Capítulo 36


Capítulo 36

                   Pompeya

Lameculus y su esposa han salido a comprar cosas de última hora para la cena que se celebrará mañana. Esclavos se afanan para dejar la casa tan limpia que se podría comer directamente en los mosaicos del suelo. Creo que nosotros estorbamos en la casa. Decido hacer un viaje con Excrementus y Culito.

Sería imperdonable estar tan cerca de Pompeya y no visitarla. Al fin y al cabo, todo esto va a desaparecer dentro de poco y quedará enterrado en lava y cenizas durante milenios.

Tras desayunar abundantemente, montamos a caballo y en poco más de una hora hemos llegado.

Deseo pasear tranquilamente sin el engorro de llevar las bridas de los caballos. Un liberto, que tiene una pequeña cuadra a las afueras de la ciudad, se ofrece para que los guardemos en ella a cambio de una pequeña cantidad de dinero.

Subimos por la empinada cuesta que da a la puerta Marina. Es tan estrecha que un carro cargado con ánforas se ha averiado y prácticamente la tapona.

 –Por Apolo que esto es una putada. ¡Mira que romperse el eje! – solloza el conductor del carromato. –

–¿Qué te ocurre Galerus? ¿Se te ha vuelto a estropear el carro? –le dice otro hombre que se acerca a él.

–Sí. Estoy esperando a Pistonius, el mecánico para que se acerque a repararlo. –

–Ya te dije que era mejor que comprases otro, que costaba más arreglarlo que comprar uno nuevo. –

El supuesto mecánico aparece con una caja de madera llena de herramientas, examina el carruaje y concluye con tono de experto:

–Esto va a ser de la trócola. Mala cosa, voy a tener que pedir las piezas a Germania.–

No me interesa todo esto. Aprovechamos el estrecho hueco que queda libre para entrar en Pompeya por fin.

Pompeya es una Roma en miniatura. Pero a mí me da la impresión de que es mucho más hermosa, tranquila y acogedora. Además, se puede hacer un recorrido turístico básico en solo unas horas. En el foro hay mucha actividad. Gentes que charlan animadamente o que entran y salen del templo de Apolo. Es una verdadera lástima que no nos permitan traer cámaras fotográficas al pasado.

Estamos acostumbrados a ver documentales en donde nos muestran la ruinas de una ciudad preciosa y vacía. Pompeya es mucho más hermosa de lo que se pueda imaginar y bulle de vida por todas partes.

Comerciantes ambulantes nos ofrecen fruta y todo tipo de alimentos crudos o cocinados. La brisa procedente del sur oeste llena el aire de perfume a mar. El monte Vesubio nos contempla condenadamente cerca.

Tanto Culito como Excrementus están impacientes por visitar el anfiteatro. A mí esas cosas como que no me gustan nada pero accedo a ir allí porque la calle de la Abundancia parte desde el foro hasta el otro lado de la ciudad en donde está el dichoso anfiteatro y la escuela de gladiadores y tiene unas villas verdaderamente preciosas.

Cuando llegamos, Excrementus se interesa mucho por el ludus. Unos gladiadores entrenan a pleno sol. Por una puerta enorme resquebrajada por un terremoto anterior podemos observarlos.

–Son buenos, pero no se pueden comparar con los de Roma– me comenta Excrementus con la autoridad que le concede el haber estado tanto tiempo al servicio de Hijoputus.

Culito simplemente los observa fascinado.

–Quedaos aquí y visitar el Anfiteatro si os apetece. Yo quiero ver muchas más cosas. – les digo y vuelvo hacia el foro callejeando por Pompeya. No me interesan mucho los templos porque no difieren demasiado de los que he visitado ya en Roma. Lo que quiero es sumergirme en los barrios más humildes. Ese es, en definitiva, mi mundo.

–Noble señor, tal vez deseas pasar un buen rato conmigo. –me dice una mujer prácticamente desnuda a la puerta de un lupanar. Sin duda mis lujosas ropas la han convencido de que tengo dinero a espuertas.

–No me interesa. Déjame en paz. – le contesto.

–Parece que el ricachón desprecia a las pompeyanas. ¿O tal vez es que seas afeminado? – me dice mientras me abraza y acaricia mi cabello.

–Ni lo uno ni lo otro. – respondo apartándola con suavidad.

–Entonces ya sé lo que eres puesto que me desprecias. –

–¿Ah sí? ¿Qué soy según tú? –

–Impotente. O tal vez un gilipollas. – responde.

–Déjalo en lo segundo y deja de molestarme. –

Lugares como este los hay a patadas en Roma, pero nunca he entrado en ellos. Mi aventura con Clitórica en el puerto de Ostia fue provocada por la necesidad de hospedaje. Además, actuaciones como aquella no se producen todos los días. ¡Seis en una noche! A ver quién es el guapo que lo supera. No, no lo estropeo ahora con esta pompeyana que luego vais a decir que soy un blando.

Entro en una taberna para beber un poco de vino y comer algo de pescado. El de Pompeya es mucho mejor y más fresco que el que he tomado en Roma. Pero los hombres me miran con cierto desprecio. No son muy sociables con los forasteros. Tal vez porque piensan que soy de Herculano y sus relaciones no son muy amistosas que digamos.

No me gustan sus caras agrias ni sus miradas por encima del hombro. Salgo de la taberna sin tomar nada.

Ya he llegado a la parte noroeste de la ciudad. Aunque no he podido visitar por dentro ninguna casa, se nota que son espectaculares y con fachadas muy cuidadas.

Mi estómago comienza a reclamar algo de actividad desde el mismo momento en el que un olor a pan recién horneado se introduce por mi nariz.

Entro dispuesto a comprar una hogaza para comer algo de ese exquisito pan.

–Ave, panadero. Quiero una buena pieza. –

–Ave, extranjero. Elige tú mismo de entre las que tengo en el mostrador. Pero anda con cuidado, todavía están calientes. – me contesta el hombre mientras se adentra en el interior del obrador para meter otra hornada en el fuego.

Observo los panes indeciso. En realidad todas me parecen iguales. A punto estoy de coger una cuando noto un empujón brusco y una mano en mi boca. Alguien me dobla un brazo haciéndome un daño terrible y me introduce en una pequeña sala habilitada como despensa y almacén de harina.

–No sé cómo lo has conseguido pero al final has dado conmigo ¿Por qué no me dejas vivir en paz? – me susurra una voz al oído. El tipo sigue detrás de mí doblándome más aun el brazo.

–No te persigo.– protesto– Además no sé quién eres. Sólo estoy de visita para conocer Pompeya. Te confundes de hombre.– le digo como puedo a pesar de que todavía su mano tapa mi boca.

Noto que afloja mi brazo pero la punta de una daga está ahora pinchándome ligeramente mi espalda. Su mano libera mi boca.

–No se te ocurra hacer ninguna tontería o morirás en el acto. Date la vuelta. Nunca he matado a nadie por la espalda.–

Lentamente me muevo hasta quedar frente a él. Mi sorpresa no tiene límites.

–¡Tontochorrus! ¿Eres tú? –

–Sí. Te he reconocido al instante. Eres el hispano que encontramos en la cueva de la colina Capitolina hace unos meses. – me contesta.

–Pues me alegro mucho de verte y de que estés bien. –

–¿Cómo me has encontrado? ¿Acaso te has convertido ya en un caza esclavos fugados? Por tus ropas veo que has progresado mucho desde entonces. ¿A cuántos has jodido ya? –

–No, no. Nada de eso. Ahora soy un rico comerciante en Roma. He venido a Pompeya de visita turística. Y no he venido solo. Excrementus está conmigo. –

–¿Excrementus está contigo? –se asoma ligeramente hacia la entrada sin dejar de pincharme con la puta daga. –¿Dónde? Porque no hay nadie más en la panadería. –

–Te juro por Dios que está ahora con otro de mis sirvientes en el Anfiteatro viendo cómo entrenan los gladiadores. –

–No me fío. Vamos a dar un paseíto por Pompeya. No quiero matarte en mi lugar de trabajo. Eso traería complicaciones. Caminaré detrás de ti y no se te ocurra hacer ni decir ninguna tontería.–

–Conforme. Entonces vamos hacia el Anfiteatro y verás que no te miento. –

Caminamos en silencio. A mitad de camino me atrevo a hablarle.

–Compré a Excrementus a Hijoputus. Le concedí la libertad, se ha casado y ahora trabaja conmigo. –

–¿Por qué lo liberaste? No me trago ese cuento. –

Me detengo y me vuelvo hacia él.

–Yo también soy cristiano como vosotros. No me agrada tener esclavos. Eso es todo.–

–¿Cómo sabes que yo lo soy? –

–Me lo dijo Excrementus. Por cierto ¿Está Ligia contigo? –

–No te importa. Tal vez hayas venido a capturar el lote completo. –

Llegamos al ludus. Culito y Excrementus todavía siguen contemplando a los gladiadores.

–¡Excrementus! – exclama Tontochorrus al verle.

–¡Tontochorrus! ¡Qué alegría verte! – Excrementus le abraza.

–Te lo dije, Tontochorrus. Me apena que no me hayas creído. – le reprocho al hombre.

–Te ruego que me perdones, Gilius. Un fugitivo no debe jamás fiarse de nadie. –

–¿Qué haces en Pompeya? – le pregunta Excrementus.

–Trabajo en la panadería. Pero no me llames Tontochorrus. He cambiado mi identidad por una falsa. Siempre hay cazadores dispuestos a apresar fugitivos y cobrar buena recompensa. –

–¿Y cómo he de llamarte? –

–Ahora soy Ensaimadus Mallorcus. Me lo puso el propietario de la panadería.–

–¿Ligia sigue contigo? ¿Está bien?–

–Sí. Está embarazada. En dos meses tendremos un niño dando la murga en casa. –

–¿Y tú? Me ha dicho Gilius que te has casado. –

–Cierto. Pero todavía no he hecho diana. Pero es pronto. Apenas llevamos unas pocas semanas de matrimonio –

– Ensaimadus, necesito hablar contigo seriamente. – interrumpo la conversación.

–Tú dirás. Pero si estás molesto con lo ocurrido, te vuelvo a pedir disculpas. Un esclavo fugitivo debe estar siempre alerta.–

–No, no es eso. Es algo muy importante que debo decirte a solas.–

Nos retiramos unos pasos para hablar con intimidad sin ser oídos por Excrementus ni Culito.

–Escúchame bien. Tienes que coger a tu esposa y tu hijo y largarte de Pompeya antes de quince años. –

–¿Por qué he de hacer tal cosa? Aquí estoy mucho mejor que en Roma. Tengo un buen trabajo y nadie conoce mi pasado. –

–Hazme caso. No puedo decirte que es lo que va a ocurrir transcurrido este plazo. Pero debes creerme. Si no lo haces moriréis los tres. –

–No entiendo nada de lo que me dices. ¿Qué va a pasar? Me estás asustando, Gilius.–

–Júrame por Dios que lo harás. Nada más puedo hacer por ti. –

Me observa durante un instante. Está desconcertado. Pero al fin me contesta.

–Me has demostrado que eres hombre de fiar. Lo haré. Te lo juro. –

Le doy una palmada en el hombro y volvemos a reunirnos los cuatro.

–Está bien, amigos. Iremos a recoger a Ligia a tu casa. Supongo que conoces la mejor taberna de la ciudad para comer en condiciones. Vamos a dejar Pompeya sin rastro de comida entre los cinco.  Este reencuentro hay que celebrarlo.–