Capítulo 37


Capítulo 37

                    Nerón

Hemos regresado de Pompeya de madrugada. Lameculus tiene  un buen baño y una sauna a la altura de cualquiera de las de Pompeya. Estamos dispuestos e impacientes de que llegue la noche y aparezca el capullo de Nerón. Aunque he de reconocer que también estoy un poco preocupado e inquieto. Con este se sabe cómo se empieza pero nunca cómo se termina.

El día transcurre entre un ir y venir de esclavos ultimando los detalles para la visita. Lameculus se ha quedado ya casi sin uñas a base de mordérselas por puros nervios. Su esposa Tamponia lleva horas y horas en asuntos de peluquería, maquillaje, perfumes  y la elección de las joyas adecuadas con las que engalanarse.

La tarde avanza. Un esclavo que hace guardia vigilando la calle entra sobresaltado.

–¡Ya viene! – se limita a decir mientras se esconde dentro de la casa.

Salimos a recibirle al vestíbulo cuajado de pétalos de rosa. Unas trompetas suenan en la calle y por fin una litera sostenida por seis esclavos queda parada en la entrada.

Nerón baja de ella con expresión complaciente al ver a Lameculus.

–Ave, Nerón. Mi humilde morada se ve honrada mil veces con tu visita. – le recibe el anfitrión haciendo una reverencia exagerada.

–Espero que tu cena sea tan copiosa como tus falsos halagos. – le contesta mientras ambos ponen sus brazos en el hombro del otro.

–Veo que Tamponia sigue tan bella como siempre. Es una suerte tener una mujer como esta en casa. Un hombre necesita estos placeres de vez en cuando. – dice Nerón mientras besa a la mujer tremendamente sonrojada.

Yo permanezco estático como un clavo a la espera de que se dirija a mí y me diga algo. Pero no debo tener la categoría suficiente porque apenas me mira y entra en el atrio seguido por todos.

Unos esclavos nos esperan con bandejas con fruta y vino. Nerón prueba un poco de un vaso y no parece que le haya agradado en demasía. Se ha hecho ya de noche.

Nerón es un hombre joven, incluso podría decir que es atractivo. Tal vez un poco pasado de peso. No se parece en nada a lo visto en las películas. Pero lo que más me llama la atención es su voz de pito.

Entramos en el comedor. Todo está dispuesto con tal lujo que parece algo surrealista.  Nerón se sienta en una litera sobre la que se recuesta. A su derecha Lameculus y a su izquierda Tamponia. Yo ocupo un lugar mucho más discreto al lado de mi amigo.

–Te presento a mi gran amigo Giliu Pollus Casto. – le dice por fin al Emperador.

–¿Gilius Pollus?¿Quién es? Nunca he oído hablar de él. –

–Probablemente, César. Pero debes saber que es el mejor sastre de toda Roma. Incluso tu llevas una túnica con su nombre bordado: “Casto” –

–Es cierto, yo sólo visto ya esta marca. Su calidad es excelente. De hecho, todos los pijos de Roma las usan.– ahora me mira con más interés.

Le hago una reverencia. Pero estoy tan anonadado que no sé qué decirle.

–¿Por qué me miras como un mochuelo nocturno? ¿Tal vez te impresiona mi presencia? –

–No, gran Nerón. Lo que ocurre es que no te pareces en nada a Peter Ustinov. – mis palabras salen sin pasar por el filtro del cerebro de gilipollas que tengo.

–¿Peter Ustinov? ¿Quién es ese? –

Debo recuperar algo de sensatez. Me he vuelto a meter en un charco en el peor momento.

–Perdona Nerón. Son cosas mías. Peter Ustinov es un actor que se hace pasar por ti. –

–¿Un actor se hace pasar por mí? – hace una seña con su dedo índice a uno de sus servidores de confianza. El hombre se acerca y Nerón le cuchichea.

–Ejecutad a todos los actores al instante. No puedo consentir semejante delito. –

–Por Apolo, Nerón. Te suplico que no hagas eso. Ese hombre no existe. Al menos todavía. Además los actores son artistas como tú. ¿Qué sería del Imperio sin vosotros? – ya he perdido totalmente la cabeza. No sé siquiera expresarme.

–¿Pero es un actor o no es un actor? Por todos los dioses que me estás volviendo loco, Gilius. ¿Todos los modistos sois igual de raros?–

–Pues no sé qué decirte. Deberías ver las pasarelas. –

Lameculus me lanza una mirada asesina. ¿Qué estoy haciendo?

Afortunadamente todavía me queda capacidad para reaccionar y llamo a Excrementus que está oculto tras una puerta. Entra con una caja de madera repujada con primorosos adornos florales.

–Esto es para ti, Nerón. Un regalo que quiero hacer al mejor Emperador que Roma tuviese jamás. – compruebo con alivio que mi arte de hacer la pelota sigue gozando de buena salud. Hasta el mismo Lameculus debería tomar nota.

Abre la caja y saca la preciosa túnica que ha cosido Vitoria. La extiende sobre su propio cuerpo y queda maravillado. Le ha gustado tanto que se ha quitado la suya para ponérsela de inmediato.

Y sí, amigos, por si os lo estáis preguntando, Nerón no usa tampoco calzoncillos y además la tiene pequeña.

–Es un regalo magnífico, Gilius. Quedo complacido con él.–

–No mereces menos de mis humildes telares. –

–No me extraña que te hayas enriquecido tanto. Estas ropas son dignas de mí. –

Su sirviente se acerca y le dice algo al oído. Nerón abre los ojos desmesuradamente al escucharle. Luego le hace un gesto para que se retire.

–Tengo entendido, amigo Gilius, que no pagas los impuestos necesarios. Me lo acaban de comunicar. Eso no está bien. Roma necesita dinero y yo también. Sobre todo yo.–

–No debes estar bien informado. Pago religiosamente lo que tus recaudadores me exigen. – seguramente Sargentus los mantiene a raya en complicidad con Villarejus.

–Nerón lo sabe siempre todo ¿Quién te has creído que eres para hablarme así? Podría hacer que destruyesen todos tus negocios y que te arrastrases por la arena del anfiteatro entre fieras. –

–No se lo tengas en cuenta, César. Gilius es extranjero y no conoce los protocolos y respetos debidos. – interviene Lameculus con más interés en salvarse él que de defenderme a mí.

Providencialmente entran unas chicas que comienzan a bailar mientras un esclavo nos sirve a todos vino en unos vasos de cristal.

Nada hay más refinado y exótico que el cristal. Cada vaso vale una auténtica fortuna. Hasta Nerón los toma con cuidado.

Pero no me fío de este individuo. Seguramente se ha ofendido tanto que es capaz de hacerme cualquier locura. Afortunadamente tengo algo previsto. Sólo mi cobardía es mayor que mi gilipollez. Hago una seña a Culito para que se acerque con otra caja mucho más pequeña que la que trajo Excrementus.

–Escucha, Nerón. Te ofrezco un trato. – le digo.

–¿Qué trato es ese? Te advierto que voy a ser inflexible con el tema de los impuestos. En cuanto volvamos a Roma tomaré personalmente las medidas oportunas. –

–Pues precisamente de eso se trata. Yo no me ocupo de este tema. Seguramente mi contable ha cometido un delito y pagará por ello. Te lo aseguro. – le miento.

–Eso es parte de tus problemas, Gilius. He venido a divertirme. Me aburren estas cosas. –

Culito le ofrece la cajita. Nerón la toma con desprecio pero lanza una mirada siniestra al chaval. Seguramente le gusta el chico.

–Abre la caja y quedarás gratamente sorprendido. – le digo mientras hago una seña a Culito para que se largue a toda velocidad.

Extrae un pergamino y lo vuelve a meter en la caja sin leerlo.

–¿Qué burla es esta? Esperaba que hubiese en la caja algo más interesante. ¿No sabes que me chiflan las joyas?–

–Son los títulos de propiedad de todos mis negocios. Los he puesto a tu nombre y serás mucho más rico que hasta ahora. – le contesto.

Nerón queda tan impresionado que se le cae la copa de cristal al suelo y se hace añicos.

Lameculus y Tamponia lucen unas caras que se les han quedado verdes del disgusto. Pero no pueden recriminar a Nerón y estrellan las suyas también. Una lágrima furtiva recorre el rostro de Lameculus.

–¿¡Todas tus pertenecías son ahora mías!? – Exclama Nerón.

–Sí, pero me atrevo humildemente a establecer una condición.–

–Nerón no admite condiciones. Pero estoy de buen humor y te voy a dejar seguir hablando ¿Qué condición es esa? –

–Tengo previsto marcharme de Roma en verano. Hasta entonces déjame seguir haciendo crecer mis negocios. Después serán todos tuyos. El documento está firmado por mí y fechado para el dieciocho de Julio que es cuando tengo previsto partir. –

–No entiendo por qué quieres marcharte y dejar todo esto en mis manos. Pero necio sería si rechazase tu regalo. Así se hará. Sigue aumentando tu fortuna que al final será toda mía.– ahora sí lee el pergamino y lo entrega cuidadosamente en su caja a su sirviente para que lo guarde.

Lameculus sólo tiene espíritu para contemplar los pedacitos de cristal esparcidos por el suelo.

La cena continúa. Nerón habla con Tamponia y la mira con obsceno deseo. Lameculus se deshace en peloteos haciendo honor a su nombre. Contemplo la decadencia del Imperio en todo su esplendor.

Me ausento con la excusa de que tengo que ir a cagar a las letrinas de la casa. Pero en realidad me dirijo a hablar con Culito.

–Márchate de inmediato con Excrementus hacia el puerto. No me ha gustado nada como te ha mirado el bastardo ese. No quiero que te ocurra nada malo. –

El chico también se ha dado cuenta y está asustado.

Excrementus, ocúpate de protegerlo. Busca un barco que salga lo más pronto posible hacia Roma o cualquier otro lugar. Debemos largarnos de aquí cuanto antes. –

Vuelvo a la fiesta. Nerón está recitando un ¿poema? de lo más estrafalario. Aquello no rima ni con pegamento. Pero a ver quién tiene los suficientes redaños como para hacer de Risto Megide. Aquí me gustaría verle con sus gafas diciéndole más que a un perro.

El tiempo transcurre entre cancioncillas, vino y comida. Nerón vomita como un cerdo y sigue bebiendo. Es casi de madrugada cuando toma de la mano a Tamponia y se retira con ella su habitación.

–¿Vas a permitir eso, amigo Lameculus? – le pregunto espantado.

–Parece que no te has dado cuenta de que hablamos de Nerón, Gilius. Aquí se hace lo que él quiera y nunca es bueno enfrentarse a él– gime.

–¡Qué bien te sienta el nombre! –

–¿Y qué quieres que haga? Mi carrera como senador está en juego, eso por no mencionar mi propia vida. –

–Procura no escarbar demasiado el suelo. Eso es de reses mansas. –

–¿ Y tú qué, valiente? Has entregado toda tu fortuna a ese hombre. No eres menos cagón que yo. –

–Eso entraba dentro de mis planes. Ha salido perfecto. –

–Ya, a otro perro con ese hueso. Te has cagado vivo en cuanto te ha amenazado. –

–Lo que tú digas, amigo Miura. –

–¿Miura? Me llamo Lameculus. –

–Cosas mías. –