Capítulo 41


Capítulo 41

          El incendio de Roma

Amanece. Hoy es dieciocho de Julio del año sesenta y cuatro. El día fatídico.

En un armario tengo una caja de madera noble en la que guardo las memorias de Séneca. Desconozco qué ocurrirá esta noche en casa de Nerón así que todavía tengo un par de cosas que hacer antes de asistir a la cena. Llamo a Culito.

–Ve en busca de Sargentus, debo pedirle un último favor. –

Sulpinia me ha preparado un buen desayuno. Hoy se encuentra mejor y se ha levantado muy temprano para cocinarlo. Nos lo tomamos juntos. Estamos solos en casa. Excrementus ha ido a casa de Marcia para ver si su salud ha mejorado y acompañar a su esposa Lidia.

Pronto aparecen Culito y Sargentus. El borrachín se planta ante mí y me saluda con porte  militar.

–Aquí estoy para lo que mandes, Gilius. Sabía que entrarías en razón y te arrepentirías de lo de ayer. Es una putada pero prefiero seguir trabajando contigo que enriquecer las tabernas con tu dinero.– me dice mientras me entrega su pagaré.

–¿De qué estás hablando? ¿Todavía no has ido a cobrarlo? –

–Por supuesto que no. Lo de ayer fue una broma muy bien hilada. Todos se lo tragaron menos yo. Un suboficial romano no creería nunca semejante estupidez. –

Le tomo del brazo y caminamos hasta una habitación apartada del resto de la casa por un largo pasillo. Cuando entramos cierro la puerta para asegurarnos de que nadie nos oye.

–No fue ninguna broma. Todo es rigurosamente cierto. Ve sin demora a cobrar tu dinero y tráelo aquí. Culito te lo guardará y podrás disponer de él en cuanto vuelvas de la tarea que he de encomendarte. –

–¿Qué debo hacer? –

–Lo que debo contarte ahora no puede salir de esta habitación ¿Me das tu palabra? –

–La tienes. Por mi honor que seré una tumba. –

–Muy bien. Escucha porque esto te va a impresionar. Siéntate. –

Toma asiento en una butaca espantosa que el anterior inquilino dejó en la habitación cuando me vendió la casa.

–Esta noche deseo que estés vigilante en el barrio donde tengo mis tiendas. Pero no quiero que hagas nada. Simplemente limítate a observar y ve con mucha precaución. –

–¿Temes que ocurra algo?¿Sospechas de alguien? ¡Lo mataré al instante si osa poner sus sucias manos en tus locales! –

–La cuestión es que no sé exactamente cómo sucederá pero todo el barrio será arrasado por un enorme incendio. Quiero que me informes de  cómo y cuándo se iniciará. –

–Sabía que estabas loco, Gilius. ¡Otra chaladura digna de ti! Debo darme prisa en encontrar un buen druida de esos que tienen los Galos para que te masajee los sesos. –

–No estoy bromeando. Sé que va a ocurrir y no tengo nada más que decir al respecto. Tu tarea es informarme de cualquier acontecimiento que sea el origen de la tragedia. No me falles.–

–¿Puedo evitarla? –

–No. Ocurrirá sin más. Nadie lo puede remediar. Está escrito en el destino. Ante todo ten cuidado y no te expongas al fuego. Averigua su origen y vuelve a mi casa, este será un lugar seguro que no se verá afectado por el incendio. Cuando regrese de cenar con Nerón deberás explicármelo con todo lujo de detalles ¿Comprendido? –

–No entiendo nada. Pero pierde cuidado. Esta noche estaré atento a cualquier cosa que suceda. Mañana me reiré de ti en tus propias narices cuando veas que todo sigue en su lugar. –

–Gracias, amigo Sargentus. Y lo dicho, ten mucho cuidado. –

El hombre se marcha negando con la cabeza. Sé que va a cumplir en encargo de vigilar los barrios pero sigue convencido que me ha debido dar un mal aire y me he trastornado.

Ante todo no debo correr ningún riesgo. La reacción de Nerón podría ser violenta y quién sabe si saldré de esto con vida.

Voy al retrete y descargo mi furia en el agujero. ¿No os ha dado nunca la impresión de estar cagando mucho más de lo que habéis comido? Pues eso es lo que me está ocurriendo a mí ahora.

Tengo una buena terma en casa. Es pequeña pero más que suficiente como para bañarme en condiciones. Me afeito con una especie de cuchilla muy afilada y después salgo perfumado para ver si ha vuelto Excrementus de su visita a casa de Marcia. Efectivamente no tarda en llegar.

–¿Cómo está la señora? – le pregunto muy interesado.

–Mucho mejor. Lidia la está cuidando y parece que se recupera. Posiblemente tomó algún tipo de veneno que le dio su marido. Ese cacho cabrón no está conforme con las reuniones de cristianos en su casa. –

–¿Estás seguro de que ha sido él? –

–No, pero todo apunta a eso. De hecho ha huido esta mañana al comprobar que su mujer sigue viva. Seguramente teme que haya represalias cuando su esposa se recupere. –

–Que Dios le dé su merecido. Algo así temí cuando la vi. Y en cuanto a su esposo Sempronius, no es trigo limpio. Algo me insinuó la última vez que le vi acerca de sus desacuerdos con ella. Ese miserable es muy capaz de hacer cualquier cosa para salvar su trasero, incluso matar a Marcia si fuera preciso.–

–Recibirá el castigo que merece. Dios está siempre al tanto de esas cosas. Tenlo por seguro, Gilius. –

–Necesito que me acompañes a un lugar. Ensilla dos caballos y salgamos cuanto antes.–

–Por supuesto. Voy inmediatamente. –

Tomo la caja en donde guardo las memorias de Séneca y me dirijo a mi cuadra en donde estarán ya listas las cabalgaduras. Excrementus y yo salimos tranquilamente de Roma hacia la Colina del Aventino, muy cerca del lugar en donde aparecí hace ya casi año y medio.

Consulto el mapa que me dio Anthony para averiguar el lugar en donde está el zulo para mi regreso. Curiosamente es una cueva muy cercana a la que me refugié y conocí a Tontochorrus y Ligia mi primer día.

Bajo del caballo y tomo la caja entre mis manos.

–Espérame aquí–le digo a Excrementus. – volveré enseguida. –

Penetro en la caverna. A pocos metros de la entrada hay una especie de losa que retiro fácilmente con mis manos e introduzco la caja que desaparece al instante. Debe estar ya en Philadelphia. ¡Qué cosas!

Cierro la fosa con cuidado. He decidido enviar estos excepcionales documentos por si me ocurre algo y no puedo retornar. Por lo menos Mister Patterson y Arturo sabrán sacar gran provecho de ellos.

Salgo de la cueva y vuelvo a montar en mi caballo.

–No sé qué llevabas en esa caja. Pero no creo que hayas elegido el mejor lugar para esconderlo. Estas cavernas son muy visitadas por bandidos y jóvenes amantes. –

–No te preocupes por eso. Mis secretos quedan a salvo. –

Volvemos a la villa en donde Sulpinia y Culito han preparado un formidable almuerzo. Comemos los tres charlando sobre temas intrascendentes y después dedico un tiempo considerable en vestirme y acicalarme para la gran cena.

Excrementus ha ensillado mi mejor caballo. Un ejemplar blanco de magnífico porte. En mi cuadra tengo dos yeguas y cuatro caballos, dos para el tiro de carretas y otros dos de paseo. También tengo un borrico al que no pude remediar ponerle de nombre Mister Anthony.

–Os recuerdo que debéis permanecer esta noche en casa. En los foros no habrá peligro alguno. Tanto vosotros como Lidia estaréis a salvo. La casa de Marcia también es segura. –

–Ve tranquilo. Te obedeceremos. – me contesta Culito.

–Regresaré en cuanto pueda. Sargentus también deberá venir para hablar conmigo. Espero que todo salga bien. –

–¿Quieres que te acompañe? Tal vez te pueda ser de ayuda si fuese preciso. –Me pregunta Excrementus.

–No, debo ir solo. No debes exponerte por mí. –

Cabalgo tranquilamente hasta el Palacio de Nerón. Unos guardias me detienen pero les muestro la invitación y me dejan pasar sin impedimento alguno.

Un esclavo se hace cargo de mi caballo y me acompaña hasta una enorme puerta primorosamente tallada. Un soldado la abre y me invita a entrar con él.

Varias esclavas esperan a los invitados para rociarnos con una especie de perfume empalagoso que no me gusta nada. Debe ser el pachulí romano.

Me topo con algunos senadores a los que conozco de vista y que están esperando ya en una especie de salón lujosísimo que hace las funciones de recibidor. Descubro entre ellos a Lameculus que también ha debido ser invitado a la cena.

–Los dioses sean contigo.– le saludo.

 –¡Amigo Gilius! Un placer contar con tu presencia esta noche. No sabía que también estabas convidado por Nerón. –

–Pues ya ves, parece que se ha tomado la molestia de hacerlo y me siento honrado porque así haya sido. –

Me presenta al resto de senadores que están mucho más interesados en conocerme a mí que yo a ellos. Me importan verdaderamente poco estas gentes.

Un centurión se asegura de que estamos todos los invitados y nos pide que le acompañemos. La sala da a un jardín enorme y tremendamente cuidado. Eso es un atrio en condiciones y lo demás son tonterías. Está rodeado por una incontable cantidad de columnas que soportan los voladizos de edificios soberbios.

Me produce escalofríos solamente el pensar que esto es una chabola comparado con la Domus Aurea que Nerón se hará construir sobre las ruinas de lo que pronto serán los humildes barrios una vez arrasados y que aprovechará para dar rienda suelta a su extravagancia.

Y si lo que había visto hasta ahora me había maravillado como nunca, cuando entro en el salón en donde se va a celebrar la cena, simplemente me quedo extasiado. El lujo de Roma está condensado en esta sala. Me niego a describirlo porque en ningún idioma existen palabras para expresar tanta belleza y lujo.

Todo está perfectamente preparado. Tomamos asiento en los lugares que cada uno tenemos asignados según un estricto protocolo.

Naturalmente, yo soy uno de los más alejados del lugar que ocupará el Emperador. Aquí hay gente muy gorda. Yo solo soy en el fondo un don nadie.

Charlamos en voz baja de asuntos sin interés a la espera de Nerón. No pasa demasiado tiempo hasta que unas trompetas nos sobresaltan a todos. Anuncian la llegada del payaso este.

La puerta se abre de golpe y nos ponemos todos en pie. Un general vestido con su traje de gala vocea de tal modo que produce hasta eco.

–¡Nerón Claudio César Augusto Germánico! –

¡Hay que ver lo que le gusta a este tío la parafernalia!

Entra ceremoniosamente junto a su esposa Popea para ser admirado por todos nosotros. Hacemos una reverencia tan falsa como exagerada. Nos mira satisfecho y se coloca en su lugar.

–Sed bienvenidos a mi humilde morada. Espero que esta noche podáis disfrutar de mi compañía. Es un honor que os reservo a vosotros gracias a mi generosidad sin límites. –

La madre que lo parió.

Aparece una especie de criado muy bien vestido y se coloca justo detrás de Nerón. Da una palmada y una docena de esclavas se apresuran a entrar cargadas con bandejas con todo tipo de carnes, frutas, vino…  Con todo aquello podría comer y beber media Roma siempre y cuando ni Pinarius ni Sargentus metiesen baza en el asunto, claro.

Un hombre entra escoltado por dos soldados, saluda a Nerón y prueba un sobro de vino de una de las copas, a continuación corta con cuidado un pedazo de cochinillo y lo mastica lentamente antes de tragárselo. Es el catador. Se encarga de probar los alimentos por si estuviesen envenenados. Esperamos unos minutos para ver si el hombre sufre algún patatús. Pero no, parece que todo está en regla. Saluda nuevamente a Nerón y se retira aliviado.

Este sería un trabajo a la medida de mi amigo Pinarius si no fuese tan peligroso. Además, con lo que es capaz de comer ese hombre, se quedaría con hambre e incluso la más ponzoñosa cicuta tendría en él efectos beneficiosos.

–Que comience el banquete, verdaderamente tengo mucha hambre. –dice Nerón recostándose en su balancín. Dos esclavas se ocupan de servirle vino y uvas. Otra corta cuidadosamente pequeños trozos de carne que introduce con mimo en la boca de este payaso.

–Un magnífico banquete digno de ti, amado Nerón– dice un senador y comienza a relatarle cosas de gobierno.

El Emperador se aburre soberanamente con tanta perorata y le hace un gesto para que deje de darle la tabarra.

–No es momento para tratar asuntos de estado. Esta noche sólo la diversión y el placer deben hacer presencia entre nosotros.–

De pronto repara en mi presencia. Me mira y me habla.

–Tu eres….– hace una pausa. Intenta recordar mi nombre.

Gilius.– interviene Lameculus siempre dispuesto a pelotear a su amo como un perro faldero.

–Eso es, Gilius. Tu eres el sastre que ha inundado toda Roma con tus magníficas ropas. Mira, incluso yo visto siempre ‘Casto’ – me dice mientras señala la marca bordada en oro de su túnica.

–Es un honor que me hayas invitado a tu casa. Mi orgullo y agradecimiento es eterno. Durará por lo menos dos mil años. – ¿Se habrá creído Lameculus que sabe arrastrarse ante este inútil mejor que nadie? Pues ahí tiene la respuesta. A gilipollas no hay quien me gane.

El general cuchichea algo al oído de Nerón. Este asiente con la cabeza y le ordena que se aleje un poco.

–Recuerdo que en Herculano me hiciste entrega de cierto documento que me concede la completa propiedad de todas tus tiendas, talleres y género. –

–Así es. Mañana serás el dueño de todo. Yo parto de Roma al alba. Dejo en tus manos un negocio boyante y que te dará tantos beneficios que podrás construir tantos palacios como te plazca para tu mayor gloria. –

–¿Vuelves a tu tierra entonces? ¿De dónde eres? –

–De la provincia Tarraconensis de Hispania. Nací en una ciudad llamada Valentia. Está recién fundada a orillas de un pequeño río. –

–No la conozco. Pero debe ser hermosa si tanto la echas de menos como para renunciar a todo aquí en Roma, el ombligo del mundo. –

Cambia de postura para mirarme mejor a la cara.

–Descríbemela. Tal vez la visite algún día y me haga construir una casa para pasar largas temporadas. Roma me aburre y estoy cansado de pasar los inviernos en Herculano. –

 

–Tiene unas hermosas playas, grandes llanuras, montañas preciosas, un clima similar a Roma, bellas mujeres y hombres fuertes, trabajadores y hospitalarios. Como ves,  los dioses no han escatimado virtudes para bendecir aquel lugar. Quedaron tan sorprendidos al contemplar tanta belleza y bienestar que decidieron que algo debían  hacer para que no fuese tan perfecto como el Olimpo. Así que para compensar crearon al Valencia Club de Fútbol. – hala ya se me ha calentado la lengua más de la cuenta.

–¿Futbol? – pregunta un senador.

–Una especie de juego que consiste en darle patadas a una bola y cagarse en la madre que parió al juez que lo arbitra para que no hagan trampas. Cada domingo se celebra este espectáculo en el que veintidós hombres en calzoncillos se encargan de hacernos sufrir a todos.–

–Habrá que enviar una legión para ver cómo desperdician su tiempo en tu ciudad en lugar de estar trabajando para contribuir con impuestos a la grandeza de Roma. – dice el general mientras sostiene una pata de pollo entre sus grasientos dedos.

–Son cosas que allí despiertan mucha afición del mismo modo que en el resto del Imperio el populacho se entretiene con las luchas de gladiadores o las carreras de cuadrigas. La gente necesita pan y circo para ser contentada. –

–Escuchad bien las sabias palabras de este hombre. Creo que debería quedarse a mi servicio como consejero. – les dice a todos.

–Sólo soy un ignorante de provincias. No sabría qué es lo mejor para ti y tu Imperio. Te ruego que me dejes marchar. –

Jajaja. ¿Acaso te lo has tomado en serio, Gilius? No necesito a nadie que me diga lo que es bueno o malo. Soy un dios y nadie puede estar tan a mi altura como para decirme lo que debo hacer. –

–Estoy seguro de ello. Perdona mi atrevimiento. –

–Tu generosidad ha sido grande conmigo tal y como es tu obligación como ciudadano con su Emperador. Quedas perdonado. Hoy estoy tan de buen humor que doy por terminada la cena. Ahora os reservo a todos una gran sorpresa. –

Se pone en pie y todos hacemos lo mismo. Salimos de la sala, caminamos detrás de él como patitos que siguen a su madre por la charca.

Nos conduce a una más pequeña pero con el mismo lujo que la anterior y además posee una ventana desde la que se divisa toda Roma. El paisaje es precioso alumbrado por una reluciente luna.

Una esclava le entrega un arpa y Nerón la toma entre sus manos con delicadeza. Pinza un par de cuerdas para comprobar que funciona o que, al menos, hace ruido.

–Ahora vais a escuchar la voz de vuestro Nerón. He compuesto varias canciones para regalaros los oídos. Un honor que deberéis preservar en la memoria para proclamar mi talento. –

Durante cerca de una hora nos taladra los sesos con canciones sin pies ni cabeza propias de un demente. En cuanto a su talento musical dejémoslo a un lado, no vale la pena perder un segundo en describirlo.

El tiempo pasa y Roma sigue inmersa en la penumbra. Ni rastro de iluminación por el incendio. Me preocupo al pensar que tal vez el día fijado por los historiadores no sea el exacto. En ese caso se avecinan problemas. Mañana no habrá nadie trabajando en los talleres y Nerón se olerá que algo raro ha sucedido. No tardará en buscarme por todo el Imperio para pedirme explicaciones.

Aplaudimos una de sus espantosas rimas y nos deshacemos en halagos hacia él. Lameculus lo borda como es habitual en él. Si no fuera porque yo también he tenido que pasar por el aro en muchas ocasiones, sentiría auténtica vergüenza ajena al verle y escucharle.

–Acércate, Gilius. –me dice ahora Nerón.

–He compuesto una pequeña canción en honor al mejor comerciante de toda Roma. Es para ti. Escúchala con atención. –

Justo en ese momento me parece contemplar un ligero destello de luz entre los edificios de los barrios pobres. El incendio ha comenzado. No presto la menor atención a los graznidos de este loco. Me siento aliviado y al mismo tiempo conmocionado.

En pocos minutos es más que evidente que muchos edificios arden lanzando poderosas llamas al cielo que se va ennegreciendo con un humo espeso y maloliente.

–Algo ocurre en Roma, César. Parece que hay fuego. – grita uno de los senadores que también se asoma a la ventana alarmado.

Nerón parece no darse por aludido y sigue con su intolerable música como capturado por su megalomanía.

Me parece observar que prende un segundo foco cerca del primero. La brisa del norte propaga las llamas entre las callejuelas estrechas. Las casas de madera se contagian de fuego unas a otras. Esto ya no hay quien pueda pararlo.

Cuando acaba de cantar entra en cólera al vernos a todos mirando por la ventana y no haciéndole ni puñetero caso.

–Los dioses se han emocionado tanto con mi canto que me deparan  una ofrenda. Sólo eso puede explicar la luminosidad en medio de la noche. –

Más valdría que nos cargáramos aquí mismo a este imbécil. Media ciudad está ardiendo y a él le suda la polla.

El general sale presuroso para organizar su tropa y acudir a sofocar el incendio pero ya es definitivamente tarde. Con alivio compruebo que el viento no sopla hacia mi villa y que mi gente está a salvo.

–Te pido permiso para acudir urgentemente a ayudar a apagar el fuego –le suplico a Nerón.

–¿Para qué? No es la primera vez que hay un incendio en Roma. Al fin y al cabo siempre se producen entre las casas de la chusma. Nunca los foros ni mi casa se vieron perjudicados. Además es bueno para la ciudad. Sirven para exterminar a las ratas.–

Ya he tenido bastante. Ahora lo que necesito es huir de aquí pero este criminal parece que no está por la labor. Comienza a cantar otra vez. Necesito pensar rápido. Espero a que termine una estúpida canción en donde una niña es atacada por una cabra y un apuesto Emperador  la rescata.

¿Es o no para darle con la zapatilla en el culo hasta que sangre?

–Todos mis talleres y locales están amenazados por el incendio. Si los consumen las llamas olvídate del regalo que te hice. Sólo será un trozo de carbón y tus ganancias con ellos se reducirán a la nada. –

Queda pensativo durante un instante.

–Márchate. Te ordeno que pongas a salvo mis negocios. Sólo espero por tu bien que lo consigas. Haz lo que tengas que hacer.–

Hago una reverencia  y salgo a todo correr sin olvidarme de tirarme un pedo a su salud mientras atravieso el enorme atrio.

Ordeno a un esclavo que me traiga mi caballo y galopo como un auténtico vaquero por las calles de Roma hasta llegar a mi casa sudoroso y muy excitado.

Excrementus sujeta al caballo que está tan asustado y nervioso como nosotros y me ayuda a descabalgar.

–Roma arde como nunca se había visto, Gilius. – me grita.

–Vamos a refugiarnos dentro de la casa y cerrad las ventanas. Hay que protegerse del humo. –

Nos metemos todos en la cocina. Si entra humo saldrá por la chimenea y no nos afectará. Al menos, eso espero.

–Esto es lo que os anuncié. Todos los barrios bajos de Roma arderán durante tres o cuatro días. Imposible apagar las llamas, se consumirán por sí mismas cuando ya nada pueda quemarse. –

–¿Cómo lo sabías? ¿Acaso lo has provocado tú? –

–¿Cómo te atreves a insinuar eso, Excrementus? –

–Perdóname. Pero o eres el mejor profeta de todo el Imperio o no me explico cómo lo sabías con tanta certeza. –

–Una corazonada. Siempre estuve convencido de que tal cosa sucedería esta noche. No le des más vueltas. –

Escuchamos un griterío de gentes que huyen de las llamas y se refugian en los foros en donde el fuego no llega. Allí estarán a salvo. Para mi tranquilidad son miles de personas las que van a salvar sus vidas esta noche.

Alguien aporrea la puerta. Salgo a abrir personalmente. Es un atrevimiento hacerlo porque podría ser la turba buscando refugio en mi casa pero afortunadamente es Sargentus el que llama. Entra horrorizado y cierro otra vez el portón.

–¡Por todos los dioses que tenías razón, Gilius. Un gran incendio devora Roma! –

Sus ropas están manchadas de tizne y ceniza y huele como si hubiese estado haciendo una enorme barbacoa.

–¿Qué ha pasado exactamente? –

–Un edificio ha comenzado a arder desde los pisos bajos. Posiblemente una cocina mal apagada haya sido la causa. –

–¿Dónde ha sido eso? –

–A una pocas calles de tus locales. Muy cerca del edificio de Amígdalas que a estas horas arde también en la hoguera. –

–¿Entonces ha sido un accidente? –

–Sí. Estoy seguro de ello. Pero después volví a tus tiendas y talleres. Todavía estaban intactos. Sin embargo, al no estar yo de guardia ni los vigile a los que habías sobornado para que te protegiesen, unos comerciantes a los que habías arruinado con tus negocios aprovecharon para quemarlos también. –

–Un segundo foco. –

–Ciertamente. Yo hubiese dado mi vida por salvar tus posesiones pero ya eran de Nerón. No me sacrificaré por ese cabrón. –

–Has hecho bien. Bebe algo de vino y descansa. Te lo has ganado.–

Pasamos la noche temblando de miedo y nerviosismo. Al alba Roma está cubierta por una enorme masa de humo que impide ver más allá de medio metro. Pavesas calientes y cenizas llueven sobre toda la ciudad pero son inofensivas.

–Ha llegado el fatídico momento de marcharme para siempre. –

Mis palabras resuenan en la cocina como si acabase de explotar una bomba.

Culito se arrodilla ante mí.

–No nos dejes ahora, Gilius. ¿Qué será de nosotros si ti? –

–Nada temáis. Os dejo en una buena posición económica para que viváis sin problemas y tengáis una vida grata y feliz. –

–¡Que le den por el culo al dinero! Tu vales para nosotros mucho más que lo que tus riquezas puedan proporcionarnos. ¡Quédate, te lo suplico! –

–No puede ser. Tengo razones poderosas para marchar. Desapareceré de vuestras vidas del mismo modo en el que aparecí. Os ruego que me olvidéis cuanto antes y recomencéis vuestra existencia.–

Nos abrazamos todos formando una piña.

–¿Cómo vamos a olvidarte? Eso es imposible. Honraremos tu memoria entre nuestros descendientes. – Dice Lidia entre lágrimas.

–No, no lo hagáis. No deseo que nadie sepa de mi existencia en Roma. Es el último favor que os pido. –

Los caballos están tan espantados en la cuadra que es imposible montarlos sin sufrir una caída. Decido ir andando hasta la colina e introducirme en el zulo.

He grabado en una placa de oro la palabra ‘Retorno’ en cuanto la meta en el hoyo estaré en Philadelphia de nuevo.

Se me hace interminable el trayecto. ¡Tantos pensamientos, tantas emociones, tanta podredumbre y tanto amor!

Durante un angustioso momento dudo si volver o no. Dejo tantas cosas atrás, tantas vivencias, tantas gentes a las que de verdad amo y me aman. ¿De verdad tengo todo eso en mi mundo?

Pero incluso un gilipollas como yo sabe lo que ha de hacer…