Capítulo 25


Capítulo 25

                 Todo listo


Ha pasado una semana desde que Excrementus está con nosotros. Mi negocio funciona viento en popa. El albañil ha terminado de hacer la chapuza que le encargué. Ha quedado muy bien.

Lo primero que he hecho es estrenar el cagadero. ¡Joder que gozada estar encerrado en el baño sin miradas curiosas y ocupándote sólo de apuntar al agujero!

He comprado dos camas, una para mí y otra también para Excrementus. Su habitación ha quedado muy espaciosa y acogedora y cabe perfectamente la de Culito junto a la suya.

Un carpintero llamado Serruchus nos ha hecho una infinidad de estanterías para colocar los rollos, dos mesas amplias para cortar y servir, otra más pequeña para mi despacho y un armarito robusto de roble para guardar el dinero y los papeles.

¡La tienda tiene un aspecto cojonudo!

Por la tarde está todo listo para la mudanza.

–Nos vamos al nuevo local– les digo después de comer. –Recoged todas vuestras cosas e instalaros en vuestra habitación. Y tú, Excrementus, mañana vuelves a Ostia. Hay que llenar todas las estanterías con nuevo género. –

–Así lo haré.–

Le entrego una lista enorme con las telas, panas y linos que quiero que compre y una impresionante cantidad de dinero para ello. –

El esclavo ha hecho muchos progresos a la hora de leer. Lo de escribir es otro cantar. Le cuesta mucho acabar cada frase cuando la lee, pero en líneas generales podría decirse que se desenvuelve bien.

A Culito le están comenzando a salir pelillos en el bigote y se le ha llenado la cara de granos. Desde que está conmigo se ha alimentado  bien y ha engordado y crecido un poco. Ahora ya es un hombrecete que hasta tiene buen color de cara.

Por la noche ya estamos completamente instalados. El local todavía conserva cierto aroma a humo mezclado con el de la cal con la que hemos pintado todas las paredes. Pero es mucho mejor que el olor a cieno que tenía en mi antigua habitación.

Hablo con Amígdalas para cancelar el alquiler.

–Has sido un buen inquilino. No me has buscado problemas y has estado siempre al tanto del pago. Siento que te marches. Te echaré de menos, noble Gilius. Hay muchos sinvergüenzas que me obligan siempre a ponerles de patitas en la calle por no pagarme a su debido tiempo.– me dice.

–Sí, menudo eres para esas cosas... Toma tu llave. La verdad es que se me había quedado el piso un poco pequeño. Aparte de que el olor a mierda se me incrustaba en la ropa y eso no es bueno cuando te dedicas a la venta. Y ya de lo de ligar ni hablamos…–

Hago una visita a mi gran amigo Pinarius para despedirme de él e invitarle a que venga a visitarme a mi nuevo hogar cuando quiera.

Le debo mucho a este hombre que tan bien se ha portado conmigo. Incluso ha estado viniendo al local, como buen amigo,  a echar una mano con las tareas de la pintura. Cobrando, por supuesto.

Dedico gran parte de la noche a terminar de dibujar en unos papelillos una especie de plano que indica claramente la ubicación de mi nuevo comercio.

Al alba volvemos Culito y yo al mercado. Todavía no quiero inaugurar la nueva sede hasta que no retorne Excrementus con el cargamento desde Ostia y colmemos de telas las estanterías nuevas. Además, advierto a mis clientas que mañana ya no estaremos vendiendo en el mercadillo. Les doy la nueva dirección y les entrego a cada una el pequeño croquis para que no se pierdan por las callejas de la Roma pobre y laberíntica.

Por la tarde cerramos definitivamente el chiringuito. He vendido mi puesto y su toldo a otro comerciante de higos y hortalizas al que también le va bien su negocio y quiere ampliarlo.

Ya no comeremos de mala manera en el estrecho piso. A partir de ahora  lo haremos en la taberna de Otacilia. Allí me dirijo con el muchacho.

–Buenas tardes traigan los dioses a tu casa, Otacilia. – la saludo.

–Los dioses sean contigo. Gilius.– me responde sonriendo.

–A partir de ahora voy a comer en tu taberna mi con mis dos esclavos. No quiero que me pongas pegas a esto. Te pagaré bien.–

–Te reservaré una mesa. No te preocupes. Además, tienen mejor presencia que la mayoría de mis clientes cochambrosos.–

Debe ser cierto que en Roma hasta las paredes hablan. Porque aunque la conversación ha sido en voz baja, no tarda ni treinta segundos en asomar Pinarius su geta por la taberna.

–¡Por Apolo que Roma es pequeña! ¡Qué casualidad encontrarte aquí, Gilius! – me dice como si estuviese realmente asombrado.

Probablemente estaba al acecho porque sabe que no tengo cocina en mi nuevo hogar en donde prepararme el tema de la jamancia.

–Apolo debería ocuparse de sus asuntos. –le respondo con cierta retranca pero sin que me importe demasiado.

Entramos los tres en el reservado. Las mesas están todas vacías. Elegimos una cualquiera y nos sentamos.

No hace falta resaltar el hecho de que Pinarius se ha puesto hasta el culo de carne, pan, fruta y  sobre todo de vino. A veces pienso que determinada gente debe tener dos o tres estómagos y prescinde del hígado para hacer sitio.

–Mañana dejas el mercado y abres tu local ¿No? –

–Sí. Esta tarde llegará Excrementus cargado desde Ostia, lo pondremos todo en su sitio y abriré por fin. Quiero que todas las estanterías estén a rebosar de género variado.–

–Espero que los dioses te sean propicios. Pero deberías haber esperado al día 13. Siempre es mejor dejarse llevar por la buena suerte que traen los Idus. –

–No creo mucho en esas cosas. –

–Es curioso que no creas en nada. Nunca te he visto hacer ofrendas o sacrificios a los dioses. Eso no es bueno, amigo Gilius. Incluso esa chusma a la que llaman cristianos creen en un dios.–

La conversación entra en un terreno resbaladizo. Cambio de tema.

–Esta tarde pintaré el nombre del local sobre la puerta. No quiero que nadie se confunda y se vaya a otro sitio por equivocación. Pero no sé cómo llamar a mi negocio todavía. –

–Poco importa, las esclavas no saben leer. –

–Cierto, pero es algo que me gustaría hacer. En mi tierra todo el mundo pone carteles luminosos con su nombre. –

–¡Qué cosas tienes! ¿Carteles luminosos?¿Cómo hacen eso? – me pregunta extrañando.

Ya tenemos aquí a Gilius el metepatas haciendo de las suyas, me digo.

–Pues no lo sé. Supongo que usan luciérnagas o algo así. Pero yo me conformaré con pintarlo. El problema es que no sé qué poner. –

–Pon ‘Casa Gilius’ y ya está. ¡Por Baco, que te ahogas en un vaso de agua, amigo! –

Cierto. Pero él no se ahoga con la cantidad de vino que es capaz de beber cuando le resulta gratis.

–No sé, me parece un poco pobre. Quiero algo más impactante. Le daré un par de vueltas al tema…– le digo.

Culito interviene:

–“Casa Gilius. Los mejores precios. Si vas en pelotas es porque quieres”– dice mientras mastica un generoso trozo de pescado seco.

–¡Oyeee…! – exclama Pinarius.– ¡No está nada mal! ¡Tu chico es un fenómeno. –

Pues mira, no me disgusta. Este lleva tres días sin ver a su Sulpinia y le ha debido llegar la sangre al cerebro en lugar de permanecer estática en sus partes pudendas.

–¿Qué sabes de Sargentus? Hace tiempo que no lo veo vagabundear por estas calles– le pregunto a Pinarius.

–Creo que se formó un gran escándalo con el asesinato de Culus. Hay quien jura que fue cosa de él. Supongo que andará escondido en alguna cueva de las que la colina Capitolina está plagada. Pero ciertamente, no lo sé. –

–Deberían encontrarlo y darle una recompensa. Ha hecho un gran servicio a Roma dándole su merecido a ese canalla. –

Llevamos un buen rato sentados a la mesa. Probablemente Excrementus esté de vuelta ya.  Me pongo en pie para dar por terminada la sobremesa. Culito hace lo mismo.

–Nos vamos, Pinarius. Supongo que esta vez te toca a ti pagar la cuenta ¿No? –

Palidece de tal modo que reluce mucho más que la cal con la que hemos estado pintando las paredes.  

Balbucea palabras incoherentes, su rostro es un pantone de colores desde el blanco al encarnado pasando por toda la gama de tintes intermedios. Finalmente finge un desmayo dejándose caer de bruces sobre el plato de carne que había relamido antes.

Le pago a Otacilia, la tabernera.

–Ahí te dejo a Pinarius. Le ha debido sentar mal tanto vino. –

–¡Qué pena de Roma! – rezonga – Ya solo quedan ladrones, criminales y una legión de borrachos. –

Excrementus está descargando el carro.

–¿Has tenido buen viaje? – le pregunto.

–Sí, sin novedades. Pero el carro es demasiado pequeño para la cantidad de rollos que traigo. Y cuesta mucho arrastrarlo por el empedrado sin que los rollos se caigan al suelo o vuelque. – está verdaderamente cansado, sudoroso y fatigado.

–Está bien, buscaré una solución. Si las cosas siguen así, los pedidos serán cada vez mayores. –

Culito y yo le ayudamos a colocar los rollos de todo tipo de telas en las estanterías. Ordenados por el tipo de tejido y colores. ¡Hasta el mismo dueño de Primark se caería de culo al ver el aspecto que tiene ahora mi tienda!

–Descansad. Tomaros el resto de la tarde libre. Has hecho un buen trabajo, Excrementus. Te lo agradezco. –

El hombre se encoje de hombros. Un amo nunca acostumbra a agradecer nada y siempre da por supuesto que el trabajo se debe realizar de modo impecable bajo pena de los peores castigos inimaginables.

A rufián de Culito no hace falta repetirle las cosas dos veces cuando se trata de darle rienda suelta. Está arreglándose la túnica y peinándose con los dedos para salir escopetado a visitar a su esclavita favorita.

–¿Qué parte de descansar no has entendido? – le regaño en broma.

Se queda petrificado en la puerta sin dar ya un solo paso.

–Yo…, pensé… quizás…– no sabe que ni qué decir.

Me planto ante él muy serio con los brazos en jarras. El chico incluso parece asustado. Espero unos segundos haciéndole pasar un mal rato. Al final me rindo. No puedo aguantar la risa.

– Anda, ve con tu Sulpinia. Y anímala a que venga algún día a comprar a la tienda. Tengo verdadero interés por conocerla. –

Sonríe y comienza a andar tan campante calle abajo.

Excrementus se sienta sobre su cama.

–¿Y tú, no tienes novia? – le pregunto.

–No, nunca la he tenido. He tonteado con alguna esclava de la casa de Hijoputus. Pero las tías buenas siempre se iban con los gladiadores. Sólo alguna vez con mi ama… ya sabes. Pero sólo cuando a ella le apetecía. Muchas veces a mí me pillaba cansado de viajar o de trabajar en los campos de su marido. Y ya sabes… ¡Joder sin ganas es peor que arar!–

–Bueno, hora es ya de que te busques una. ¿No crees? Mira Culito. Es un no parar y quitado el tema ese de los granos que le han salido en la cara, parece que no le va nada mal. –

Me siento a su lado.

–Esta noche iré a casa de Marcia. Quiero saber si hay alguna reunión pronto. ¿Vendrás con nosotros cuando la haya?. Además hay una cristianita que me gusta y al que le voy a lanzar los tejos. – me dice Excrementus.

–Sinceramente, no lo sé. Tengo miedo. Este tema de la cristiandad no trae nada bueno aquí en Roma. Pero mantenme informado. Quiero volver a ver al hermano Pedro.–

–Así será. –

–¿Te ha sobrado algo de dinero tras la compra en Ostia? – le pregunto.

–No. Me lo diste exacto. – me contesta.

–A partir de ahora te pagaré los viajes. – le entrego veinte sestercios– Esto es para que cenes en algún lugar algo decente y le compres algo a tu cristianita, como tú la llamas.  –

Coge las monedas y me hace una respetuosa reverencia muy exagerada para mi gusto.

–Si me lo permites, Gilius, descansaré un rato hasta que termine de anochecer. –

–Claro. Es lo que os había ordenado a ti y al granuja este que ya debe estar metiendo mano a su novia en algún rincón de Roma. –

Me doy la vuelta para dejarlo solo.

–Por cierto. – me dice– En el puerto de Ostia una prostituta me preguntó por ti. Y me dio un extraño mensaje en clave. –

–¿Qué te dijo? – le pregunto intrigado.

–¡Ole!. ¿Tiene algún significado para ti que yo deba conocer? –

–Sí, lo tiene. Pero no te importa. Duerme un rato. –

Salgo a la calle. El verano está comenzando a despuntar en la ciudad. Hace calor porque Roma es muy húmeda.

Mucha gente charla animadamente por las calles. Los bares están repletos de hombres y mujeres medio borrachas.

Trabajadores que han estado de sol a sol construyendo el nuevo palacio de Nerón gastan parte de su salario en cerveza, vino y apuestas jugando a los dados.

Roma es un bullicio de alegría, peleas callejeras y conversaciones en voz alta.

Niños juguetean con espadas de madera imitando a sus gloriosas legiones en lucha por todas las fronteras del Imperio o emulando a sus gladiadores favoritos de los cuales conocen todos sus nombres de memoria, sus victorias, medias y peso con exactitud.

Hoy se han celebrado carreras de cuadrigas en el Circus Máximus. Por lo que he escuchado a unos tipos han sido fantásticas. Pronto iré a verlas. Al fin y al cabo estoy aquí para enterarme de todos los detalles de la vida en Roma.