Capítulo 35


Capítulo 35

                                     Herculano

El barco ha atracado por fin en Herculano en lo que ahora llamaríamos la bahía de Nápoles. Otros más pequeños permanecen atracados en el puerto y al final de la dársena un barco espectacularmente lujoso en  el que ayer llegó Nerón.

Ha sido un viaje sin contratiempos. Culito se lo ha pasado en grande recorriendo todos los rincones de la nave y hablando y jugueteando  con los marineros. Por nuestra parte, tanto Excrementus como yo hemos estado inmersos en una especie de competición para ver cuál de los dos vomitaba más. ¡Qué mareo por Dios!

Lo verdaderamente importante es que ya estamos en el muelle. Excrementus carga con una gran caja de madrea a modo de maleta en la que guardo algunas cosas, entre ellas la flamante túnica para el Emperador.

La vieja gruñona de Vitoria ha hecho un trabajo digno de ella. El bruto de Nerón se va a quedar con la boca abierta. A ver si es verdad que es tan buen músico y poeta y tiene huevos de hacer una oda a su nueva túnica. Lo dudo.

El monte Vesubio se divisa a lo lejos con una extraña belleza. Nadie diría que se trata en verdad de un volcán dormido. Ni tampoco que en unos años todo esto habrá desaparecido entre las escorias y cenizas escupidas desde las entrañas del monstruo que es.

Me entra un escalofrío nada más que de pensarlo.

Mi amigo Lameculus ha venido personalmente a recibirnos con tres esclavos que cargan nuestras cosas en un carro y nos proporcionan dos caballos para cabalgar hasta su villa.

Un pequeño temblor sacude la tierra bajo nuestro pies. Las gentes están acostumbradas y conviven con ello. Pero este ha debido ser más fuerte que de costumbre. No hace todavía dos años que hubo un terremoto grande y muchas casas se están reconstruyendo. Mujeres y niños se refugian bajo los arcos de los guardabarcas del muelle.

Me sobrecoge pensar que allí mismo morirán más de trecientas personas dentro de dieciséis años, cuando el volcán lo entierre todo con su lava y cenizas. No puedo evitar un escalofrío terrible.

Culito sube en mi caballo y se agarra fuertemente a mi cintura para no caerse.

Las villas son verdaderamente hermosas. Pero destaca ante todas la famosa Villa Popea, con un pórtico y unas columnatas preciosas. Poco después nos detenemos ante la de mi amigo, el senador Lameculus. Francamente tampoco está nada mal.

–Hemos llegado, Gilius. Sé bienvenido a mi humilde choza. –

–Gracias, los dioses son verdaderamente generosos contigo por concederte esta hermosa casa. –

–Descargad todo, asearos y descansad del viaje. Mis esclavos se ocuparán de que estéis cómodos. Yo tengo mucho que hacer con los preparativos para la cena de pasado mañana con el Emperador. No quiero dejar cabos sueltos. –

–Tu a lo tuyo, Lameculus. No te preocupes de nosotros. –

A medio día vuelve Lameculus con su esposa Tamponia Tampax. Una mujer alegre y simpática. Los sirvientes preparan el almuerzo en una enorme mesa de mármol blanco.

Culito y Excrementus comen en la misma sala pero apartados en otra mesa. Su dignidad de libertos no es suficiente para poder sentarse con nosotros.

Y todo hubiese ido como la seda si no fuera porque Bandejus, el esclavo camarero embadurna con Garo todos los platos que sirve. Me da tanto asco este mejunje que me quedo sin comer alegando que todavía tengo nauseas del viaje en barco.

–Ya tengo todo preparado para la gran cena. Si te apetece podemos dar un paseo por Herculano. Es un puerto muy bonito  y animado. –

–Me agradaría mucho visitar este lugar. Pero lo que más me gustaría es acercarme a Pompeya. La conozco de oídas y quiero conocer su aspecto actual. –

–¿Aspecto actual? ¿Es que va a tener otro? –

–Sí, por supuesto. Estoy convencido de que prosperará casi tanto como Roma y se convertirá en una ciudad enorme– reacciono rápidamente, casi me voy de la lengua otra vez.

Herculano es un pueblo pequeño, apenas tres mil quinientos habitantes. Pompeya es más grande, lujosa y refinada. Entre ambos existe una relación de enemistad por una estúpida competencia vecinal.

Pero esta ciudad es verdaderamente hermosa, con edificios espléndidos y villas mucho más lujosas que muchas de las de Roma. Una verdadera ciudad de vacaciones en la que pasar largas temporadas. Las casas son tan grandes que la ciudad se extiende por la costa y esa es la razón por la que tenga relativamente pocos habitantes para su tamaño.

Lameculus me lleva de una taberna a otra como si no hubiese más cosas que ver. Ya estoy un tanto borracho de tanto vino y cerveza. El pescado es muy bueno en estos sitios y me ayuda a digerir un poco tanto alcohol. El vino de Herculano es muy alabado en todo el Imperio por su calidad y graduación.

Nerón llegó ayer y está hospedado en su magnífica Villa Popea con Marco Nonio Balbo, pretor de esta ciudad con el que seguramente está despachando asuntos de estado o simplemente tirándoselo. Es famosa la bisexualidad de Nerón.

Muchos soldados de su Guardia Imperial vigilan las calles. Es inevitable que nos crucemos con las patrullas que deambulan por toda la ciudad en busca de sospechosos de conspiración. Todavía está muy reciente el incidente de Marco Tarpelus y Pomponio Flácidus y ahora Nerón tiene verdadera paranoia.

Después de tanto beber, Lameculus y yo apenas mantenemos el equilibrio camino de su casa. Nuestras ropas están sucias de salpicaduras de vino y comida. Unos soldados nos detienen.

–¿Ze pué zabé dande vienen uztede? – 

¡Increíble, un centurión hablando en latín pero con acento andaluz!

–Cuidado, amigo. No sabes con quien estás hablando. – Lameculus le contesta con voz gangosa y lanza un tremendo eructo.

–Zi, con un tío borracho perdío ¿A que he acertao? –

–¿Tú también eres hispano, centurión? – le pregunto señalándole con el dedo y tambaleándome más de la cuenta.

–Ea, de la Bética, mi arma ¿Cómo lo has sabío? ¿Eres adivino? Aquí nadie lo había notao toavía. –

–Yo soy de la Tarraconensis. Pero conozco a paisanos tuyos. –

–Ya mestás cayendo más simpático. Aunque ustede los levantinos sois más desaboríos que nosotro. –

–Basta de palabrería. Yo soy Lameculus, senador de Roma. Déjanos en paz, soldado. –

–¿Has oído eso? – le dice el centurión a uno de sus legionarios– ¡Lameculus er Zenaó! Claro y yo soy Plutón, el dios del inframundo.

–Entzungo nioke. Egia izan liteke, Currus Romerus Yo escucharía. Podría ser cierto, Currus Romerus (Nota del traductor, sí también sé Euskera. Suerte que ha tenido el autor al contratarme. Espero que sea puntual en el pago.). –  contesta el otro.

–¿Qué ha dicho ese patán? – pregunta Lameculus apoyándose en mí para no caer.

–No . Este tío es vasco. Nadie le entiende en er campamento. Pero es un buen tipo y nadie como él pa levantá pedruscos y echáselos al pescuezo. –

–¿Y ahora qué? Te advierto que te podría degradar a legionario raso. No me toques más las pelotas y déjanos en paz a mi amigo Gilius y a mí. – parece que ha recobrado la lucidez de repente pero es sólo momentáneo. Se tambalea y queda apoyado milagrosamente contra una pared.

–No puedo fiarme. Tenemos órdenes estrictas der emperaó pa vigilá bien a to los gachós con los que nos crucemos. Lo primerito va a sé averiguá si estáis borrachos o no. Puede un truco. –

Saca una especie de junco que lleva entre su toga.

Mu bien– me dice a mí– Tú er primerito. Me va a ir soplando por esta caña pa vé cuanto arcól tas bebío o no. –

¡Inaudito, me va a hacer un control de alcoholemia!

Mientras soplo, acerca una antorcha al otro lado del tubo. Y no te lo vas a creer pero sale una llamita por el canuto.

-¡Ohú! – se limita a decir mientras le hace señas a otro soldado para que se acerque y lo verifique por él mismo.

–¿Has visto esto Cabus Furrielus? ¿Cómo es posible que tenga un noventa y nueve por siento de arcol en la zangre?

–Los putos hielos que le ponen al vino. –contesto sin pensar.

–Vamos a tener que llevarlos a algún lugar antes de que se incendien por sí solos, Currus Romerus. – le dice el soldado muy preocupado al centurión.

–Os voy a llevar a las termas pa que sus deis un buen baño de agua fría a ver si se os paza la borrachera. –

–¡No, a las termas no, señor agente. Tengo pánico a esos sitios. – le contesto alterado.

Escucha, Currus– interviene Lameculus– Porque te llamas Currus ¿No?

–Zi señó. Currus Romerus pa servile a usté y a zu puñetera madre. –

–Llévanos a casa y te compensaré. Pero ni una palabra a nadie. Pasado mañana tengo una cena con Nerón y no quiero que corra el rumor de que me han visto borracho por las calles de Herculano. Sería un escándalo. –

Er zeñorito va a cená con Nerón pazao mañana. Claro, claro y yo me tengo que vestí de gala pa cená con Cleopatra. ¡No te jode! Menuda patraña. ¿Mas visto cara tonto no? –

–Pero es rigurosamente cierto. Pregunta a cualquiera, ya verás cómo te lo confirma.–

–Escucha, amigo benemérito– intervengo de nuevo– No te juegues tu carrera por esta tontería.

–¿Qué ma llamao este sinvergüenza? – le pregunta al vasco.

–Mokoa Moka: Picoleto (más o menos. Nota del traductor)– 

Po ahora es cuando me vi a cagá en tos tus muertos– Creo que está verdaderamente enojado.

–¿Qué está ocurriendo aquí? –Pregunta un general que aparece como de la nada montando un caballo blanco precioso. Su casco y su coraza brillan tanto que hacen daño a la vista.

Sórdenes mi generá. Aquí con estos dos que me están vasilando unas miejina más de la cuenta. –

–Ruego disculpes a este centurión, senador Lameculus. – le dice a mi amigo– Llegó ayer escoltando a Nerón y sin duda no te conoce.

–¡Cangon diez! Ahora va rezurtá que es verdá que este picha es un senaó. ¡Cagon mis muertos!– comenta en voz baja al vasco.

–Le ordeno que le escolte y le acompañe a su casa con discreción. Después vuelva a su cuartel y ni una palabra a nadie acerca de este incidente. –

Los legionarios nos llevan como pueden hasta la villa de mi amigo Lameculus. No recuerdo bien lo que acontece después. Pero es ya de madrugada y despierto sobre mi cama con la sensación de que un loco está tocando timbales en mi cerebro. Tengo una jaqueca intolerable.