Capítulo 23


Capítulo 23


          Hijoputus

He comprado el local que se incendió. Verdaderamente no he hecho mal negocio. Pero ahora tengo mucho más trabajo por delante. Mi capital se ha reducido enormemente y ahora tendré que gastar mucho en las tareas de rehabilitación del mismo.

No puedo depender de que Excrementus acompañe a Culito en sus viajes a Ostia y no puedo desatender el puesto en el mercado porque debo seguir ganando dineros con los que hacer todo esto.

Durante un mes hemos estado vendiendo con mucho éxito en el mercado sin hacer ninguna reparación en el local que he comprado. Necesitaba volver a llenar mi bolsa.

Por la tarde, tras un buen día de mercado, he ordenado a Culito que me acompañe al ludus de Hijoputus. Él ya ha estado allí y conoce el camino. Voy a intentar comprarle a Excrementus pero no le he dicho nada al chico.

Llamo a la puerta de madera gigantesca. Un esclavo abre.

–¿Qué buscas en esta casa? – pregunta.

–He de hablar con tu amo Hijoputus de un asunto importante y que no te interesa. – le contesto con la misma mala leche con la que él me ha recibido.

Mi flamante túnica que me ha cosido Luquina me da un aspecto señorial. El esclavo se aparta a un lado y nos permite la entrada a Culito y a mí.

El ludus de Hijoputus es un lugar fantástico. Una enorme casa preside todo el recinto que está cercado por una tapia de casi tres metros en todo su perímetro. En edificios más pequeños y algo cochambrosos duermen los esclavos y gladiadores.

En el centro, un patio enorme en donde practican los luchadores con espadas de madera y todo tipo de armas empleadas en sus combates. Culito sigue fascinado al ver a sus ídolos del anfiteatro tan de cerca.

–¡Ese es Gigantus! – dice señalando emocionado a uno de los hombres sudorosos. –¡Y ese es Pedruscus! – el chaval está entusiasmado.

Un esclavo mejor vestido que el resto y que supongo sea una especie de mayordomo, nos acompaña hasta el interior de la magnífica mansión en donde vive Hijoputus.

Una mujer elegantemente vestida nos recibe.

–Soy Helvia, la esposa de Hijoputus. – me dice mientras me observa de arriba abajo. –¿A qué debemos el honor de tu visita? –

–Los dioses contigo, Helvia. Estoy interesado en la compra de uno de tus esclavos. – le digo sin rodeos.

Un hombre entra en la lujosa estancia.

–Mis gladiadores no están en venta. Además, no dispondrías de oro suficiente para comprarme al peor de ellos. – es Hijoputus.

Siempre me lo había imaginado como a un gigantón rudo y enorme. Sin embargo, es un pequeñajo que no tiene ni media hostia. Sus ojos son fríos e intimidadores. Me parece increíble que sea el amo de los mejores gladiadores de Roma que le podrían matar al instante con solo levantar uno de sus brazos y dejarlo caer sobre su cabeza.

–Saludos. Hijoputus. Es un honor conocer al más famoso de los adiestradores de Roma.–

–Déjate de halagos. Es cierto que soy el mejor. Para decirme eso no hacía falta que vinieses hasta aquí. –

–Estoy interesado en tu esclavo Excrementus. Lo conozco desde hace tiempo y me gustaría poder comprártelo. –

Culito sonríe de oreja a oreja. Ha hecho amistad con el esclavo y le agrada la idea de que venga con nosotros.

–Nada tiene de especial este hombre. ¿Por qué te interesa tanto? No sirve para luchar. – me aclara Hijoputus un poco extrañado.

–Soy Gilius, un famoso comerciante en Roma. Necesito esclavos para mi negocio. Excrementus sería perfecto para servirme. Conoce el camino a Ostia y entiende de compras.–

Hijoputus hace un gesto a una esclava negra que siempre le acompaña como camarera y para otros asuntos que no vienen ahora a cuento. La mujer nos sirve unas copas de vino.

Salimos al patio en donde los hombres siguen con sus prácticas guerreras. Hijoputus habla conmigo sin dejar de observarlos con interés.

–No me importa deshacerme de él. Para mí un sirviente es igual a otro, salvo si tienen aptitudes para la lucha. Sé reconocer al instante a un buen gladiador. Excrementus no lo es, le faltan cualidades.–

–Pues si es así, ajustemos el precio y asunto terminado. – le contesto.

–Una cosa es que no me sirva para luchar en la arena y otra muy distinta es que esté dispuesto a mal vendértelo. –

–Pues tú dirás.–

El hombre se enfurece de repente y da dos grandes zancadas hacia uno de los gladiadores al que abofetea cruelmente.

–¿Cuántas veces he de decirte que debes mantener el escudo a la altura del pecho y cuello? ¿Acaso quieres morir y hacerme perder mi dinero? – le grita.

–¿Has dicho que te llamas Gilius ¿No es así? – vuelve hacia mí.

–Así es. Espero tu oferta impaciente. –

Excrementus ya tiene casi veintiséis años. Pronto dejará de servirme como es debido. Pero es un buen ejemplar. – hace una seña para que su esclava busque al hombre. Al poco, Excrementus está frente a nosotros vestido únicamente con un discreto taparrabos.

A su esposa no parece hacerle tanta gracia que Excrementus deje la casa. Probablemente lo utiliza para que realice trabajos extras inconfesables.

Excrementus es esclavo de esta casa. No deseo que se vaya con un extranjero. Nos ha sido siempre fiel. – protesta  la mujer.

–Silencio, Helvia. Tienes a muchos otros que se ocuparán de entretenerte en los asuntos del fornicio. – parece que a Hijoputus no le importe que su mujer disfrute con los sirvientes. En realidad, los amos disponen de plena libertad entre ellos para abusar de sus esclavos.

–Mira, está sano. – me dice mientras abre la boca de Excrementus para mostrarme sus dientes como si me estuviese vendiendo un asno.

Uno de los gladiadores cae al suelo vencido por el enorme Gigantus. Hijoputus vuelve a encolerizarse y le grita.

–¿Para qué te alimento todos los días si no eres capaz siquiera de mantenerte en pie? ¿Estoy acaso tirando mi dinero contigo?–

Este hombre es un salvaje. El luchador se levanta renqueante. No me gusta nada su comportamiento. Pero por lo menos tiene la virtud de hacer que Culito se dé cuenta de lo dura y desagradable que es la vida de un gladiador. La fama queda en la arena. Aquí no valen nada.

–Trescientos sestercios por Excrementus. Ese es el precio justo. –me dice mientras sigue vigilando a sus luchadores.

–Te doy doscientos. Como muy bien dices, ya tiene más de veinticinco años. –

–Ni lo sueñes. Estoy dispuesto a aceptar doscientos cincuenta. Pero deberás darme a tu esclavo. El muchacho tiene buen aspecto y podría hacer de él un buen luchador. – Culito pone cara de horror ante tal proposición y se oculta detrás de mí.

–No. El chico no está en venta. Acepto pagarte los trescientos acordados. ¿Conforme? –

–Hecho.–

 Excrementus luce ahora una sonrisa amplia. Creo que prefiere mil veces estar a mi servicio que al de este cabrón de Hijoputus.

Entramos nuevamente en la casa y apuramos el vaso de vino. Le pago la cantidad acordada. Estoy alterado pero contento y confuso.

¡Acabo de comprar a un hombre como si fuese un animal!

Pero verdaderamente pienso que le he hecho un favor. Le voy a tratar bien y estará mucho mejor conmigo que bajo el techo de este tirano.

–Recoge tus cosas. – le digo a Excrementus. – Nos vamos.–

–¿Cosas? ¿Qué cosas? La venta solo incluye al esclavo. Si quieres que se vista con una túnica tendrás que pagarla aparte. Esta gente no tiene nada de su propiedad. Todo es mío. – ¡Qué bien le cuadra el nombre a este miserable de Hijoputus!

–No pienso pagar un solo semis más. – le digo.

 Afortunadamente, su esposa Helvia hace un gesto a su esclava y la chica aparece con una especie de poncho áspero como el esparto.

–Me has servido bien, Excrementus. Esto es para ti. Considéralo  un regalo por tu fidelidad y por… ya sabes… Te echaré de menos.– 

Su esclavo, corrección: ahora ya es mi esclavo,  le hace una discreta reverencia respetuosa.

La mujer entrega a Excrementus esa especie de toga mugrienta para que se vista. Hijoputus parece contrariado por no haberme sacado más dinero a cambio de la vestimenta.

–No te he visto nunca por el Anfiteatro. Tal vez no seas tan rico y famoso como dices y te sientes con el resto de la chusma romana. – me dice esa especie de monstruo encanijado. –

–No me gustan esos espectáculos. No entiendo cómo la gente puede divertirse con la sangre vertida por estos desgraciados. –

–¿Sabes qué? Creo que eres un gilipollas de tomo y lomo. Si no te gusta Roma lo mejor es que te largues con viento fresco. –

–Roma es maravillosa. Pero sus crueles costumbres me horrorizan. Algún día desaparecerán o serán prohibidas por algún Emperador que tenga dos dedos de frente. –

–¿Acaso estás insultando a Nerón y a todos los grandes Emperadores que le precedieron? – ahora parece muy enfadado y furioso.

–Yo no digo nada. Piensa lo que quieras. Eso es todo. –

Pedruscus, uno de los gladiadores más famosos y al que Culito había reconocido de inmediato se acerca a mí.

–Mira, extranjero. – me dice señalando a todos sus compañeros. –Ninguno de nosotros quiere ser esclavo de por vida. La arena nos da la oportunidad de ser libres y famosos tras conseguir muchas victorias. No estropees nuestro porvenir con tus monsergas. –

El tipo tiene una estatura y un cuerpo colosal. Me mira muy serio esperando mi respuesta. Sus puños permanecen fuertemente cerrados como para descargarlos sobre mi cara de un momento a otro. El canalla de Hijoputus sonríe.

–Haced lo que os plazca. Yo no soy nadie para juzgar vuestro deseo ni vuestro destino. Como muy bien ha dicho tu amo, soy un auténtico gilipollas. Eso te lo puedo asegurar.–

Recuerdo ahora al bueno de Tontochorrus y su compañera Ligia. Me alegro de que hayan podido escapar de aquí. Dios quiera que se encuentren bien allá donde estén.

Volvemos a casa. Culito está feliz y charla animadamente con Excrementus durante el camino. En sus viajes a Ostia han hecho una gran amistad. Ambos están radiantes y felices. Pero que no se encanten. Hay mucho trabajo por hacer.

Lo primero será habilitar un espacio para que Excrementus pase la noche.

Provisionalmente prepararemos un rincón en el local que he comprado para que duerma. En mi cuartucho no hay sitio para los tres. Mañana comenzaremos a rehabilitarlo.

Nada más llegar a casa, a Culito le ha faltado tiempo para mojarse un poco el cabello, peinarse de cualquier modo y salir escopetado en busca de su niñata.

–Te agradezco mucho que me hayas comprado, Gilius. Me dice el corazón que vas a ser un buen amo, hermano. – Excrementus está emocionado.

–Hay muchas cosas que no sabes sobre mí. Pero debo advertirte: No quiero que nadie sepa que somos cristianos. Ni siquiera Culito. No deseo meterle en jaleos. Es muy joven todavía.– le advierto muy serio.

–Así lo haré. No temas.–

–La segunda es que no quiero tener esclavos. En cuanto disponga de más capital te haré libre. Pero quiero que me prometas que seguirás trabajando para mí. Tendrás lo suficiente para vivir con un sueldo digno.–

–¿Libre? – exclama.

–Sí. Tendrás un trabajo. Pero en mis planes no entra el permanecer mucho tiempo en Roma. Tal vez un año o año y medio. A partir de ese momento deberás acostumbrarte a la vida de liberto, sin amo que te proporcione una mierda de comida y una manta en el suelo. –

–¿Por qué no quieres seguir en Roma? No te va nada mal.–

–Es una larga historia. –

–Será extraña la vida sin ti. No sé si sabré ser libre. –

–Es necesario que te prepares bien. ¿Sabes leer y escribir?

–No. Sólo soy un simple esclavo. –

–Estoy enseñando a Culito. Ya sabe distinguir las letras. A partir de ahora tú también aprenderás. Cuanto mejor sepas desenvolverte, más provechoso será tu futuro. –

–Eso debe ser muy difícil. No sé si lo conseguiré. –

–Pues tendrás que ponerte las pilas. –

–¿Es necesario cargar con un fregadero para leer? – me pregunta completamente atónito.

–Por supuesto que no. No me hagas caso. A veces digo cosas que en Roma no se entienden. Son chascarrillos de mi tierra. –

–¿Chascarrillos? –

–Mira, déjalo. Son cosas mías. –

–Ten paciencia conmigo, amo. No soy demasiado listo. Pero te juro por Dios que haré siempre lo que me ordenes. Aprenderé a leer.–

Le pongo mis brazos en sus hombros.

–Tranquilízate. Pareces asustado. Nada temas de mí. Quiero que cuando me marche estés tan preparado como Culito para desenvolverte bien en la vida. –