Capítulo 24


Capítulo 24

      Metido en obras

Aprovechamos las tardes para encalar las paredes ennegrecidas por el incendio. Hemos pintado la fachada con un precioso color anaranjado. El local, una vez vaciado de las cenizas y los trastos medio quemados, es muy amplio. Mucho mayor de lo que parecía cuando lo vi chamuscado por primera vez.

Se me ha ocurrido que podríamos hacer un par de habitaciones en las que podríamos dormir, otra como despachito en donde llevar mis cuentas y guardar el dinero. De ese modo podría dejar el cuartucho en el que vivo. Eso además me ahorraría el alquiler que le pago a Amígdalas.

¡Y me voy a hacer un water en condiciones, con su puertecita y todo!

He encontrado a un contratista para que se encargue de hacer estas obras. Yo no entiendo ni papa de eso de poner ladrillos.

El hombre ha venido esta tarde para que le explique qué es lo que quiero que haga. Es un tipo gordote. Lleva un palillo entre los dientes.

–Solo quiero un par de habitaciones aquí y otra más pequeña con un sumidero para cagar. – le explico indicándole el lugar en el que debe obrar. Además he marcado en el suelo con tiza el sitio en el que debe construirlas.

Buff, eso es mucho trabajo. Te va a costar un pico.– responde como si le hubiese encargado hacer el acueducto de Segovia.–Hay que reforzar esas vigas, poner planché en el suelo, abrir un agujero para que salga la mierda hacia la cloaca, levantar tabiques, enlucirlo todo. e instalar un bote sifónico ¡Que no se nos olvide el asunto del bote sifónico, no es moco de pavo! – El palillo se mueve de un lado a otro de sus labios mientras espera mi reacción.

–Ya lo sé. Por eso te he llamado. Pero vamos, que no creo que sea para tanto… Cuatro cosillas de nada.– eso de meterse en obras siempre ha sido una odisea desde el principio de los tiempos.

–¿Y para cuando dices que lo quieres? –

–Lo antes posible. Ponte manos a la obra ya mismo. –

–Tengo que comprar material, traerlo, preparar la tarea, replantear los tabiques…–

–Me importa un pimiento todo eso. Es tu problema. No quiero que pintes las cosas como si te hubiese encargado hacer un templo griego con sus columnas de mármol y toda la pesca. ¿Cuánto me vas a cobrar por la reformita que quiero hacer?–

Se quita el palillo de la boca y se lo cuelga en una oreja como si pensar y chupar el palo fuesen actividades incompatibles. Después se rasca la nuca para ayudarse a calcular todo.

–Cuatrocientos sestercios. Y me estoy pillando los dedos.– contesta al fin.

Me parece un precio muy barato. Sinceramente esperaba un buen sablazo después de tanta verborrea. Voy a aceptar de inmediato, pero veo llegado el momento de lucirme yo también después del susto que me había dado por darse tanta importancia.

–¡Cuatrocientos sestercios! ¿Sabes lo que implica eso? Tengo que ir a Ostia a comprar, acarrear las telas, llevarlas a mi puesto en el mercado, pagar los impuestos, regatear con las clientas, medir y cortar, dar de comer a mis esclavos, pagar el alquiler del cobertizo del carro…–

El hombre se encoje de hombros…

–¿Y a mí que me cuentas? Ese es tu problema. –

–Exacto. Pero me había parecido por un momento que esto se había convertido en un concurso para ver quien la tiene más grande… ¿Te cuento yo mi vida? ¿No? Pues manos a la obra. Te pagaré cuando acabes.–

El hombre se larga cabizbajo sin contestar. Le he dado con todo lo gordo al hacerle probar de su propia medicina.

Aprovechamos la tarde para continuar con las clases de lectura y escritura.  Me asombra como progresa Culito día a día. Es un chico muy inteligente.

Lo de Excrementus es harina de otro costal. Por más que me empeño no consigo hacer carrera de este zoquete. Es un negado para estas cosas. Se me ocurre un truco para hacerle entrar en razón.

–Si mañana no lo impide el tiempo, es preciso que vayas a Ostia a por más telas. Nos estamos quedando sin género.– le digo a Excrementus y le entrego un papel en donde he anotado cuidadosamente el tipo de rollos que quiero, el color y las piezas de lino que necesito.

–Esto es lo que debes comprarle al usurero de Ostia. –

Excrementus lo sostiene entre sus manos y lo mira como quien intenta descifrar un jeroglífico egipcio.

–Lo tienes del revés.– le dice Culito riendo.

–Debe ser eso. – y le da la vuelta con la misma expresión en su rostro.

–¿Lo tienes claro? – presiono al pobre Excrementus.

–No sé leer, ya lo sabes.– dice avergonzado.

–Es muy importante saber leer y escribir. –le dice Culito para mi asombro. – Gilius escribió unos papelotes mágicos y ahora es casi rico. Yo quiero saber también hacer lo mismo. –

Bueno, no es una explicación demasiado ajustada a la realidad pero indudablemente resulta convincente.

–No te preocupes– le digo a Excrementus poniendo mi mano derecha en su hombro. – Simplemente dale este pergamino al viejo. Él lo leerá. Pero si tú no sabes, no podrás averiguar si lo que cargas en el carro es lo que yo necesito o lo que el vendedor quiera venderte. ¿lo entiendes ahora? –

–Te juro por los dioses que aprenderé.–

–Tranquilízate. Sé que lo harás. Fíjate en Culito. –

El chaval está escribiendo algo. Me asomo para ver lo que está  poniendo. Pero su caligrafía es tan mala que ni un ingeniero de la C.I.A. sería capaz de sacar nada en claro.   

–¿Qué estas escribiendo? –le pregunto picado por la curiosidad.

–No, nada. Cosas mías. – responde sin dejar de afanarse en hacer garabatos mientras su lengua asoma entre sus labios. Sin duda se está empleando a fondo. Cuando acaba me lo muestra orgulloso.

–¿Y? – no entiendo nada de nada.

–Pues está muy claro. Pone: “Sulpinia mía, te voy a comer el chocho”. –

No puedo resistir una carcajada. Excrementus se acerca para observar el papel muy asombrado.

–¿De verdad pone eso? –pregunta al chico.

–Por supuesto. Además, ella no sabe leer tampoco. Pero ya te digo yo que estos papeles, en cuanto escribes algo en ellos, son mágicos y cumplen tus deseos. ¿A que sí, Gilius? –

Prefiero no contestarle.

Entre los dos preparan la cena. Poca cosa, algo de verdura, un plato de gachas para cada uno y una pieza de fruta. Le ofrezco a Excrementus un vaso de vino. Su mirada de agradecimiento es enternecedora. Permanece de pie porque no tenemos más que mi silla y el taburete de Culito, pero aun así está perplejo por cenar en la misma mesa que su amo y compartiendo comida y vino. ¡Lo nunca visto para él!

Comienza nuevamente a lloviznar. Hace frío para pasear por Roma. Me agradaría visitar por fin alguna de las famosas saunas. No he tenido tiempo para disfrutar de ellas hasta ahora. Pero no me gusta cómo se está poniendo el cielo. Las nubes son negras. La tormenta no tardará en descargar.

–Está lloviendo.– le digo a Excrementus. – Será mejor que vayas cuanto antes al nuevo local antes de que se ponga a diluviar. Toma esta manta y abrígate. En cuanto estén hechas la obras tendremos mejores habitaciones que esta para estar los tres. De momento, dormirás solo allí.–

–Y tú, Culito, supongo que no saldrás a ver a tu Sulpinia con la noche que hace. ¿Verdad? – no se lo digo en tono de pregunta. Es más bien una orden.

El chico dobla su papel y lo guarda en su tuniquita nueva que le he encargado a Vitoria. Está muy elegante con ella como corresponde a un esclavo cuyo amo disfruta de una posición medio acomodada.

–No la veré esta noche. No creo que a ella le apetezca pasear por Roma entre la lluvia. – para conocer el verdadero significado de la palabra tristeza habría que haber oído a este picha floja.