Capítulo 32


Capítulo 32

                        Un día en las termas

Por primera vez desde que estoy aquí voy a visitar las famosas termas romanas. Hay muchas donde elegir. Opto por una de las más lujosas. ¡Un día es un día!.

Entro por una hermosa puerta de madera que permanece abierta a partir del mediodía. A estas horas sólo los hombres pueden entrar en ella. Las mujeres tienen un horario distinto.

Después de pagar una miseria para entrar, me dirijo al vestuario en donde dejo mis ropas en una hornacina custodiada por un esclavo.

Lo primero que me encuentro es el trepidarium, una sala caliente en donde algunos hombres están haciendo ejercicios o dándose un masaje. No me interesa rivalizar con estos hombres tan bien musculados. Mi cuerpo de escombro, comparado con el de ellos,  no está a la altura.

Entro ahora en el caldarium, una sala con una pequeña balsa. Me meto con cuidado y me relajo como nunca con esta agua tan calentita.

Dos hombres están también dentro de ella.

–¿Quién eres? Nuca te había visto por aquí. – me dice uno de ellos.

Gilius, un acomodado comerciante. – le respondo.

–¡Un comerciante! ¿Has oído eso Marco Tarpelus? – le dice al otro individuo, calvo, alto y delgado como una caña.

–Por júpiter que esto ya no es lo que era. Un comerciante bañándose con dos senadores romanos como nosotros.–

–Tienes razón. La chusma no debe mezclarse con la crema de la sociedad romana. Haré construirme una terma en mi casa si esto sigue así. Nerón ya no respeta los rangos. Una pena. Menos mal que…–

Chiiist, calla, Marco, cuida tu lengua. – responde el otro interrumpiéndolo.

–¿De verdad que sois senadores? – les pregunto asombrado.

Se miran entre ellos.

–¿De dónde has salido tú que no sabes quienes somos. Toda Roma nos rinde el respeto que merecemos. Díselo tú Pomponio Flácidus.–

–Soy hispano. He llegado a Roma hace pocos meses y no conozco todavía a casi nade de especial relevancia social. Excepto a Séneca, que es amigo mío. –

–¿Eres amigo de Séneca, el antiguo tutor de Nerón? ¡Haber empezado por ahí noble…! – hace una pausa para recordar mi nombre.

Gilius, Gilius Pollus Casto. – le respondo.

–Es un placer saludarte, Gilius. Si es cierto que Séneca es tu amigo, nosotros también lo somos desde este momento. –

–Es un honor para mí. –

Se lanzan una mirada extraña. No la entiendo pero juraría que no les ha hecho excesiva gracia que haya mencionado a Séneca.

–Esta tarde asistiremos a las carreras de cuadrigas en el Circus Máximus. Si quieres puedes acompañarnos a nuestro palco. Desde allí se ven con todo lujo de detalle. –

–Me encantaría. Es una de las cosas por las que he venido a Roma desde tan lejos. Acepto agradecido tu invitación, Pomponio. –

–Pero primero deberás aprovechar este establecimiento para adecentarte un poco. Tu pelo está poco cuidado y largo y de tu barba desaliñada mejor ni hablar. Pareces un bárbaro. –

Tiene razón. Durante este tiempo no he dedicado un solo minuto para cuidar mi aspecto personal.

Salen de la piscina calentita y limpia y se dirigen a un patio sin techumbre. Allí hay otra mucho más grande. Se introducen en ella pausadamente.

Yo hago lo mismo. Pero quiero impresionarles. Tomo carrerilla y me lanzo en bomba al agua.

¡La madre que parió a Zeus, Apolo, Marte y toda la tropa.! ¡El agua está helada!

–¿Estás loco? Hay que meterse lentamente para no perder el calor de golpe. Te podría dar un patatús.–

De la impresión me he quedado sin habla. Pero poco a poco voy aclimatándome a esta agua tan fría.

Otros hombres que están al borde de la piscina se están acordando de la madre que me parió al verse salpicados por mi zambullida.

¿Quién dijo que los romanos no soltaban tacos? ¡Con estos tengo para llenar una enciclopedia!

–Jajaja. – ríe el tal senador Marco. – Debes tener cuidado. Por menos de eso he visto crucificar a alguien en alguna vía de entrada a Roma. –

–Esto es una estafa. – les digo tiritando– ¿No se supone que estamos en las termas? ¿A qué viene esta charca helada? – protesto.

–¡Asqueroso! ¿No sabes que este es el frigidarium? – me grita uno de los afectados por la salpicadura y que está empapado.

Salgo de la piscina helada avergonzado. No sólo por el ridículo que he hecho sino porque además el frío afecta gravemente a según qué partes de cuerpo humano.

–Me meto un ratito en la balsa calentita. Poco a poco voy recuperando el color.

Los senadores cuchichean algo entre ellos.

Vuelvo al vestuario para ponerme por lo menos los calzones y busco el lugar en donde me pueda adecentar el pelo y recortar la barba. Afortunadamente estos locales tienen de todo y un esclavo rubio, sin duda del norte europeo, se encarga de dejarme como un Adonis.

Por poco más de dos sestercios me ha cortado el pelo a navaja, me ha afeitado y me ha untado con distintos mejunjes y perfumes. No está mal todo esto.

–¿Quieres que también te corte las uñas de los pies? – me pregunta el esclavo de la peluquería. Tiene en un estante unas tijeras que me parecen bastante oxidadas para estas cosas. Es verdad que tengo las uñas asquerosamente descuidadas pero no me fío de este rubiales ni de sus herramientas.

–No, me las estoy dejando largas.– le contesto. Ya me las cortaré con mis tijeras del taller.

El esclavo se encoje de hombros y me ayuda a levantarme de la silla.

Maqueado como un artista, retorno al vestuario para ponerme mi túnica y largarme a casa. Ya es un poco tarde y no he comido todavía.

Un hombre se me acerca mientras me visto.

–Será esta misma tarde en el Circus Máximus. Segunda carrera. – me suelta con un susurro pegado a mi oreja.

–¿Qué será esta misma tarde? – le contesto intrigado.

–No disimules. Te he visto hablar con Marco Tarpelus y Pomponius Flácidus. Tengo orden de avisaros a todos. –

–No sé de qué me hablas. Explícate.–

El hombre mira a un lado y a otro para asegurarse de que estamos solos en el vestuario.

–Vamos, déjate de hacerte el tonto. Soy Bicharracus, tu enlace. Estoy avisando a todos. Ya sabes lo que hay que hacer ¿O es que tal vez te has vuelto atrás? En ese caso tendré que matarte aquí mismo. Roma no admite traidores.–

Este tío debe estar como un cencerro. No tengo ni puta idea de lo que me dice. Pero es peligroso. Sus ojos así me lo indican mientras me mira fijamente.

–Escucha, te has debido confundir de hombre. Yo no sé de lo que hablas y tampoco quiero saber nada más. –le contesto tajantemente.

Saca una afilada daga de entre su toga y amenaza con apuñalarme al instante.

–¡Detente, Bicharracus! – exclama una voz detrás de mí. Es Pomponius acompañado del otro senador.

El hombre se vuelve hacia ellos.

–Es un traidor. O peor, un espía.–intenta explicarse.

–No, este hombre no sabe nada de nada. Y no es prudente que haya un asesinato en estas termas y mucho menos hoy. –

–¿Qué hago con él? – pregunta el tal Bicharracus que vuelve a amenazarme con el puñal.

–¿Qué está pasando aquí? ¿Qué quiere este tipo de mí? – pregunto a los senadores cagado de miedo.

–Déjalo ir antes de que tu lengua se suelte más de la cuenta. – ordena Pomponio a Bicharracus.

Estoy confuso. Pero más vale que me largue cuanto antes. No quiero saber nada de los tejemanejes de esta gente. Probablemente se trate de alguna intriga entre senadores.

–No podemos arriesgarnos a dejarle libre precisamente hoy. Toda precaución es poca en estos casos. – protesta el otro senador a su colega.

–Tienes razón, Marco. Lo mejor será encerrarlo en mi casa. De ese modo no podrá delatarnos. Tiempo habrá para ocuparse de él.–

–¿Delatar a quién? – grito.– Yo no os conozco ni sé nada de lo que os traigáis entre manos. –

Bicharracus me empuja y caigo al suelo. Hábilmente me ata las manos con una cuerda muy fina. Me hace daño.

–Escóndelo en mi casa hasta que todo esto pase. Mañana, si todo ha ido bien, te lo llevas a alguna parte fuera de Roma y lo liquidas. –

–¿Qué? ¡Matarme! ¿Por qué?– ahora sí que estoy acojonado.

El bruto me pone violentamente en pie.

–Vente con migo y no se te ocurra abrir la boca por el camino. Al más mínimo movimiento sospechoso te traspaso el corazón. –

Me resigno a obedecer ¿Qué otra cosa puedo hacer? Mantengo la esperanza de poder librarme de él de alguna manera una vez salgamos a la calle.

De repente entran unos legionarios de la guardia personal de Nerón fuertemente armados. Los senadores intentan huir a toda prisa mintiéndose de nuevo en el interior de las termas. Bicharracus es asesinado allí mismo delante de mí por un soldado y otros corren tras los fugitivos.

–¡Por todos los dioses! ¿Qué es todo esto? – pregunto angustiado.

Otro soldado está ya a punto de descargar su espada contra mi pecho.

–Detente, le dice un oficial. No tenemos nada contra este. –

–¿Cómo lo sabes, Comandantus? –

–¿Acaso no ves que está maniatado? Seguramente lo han sorprendido espiando a estos traidores y lo iban a matar. Puede que no tenga nada que ver o que trabaje para Nerón.–

Los senadores son detenidos y los traen a la sala en donde el soldado está comprobando que la cuerda que sujeta mis manos está bien atada.

–Quedáis detenidos en nombre del Emperador. – dice el oficial jefe. Los senadores guardan silencio con la cabeza agachada.

–Lleváoslos a presencia del Questor Villarejus. Tienen mucho que aclarar ante la ley. – ordena a sus soldados.

–¿A este también? – pregunta uno apuntándome con su espada.

–A todos. Los llevamos inmediatamente a Villarejus. Él sabrá qué hacer con ellos. –

¡Me cago en la leche, en los líos que me meto sin comerlo ni beberlo!

Nos introducen en un carromato cerrado y nos llevan por las empedradas calles de Roma hacia algún lugar que desconozco.

–Estamos listos, Pomponius. Alguien nos ha traicionado.– susurra el senador Marco.

–¿No habrás sido tú? ¿Verdad? – me dice a mí.

–¡Qué coño!. Yo no sé en qué jaleo me habéis metido. Os juro por todos los dioses que no sé de qué va todo esto ni porque me han detenido. Yo solo vendo telas y he ido a mojarme el culo en la terma. Eso es todo.–

El carro se para y un soldado abre la puerta para que nos apeemos. Nos introducen con brusquedad en un edificio imponente.

–Questor Villarejus. Aquí están los conspiradores. – le dice a un hombre ya mayor que está sentado ante un escritorio de madera formidable.

–Vaya, vaya. ¿A quién tenemos aquí…?– dice mirando a los senadores.

Villarejus, nada tenemos que ver con los cargos de los que se nos acuse. – responde Pomponius.

Una mujer entra en la sala. Lleva unos papeles que le entrega al Questor y otros en blanco que pone en una pequeña mesa situada junto al magistrado y en la cual se sienta. –

Grabadoria– le dice a la mujer que debe ser su secretaria. – Toma nota de todo lo que se diga aquí. Ya sabes que me gusta tener todo atado y bien atado. –

La mujer moja una pluma de ganso en el tintero y se prepara para escribir todo lo que aquí se diga.

El Questor Villarejus toma entre sus manos los papelotes.

–Se os acusa de conspiración contra Nerón. – comienza a decir.

–No sé de qué hablas, Questor.  – dice el senador Pomponius.

–Hemos capturado a varios de vuestros compinches y han hablado. Los calabozos están repletos. Sólo faltabais vosotros dos… Los cabecillas.–

Luego me mira a mí.

–¿Quién es este? –

Gilius, Señoría. Gilius Pollus Casto. Nada tengo que ver con todo esto.– le respondo con miedo pero con determinación.

Busca mi nombre en su lista de conspiradores. No lo encuentra.

–Eso ya lo veremos. ¿Qué hacías en las termas con estos dos y con su esbirro Bicharracus? –

–Te juro que no los conozco de nada. Sólo fui a las termas y coincidí con ellos por casualidad. Yo soy un simple comerciante. Vendo túnicas y telas. Si no me crees,  podría hacerte una ahora mismo. La tuya está ya algo desgastada. Por supuesto que no te cobraría nada. ¡Hasta ahí podríamos llegar! –

La mujer me hace un gesto para indicarme que hable más lentamente. A ese ritmo no puede escribir todo palabra por palabra.

Estoy seguro que mi declaración ha sido suficiente para convencer a Villarejus.

–Me encargaré de ti más tarde. Ahora tengo que ocuparme de estos nobles senadores. ¿Qué tenéis que decir en vuestra defensa? –

–Que somos inocentes de semejante crimen. – dicen los dos a la vez.

Les mira muy serio.

–Hace tiempo que andábamos detrás de vosotros. Pero ahora hemos averiguado que preparabais un atentado contra la vida de Nerón esta tarde, en las carreras de cuadrigas. –

–Mentira, nosotros no sabemos nada de eso. Eso es una calumnia de las gordas. Dime quien me ha acusado y juro que le mataré con mis propias manos. Soy un senador de Roma y me debes un respeto por muy Questor que seas.– protesta Pomponius.

–Es inútil que lo niegues. Tengo pruebas. Por lo menos ten la dignidad de un senador de Roma, como bien dices y apechuga con tus actos. – hace un gesto a un guardia y el hombre sale y no tarda en volver con un individuo ensangrentado a consecuencia de las torturas a las que se ha visto sometido.

–¿Reconoces a este individuo? Mírale bien.– le pregunta el magistrado a Pomponius.

–No. No sé quién es. –

–¿Cómo que no sabes quién es?  ¿Acaso me tomas por imbécil? Es Chivatus, tu mayordomo de confianza. –

El senador se derrumba.

–Bueno, sí. Ahora que me fijo… No lo había reconocido con tan mala cara y su nariz rota. –

–Ha confesado que planeabais la conjura en mitad de la segunda carrera. ¿Vas a negarlo, Pomponius Flácidus? –

Ahora comprendo las palabras de Bicharracus en el vestuario. Me había tomado por uno de los conspiradores. Estoy que me pinchan y no me sacan sangre.

Marco Tarpelus traga saliva. Su nuez sube y baja por su delgado cuello. Habla como quien ya nada puede perder:

–Sí, y es una pena que nos hayas detenido. Es preciso que Roma se libere de una vez de este monstruo de Nerón. No somos traidores ni criminales. Somos lo que el honrado pueblo romano necesita. –

–¿Has tomado nota de eso, Grabadoria? – le dice Villarejus a su secretaria con una sonrisa de satisfacción.

–Pues nada más hay que hablar. Seréis enviados a las mazmorras de anfiteatro en donde mañana se os ajusticiará. –

Cuatro guardias se llevan a los condenados.

Ahora sólo quedo yo ante él.

–Bien, Gilius Pollus. ¿Qué voy a hacer contigo? – me pregunta de un modo que me resulta irónico.

–No soy culpable de nada. Ya te lo he dicho. –

Se hace un silencio espeso. Pero pronto es roto por una algarabía, gritos y golpes.

–¿Qué está pasando aquí? – grita el magistrado mientras se levanta bruscamente.

–Traemos detenido otra vez a este.– contesta un guardia– Le estaba dando una paliza a un hombre que paseaba junto a una tienda de lanas.

¡Sargentus! – exclamamos el juez y yo al unísono.

–¡Gilius! ¿Qué estás haciendo aquí? – me pregunta asombrado al verme ante Villarejus con las manos atadas a la espalda.

–¿Conoces a este hombre, Sargentus? – pregunta Villarejus.

–Claro. Es mi jefe. Un hombre justo y horado. –

–¿Tu jefe? Pues a mí me parece que te vas a quedar sin empleo. Estoy a punto de acusarle de intento de asesinato. –

–¿Asesinar? ¿A quién? – Sargentus está sorprendido.

–Nada menos que a Nerón, nuestro Emperador. –

–Imposible. Gilius es el mejor hombre que he conocido. Sólo tiene tiempo para su negocio. Además es un cagarrita incapaz de hacer daño a nadie. –

A pesar de que me ha llamado cagarrita, le abrazaría si no fuera porque tengo las manos atadas.

–Está bien. Confío en ti. Le dejaré libre. ¿Pero qué es eso de que le estabas atizando una paliza a un sujeto en mitad de la calle? Eso no está bien Sargentus. –

–Es mi jefe de seguridad. Le pago para que guarde mi tienda. Ya te he dicho que soy comerciante. Hay mucho ladrón en Roma. – le defiendo yo ahora a él.

–Para eso están los vigile y la guardia. –

–Ja.– contesta Sargentus– Esos son unos vagos que no hacen nada sin que un buen soborno les aumente el peso de su bolsa. –

El Questor nos mira. Luego se dirige a su secretaria y le pide el papel en el que está escribiendo. Cuando se lo entrega, lo rasga con ceremonia ante nosotros.

–Está bien. Apartaos los dos de mi vista antes de que me arrepienta. Da gracias a Júpiter de que nos conocemos desde la campaña en las Galias y te debo la vida en varias ocasiones, Sargentus. –

Un soldado me desata.

Salimos a la calle. El sol nos ciega.

–¿En qué jaleo te has metido ahora, Gilius? Desde luego que no se te puede dejar solo por Roma. – me dice al fin Sargentus.

–En ninguno. Sólo fui a las termas a mojarme los cojones. Pero una cosa llevó a la otra y al final casi acabo en la boca del león. Menos mal que has aparecido tú.–

–Una suerte. Villarejus es muy aficionado a firmar sentencias de muerte por cualquier menudencia. Pero matar a Nerón no es cualquier cosa ¡No me jodas Gilius!–

–¿Y tú qué? Reconoce que también te gusta pegar hostias al primero que pasa cerca de la tienda y no te gusta su jeta. –

– Para eso me pagas ¿No? Además, no compares una cosa con otra.–

–Mira, no tengo ganas de discutir. Necesito recuperarme del susto.

Esta vez soy yo el que casi le obliga a entrar en la taberna más cercana. Voy a emborracharme como un cosaco sediento.

Bebemos tanto que nos tienen que sacar arrastras un par de esclavos que trabajan como camareros.

Nos empujan y acabamos con la cara dentro de un charco.

Permanecemos tumbados en la calle sin poder ni levantarnos de la borrachera. En un breve momento de lucidez, pronuncio mis últimas palabras antes de caer inconsciente.

“A Dios pongo por testigo de que jamás volveré a bañarme”