle pasar. –

Mister Patterson y camina unos pasos. Ambos se dan la mano en mitad del despacho.

–¡Coño!– exclama al verme el tal Arturo que se hace llamar McLaughlin.

Se acerca a mí y también me estrecha su mano regordeta y sudorosa. Me da cierto asco, pero me niego a secármela con mi hermosa túnica.

Tomamos asiento. Brenda entra con una bandeja que contiene tres copas de vino tinto y nos ofrece una a cada uno.

Tomo un sorbo y dejo mi copa en una pequeña mesa que hay junto a mí. ¡Mierda de vino! Cualquier cantina romana se avergonzaría de servir semejante brebaje.

–¿Qué tal por Roma, Juanvi? Estoy que ardo de impaciencia por saber lo que me tengas que contar.– me dice McLaughlin.

–Hombre, pues eso de emplear la palabra arder es de mal gusto, dadas las circunstancias. –

–Tienes razón, perdona. Pero cuenta, cuenta... –

–Puedo asegurarle que Roma no fue incendiada por los cristianos ni que Nerón tuvo nada que ver en el asunto. Todo lo contrario. –

–¿Entonces estábamos equivocados con ese hombre? –

–Sí y no. En lo referente a que era un capullo integral y un auténtico loco de atar acertáis de pleno. –

–¿Tienes alguna prueba que demuestre lo que dices? –

–No. La noche del incendio estaba invitado a una cena con el mismísimo Nerón. –

–¿Cómo es posible que el Emperador invitase a cenar a un humilde vendedor de verduras? – interviene Mister Patterson.

–Es una larga historia. Tuve ocasión de hacer amistad con un senador llamado Lameculus. Gracias a él disfruté de esa noche en palacio. –

–¿Lameculus el senador que murió a consecuencia de una infección en la lengua? ¡Ver para creer!– dice Arturo que al parecer sí tiene algún conocimiento acerca de ese sujeto.

–Pues no sé de qué falleció. Cuando me marché de Roma estaba vivito y coleando. –

–Sí, claro. Murió varios años después tras el suicidio de Nerón. Continuó con sus prácticas lameculares con Galva, el sucesor de Nerón y ya se sabe, no conviene mezclar. –

–Desconozco todo eso. No lo viví ya. –

–Es comprensible. Pero dime una cosa ya que estuviste con Nerón aquella noche ¿Es cierto que tocaba el arpa mientras las llamas devoraban Roma? –

–Rigurosamente cierto. –

–¡Que hijo de puta!. ¿Pero cómo sabes que no ordenó el incendio? –

–Un amigo legionario, suboficial licenciado, fue testigo del accidente que provocó las primeras llamas. Me lo dijo esa misma noche. –

–¿Cómo es posible que no pudieran apagarlo? –

–Parece que hubo dos focos. Uno en una cocina y otro en unos talleres textiles. Nadie pudo hacer nada. Las estrechas calles y el viento propagaron el fuego de un edificio a otro.–

Anthony entra en despacho con la caja que contiene los documentos que compré a Séneca. Los coloca sobre la mesa de Mister Patterson.

–¿Puedes explicarnos que son estos rollos de papiro? Mister Antony y yo los hemos examinado por encima pero no hemos sacado nada en claro. – dice Mister Patterson.

–Sí, por supuesto. Son las memorias de Séneca. En ellas se cuenta la verdadera historia de la Roma imperial desde Calígula a Nerón pasando por el Emperador Claudio. –

–Imposible- interviene Arturo poniéndose en pie, abriendo la caja y contemplando los papeles con una boca tan abierta que hubiese asustado a un hipopótamo.– Séneca nunca escribió sus memorias, sólo sus magníficas tragedias teatrales y sus célebres diálogos. Deben ser falsas porque nunca se tuvo noticias de ellas. –

–Por supuesto que no se supo nada de ellas porque las he traído yo antes de que se hicieran públicas. –

Ahora sus manos tiemblan y no se atreve siquiera a tocar los rollos.

–¡Pero eso es magnífico! ¡El tesoro histórico más grande que se pueda tener entre las manos! – palidece. Todo su cuerpo parece de gelatina. Comienza a sudar todavía más. Parce un gorrino.

–¿Tienes idea de lo que has traído, Juanvi? – Mister Patterson también está conmocionado.

–Esto vale una fortuna. ¡Las memorias de Séneca, el tutor de Nerón! ¡La verdadera historia de aquella época relatada por uno de sus más insignes protagonistas! ¿Cómo las conseguiste? – me dice Arturo mientras se sienta. No puede sostenerse en pie de la emoción.

–Se las compré. –

–¿Se las compraste? ¡No puede ser! ¿Cómo iba a renunciar ese hombre a algo tan preciado? –

–Porque era peligroso para él y su ahijada Magna Galla. Séneca estaba cayendo en desgracia con el Emperador. Un solo rollo de estos le hubiese condenado a muerte. –

–¿Entonces le conociste? ¡Impresionante! ¡Qué buen trabajo! –

–Debemos llevar todo esto a un lugar mucho más seguro. Su valor es incalculable. Mañana lo depositaré en una caja de seguridad del banco. Y después las haré públicas a la Comunidad Histórica. Con esto tendré trabajo para años y pasaremos a la historia.–

–¡Joder, macho, no te podrás quejar! – me dice Mister Patterson. –Has conocido a Séneca, has hecho amistad con el Senador Lameculus  y has cenado con el mismísimo Nerón. ¿Qué más se puede pedir? –

–He conocido también a gente maravillosa. Incluso charlé con San Pedro y le asistí como una especie de monaguillo improvisado en una boda. –

–¡San Pedro! – Exclaman.

–Un hombre encantador y campechano. –

–Arturo, Ya te dije que Juanvi es un buen gilipollas. ¿Qué digo un buen gilipollas? ¡El mejor en su especie! – Le dice Mister Patterson.

–Bueno, bueno. Tampoco hay que pasarse. – respondo mosqueado.

–Te aseguro que te compensaré de algún modo cuando las memorias de Séneca salgan a la luz. Te corresponde todo el mérito cuando se hagan públicas. – me dice McLaughlin.

–Espero que cumplas con tu palabra, Arturo. – sentencia Mister Patterson.

–Pero tenemos un grave problema. – dice Arturo con semblante de preocupación.

 –¿Qué problema? – pregunta Mister Patterson.

–No podemos decir que esto ha aparecido de repente en Philadelphia, nadie se va a tragar ese cuento.–

–Cierto, además no podemos decir la verdad acerca de cómo se han obtenido, nos tomarían por embusteros. ¿Viajes en el tiempo? Son ustedes unos timadores, dirán mientras nos encierran en un sanatorio psiquiátrico. –

–Se me ocurre una idea que puede solucionar eso. – contesto.

–Desembucha. –

–Sencillo. Yo conozco la casa en donde vivía Séneca. Todo es cuestión de volver haciéndonos pasar por expedición arqueológica, escarbar un poco, colocar los pergaminos entre las ruinas y recogerlos como si los acabáramos de descubrir. Simple. –

–¡Valiente gilipollez! –exclama Mister Patterson.

–No lo creas, Patxi. No es tan mala idea. – le responde Arturo.

–No sé, no creé esta máquina para ir engañando a nadie. –

–En realidad no se trata de ninguna estafa. Los manuscritos son auténticos. –Arturo haría cualquier cosa para presentarlos a la historia como descubridor. Su tesis, en comparación con todo esto es un una bobada.

–Debo pensarlo. – Mister Patterson duda mientras se enciende uno de sus cigarros puros.

Arturo saca una Tablet de su maletín y la enciende. Tras hurgar un poco me muestra una foto satélite de los foros romanos tal y como se encuentran ahora.

–¿Dónde vivía Séneca cuando le conociste? –

–Está todo muy cambiado. El centro de Roma no existe en su totalidad. Además hay cosas que no reconozco. El barrio que se incendió no está. En su lugar se alza el Coliseo.–

–Sí, Nerón construyó allí su impresionante palacio después del incendio. Por eso siempre se ha sospechado de él. Tras su muerte lo derribaron y construyeron el Coliseo.–

Observo la Fotografía. Tomo como referencia el edificio del Senado, muevo el dedo un poco hacia el oeste. ¡Dios mío! He localizado la casa de Marcia. Está en un estado ruinoso pero reconocible. Unos pocos metros más allá debería estar la de Séneca. Pero ya no existe.

Le arrebato la tableta de las manos y me pongo a buscar mi propia casa. Estoy entusiasmado.

–¿La has encontrado? – me pregunta impaciente Arturo.

–No, todavía no. Pero yo viví aquí. – le señalo con el dedo.

–¿En pleno centro? – pregunta Mister Patterson que se ha colocado a mi lado para ver el mapa

–Sí, le puede parecer extraño. Pero no me fueron demasiado mal las cosas para ser tan buen gilipollas como dice que soy. –

–¿Pero encuentras la casa de Séneca o no? – Arturo está de los nervios.

Efectivamente, la veo claramente. Está totalmente demolida por el tiempo y es casi irreconocible. Pero no le voy a decir a este fulano dónde está exactamente.

–No me oriento bien. Necesitaría estar físicamente allí para encontrar el lugar exacto. Debió ser derribada en algún momento, pero por la casas vecinas que están mejor conservadas lo podría indicar perfectamente. –

–¿De verdad que estás dispuesto a eso, Arturo?– le pregunta Mister Patterson. –Seguro que hay algún modo de resolver esto sin necesidad de montar ese paripé. –

–¿Dispuesto? Ya mismo voy a solicitar los permisos y comprarme una pala. –

–Iré contigo. Puede que necesites ayuda. – le digo a Arturo.

–No creo que sea bueno que vuelvas a Roma tan pronto, Juanvi. Todavía tienes los recuerdos muy recientes. No te hará ningún bien psicológicamente. – Me dice Mister Patterson.

–Lo sé. Pero me enfrentaré a ello. Además, necesito averiguar algo muy personal. Está decidido. Aprovecharé las vacaciones que me pertenecen. –

–Te lo advierto, Juanvi. Ten cuidado. – Concluye Mister Patterson.

Está decidido, volveré a Roma.