Capítulo 31


Capítulo 31

        El nacimiento de un imperio

Han pasado los días acordados con la bruja de Popilia. Seguro que está a punto de dejarse caer por mi tienda para recoger sus túnicas. Vitoria no trajo anoche las prendas tal y como había acordado con ella. Estoy más nervioso que Robocop en una tienda de imanes.

El sol pronto asomará por entre las colinas. Me asomo a la calle impaciente como si eso acelerase de algún modo las cosas.

¡Dios, cómo echo de menos un cigarrito con el que calmar los nervios!

Por fin la veo aparecer por la esquina con un fardo voluminoso y acompañada por una joven a la que no conozco.

–Los dioses sean contigo, Gilius.– me saluda sofocada porque han venido hasta aquí a buen paso.

–Benditos sean todos. He estado a punto de sufrir un patatús. Por un momento he sospechado que no ibas a cumplir con el trato. –

–Pues ahí ha andado la cosa. Menos mal que me ha ayudado mi amiga Dedála, una modista muy buena amiga mía. Hemos estado trabajando toda la noche para poder acabar a tiempo.–

–Te lo agradezco, Dedála. Que los dioses te bendigan a ti también.–

–Aquí lo tienes todo. – me dice Vitoria mostrándome la talega que lleva entre sus manos.

–Entrad a lo que será vuestro taller. Comprobaréis que está muy bien acondicionado para el trabajo de costura.–miro a la chica.– Porque supongo que tú también estás dispuesta a trabajar con nosotros ¿No? –

–Sí, necesito trabajar. Soy viuda. Mi marido fue acusado injustamente de haberse cagado en la madre que parió a Nerón y lo mataron en el anfiteatro hace ya dos meses. –

–Pero mujer ¿A quién se le ocurre ir diciendo esas cosas por ahí? Hay que ser insensato.–

–Mi Justino Zenizus nunca dijo nada en contra de Nerón. De hecho nunca dijo nada en contra de nadie. Era mudo. En el juicio se le dio la oportunidad de decir unas palabras al Pretor para defenderse pero lógicamente no dijo nada y según el derecho romano, el que calla otorga.–

–Bueno, eso ya no tiene remedio. Créeme que lo siento. – le digo compungido.

Vitoria ha estado echando un vistazo al que será su nuevo local de trabajo. Sonríe satisfecha. Incluso una claraboya en el techo le proporciona mucha más luz que el ventanuco de su casa. Y encima no huele a cieno la brisa de la mañana que entra por él.

–Aquí tienes las túnicas.– me dice mientras las saca de la bolsa y las coloca cuidadosamente sobre su mesa. –

Las examino con cuidado. ¡Son preciosas! Han hecho un muy buen trabajo y las telas son formidables. Me aseguro también de que han bordado la palabra “Amazónica” en las tres piezas.

Las doblo y las introduzco con cuidado en una caja de madera.

–Os felicito a las dos. Habéis hecho tres obras de arte.–

–Me parece a mí que de halagos nadie ha saciado su hambre. Si mi memoria no me falla, me debes trescientos sestercios.– me dice Vitoria extendiendo hacia mí la palma de su mano derecha.

–Tienes razón, noble Vitoria. Esperad un momento a que vaya a la tienda y busque el dinero acordado. Mientras podéis ir inspeccionando el taller y ver si os falta algo para hacer vuestro trabajo. –

Culito ya ha abierto la tienda. Popilia ha llegado y le está echando un chorreo de los que hacen historia al pobre chico. Cuando me ve entrar desvía el tiro y se dirige hacia mí con toda la artillería preparada.

–Debería hacerte azotar en mitad del foro y pasearte en cueros por toda la ciudad para que viesen tus heridas y nadie osase hacer esperar a Popilia– se le hincha una vena del cuello mientras me grita.

–Razón tienes, noble Popilia. Incluso creo que deberías hacerlo. Es de justicia. Pero acompáñame y te mostraré algo que te hará cambiar de idea. – le digo con tono humilde y conciliador.

–¿Acompañarte a dónde? ¿He venido a recoger mi encargo, no a pasear por estas infectas callejuelas. –

–Al taller de costura en donde conocerás a las manos virtuosas y angélicas que se han encargado de hacerte las túnicas. Si las telas las tejen los mismísimos dioses griegos, las costuras las hacen las mejores hijas de la diosa Ariadna con sumo primor. Además, no creerás que te voy a atender aquí, un lugar solo digno para esclavas de segunda división. –

Verdaderamente me estoy cansando de ser tan calzonazos con esta tipa y de arrastrarme como un gusano ante ella. Pero aparte de que me da bastante miedo con su poder y su actitud, es preciso que el plan salga bien.

¡Y con lo de la diosa Ariadna, estaréis de acuerdo conmigo en que me he estado sembrado!

–Espero que no sea una artimaña para decirme que las prendas no están acabadas. En ese caso ya puedes ir preparándote para lo que te espera. –

La introduzco en el taller. Vitoria y Dedála están ordenando sus herramientas de costura.

–Estas son las ninfas de la costura de las que te he hablado, noble Popilia. –  Ella las mira con desdén por encima del hombro.

Saco las maravillosas túnicas del cofre de madera y extiendo una de ellas sobre la mesa de Vitoria a modo de mostrador.

Popilia se queda embelesada. La toca con suavidad, la coge entre sus manos y se la pone por delante como para ver cómo le queda.

–No me cabe duda de que es un trabajo digno de diosas. Os lo agradezco. –

¿Qué oyen mis orejas? ¡Una alabanza de esta hija del Diablo!

–Comprueba que llevan bordadas con primor la palabra “Amazónica”. Nadie que no sea digna de la más alta consideración de Roma puede lucirla. Es algo exclusivo para mis clientas más selectas. –

–Bien. En cuanto vea Popea lo que le he comprado se va a sentir la mujer más feliz del Imperio. Sabrá agradecérmelo generosamente.– me dice sacando la otra túnica blanca para su ama y comprobando que también está impecablemente confeccionada.

–Y hablando de agradecimientos– le digo mientras saco su túnica anaranjada.– Esto es para ti según lo acordado. –

Se queda todavía más maravillada. Unas tiras de lino blanco parten  desde los hombros hasta la cintura y dibujan una especie de cinturón que da la vuelta y vuelve al hombro contrario. Es tan original y bonito que hasta yo mismo me quedo asombrado del trabajo.

Popilia está tan impaciente por probársela que se desnuda allí mismo delante de mí y se la pone con rapidez. Hace graciosas posturas, comprueba que la medida es la adecuada a su altura y da varias vueltas para acabar caminando con el paso gallináceo de las modelos.

–Debería hacer que te sacasen esos ojos que me han visto desnuda. Pero no quiero estropear a mi sastre favorito. A partir de ahora sólo me vestiré con las prendas de tu tienda. –

–Honor que me haces, Grandiosa Popilia. Mi casa siempre estará abierta para ti y yo a tu entera disposición. –

Vitoria cuchichea a Dedála unas palabras que consigo oír:

–“Si quieres saber cómo le huele el culo a Popilia, sólo tienes que oler el aliento de Gilius! ¡Por todos los dioses que tío más pelota!”–

Envuelvo las otras dos túnicas en un fardo de lino blanco y se las entrego. Ella se irá con su flamante túnica puesta.

–Aquí está el importe acordado. –me dice mientras me da una bolsa de un tamaño considerable repleta de monedas.

No las cuento. Considero que sería una falta de consideración hacia ella. Quiero darle a entender que a partir de ahora la confianza debe ser mutua. Eso y que no quiero que sepa Vitoria el pastón que he ganado con la venta.

Se marcha con su habitual descortesía y malos modos. Pero la veo sonreír.

–¿Y ahora que se supone que debemos hacer, Gilius?– me pregunta Vitoria.

–Es solo cuestión de tiempo que se propague por toda Roma que Popea se viste con mis ropas. Las clientas adineradas van a venir como moscas al olor de boñiga de vaca. Mientras tanto quiero que hagáis un par de cosas.–

–Tú dirás. –

–Dispondremos de poco de tiempo para que venga el tropel de ricachonas a comprar sus modelitos, pero quiero que elijas unas telas de calidad pasable. –

–¿Y qué hacemos con ellas? –

–Unos uniformes cómodos para trabajar. Vamos a vestir todos iguales. Será un distintivo más de la empresa. Después del detalle tan elegante que has tenido con las tiras de la túnica de Popilia, he decidido que serás la diseñadora oficial de “Amazónica”. Vosotras también debéis vestir  con ese mismo uniforme. Elije tú misma el color y el diseño. –

–Conforme. Pero hoy vamos a descansar un poco. No hemos dormido en toda la noche. Esta tarde traeremos nuestros utensilios de costura para instalarnos mañana. –

–Me parece justo. Habéis hecho un buen trabajo. Acompáñame a mi despacho y te pagaré.– le digo y me vuelvo hacia Dedála.

–Y a ti te felicito y agradezco también tu trabajo. Bienvenida a “Amazónica Modas”. Ven con nosotros y te presentaré al resto de la cuadrilla.–

Salimos del taller y entramos en la tienda en donde Culito y Amazónica ya están cortando telas para algunas esclavas que han venido temprano.

–Estos son Culito y Lidia.– les digo.–Os presento a Dedála y a Vitoria, la nueva jefa del taller. –

–Que los dioses sean contigo, Lidia. En cuanto a este golfillo, ya nos conocemos bien. ¿Verdad Culito? – dice Vitoria.

–¿Quién son esas? – dice Sargentus que parece que se ha dignado a despertarse por fin y aparece rascándose las pelotas por encima de su faldita militar sin educación ninguna.

–Las costureras. Trabajarán en el taller. Debes protegerlas también de cualquier peligro. –

Su mirada cambia de repente al reparar en Vitoria.

–Debo haber muerto y llegado al Panteón  porque estoy viendo a la mismísima Venus en persona. –

Vitoria se sonroja pero no parece disgustarle el piropo de ese gigantón borrachuzo. No sé qué tendrá el agua de Roma, pero parece que tenga el efecto de enamorar hasta a este Neanderthal.

–Apañaos como podáis. – les digo mientras entro en mi despacho y saco los trescientos sestercios para pagar a Vitoria.

–Toma, el precio acordado. Y ahora id a descansar las dos. Yo tengo cosas importantes que hacer. –

Las mujeres se marchan cansadas pero contentas.

–A ver si es verdad que te enamoras de Vitoria y sientas un poco la cabeza.– le digo a Sargentus. –Me está pareciendo que tu labor de vigilancia se limita a dormir como un bendito. Y ten cuidado, es una mujer casada. –

Culito y Lidia siguen con su trabajo. Las esclavas no paran de llegar para hacer sus compras. El negocio va viento en popa. Así que a la espera de nuevos acontecimientos, he decidido que me voy a dar un día libre y holgazanear por Roma. Llevo aquí algún tiempo ya y no la conozco como corresponde a una ciudad tan hermosa.

Nada más que hablar. Me daré un buen garbeo por el foro.

Es lo que tiene ser el puto amo… Me gustaría que me viese ahora por un agujerito el payaso de don Jesús, mi antiguo jefe, con su cara de malas pulgas encerrado en su despacho y avinagrando la sangre de sus empleados.

¡Mira que despedirme por escribir en los azulejos del baño!

Y hablando de pintar en el retrete. He de tener una conversación con este cretino de Culito. ¿Qué se habrá creído?