Capítulo 38


Capítulo 38

         Atando cabos sueltos

Tras la visita del Emperador, hemos vuelto todos a Roma. Al parecer Tamponia dejó tan satisfecho a ese cerdo que no echó de menos a Culito y la velada transcurrió sin mayores incidentes.

Por lo que a mí respecta, Nerón no me ha causado demasiada impresión. A estos dictadorzuelos se les domina alimentándoles el ego. En el fondo no es más que un pobre diablo embadurnado con su propio egoísmo y fácil de manejar si se sabe tocar la tecla adecuada.

Pasan los días y la primavera inunda Roma con colores de mil flores. Sulpinia y Lidia se han hecho muy amigas y se encargan personalmente de cuidar el jardín de mi atrio.

Los negocios han multiplicado el beneficio porque Nerón me ha comprado siete túnicas iguales a las que le regalé en Herculano. Usa una para cada día de la semana. El resto de la alta sociedad romana también me ha hecho muchos encargos gracias a eso.

Estoy tan feliz que incluso he llegado a plantearme quedarme en Roma y no volver a mi tiempo. Pero eso es imposible además de una gilipollez. Sé perfectamente que todo mi negocio arderá en la noche del dieciocho de Julio y quedaría arruinado. Esa es la razón por la cual se lo he legado al Emperador. Que soy gilipollas pero no tanto.

Tengo que preparar mi marcha pero hasta ahora no tengo nada con lo que contentar a Mister Patterson y su cliente Arturito. Esperaré hasta el último momento para ver realmente que provocó el incendio.

Pero hay muchas cosas que poner en orden y además se me ha ocurrido algo sensacional.

Esta tarde me he vestido con mis mejores galas y he llamado a Culito para que me acompañe a una villa cercana.

–Escucha, Culito. Vamos a hacer una visita a un viejo amigo. Es una ocasión perfecta para que comiences a conocer a la alta sociedad de Roma. –

–¿Tiene algo que ver con Nerón ese amigo tuyo. –me contesta preocupado.

–Sí y no.– respondo– Vamos a ver a su antiguo tutor. Un gran hombre llamado Séneca y al que le debo una visita y mostrarle mi agradecimiento. Por favor, ve al taller y habla con Vitoria. Quiero hacerle un buen regalo. Que te de una túnica de las buenas, no una de esas a las que se le borda la etiqueta sin más. Y otra de ‘Amazónica’ es para una mujer especial.–

–Vaya, por fin has sentado la cabeza. Todos pensábamos que eras un solterón empedernido. Me alegra que te hayas buscado una novia. – me contesta el mocoso.

–Anda, ve a hacer lo que te he ordenado. Y date prisa. –

Al rato vuelve el chaval con un fardo. En su interior hay una hermosa prenda blanca con ribetes en rojo. Una maravilla de las que ya me tiene acostumbrado Vitoria.

Caminamos no más de unos diez minutos y estamos ante el magnífico pórtico en el que una noche su ahijada, Magna Galla, me socorrió. Parece que hayan pasado siglos desde entonces. Ya no soy el vagabundo tiritando de frío al abrigo de su techumbre.

Llamo a la puerta y abre una de las sirvientas. No soy bueno para recordar nombres pero sí rostros, reconozco que es una de las que me atendió cuando me calentaba en la chimenea.

–¿Qué desea? – me pregunta con la puerta entreabierta.

–Quiero ver a tu ama Magna Galla, ella me conoce. –

–No te creo. Mi ama no recibe nunca a nadie que no sea amigo de Séneca. No me ha dicho que esperase a ningún hombre.–

–No te acuerdas de mi ¿Verdad? Pregunta a tu ama, ella sí se acordará de mi.–

–No pienso dejarte entrar.  Dispensa un momento y lo consulto con la señora. – dice mientras cierra la puerta ante mi propia jeta.

Al poco se asoma Magna pero a juzgar por su mirada de extrañeza tampoco me ha reconocido.

–Ave, Magna Galla, Soy Gilius. ¿Te acuerdas de mí? –

No responde pero niega con la cabeza.

–Soy Gilius. Me refugiaste en tu casa el invierno pasado mientras una tormenta espantosa azotaba toda Roma. –

–¡Gilius! – Sí, ahora lo recuerdo. Estabas mojado como una rata y te vestí con una túnica de mi padre. –

–Exacto. Nunca podré devolverte tu gesto de generosidad. Pero he venido a agradecerte a ti y a Séneca el favor que me hiciste aquella noche. –

–Por favor, entra en casa. He de confesarte que Séneca ha preguntado por ti varias veces. Pero no hemos sabido dar contigo. No suelo visitar los barrios pobres. –

–En realidad yo también deseo volver a verle. Además, tengo algo que ofreceros en señal de gratitud. –

–¿Quién es ese chico que te acompaña? ¿Es tu hijo? –

–No. Pero es casi como si lo fuera. Se llama Culito y está a mi servicio. –

Le entrego las túnicas que tengo preparada para ellos. La mujer la se ilumina de alegría al ver la prenda que le ofrezco.

–Y esta es para Séneca. Él me prestó la suya y ahora tengo la ocasión de regalarle esta. –  

–¡Una túnica ‘Casto’! ¡El no va más en Roma! No deberías haberte molestado. Además te habrá costado un dineral. –

–Os lo merecéis. Pero en realidad no me ha costado nada. Soy el propietario de ‘Casto’ y ‘Amazónica’. Ven cuando quieras a mis talleres y te tomarán medidas para hacerte la más lujosa jamás vista en toda Roma. –

–¿Eres el dueño de ese Imperio? No me lo puedo creer. Nos engañaste aquella noche disfrazado de mendigo.–

–Nada de eso, en aquel momento no tenía ni dónde caerme muerto. Pero ya ves, muchas cosas han cambiado desde que llegué a tu casa sin más patrimonio que lo puesto. Sin embargo, me acogiste sin importarte quien fuese.–

–¿Con quién hablas Galla? – es Séneca que entra en el atrio. Me parece que haya envejecido siglos a pesar de que sólo han pasado unos meses desde que nos conocimos.

–Con Gilius. El mendigo al que dimos cobijo hace tiempo y por el que preguntas tanto.– le contesta la mujer.

–¡Vaya, vaya! Pues ahora tienes el aspecto de un gran patricio y grande de Roma. –

–Y lo es. No te lo vas a creer pero es el dueño de ‘Casto’ y ‘Amazónica’! –

–¿Qué es ‘Casto’? Nunca he oído hablar de eso. –

–¿Acaso no te has fijado en que los grandes ricos llevan túnicas y capas bordados con este nombre? ¡Hasta Nerón las viste!–

–Pues no, hija mía. Yo no me fijo en esas cosas tan superficiales. –

–Eso tiene remedio.–le digo– Esta túnica es para ti. Te ruego la aceptes como agradecimiento a tu hospitalidad aquella noche. –

El hombre la toma entre sus manos pero no le impresiona en absoluto. Su cabeza no tiene espacio para cosas tan terrenales como la moda. Sin embargo, se muestra educado.

–Es muy bonita, Gilius. Gracias. – se limita a decir.

Un esclavo entra en el atrio cargado con un ánfora llena de vino. Al verme se lleva una impresión tan desagradable que se le escapa de las manos y aunque no se rompe contra el suelo, vierte el contenido por entre los primorosos mosaicos que lo adornan.

–Perdóname, ama. Ha sido por el susto al ver otra vez a este hombre en casa. Te juro que no he vuelto a acostarme con ninguna esclava desde entonces. Por favor, no quiero tener relaciones con ningún hombre. –

–¿Quieres hacer el favor de callarte, Pichurrus? – le regaña Magna– No ha venido a hacer nada relacionado contigo. Ni pretendemos castrarte ni que te conviertas en afeminado paciendo con él. Pídele disculpas, le has ofendido. –

–No te preocupes, Pichurrus. A decir verdad creo que ambos pasamos muy mala noche en aquella ocasión. Pero no, no me has ofendido. –

–Limpia todo este estropicio que has organizado y márchate. Ya pensaremos algún castigo digno de tu comportamiento. –

Séneca me toma del brazo y me invita a entrar en su biblioteca.

La sala me impresiona del mismo modo que aquella noche.

El hombre se sienta en su hermoso sillón y me invita a que tome asiento yo también en una especie de butaca bonita pero dura como un pedrusco.

–Sabía que volverías algún día. Me pareciste un hombre especial y no andaba equivocado. De momento has pasado de ser un pobre de solemnidad a un rico comerciante en sólo unos meses. Asombroso.–

–Un simple golpe de suerte. En realidad todo ha venido rodado y no he hecho más que aprovechar mis oportunidades. –

–Vayamos al grano. No has venido solamente a hacerme un regalo ¿Me equivoco? –¡Joder con el viejo!  Se las sabe todas.

–Ciertamente, noble Séneca. Aunque te he hecho el regalo de corazón por tu hospitalidad, he venido también a hablar de negocios. Voy a hacerte una proposición que no vas a poder rechazar. –

–Pues tú dirás. Te escucho. –

Señalo al estante en donde guarda sus memorias. El hombre reacciona.

–Ni lo sueñes. Esos son documentos secretos y peligrosos. Ya te dije que no deben salir a la luz hasta después de mi muerte. Cuentan la verdad acerca de estos tiempos tan terroríficos y se mencionan crímenes, conjuras, ambiciones con todo lujo de detalles…–

–Escucha, Séneca, yo te doy mi palabra de que estos textos no saldrán a la luz hasta dentro de por lo menos dos mil años. –

–¿Qué tontería es esa? ¿Entonces para que los quieres? –

–Ten en cuenta de que tampoco podrán hacerse públicos tras tu muerte. Comprometerían a tu ahijada Magna. Tendría tantos enemigos que su vida sería un infierno y condenadamente corta.–

–En eso te sobra razón. Tal vez sería lo mejor quemarlos ahora mismo. No pueden traer más que desgracias a mis descendientes. –

–No lo hagas. Yo te los compraré y los esconderé tan eficazmente que nadie sabrá de su existencia hasta dentro de muchos años. Ya te lo dije.–

–Sigo sin entender entonces por qué los deseas tanto. Sabía que eras un hombre extraño. Ahora me doy cuenta de que en realidad eres un loco o tal vez un enviado de Nerón para traicionarme.–

–Desde que me los mostraste no ha salido nunca de mi boca palabra alguna en referencia a estos papeles. Y si tú no te has ido de la lengua tampoco, dudo que nadie sepa que existen. –

Queda pensativo.

–Es cierto. Si Nerón los conociera hubiese enviado a soldados para matarme y destruirlos o apoderarse de ellos en lugar de enviarte a ti. No había pensado en eso. –

–Ambos somos conscientes del paso del tiempo. No te ofendas pero estás ya en el invierno de tu vida. No deberías cargar a Magna con esa responsabilidad. Además, te ofrezco una gran suma de dinero con la que podrá vivir en la opulencia el resto de su existencia sin preocuparse de buscar un marido que se aproveche de ella y de paso verse libre del peligro de poseer tus memorias. –

Magna entra en la habitación con una bandeja que contiene dos vasos.

–Perdonad si os interrumpo. Pero creo que charlaréis mejor acompañados de este espléndido vino. –

Gilius quiere comprarme mis memorias ¿Qué opinas, hija? –

–No aceptes. Es tu legado para la posteridad. Eso no tiene precio alguno. –

–Séneca pasará a la historia de todas maneras no sólo por sus puestos de honor en Roma ni por haber sido el tutor de Nerón. – señalo las otras estanterías en donde están sus obras, diálogos, tragedias…

Por fortuna, el hombre cambia de actitud. Posiblemente mis argumentos le hayan convencido.

–¿Y cuánto estás dispuesto a pagar por mis memorias? – pregunta con interés creciente.

–Fija tú mismo el precio. –

–Tienes razón. Estas cosas son más peligrosas que beneficio puedan traer a Magna y sus descendientes. Aceptaría una cantidad razonable pero con la palabra que me has dado de que permanecerán escondidas para siempre. –

–Estaría dispuesto a pagarte medio millón de sestercios. Sin duda valen eso y mucho más ¿Qué te parece? – le contesto con aplomo.

Entre su asma y el susto que le acabo de dar, el hombre comienza a toser y ponerse blanco. No puede evitar ensuciarse sus nalgas con una especie de cagalera blandurria.

–¡Acepta, Padre! – exclama Magna.

–Piénsalo bien. En caso de que el trato te convenza, hazme llegar un mensaje. Volveré con un sirviente y me lo llevaré todo a mi villa con la máxima precaución y discreción. Os pagaré en el momento. Nada temáis.–

 –Así se hará – contesta Magna tomando las riendas de la negociación porque el abuelete se está prácticamente asfixiando.

 –Pues asunto terminado.– le doy unas palmadas en la espalda a Séneca para ver si se le pasa la tos. Pero desisto en cuanto percibo que se pone mejor. El tufo no hay quien lo resista. Este hombre es un prodigio en lo referente a los olores.

Volvemos a casa. Culito reprocha mi trato.

–¿Te has vuelto loco, Gilius? ¡Medio millón por unos papelotes! –

–Ya te dije en su momento que saber leer y escribir es muy importante. Eso a lo que tu llamas papelotes valen su peso en oro. –

–Tampoco es que pesen tanto. Creo que esa mujer te ha hechizado con el vino que os sirvió a los dos. El viejo casi se muere y tú has comprado unos rollos de papiro mucho más caros que si fuesen de seda y oro. No lo entiendo.–

–Es difícil de explicar. Tendría que contarte tantas cosas…–

–Primero le regalas a Nerón tu negocio y ahora te gastas el dinero en cosas a las que atribuyes un valor que no tienen. –

–De lo de Nerón ya os dije a Excrementus y a ti que ni media palabra. En cuanto a esto que he comprado, olvídalo. Realmente no te importa en absoluto en lo que me gasto o no me gasto mi riqueza. –

–¿Seguro que no te has vuelto majara con tu éxito? Me parece que este año estás haciendo muchas cosas extrañas. –

–No te consiento que me hables así. Es cierto que no eres mi esclavo pero al fin y al cabo estás a mi servicio. Ten quieta tu lengua. –

–Sólo lo digo por tu bien. –

Me detengo y le miro a los ojos.

–Todavía tengo otras cosas importantes que deciros a todos. Pero eso será a su debido tiempo. Sé perfectamente lo que hago ¿Confías en mí, Culito? –

–Perdóname, soy un bocazas. Por supuesto que confío en ti. No existe en todo el Imperio un hombre como tú. –

–Pues anda, ve con tu Sulpinia. Está ya a punto de darte un hijo. En eso es en lo que debes concentrarte ahora. –

El chico guarda silencio durante un rato. Le conozco bien, algo está tramando.

–Oye, Gilius. Yo también estoy escribiendo cosas. Me gusta hacerlo y enseñar a mi Sulpinia el arte de la lectura y la escritura. Tengo por lo menos cien hojas con ejercicios, prácticas de caligrafía y dibujos. ¿Cuánto me darás por ellos? – me dice con todo el cuajo.

–Una hostia con la mano abierta. – le contesto poniendo cara de serio.

 –Pues no sé. Al fin y al cabo saber escribir no me está resultando tan rentable como a ese vejestorio. No hay quien te comprenda. –