Capítulo 33


Capítulo 33


         Las Saturnales

Han transcurrido ya nueve meses desde que llegué a Roma. El negocio de “AMAZÓNICA MODAS” me ha convertido en millonario. Todas las mujeres romanas acaudaladas lucen ropas de mi tienda.

He comprado todos los bajos de mi calle. Excrementus ya no viaja a Ostia con el carro porque es tal la cantidad de género que compro que los mayoristas de Ostia se dan de ídem para traérmelo personalmente.

Vitoria se ha hecho rica también con su veinte por ciento. Ahora el taller tiene cuarenta costureras bajo sus órdenes trabajando a todo trapo, nunca mejor dicho.

Tengo entendido que tras tontear con Sargentus varios meses, al final lo han dejado. Posiblemente la mujer haya calculado que no ganaba lo suficiente para abastecer a esa especie de cloaca humana devoradora de todo tipo de licores.

Un día vino Popilia, la sirvienta favorita de Nerón y me dijo que el Emperador también quería algunas togas y túnicas mías. Así que ahora tengo otro local dedicado a la línea masculina. A estos vestidos no les pongo el bordado de “Amazónica” sino algo más varonil: “Casto” en honor al apellido que me puso el cabrón de Anthony.

Al César, mundialmente conocido por su afición al sexo y a su bisexualidad, le hizo mucha gracia. Ahora todos los hombres a su alrededor lucen mi marca en sus ropas. Ni que decir tiene que dada la cantidad de demanda que tengo, he subido los precios de un modo escandaloso.

No es que me hiciese falta pero que se jodan. Me he convertido en una especie de Robin Hood. Ahora financio un colegio de huérfanos que he solicitado trasladar al otro lado del río para ponerlo a salvo del incendio, un lazareto a las afueras de roma y dedico también algo en socorrer a alguna familia muy necesitada.

Sé que es inevitable que en unos meses todo el barrio se consuma en llamas y hago lo posible por salvar a quien pueda. Pero no me es posible cambiar el destino. Si les dijese lo que va a ocurrir no me creerían y posiblemente me denunciasen por crear bulos, malestar y alarma social o ser un conspiranóico contra el poder establecido.

Muchas veces me pongo muy triste al contemplar todo esto y ver que no les pueda salvar del desastre.

Es un sentimiento muy parecido a cuando te maravillas con la belleza de una buena falla valenciana y conoces su triste destino y además sabes cuándo se producirá. Pero claro, a una escala mucho mayor.

Aquí no se van a quemar muñecos de cartón sino personas que van a perder sus vidas terrorífica e inútilmente. Inevitablemente la Roma pobre, tal y como ahora la conozco desaparecerá.

En su lugar Nerón se hará construir una ampliación de su Domus Aurea un palacio sin parangón en el mundo y digno de un Emperador que ha perdido totalmente el sentido común y que sólo vive para satisfacer su ego y su poder.

Por otro lado, he tenido muchos problemas con otros comerciantes textiles que se han tenido que cambiar de tipo de negocio al no poder competir conmigo. Muchas veces han intentado sabotear mis locales o destrozarlos. Sargentus ya no era suficiente para contenerlos así que gasto un dineral en sobornar a vigiles y soldados para que hagan permanente guardia en mi calle.

No he vuelto a poner un pie en las termas después de aquel desgraciado día en el que casi me cuesta ir a parar al circo.

Y sólo en una ocasión he asistido a las carreras de cuadrigas. Es un espectáculo soberbio pero muy violento. En una de las carreras uno de los carros volcó y el resto de los que venían detrás aplastaron al pobre auriga que lo conducía. Murió delante de mí. Durante muchas noches me asaltaron pesadillas que me llenaban de desasosiego. No he vuelto a ir a ningún tipo de espectáculo de este tipo. Y no me acerco tampoco a menos de cien pies al anfiteatro. ¡Lo que me faltaba  por ver! 

Pero me estoy hinchando a asistir a representaciones teatrales. He de reconocer que muchas de ellas son un coñazo, cursis y simples, pero otras son maravillosas y por lo menos aquí los actores mueren de mentirijillas. Un pasatiempo extraordinario para un gilipollas como yo.

Pedro, el apóstol, se ha ausentado durante unos meses de Roma para extender la fe en otros pueblos y aldeas cercanas. Es mejor así. Los cristianos se están haciendo mucho de notar en Roma a raíz de sus martirios en el Anfiteatro. Ahora ya todo el mundo les conoce y les odia en la misma medida que les admira por su valor.

No he vuelto a casa de Marcia desde entonces pero Lidia me mantiene informado acerca de ella y sé que se encuentra bien. Existe otra razón mucho más poderosa por la que no me reúno con los hermanos. Sargentus me lo explicó bien claro: “soy un cagarrita”. No quiero tener que volver a verme las caras con Villarejus. Con una vez ya tuve suficiente. Lo pasé tan mal que creo que no he vuelto a cagar duro desde entonces.

Pero no todo van a ser malas noticias.

He comprado una hermosa villa en pleno foro en donde vivo con Culito, Excrementus y Lidia. Para ellos he hecho construir una pequeña casa muy coqueta en un terreno que antes era un jardín descuidado dentro de mi villa, así que vivimos juntos pero a la vez con la separación que un matrimonio joven necesita.

¡Y cómo no! El pichabrava de Culito ha dejado embarazada a su Sulpinia. ¡Mira que se veía venir!

Al enterarme le eché un sermón del que se sentiría satisfecho el mismísimo Obispo de Aquisgran y le amenacé varias veces con cortarle los huevos hasta que me relajé un poco y me fui haciendo a la idea.

La chica es una preciosidad. Pelirroja y pecosa, un poco más alta que él y mucho más desarrollada físicamente. He de reconocer que el granuja ha tenido gusto. Además se le ve muy simpática e inteligente. Espero que además sea más honrada que hasta ahora y no se dedique a ‘distraerme’ demasiadas cosas.

Total, que ayer he comprado a Sulpinia a su ama. Mañana iré a por ella para que se instale en mi casa con su Culito de los cojones.

El chico está tan ilusionado con la compra y a la vez tan nervioso con su próxima paternidad que a veces le sorprendo por los pasillos de la casa meciendo entre sus brazos a un bebé imaginario.

He de reconocer que el muchacho ha sido honrado estos meses. Ha trabajado tan duro como yo y junto a Lidia y Vitoria son los pilares reales de mi negocio.

Ya he hecho preparar en mi villa una habitación para ellos y el muñeco que está en camino. Tengo tantas alcobas que me da reparo tenerlas vacías y que haya tanta gente en Roma malviviendo en sus apartamentos como los que alquila Amígdalas. Pero el mundo es así ¿Qué le vamos a hacer?

Hoy es el 17 de Diciembre del año sesenta y tres. Comienzan las Saturnales. Unas fiestas dedicadas a Saturno, como su propio nombre indica y que coincide con el solsticio de invierno.

Toda Roma es una fiesta. Diría que estamos en Cádiz en plenos carnavales si no fuera porque aquí no se han inventado todavía las chirigotas. Sin embargo, no me extrañaría cruzarme con el mismísimo Anthony corriéndose una juerga con “El Selu”.

Es una fiesta divertida que comienza con la elección del miembro más humilde o gracioso de la casa y se le otorga el título de ‘príncipe de las saturnales’. En mi caso no hay duda, hemos elegido a Culito.

Durante los siete días siguientes se intercambian los papeles en la casa. Ahora yo soy el sirviente y esta gente mis amos. Me han puesto un sombrero de liberto y comemos todos juntos en el mismo comedor. Ninguna novedad para nosotros pero insólita en Roma.

Se permiten todo tipo de bromas entre ellos y lógicamente hacia mí.

¡Me hacen comer en el suelo! ¡Qué cabrones! En cuanto se acabe esta estúpida fiesta me vengaré de ellos de tal modo que van a ir corriendo a casa de Hijoputus pidiéndole asilo.

De momento, estoy fregando la casa y lavándoles las ropas mientras esperan acostados a que termine para servirles el desayuno. A estos getas me parece que les viene grande la fiestecita de los cojones. Estoy reventao.

Por la tarde estamos organizando una gran recepción en el atrio de mi casa. He invitado a los vecinos con los que mejor me llevo: Corruptus, el edil de urbanismo y mano derecha de Nerón en cuestiones de obras, Lameculus, un joven senador muy afín al César y el prestigioso general Ouvis Colgandus, famoso por su valor en combate.

–Una fiesta magnífica, digna de un hombre como tú. – me dice el edil mientras paladea un jugoso trozo de carne tumbado en uno de los balancines. –

–Puedes afirmarlo, Corruptus. Seguro que no se ha visto otra igual en este foro. Recuerdo que una vez en Germania…–

–No nos cuentes tus batallitas ahora, Ouvis. – interrumpe el senador al general. – Disfrutemos del momento. El presente es breve. –

–Sí, e incierto ¿Quién sabe lo que la diosa Fortuna nos depara para bien o para mal. – contesto.

–Precisamente de eso quería hablarte. Deseaba que fuese una sorpresa para los postres. Pero ya que ha salido el tema, quiero decirte algo que te alegrará. – me dice Lameculus, el senador.

–Tú dirás, magistrado. Poco más puedo esperar de Roma que no me haya dado ya. –

–Le he hablado a Nerón de ti. –

Se me cae el vaso de vino al suelo y estalla en mil pedazos.

–Tiene interés en conocerte. Tus ropas le gustan. Ya no usa otras aunque deberías regalarle algunas de repuesto. No se las cambia y huele igualito que el tigre del circo.– me asegura.

–¿Quiere conocerme en persona? Debe ser una broma. –

–El Emperador nunca bromea. Y yo tampoco.–´

Me quedo alelado. No esperaba esto tan pronto. Todos mis esfuerzos ha ido encaminados hacia esto y por fin lo he conseguido.

–Es un gran honor para ti. Deberías estar saltando de alegría, amigo Gilius. – interviene el general ya totalmente ebrio.

Jajaja. – ríe Corruptus– o de miedo. Nunca se sabe con Nerón…–

–¿Cuándo le veré? Estoy impaciente por ir a su casa. –

–Ten paciencia. Eso sólo lo sabe él. Puede ser hoy mismo o dentro de unos meses. Nadie puede conocer lo que haya en su cabeza.–

–Estaré preparado. Pero no voy a estar mucho tiempo más en Roma. Mis planes son abandonar esta ciudad antes del otoño. –

–No corren buenos tiempos en palacio. Conjuras, traiciones y sangres se suceden unas a otras. – dice Lameculus– Nerón anda muy ocupado sofocando conjuras reales e imaginarias.

–Sí, aún está reciente el complot de Marco Tarpelus y Pomponio Flácidus. – dice el edil mientras come delicadamente unas uvas de un racimo que está sobre la mesa.

–Tengo entendido que te viste involucrado de alguna manera en este lamentable asunto. Villarejus me lo comentó una vez en el senado.–

–Fue un error. Fui detenido por equivocación. De otro modo, Villarejus me habría hecho ejecutar. – contesto algo molesto por el comentario.

Jajaja.– ríe el general como sólo sabe hacerlo un sargento chusquero venido a más– ¡Cómo gritaban en la arena cuando soltaron al león! –

–Sería muy conveniente que ascendieses un poco más en la escala social. Podrías convertirte en senador. Eso ayudaría bastante. Hazme caso y siéntate conmigo en los relucientes bancos del Senado. Te gustará y aumentará tu prestigio. Y te garantizará una audiencia con Nerón.  ¿Qué me dices a eso? –

–Imposible, no soy patricio ni siquiera ciudadano de pleno derecho. Soy un simple hispano. –

–¿Acaso no sabes que el Emperador Claudio promulgó una  ley mediante la se admiten provincianos y especialmente hispanos? –

–No, lo desconocía– 

–Eso sí, con la condición de invertir en el censo mínimo senatorial, una formalidad sin importancia como otra cualquiera. –

–¿Invertir? ¿Cuánto tengo que pagar para ser senador. Porque a mí eso me huele a soborno. –

–No, no es un soborno. Es sólo un modo de asegurarse de que el nuevo senador es acaudalado. Y de paso llenar las arcas de Roma, que buena falta hace. –

–Si ¿Pero cuánto? – vuelvo a insistir.

–Poca cosa para ti, Gilius. Un millón de sestercios. Pecata minuta para un hombre como tú. –

Casi me da un pasmo allí mismo.

–¡Un millón! – exclamo con asombro – No me interesa. Prefiero invertir ese caudal en otras cosas que me aseguren un mejor provecho. Además no entiendo de política.–

Gilius, piénsalo. Podrás fortalecer tu posición como nunca antes y además el cargo te acercará sin duda a Nerón a poco que le bailes el agua y le rías sus gracias como hago yo. –

–No lo sé, Lameculus. Dame tiempo para pensarlo. Por esta tarde ya me has abrumado demasiado para mi torpe cerebro. –

Se levanta para recoger un vaso de cerveza dándome una palmadita en la pierna.

–No te lo pienses mucho. Ser un senador de Roma es tener el poder. Nerón nos desprecia pero nos teme. –

–No te creas nada, Gilius– interviene el general– Es el Emperador el que tiene el poder por medio de nosotros, el Ejército. El Senado se limita a dar legitimidad a sus deseos y caprichos. –

– Si no le llevas la contraria y le haces la pelota continuamente nada puede irte mal ¡Mírame a mí! – me asegura Lameculus.

–Ya veremos…–

–De todas formas, tengo una cena con Nerón el mes próximo en Herculano. Vamos a tratar asuntos de mi interés y él aprovechará para visitar Pompeya en donde se rumorea que tiene una amante. Pediré permiso para que asistas tú también. –

Culito se acerca a nosotros. Su rostro me resulta algo extraño.

Gilius, quisiera pedirte algo aprovechando que estamos en Saturnales y hoy soy yo el amo de la casa. –

–Pues si eres el amo, no tienes que pedirle nada, basta con que se lo ordenes– dice Corruptus sonriendo al chaval.

–Es que... no me atrevo. Uno nunca se acostumbra a tener tanto mando con quien durante todo el año es su señor. –

–¿Qué te ocurre, Culito? Dímelo ya. Me estás asustando. –

–Ayer compraste a Popilia, mi Popilia. Pero no has ido a recogerla a su casa todavía. Estoy impaciente por que venga ya a mi lado. –

Me levanto de golpe y me cuadro ante él.

–¿Sabes que, Culito? –

El chico camina dos pasitos hacia atrás intimidado por mi repentino gesto.

–¡Por todos los dioses del inframundo que tienes toda la razón, príncipe de la saturnal! Ahora mismo voy a por ella y te la traeré envuelta y con un lazo si es necesario. –

–Todos aplauden mi actuación salvo Culito que parece una sábana de delicado lino de lo blanco que se ha quedado.

Sí, ha sido una fiesta magnífica.