Capítulo 26


Capítulo 26

                           Oferta de apertura

He pasado la noche casi en vela impaciente por inaugurar por fin mi tienda. Parecía que la mañana no llegase nunca. Y cuando ya estaba resignado a no dormir ni un minuto, es cuando he entrado en un espeso sueño.

Culito nos despierta. En un mostrador ha dejado un ánfora con leche fresca que ha debido ‘distraer’ su chica, como él dice. –

Desayunamos. Abro el enorme y pesado portalón de madera y salgo a la calle. El sol comienza a asomar entre las colinas de Roma. El aire huele a pan nuevo, la temperatura es agradable y el cielo se muestra de un azul celeste que no había visto nunca. Sin duda es un buen augurio.

Poco a poco, algunas esclavas madrugadoras entran para hacer sus compras. Se asombran de lo bonita que es mi tienda. Cuchichean entre ellas.

 Durante una hora no paro de cortar telas, despacharlas y pagarles sus comisiones. Le he ordenado a Culito y a Excrementus que vayan preparando unos pequeños pañuelitos con un tejido estampado muy bonito, pero excesivamente fino para hacer togas, y que les regalen uno a cada esclava que compre algo. Les servirá a ellas para cubrirse y protegerse del sol de mediodía y a mí como reclamo publicitario: Ellas mismas se encargarán de decírselo a otras. 

–¡Vaya, vaya! – una voz desagradable me habla mientras deja caer su porra sobre la mesa en la que estoy cortando unas lanas. Es Estomagantus,  el puñetero cobrador de impuestos ¡Cómo no!

Le entrego los veinte sestercios que acostumbro a pagar en el mercado.

–¿Qué es esto? – me dice muy serio mientras contempla las monedas que he dejado sobre la mesa para que las recoja.

–¿Qué va a ser? Los impuestos de cada día con los que me sacas los hígados. –

–Jajaja. – ríe sin un solo signo de gracia. –¿Acaso has pensado por un momento que se paga lo mismo por una mierda de puesto en el mercado que por una tienda en condiciones? –

–No lo sé. Tú me dirás.–

–¡Cien sestercios! Es lo justo. –

–Será lo justo para ti. A mí me parece un robo. –

–Tú verás lo que haces. A mí me da igual romper mi porra en tu lomo o no, porque en ese caso me darán otra nuevecita. Mira, casi que lo prefiero. Esta ya tiene muchas millas de costilla en su currículum.–

Me cago en el fisco y me sobra mierda para cagarme también en este tipo hasta que le cubra por encima de las orejas. Pero no sirve de nada protestar cuando se trata de estos asuntos. La cosa solo podría ir a peor. Aparte de darme una paliza, es capaz de llamar a alguno de los suyos y destrozarme el local. No, amigos, con hacienda no se juega.

Añado los ochenta sestercios que faltan y los dejo junto a los otros veinte.

–Me parece que no está todo ¿Te había dicho cien? ¡Qué tonto estoy! Quise decir ciento treinta. – y se pone a limpiar su cachiporra con una de las telas que estoy cortando.

–No tengo ganas de discutir contigo. – escupo en el suelo mientras hurgo en mi bolsa para atizarle treinta más.

El cabrón de poli se larga con una sonrisa que ni Leonardo Da Vinci sería capaz de pintar quince siglos después en su Gioconda.

Avanza la mañana. Para tratarse del primer día, las ventas no ha ido demasiado mal. Cierto es que esperaba un triunfo mayor pero es cuestión de paciencia y de que las chicas se vayan enterando de dónde estoy instalado ahora.

Pero claro, siempre tienen los dioses que ir jodiendo la marrana a comerciantes honrados como yo:

–No está mal del todo tu pocilga nueva. – me dice una mujer. Es la bruja de Popilia, la sirvienta favorita de Nerón.

–Sé bienvenida.– le digo mientras ella ya ha entrado con unos aires de grandeza propios de un general victorioso bajo su arco de triunfo.

Comienza a toquetear mi género ordenado correctamente en las estanterías como si le diese asco hacerlo. Incluso arroja algunas piezas al suelo con desprecio.

–La misma porquería de siempre. – dice al fin.

–Lamento que no sean de tu agrado. Es muy difícil contentar a una mujer con tanta clase. – ¡Y tan hija de puta! me falta por decir pero no me atrevo a ofenderla.

–Eres un adulador. Pero de nada te va a servir conmigo. Quiero lo mejor de lo mejor. Sácalo de donde lo tengas escondido . No soy una esclava de esas a las que has hechizado para que te compren sin criterio ninguno. –

Me dirijo a una de las estanterías cuyos rollos no ha manoseado.

–Por supuesto, noble y gran Popilia. Estas son las mejores de todo el Imperio. Dignas de una gran Dama. Las tengo reservadas sólo a clientas con tanto estilo como tú. –

Se acerca a las telas con interés. En realidad son iguales a cualquiera otra de las que tengo almacenadas. Pero el poder de lamer el culo a la persona adecuada y en el momento más oportuno obra milagros.

–Esto es otra cosa. ¿Por qué no me lo has ofrecido antes? ¿Acaso querías engañarme con las otras? – me dice como ofendida.

–En absoluto. Simplemente no me diste tiempo para atenderte como mereces. –

–Supongo que serán más caras que el resto. La calidad de estas no tiene nada que ver con la de las otras. –

Se ha tragado el anzuelo. En el fondo no es más que una desgraciada venida a más por la posición que ocupa. Pero de estas cosas textiles entiende casi menos que yo mismo.

–Por supuesto. Pero no voy a consentir que te vayas enfadada de mi tienda por un malentendido. Para ti te las dejo al mismo precio por el que las compré. Considéralo como una oferta especial de apertura.– Y entonces suelto la bomba atómica: Cien sestercios la pieza. –

–Eres honrado. Pero no quiero que me tomes por lo que no soy. No necesito tus limosnas y me cisco en tus favores ¿Quién te has creído que eres para tratarme como a una muerta de hambre? Te daré ciento treinta. Pero ni un sestercio más. Creo que es justo. –

–Señora, sin duda los dioses te colman de generosidad. Tienes toda la razón. Nunca un gusano se puede comprar con una preciosa paloma. – le estoy dejando el trasero bien reluciente. Pero vale la pena llevarse bien con esta tipa. Además de que le estoy pegando un sablazo que se esculpirá en piedra para la posteridad.

Ordena a una de sus esclavas para que me pague y cargue con las telas. La chica ya ha estado esta mañana en la tienda y lleva el pañuelito en la cabeza.

Ha debido ser ella la que ha traído a Sulpinia hasta aquí. Hago un gesto discreto a Culito para que se acerque. Le doy trece sestercios para que se los entregue a la esclava con discreción.

La chica se los guarda disimuladamente entre sus vestiduras andrajosas. Sus ojos están casi en blanco. Ahora debe ser una de las esclavas más ricas de toda roma. Y por la cara que ha puesto creo que debe fingir los orgasmos como ninguna otra mujer del Imperio.

Ya casi es la hora de cerrar y largarse a comer algo. Culito está atendiendo a una de las clientas en su mesa. Trabajamos los dos con la misma eficacia. Sin embargo, Excrementus no es hábil con las tijeras y las cintas de medir todavía. Nos observa para aprender. Pero el pobre hombre no tiene las habilidades del chico.

Cada vez que hacemos una venta, apuntamos en una pizarra la cantidad vendida y las monedas recaudadas. Entro con ella en mi despachito y calculo que la caja cuadra. No está mal. Casi cien denarios limpios tras descontar costes, impuestos y comisiones. Un día para enmarcar. Y probablemente sea el primero de muchos…

–¿Puedo hablar contigo? – me dice Excrementus desde la puerta de mi despacho.

–Claro, dime– Le hago señas para que entre.

–Anoche estuve en casa de Marcia. Hoy tendremos una reunión. ¿acudirás? –

–¿Sabes si también estará Pedro? –

–Supongo que sí. Marcia así me la ha asegurado. –

–Entonces iremos. Pero recuerda que a Culito no le debes decir ni media palabra sobre este asunto. Tengo en gran aprecio a este chico y no quiero meterle en jaleos.– le advierto muy serio.

–Descuida. Pero, otra cosa. –continúa– He visto a un tipo merodeando por la calle. No ha parado de observarte toda la mañana. Ten cuidado. –

–Sí, yo también me he dado cuenta. ¿Sabes quién es? –

–Un comerciante de telas como tú. Me lo ha dicho una de las esclavas a las que le he preguntado. Seguramente le has quitado muchas ventas.

Me deja profundamente preocupado.

Recogemos todo. Les encargo a mis esclavos que limpien bien toda la tienda ,coloquen las telas en su sitio y salimos a la taberna de Otacilia para comer. Le ordeno a Excrementus que se quede protegiendo la tienda. No me fío del hombre que nos ha estado vigilando. De momento haremos turnos para comer y cenar. No quiero que el local quede desamparado en ningún momento.

Culito y yo entramos en el comedor reservado.

Esta vez Pinarius no acude para darse un banquete. El susto de ayer ha debido hacerle reflexionar. Pero todavía no estoy libre de sorpresas.

–Ave, noble Gilius– ¡Es Sargentus! Se ha colado en el comedor y está de pie ante mí.

–¿Qué haces aquí Sargentus? Tenía entendido que te habías escondido huyendo de los guardias de Nerón. –

–No. Nadie me pudo acusar de nada. Estuve detenido dos días en el cuartel. Pero soy amigo del Questor Villarejus. Al final me liberaron sin tocarme un solo pelo. –

–Siéntate y come con nosotros. Tengo algo que decirte. –

–Ningún dios ha sido nunca tan generoso conmigo como tú. Tal vez seas uno de ellos disfrazado de mortal. – me dice mientras toma asiento junto a Culito.

–¿Quieres trabajar para mí? Te pagaré bien. –

–¿A quién hay que liquidar? – contesta con una frialdad que me pone los cabellos de punta.

–¡A nadie! ¿Cómo se te ha ocurrido tal cosa? –

–Pues tú dirás. Yo no sé vender lanas. He visto tu nueva tienda. Te felicito. Pero no me interesa. –

–Se trata de algo más sencillo. Un trabajo a tu medida. Quiero que te encargues de que nadie se atreva a hacer ningún daño a mi local. Un hombre con tu experiencia militar y tus cualidades es lo que necesito. –

–En ese caso acepto. Da por seguro que tu negocio estará mejor protegido que el mismísimo palacio de Nerón. –

–Entonces comamos. A partir de ahora eres el jefe de seguridad. Pero te advierto que debes ser prudente. No quiero asesinatos. Una buena hostia puede ser suficiente en la mayoría de los casos. Me preocupa en particular que la competencia no me amenace ni destruya mi negocio. Hay un individuo que nos vigila. –

–Deja este asunto en mis manos. Ese ya no es tu problema.– dice mientras bebe y mastica un pedazo de pescado. –¿Y cuánto dices que me vas a pagar? –

–No sufras por eso. Tendrás suficiente para beber todo el vino que seas capaz de beber. –

–Entonces ya puedes afanarte en vender muchas telas, amigo…–

 –Otra cosa muy importante: Quiero que te ocupes también de Estomagantus. – continúo.

–¿Quién es ese? ¿Lo conozco?–

–Es el cobrador de impuestos. Un tipo con muy mala baba y corrupto hasta los huesos. Creo que se ha tomado como hobby el hacerme la vida imposible. –

–No tengo ni puta idea de lo que es un hobby. Pero ya puedes olvidar su cara. No volverás a verlo por tu casa. –

Me alegra tanto oír eso que soy yo mismo quien pide otra jarra de buen vino a Otacilia.