Capítulo 30


Capítulo 30

                            Amazónica

Tras despedirnos de Marcia, Culito y yo hemos vuelto muy tempranito a la tienda.

Excrementus ya se ha levantado y nos espera con unas ojeras inhumanas.

 –¿Qué tal no noche de bodas? – le pregunto pícaramente dándole un codazo.

–Bien, bien. – responde – Pero muy cansado. Ha sido una noche muy larga. Como sean todas iguales pronto tendrás que buscarte a otro para ir a Ostia. –

–Aprovecha ahora, amigo. A medida que pase el tiempo las noches serán más aburridas…  Y eso va también por ti, Culito. No te creas que tu Sulpinia te va a estar riendo las gracias cada vez que se te antoje. –

El niño se encoje de hombros.

–Despierta a Lidia y vamos todos a desayunar como Dios manda a la taberna de Otacilia. No está mal que vaya  conociendo el barrio poco a poco y haciéndose a sus gentes. –

Después, un buen desayuno, que falta le hacía al pobre Excrementus.

Lidia está radiante de felicidad y no ha soltado la mano de su esposo, de tal modo que el pobre ha debido servirse y tomar con la mano izquierda.

Volvemos a la tienda para empezar la jornada de  ventas. Se nos ha hecho un poco tarde porque hemos comido relajados y comentando lo bonita que ha sido la ceremonia.

Alguien está en la puerta esperando con cara de muy pocos amigos. Es raro que vengan a estas horas tan tempranas a comprar.

–Ya era hora de que abrieses la puerta. ¿Quién te has creído que eres para hacer esperar a Popilia, la sirvienta favorita de Nerón? ¿Acaso crees que no tengo otras cosas que hacer? –

–Lo siento mucho, gran señora Popilia, ejemplo de virtudes y ensueño de los más grandes y galanes generales de Roma. – a esta gente hay que darles un poco de cuerda para que funcionen. – Te ruego que me disculpes. Ayer estuvimos de boda y hoy se nos pegaron las mantas. –

–Mírame bien, mentecato ¿Acaso tengo yo cara de que me importe una rábano tu vida? –

–Tienes razón. Pero ya estoy aquí ¿Qué se te ofrece, noble Popilia? Ya sabes que tus deseos son órdenes para mí y soy capaz de remover cielo y tierra para colmar tus deseos. –

–Esta mañana me he cruzado con Marcia, la esposa del edil Sempronius. Lucía una túnica maravillosa. Tras hablar con ella, me ha confesado que se la regalaste tú ¿Es cierto? –

–Sí, así fue.–

–Pues quiero una como esa. O no, mejor dos. César no puede consentir que nadie vista mejor que su esposa Popea, esa zorra de tres al cuarto que lo tiene encandilado con algún hechizo.–

–Entra a mi humilde tienda y escoge tú misma las mejores telas. –

–No, no es necesario. Quiero lo mismo que viste Marcia. Y en blanco, por supuesto. Y además me vas a regalar a mí otro igual en color anaranjado. Al fin y al cabo, la venta te ha he hecho yo. ¿No es eso lo que haces con mis esclavas, bribón? –

¡Me pilló! Alguna se ha ido de la lengua.

–Daba por supuesto hacerte semejante regalo ¿Acaso lo dudabas, Popilia? –

–Por supuesto. No eres más que uno de esos mercaderes de los que nunca hay que fiarse. –

–En una semana tendrás tus preciosas prendas para lucirlas por todo el Imperio. – le prometo sin saber siquiera si puedo cumplir mi palabra. –Pero no hemos hablado del precio. Comprenderás que el lujo se paga y se paga caro. –

–Razón no te falta. Pero no importa cuánto me pidas. Popea quedará tan maravillada que seguramente no le importe y termine agradeciéndomelo con algún buen regalo. –

–Bien. Pues estimo que un precio justo sean quinientos cincuenta sestercios por cada pieza. Y no voy a regatear en ningún caso. Eso es lo que valen. –

–¡Eso es una fortuna! Pero estoy conforme. Aunque también quiero que le bordes la misma inscripción que lleva Marcia. Queda muy elegante.– hace una pausa para recordar– ‘Amazonia’ o algo así. –

Amazónica.– le corrijo– Ninguna prenda de calidad sale de mi tienda sin ese distintivo. –

–¿Qué significa? –

–Elegancia. – le digo con el desparpajo de quien acaba de inventarse las respuestas. – Hora es ya de que las mujeres como tú tengáis la relevancia que merecéis.–

Esta se va a ir hoy con el culo más reluciente que las baldosas del cuarto de baño de Mister Proper. ¡Lo que tiene que hacer uno para tratar con esta gente!

–Conforme. Estaré aquí la semana que viene. Espero por tu bien que esté todo listo. – y se larga con sus eternos aires de grandeza.

–Es dura de pelar esta Popilia– me dice Lidia.

–Ya lo creo ¿Pero has visto lo que acaba de ocurrir? –

–Sí, que le acabas de dar un sablazo digno de ser esculpido en el arco del triunfo.– interviene Culito.

–No, no es eso. ¡He creado marca! En cuanto Marcia, Popilia y sobre todo Popea salgan a la calle con sus flamantes túnicas, todo el mundo querrá una ‘Amazónica’. –

Amazónica es mía. –protesta Excrementus.

–No has entendido nada de nada, amigo. Nadie va a compartir a tu esposa. Pero sí su nombre. –

–No lo veo claro. – protesta entristecido.–

–Confía en mí. – le digo mientras pongo mi brazo en su hombro.

Gilius, estoy recién casado ¿Cómo voy a consentir que compartan a mi esposa aunque sólo sea por su nombre? ¡Qué cosas más raras dices a veces! Voy a ser el hazmereir de Roma.–

–Lo entenderéis muy pronto. No os preocupéis por eso. Os doy mi palabra de que no debéis desconfiar de mí. –

Lidia me mira con cierto recelo. Tampoco sabe muy bien de qué va este asunto.

–Tenemos muchas cosas que hacer. –

Ahora voy a organizar las tareas

Culito, te encargarás de la tienda. Lidia, tú le ayudarás para aprender. Fíjate bien porque Culito sabe hacer las cosas a la perfección y espero que sea buen maestro. Y tú, Excrementus, ve a la cuadra de Bertinus Osbornius y engancha el caballo al carro. Después viaja a Ostia para comprar las telas más suaves de todo el puerto. Si es necesario, busca en otros almacenes. –

Le entrego una bolsa con dos mil sestercios.

Todos se ponen manos a la obra. Las esclavas comienzan a llegar ya para realizar sus compras y recoger su comisión. Culito se encarga de atenderlas. Creo que le subiré el sueldo el día menos pensado.

Me dirijo a mi antiguo edificio para hablar con Vitoria, la costurera. Llamo a su puerta y me recibe con prudencia.

–Benditos los dioses, Gilius ¿Qué se te ofrece por aquí? –

–Vengo a hablarte de las túnicas que me hiciste para la boda. –

–No quiero saber nada. No te devolveré ni un solo quincunx (Quincunx: equivale a la sexta parte de un sestercio. Calderilla, vamos. (Nota del traductor). No se admiten devoluciones. –

–Nada de eso, Vitoria. Vengo a proponerte que me cosas algunas más. –

–De cuantas estamos hablando. Tengo trabajo atrasado y no lo voy a dejar por ti. –

Me pongo muy serio deliberadamente. El golpe debe ser contundente. Al fin y al cabo la necesito yo a ella más que ella a mí.

–No lo sé, tal vez cientos o tal vez miles. Eso depende. –

Se le cae de la mano la cuerda de medir.

–¿Te has vuelto loco? ¿Qué me estás contando? No deberías abusar tanto del vino. Es una pena que te haya estropeado la cabeza de ese modo.–

–Escucha – le digo acercándome a ella y hablándole muy despacito al oído.– Tengo un contrato para vestir a Popea, la esposa de Nerón. ¿Imaginas cuantas túnicas se van a tener que hacer para la demanda que van a tener una vez las vean las ricachonas de Roma? –

–No me interesa. Si algo sale mal y a Popea no les satisface, iremos los dos de patitas al circo. Ese día el león se va a hinchar a comer a costa nuestra. – se separa de mí rápidamente pero la tomo del brazo.

–No temas. Yo me hago responsable del asunto. Tu nombre no se verá mezclado en esto de ninguna manera. Pero te haré rica. Te lo prometo. –

–¿Y qué es exactamente lo que tengo que hacer? – ahora parece más receptiva. Nada como la promesa del oro para aplacar el miedo.

–Para empezar, no trabajarás en tu casa. Te instalarás en el antiguo local de Boniatus, el verdulero. Lo he comprado hace poco. Lo convertiremos en tu taller se sastrería.–

–No, yo estoy mucho más cómoda en mi casa. De aquí no me pienso mover.– responde.

–Es necesario. No quiero que venga la crema de la sociedad a esta pocilga. Perdería el glamour. En el taller estarás cómoda y además dudo que puedas tú sola con todo el trabajo. Necesitarás ayudantes de confianza ¿Las vas a meter en este cuchitril? –

–No sé qué es eso del glamour que van a perder aquí. Pero si tiene algún valor es mejor que lo pierdan en mi casa que en medio de la calle en donde lo podría encontrar cualquiera. –

–Te vendrás al taller en cuanto esté acondicionado para trabajar en él. Llevarás lo necesario para tus labores y habla con amigas tuyas que estén dispuestas a trabajar. Eso en innegociable. Lo tomas o busco a otra.– me muestro inflexible.

–¡Que te crees tú eso! ¿Dónde vas a encontrar a alguien mejor que yo? – me dice airada.– Pero yo no quiero ser tu empleada. Me costó mucho establecerme por mi cuenta para ir a parar ahora a servir a un comerciante aventurero. –

–No lo serás. Te llevarás un veinte por ciento del precio de cada prenda. Yo corro con el coste de las telas, el local, los impuestos y todo lo necesario. Tú limítate a coser. –

–Entonces acepto. –la noto convencida y contenta con el trato.

–Pero te pongo tres condiciones que debes cumplir a rajatabla. –

–¿Condiciones? ¿Cuáles son esas condiciones? Ya me parecía a mí demasiado bonito el trato. ¿Dónde está el gato encerrado? –

–La primera es que debes respetar escrupulosamente los plazos de entrega del primer pedido que te voy a hacer: Tres túnicas para dentro de cinco días como plazo máximo. ¿Lo puedes hacer?–

 –Un poco justo pero sí. Siempre y cuando mi bolsa retumbe con el sonido del oro. –

–Te pagaré cien sestercios por cada una de ellas. Sabes que es un precio excesivamente alto así que no me lo discutas. Y si no puedes hacerlo sola, busca a alguna amiga tuya que te ayude. Pero las quiero perfectas.–

Ante la posibilidad de ganarse trescientos sestercios en solo cinco días, su cara no puede disimular una sonrisa a pesar del esfuerzo que hace para evitarlo.

–De acuerdo ¿Qué más? – Me invita ahora a que me siente junto a ella para tratar de negocios como mandan los cánones.

– La segunda es que debes ocuparte tú personalmente de elegir a las mejores costureras que conozcas para que te ayuden. Les pagarás lo que convengáis de tu veinte por ciento. Eso es asunto tuyo.–

– Conforme. ¿Y la tercera condición? –

– La tercera es casi la más importante: Debes bordar la palabra ‘Amazónica’ en cada uno de los vestidos, togas, túnicas, etc. Nada saldrá de tu taller sin ese bordado. Lo quiero exactamente tal y como lo hiciste con el vestido de Lidia. –

–Eso me parece una tontería. Tú verás, nadie se llama Amazónica. ¿Para qué van a querer llevar esa gilipollez en su pecho? –

–Hazme caso. Eso es imprescindible. – le contesto con gestos rotundos.

–¿Y algo más? –

–No. Esta misma tarde te traerá Culito las telas elegidas por mí. Ponte manos a la obra y en cuanto me las entregues trasladas tus trastos al taller y lo acondicionas todo para trabajar allí y disponer de espacios para otras costureras. Lo tendrás todo preparado.–

Nos estrechamos la mano como señal de acuerdo.

Vitoria, te pido por todos los dioses que acabes las tres túnicas en los cinco días prometidos. De lo contrario nada de lo dicho será realidad y yo me las tendré que ver con Popilia, cosa que no es plato de gusto. –

–Aleja de tu cabeza esa preocupación. Me comprometo a hacerlo. –

Salgo del edificio muy satisfecho con el trato. Si todo sale bien, me voy a descojonar del Amancio Ortega y su Zara.

Dedico el resto de la mañana en contratar a un buen pintor. Necesito que haga un rótulo sobre mis tiendas.

“AMAZONICA MODAS”.

No sé si los de Amazon van a poner pegas a esto. Ya se sabe cómo es esta gente, con sus ejércitos de abogados prestos a ponerte una demanda por usurpación de marca. Pero que se jodan. Nada pueden hacer contra mí. Mi marca es dos mil años más antigua que la suya. A ver si se van a topar con la sorpresa que el que les demande sea yo en cuanto vuelva a mi siglo.

Vuelvo a la tienda. Hay mucha actividad. Culito se afana en atender a las esclavas ávidas de su comisión. Lidia está en mi mesa cortando también piezas y atendiendo a las mujeres. Me sorprende lo bien que lo hace para ser su primer día. El granuja de Culito se ha empleado a fondo para enseñarle. Se merece una tarde con su Sulpinia, sí señor.

Tras la jornada, vamos a comer todos a la taberna. Todos excepto Excrementus que debe estar ahora en Ostia comprando más género con el que llenar a rebosar el enorme carro que he comprado.

Lidia está muy contenta a pesar de brusco cambio de vida que está experimentado. De sirvienta mimada a esposa y dependienta. Pero creo que le gusta el contacto con las esclavas. Las trata como a cualquier mujer libre. Eso me agrada.

Al salir de la taberna de Otilia, volvemos al local. El rótulo está terminado y luce entre la vulgaridad del barrio como un faro. Ahora ya no es una tienda textil más en el entramado comercial de Roma. Esto es el inicio de un Imperio dentro de otro.

Le ordeno a Culito que vaya a hablar con Serruchus, el carpintero que nos hizo las mesas y las estanterías. Quiero que prepare lo necesario para convertir el antiguo local de Boniatus en un taller de costura, con sus mesas, perchas y toda la pesca. La semana que viene tendrá que instalarse en él Vitoria sin falta.

Espero a que llegue Excrementus desde Ostia. Estoy ansioso por ver lo que ha conseguido. El muchacho es un poco corto, pero esta vez no me ha defraudado. El carro viene hasta arriba de rollos y entre ellos hay algunos de excepcional tacto y suavidad.

–Has hecho un buen trabajo, amigo. – le felicito tras inspeccionar el cargamento. El chico se queda un poco alelado. Todavía no se ha acostumbrado a los halagos y no asimila que ya no es esclavo.

–He encontrado un almacén mucho más grande que el del griego al que le comprabas antes. Es más barato y tiene mejor calidad. El dueño me ha asegurado que estas telas las tejen los mismísimos dioses de Grecia. – me dice muy serio.

–Conozco la cantinela. Esta gente se repite más que los pimientos fritos. Lo raro es que no te dijese que los tintes están hechos con el néctar de mil flores recogidas al alba por muchachas vírgenes. –

–¡Eres un adivino! Eso también me lo dijo ¿Cómo lo has sabido? – exclama asombrado.

–Te prevengo que en el gremio hay muy poquita vergüenza a la hora de vender. Nunca te fíes de un comerciante. Además, esa frase es mía ¿Cómo leches se ha extendido entre los timadores del puerto?–

Descargamos parte de la carga del carro entre Excrementus, Culito y yo. Nos ha llevado más de dos horas el clasificar y colocar los rollos en su debido lugar.

Escojo unas telas formidables.

–Lleva esto con urgencia a casa de Vitoria. –le ordeno a Culito.– Ella sabe lo que debe hacer. Después vuelve y hazle una visita a tu novia. Eso es todo por  hoy. –

No tarda en llegar el chico.

–¿Has cumplido mi encargo, Culito? –

–Sí. Vitoria ya tiene las telas. –

Cuando todo está correctamente ordenado, saco de mi bolsa sesenta sestercios y le entrego treinta a Excrementus.

Excrementus, aséate y lleva a Lidia a dar una vuelta por Roma. Ya no sois esclavos y tenéis derecho a pasear tranquilamente y a gastaros el dinero en lo que queráis sin dar explicaciones. –

El hombre toma su primer jornal emocionado. En realidad es una fortuna para un solo día de trabajo.

A Culito, sin embargo le doy sólo diez. El chico me mira contrariado.

–Con diez sestercios tienes mucho más que suficiente para correrte una juerga con tu novia. Los otros veinte te los guardo para que no los malgastes ¿Entendido? –

–¡Qué remedio! ¿Acaso tengo otra alternativa? –

–No, ninguna. Tengo que hacer de ti un hombre precavido y honrado. Le pido a Dios para que me ayude con esta tarea. Y hablando de Dios, ya sabes que soy cristiano. Tú no te metas todavía en ese jaleo hasta que seas más mayor y decidas libremente por ti mismo. No quiero que te ocurra nada malo.–

–Así lo haré. Pero creo que sois buena gente. Tú, Lidia Y Excrementus lo sois y lo seré yo también.  Lo pensaré.–

El chico acepta los sestercios contrariado. Luego entra en el baño para lavarse un poco y después vuelve a su cuarto y sale hecho un figurín con su flamante toga que lució en la boda. Sulpinia se va a caer de espaldas en cuanto vea aparecer a este granuja.

Sargentus ha llegado para su turno de guardia nocturna. Ha sido entrar y acostarse en una cama improvisada que se ha instalado detrás de las estanterías. Al instante ronca como un Ferrary. Debe estar borracho como de costumbre. Tendré que atarle en corto. Hay muchas cuadrillas de ladrones merodeando por toda Roma. Incluso se cuenta que el mismísimo Nerón se disfraza de esclavo por las noches y sale a hacer de las suyas robando y asesinando por el puro placer de hacerlo.

Cierro el enorme portón para que no nos sorprenda ningún ladrón  y entro apresuradamente al cagadero porque me ha entrado tal apretón que casi no me va a dar tiempo ni a quitarme la túnica. ¡Qué gusto poder cagar sin curiosos mirando ni oliendo a otros!

Todo el mundo sabe que el olor a la mierda de uno es tolerable pero la de los demás huele cien veces peor. Lo mismo ocurre con los pedos.

Y es en ese preciso momento cuando una mezcla de enfado y melancolía inunda mi espíritu. De pronto me veo transportado a mi mundo. Un lugar que ahora está tan lejano en el espacio y el tiempo pero que me es tremendamente familiar…

Alguien ha pintado con tiza en los ladrillos del cuarto de baño:

GILIUS ES UN TACAÑO’

Y para rematar la faena convenientemente,  una figura humanoide en pelotas que supongo es mi representación gráfica.

No hace falta ser Sherlock Holmes para adivinar quién es el truhan que anda detrás de esto.

En cuanto vuelva Culito le voy a dejar las orejas como a Dumbo.