Capítulo 39


Capítulo 39

               En Liquidación

Es curioso lo rápido que pasa el tiempo cuando a uno le van las cosas bien. El mes de Julio está llegando a la fatídica fecha. Ya estamos a dieciséis. Pasado mañana por la noche comenzará a arder todo esto reduciéndose a cenizas.

Si algo me han enseñado estos condenados viajes en el tiempo es que poco puedo hacer para cambiar las cosas. Ni siquiera advirtiendo a todo el mundo lo que va a suceder conseguiría darle la vuelta al destino. Al contrario, me tomarían por un loco y tal vez acabase degollado en alguna esquina.

Es el momento de colocar las últimas piezas del puzle.

Culito, necesito que me hagas un encargo. –

–Dime Gilius. Estoy para servirte. –

–Ve a buscar esta noche a mi amigo Pinarius. Dile que venga al taller de Vitoria sin excusa alguna. Tengo algo importante que decirle. –

Entro en la tienda de moda femenina y busco a Amazónica.

–Lidia, convoca a todas las costureras, a Sargentus, a tu marido y a Sulpinia. Deben acudir al taller cuando sea ya de noche. Voy a comunicaros algo de suma importancia .–

–¿Pasa algo malo? Nunca nos has reunido a todos. – me pregunta la chica muy preocupada.

–Lo sabréis a su debido tiempo. Pero no te preocupes. Nada que no tuviera previsto.–

Salgo hacia la argentaria de Ratus. Tengo que prepararlo todo para esta noche.

–Alabados sean todos los dioses del Imperio. – me dice al verme entrar. Su choza ahora es mucho más lujosa que la primera vez que vine aquí a depositar mi dinero. Con los enormes intereses que le he pagado incluso él también luce una de mis carísimas togas. –

–Ave, Ratus. Me temo que lo que he de decirte no te va a alegrar demasiado. –

–¿Qué ocurre? ¿No estás satisfecho con mi trabajo? –

–No, nada de eso. Has cumplido con tu palabra y eso te honra. Pero voy a abandonar Roma en unos días y quiero recuperar mi dinero. –

–¿Te vas? ¡Eso es espantoso! Por Apolo y toda su cuadrilla que eso es mi ruina también.– alza sus manos hacia el cielo desesperado.

–Ya ves, todo tiene un principio y un fin. Pero con lo que has progresado no te resultará difícil continuar el negocio. No sólo te he proporcionado riqueza sino que además te he colmado de prestigio.–

–Es cierto ¿Pero entonces te llevas el dinero ahora? –

–No, quiero que hagas pagarés. –

–¿Qué es eso? –

–Un papel firmado por mí que te irán entregando mis empleados. A cambio les darás la cantidad que representen cada uno. –

–Así lo haré– dice gimiendo como una hiena. A este se le acaba el chollo.

–Eso espero. No me gustaría pregonar por toda Roma que Ratus no cumple con sus obligaciones. Eso sí sería tu ruina y tu muerte. –

–Pierde cuidado, Gilius. Pero me ofende que desconfíes de mí. –

–Nunca confío plenamente en un banquero. Pero en este caso he de reconocer que eres una especie rara y que eres honrado. –

–¿Estás seguro de que vas a dejar Roma y tu Imperio textil? Piénsalo bien, Gilius. –

–Está más que decidido. Nada me hará cambiar de idea. –

–Escucha esto, creo que te interesará y te hará reflexionar. Te ofrezco un nuevo negocio que he inventado recientemente. Se llaman ‘Preferentes’ y son la monda. Tu dinero se multiplicará de la noche a la mañana. –

–A otro perro con ese hueso. Sabía yo que la cabra siempre tira al monte. Ya me extrañaba que no te sacases un As de la manga. –

Durante toda la tarde preparamos los pagarés. Después los meto en una cajita de madera que he traído.

Camino hasta la casa de Marcia. Quisiera despedirme de San Pedro. Pero ha querido el destino que el Santo haya partido hacia el norte de la península para seguir con su labor de expandir las enseñanzas del Nazareno.  

En cuanto a Marcia, se encuentra enferma y apenas he podido hablar con ella. Debe ser grave porque su voz no es más que un hilo difícil de entender. Se lo diré a Lidia. Seguramente no lo sabe porque de lo contrario me lo habría comunicado.– 

La noche se apodera de Roma. Vuelvo al taller en donde todos deben estar esperándome impacientes y preocupados.

Un rumor a conversaciones resuenan en el local hasta que entro y se produce un profundo silencio.

–Que los dioses estén con todos y nunca os abandonen. – saludo. A Lidia y Excrementus no les gusta que nombre a los dioses paganos de Roma por su condición de cristianos. Pero el resto desconocen este hecho, salvo Culito, que está abrazado a su Sulpinia en un rincón acariciándole el abultado vientre y con cara de preocupación sobre lo que tenga que decir.

Me subo a una de las mesas de corte para verles a todos y que me escuchen con claridad.

–Esta noche es especial.– comienzo– Quisiera agradeceros a todos el buen trabajo que habéis realizado hasta ahora. Sin él no existiría este negocio. –

Un ligero murmullo se apaga rápidamente mientras continúo.

–Pero he de deciros un par de cosas que es preciso que conozcáis ya. La primera de ellas es que la empresa cambia de dueño. –

–¿Nos has vendido? ¡Qué decepción! No esperábamos esto de ti. – se escucha una voz al fondo. Es Vitoria.

–Mi destino me aleja de Roma para siempre. Es por eso que dejo el negocio. No puedo explicaros el motivo pero tampoco quiero que os preocupéis por vuestro futuro. –

–¿Y quién es el nuevo dueño? –

Carraspeo un poco porque la bomba va a hacer mucho ruido.

 –Nerón.– les digo al fin.

El escándalo que se monta es de antología. Por más que me empeño en hacerles callar no lo consigo. Culito acude en mi ayuda.

–¡Callaros, coño! –

Todos dejan de hablar y me miran espantados. El silencio es tal que se podría oír el aleteo de una mosca.

–Dentro de dos días él tomará posesión de todo esto. Yo mismo le regalé el negocio durante mi viaje a Herculano. Pero eso no debe preocuparos en absoluto.–

Nuevos murmullos de desaprobación colman el taller. Algunas costureras se abrazan para consolar su angustia.

 –Como sabéis, en esta empresa no hay ningún esclavo trabajando. Todos sois ciudadanos y ciudadanas libres. Es por ello que no puedo daros órdenes pero sí que deseo que hagáis exactamente lo que he de deciros. Es muy importante. ¿Me lo juráis? –

–Pues eso depende– contesta mi amigo Pinarius que ha asistido también a la reunión tal y como le había solicitado.

Saco de entre mi túnica la cajita de madera con los pagarés.

–Cada uno de vosotros recibirá una cantidad importante de dinero. Pero no es para que lo malgastéis. Es para que huyáis de vuestras casas y os mudéis lejos de estos barrios. Eso deberéis hacerlo en el plazo máximo de dos días. –

–¿Qué chaladura es esta? – pregunta alguien.

–Os aseguro que hablo en serio. Un acontecimiento terrible se avecina sobre Roma. No me preguntéis cómo lo sé. Os ruego que confiéis en mí. –

–¿Abandonar nuestras casas? ¿Sabes lo que dices? –

–Sí, perfectamente. Pero recoged vuestras pertenencias de más valor y largaros en el plazo que os he indicado. No os lo puedo decir más claro. Por todo lo más sagrado debéis creerme.–

Todos se miran entre ellos sin saber siquiera que decir.

Llamo a Lidia y Culito para que vengan a mi lado y me ayuden con el reparto de los pagarés. Un murmullo de voces apagadas reina en el taller. Todos miran interesados los papelillos que extraemos de la cajita.

–Como os he dicho, cada uno recibirá ahora un papel firmado por mí. Debéis ir a la argentaria de Ratus y entregárselo. Os dará a cada uno cincuenta mil sestercios, cantidad más que suficiente para empezar una nueva vida sin estrecheces. Pero siempre lejos de aquí. Os lo suplico. –

–¡Cincuenta mil sestercios! ¡Haber empezado por ahí! – exclama una de las costureras.

Se amontonan junto a la mesa en donde Culito y Lidia comienzan a repartir los pagarés. –

–Recordad que me habéis dado vuestra palabra de marcharos. Hacedlo todos el mismo día y en secreto. Nerón no debe enterarse de esto antes de que estéis muy lejos. –

–Te lo prometemos, Gilius. Pero déjanos un momento para recuperarnos de la impresión. No esperábamos tantas noticias de golpe. – dice otra costurera.

–Cuando hayáis recogido vuestros pagarés, abandonad el taller y marcharos a vuestras casas a descansar e ir preparando rápidamente vuestras cosas para la marcha. –

Poco a poco el local se va vaciando de gente que se despide de mí con palmaditas, reverencias y palabras de agradecimiento.

–Pinarius, Vitoria, Lidia, Culito, Sulpinia, Excrementus y Sargentus quedarosTengo todavía que hablar con vosotros. –

Al poco estamos solos. Quedamos los ocho en el local. Me dirijo a Pinarius y pongo mis brazos en sus hombros.

–Fue una suerte encontrarme contigo en el mercado aquel día. Me has demostrado que tu amistad es tan vigorosa como tu estómago a la hora de comer gratis. –

–Me caíste bien. Eso es todo. –

–Sin ti no habría comenzado a ser lo que soy. Me tomaste como gran amigo sin conocerme y me abriste las puertas de esta extraña ciudad. Pero el aviso que he hecho a mis empleados también es para ti. Lárgate cuanto antes. Podrás continuar con tu negocio pero no en este mercado ni en este barrio. –

–No entiendo la perra que te ha entrado con eso de que nos vayamos a otro lugar. Pero te respeto y te juro que lo haré. Debes tener razones de peso para pedirnos este sacrificio. –

–No te vayas todavía. Esto es para ti. – le entrego su pagaré.

–¡Cien mil sestercios! – exclama rojo de alegría– ¿Estás seguro de que existe tal cantidad de dinero en Roma? –

–Te lo mereces, Pinarius. – le abrazo como al gran amigo que es. –Ahora vete a casa y prepara todo lo necesario para marchar. –

–¿Por qué te vas, Gilius ¿Acaso te hemos ofendido? Si es así te pido disculpas en nombre de todos. –

–En absoluto. Simplemente es que tengo que volver a mis orígenes. Tal vez no lo entiendas pero es lo que debo hacer. –

–¿Nos volveremos a ver? –

–Lo dudo. Pero quiero que sepas que te recordaré tal y como mereces. – nos volvemos a abrazar y el hombre se marcha tan triste como feliz. Ahora es un hombre razonablemente rico.

Sargentus, has cuidado mi negocio entre trago y trago. Me has salvado de situaciones peligrosas y has mantenido a raya a los putos recaudadores de impuestos. Eso debo compensártelo. –

Se acerca a mí cabizbajo.

–Este es tu pagaré. Solo espero que no lo malgastes en vino en alguna taberna céntrica. Tú también debes largarte de este barrio. Aquí tienes tus cien mil sestercios.–

–Creo que te has vuelto loco de remate. Ni los generales tienen tanto dinero. –

–Te lo mereces, amigo. – le digo mientras se cuadra militarmente ante mí y le estrecho la mano.

–Y tú, Vitoria, has sido el corazón de esta casa. No te voy a regalar los oídos con alabanzas pero quiero que sepas que eres quien ha impulsado el negocio. Tus manos son oro puro. Mi agradecimiento será eterno para ti.–

La mujer se sonroja.

–Este es tu pagaré. No te hace falta mucho el dinero porque ya eres prácticamente una  mujer muy rica con los porcentajes que te han correspondido. Pero acepta mi agradecimiento en forma de números. – y le entrego otros doscientos mil sestercios.

–No los quiero. – comienza a llorar desconsolada – Lo que deseo es que se te vaya de la cabeza tu loca idea de abandonarnos. ¡Y mira que regalar esto a Nerón! No te lo perdonaré nunca. –

Me golpea el pecho con ambos brazos. Su desesperación es tal que termina sollozando sin fuerzas para seguir pegándome. Le limpio una lágrima que corre por su cara. Sé que está verdaderamente triste.

¿Quién me iba a decir a mí que esta costurera a la que conocí cagando en una letrina iba a ser tan importante? La beso porque no quiero que continúe hablando. Un nudo en el estómago casi me impide decirle nada. Pero me despido de ella como puedo.

–Tienes tanto talento que no te costará mucho comenzar de nuevo si ese es tu deseo. Tus diseños han dado que hablar por todo el Imperio. Ahora todo el mundo quiere vestir tus modelos. –

–Soy ya una vieja que ha perdido la vista trabajando entre agujas y telas toda la vida. Me retiraré a otro lugar y compraré una casa en donde pasar mis días. Se acabó el trabajar de sol a sol. Ahora será ese mismo sol el que trabaje para mí dándome calor en mi atrio mientras descanso con su calor.–

–Me alegra oírte hablar así. Verdaderamente te lo mereces. –

La mujer se marcha llorando sin consuelo. Yo tampoco puedo dejar escapar una lágrima furtiva.

Sólo quedamos Culito, Sulpinia, Lidia, Excrementus y yo en el taller. Son los que podría catalogar como mi verdadera familia en esta ciudad y época. Les echaré tanto de menos que creo que me va a resultar tremendamente difícil dejarles aquí. Pero este no es mi tiempo y sí el suyo. Sólo puedo procurar que sus futuros queden a salvo.

–Volvamos a casa. Estoy cansado y emocionado. Allí hablaré con vosotros cuatro. Tengo algunas cosas que deciros. –

Caminamos en silencio. Ninguno tiene la presteza de ánimo para pronunciar una sola palabra durante el trayecto. Al entrar en la casa me parece incluso que está fría a pesar del bochorno del mes de Julio.

Cenamos en silencio y salimos al atrio en donde no deja de brotar agua de una fuente que tengo en el centro de mi estanque. Les indico que se acerquen a mi lado.

Me acerco a ellos lentamente.

Lidia, mi “Amazónica” favorita. Deseo que tu futuro con este gañán de marido tuyo se vea colmado de felicidad. – bromeo. La chica rompe a llorar y Excrementus hace unos pucheros de tal calibre que podrían cocinarse garbanzos en ellos.

–Vosotros no corréis peligro en mi villa. Hasta allí no llegará la desgracia que os he anunciado. Pero me gustaría que os compraseis una propia en el centro de Roma. –

Les doy su pagaré. La chica lo lee antes de caer desmayada en brazos del bruto de Excrementus que está tan abobado que no sabe siquiera lo que ocurre. Pero lee perfectamente la cantidad escrita: ¡Un millón de sestercios! Al final soy yo el que carga con los dos hasta que se recuperan del soponcio.

Tu turno, Culito. – le digo al chaval que se acerca completamente abatido. Renunciaría a todo a cambio de seguir conmigo para toda la vida. Me siento tan orgulloso de él que no me atrevo a pensar siquiera que pronto no lo volveré a ver jamás.

–No voy a aburrirte diciéndote lo buen chicho que has sido ni lo orgulloso que estoy de ti. Todavía recuerdo aquellos desayunos ‘distraídos’ por tu Sulpinia. Para los dos os dejo la villa en la que vivimos. Es toda vuestra. Aquí podréis criar a vuestro hijo o lo que venga. –

–No nos dejes, Gilius. Para mí sería como perder al padre que nunca tuve. – ahora lloramos los dos a moco tendido mientas nos abrazamos durante mucho tiempo.

–Créeme, hijo, tengo que hacerlo. No superaré nunca la pena de partir y dejaros aquí. Pero es lo que debo hacer. Eso es todo. – le entrego su sobre. – Aquí tienes el resto de mi fortuna. Aproximadamente tres millones de sestercios. Es todo lo que me queda, salvo una pequeña cantidad que me reservo para pasar mis últimos días en Roma.

El  chico toma el papel y se lo entrega a Sulpinia. Sus manos tiemblan y sus ojos llorosos me miran con angustia.

–Es para vosotros. –le digo a la chica– Forjaros una vida honrada y nunca maltratéis a nadie por su condición de esclavo o por su clase social. Es más, os pido que no tengáis nunca esclavos. Nadie merece tal destino. Lo habéis vivido en vuestras propias carnes y sabéis la desventura que eso significa para cualquier ser humano. Vais a ser una de las familias más ricas de Roma. Si habéis de pasar a la historia que sea para que os recuerden para bien. –

Me vuelvo otra vez hacia Amazónica.

–Se me olvidaba. He estado en casa de Magna. Me ha parecido que está muy enferma. Deberías ir mañana mismo a visitarla y darle los cuidados que se merece. –

–Iré mañana sin falta. No sabía nada de eso. –

–Cuídala bien, es una gran mujer. Tal vez no sea nada grave y se trate de un mal pasajero. No entiendo de esas cosas pero no me causó buena impresión su aspecto. –

–Os ruego también que andéis con mucho cuidado con manifestar que adoráis a Cristo. La desgracia de la que os prevengo se cebará también con todos los cristianos de Roma. –