Capítulo 22


Capítulo 22

                                   Banco

Pasan los días uno tras otro. Hace ya una semana que comencé a vender mis lanas en Roma. El sistema este de propaganda que me he agenciado funciona a las mil maravillas. He hecho un viaje a Ostia para llenar mi carro y todo está vendido ya. Culito está hoy en el puerto acompañado por Excrementus para comprar más y más.

Las esclavas hacen cola en mi puesto. No paro de cortar y vender piezas una tras otra. Ya no es necesario que se repartan más papeletas de propaganda. Se ha corrido la voz entre todas las esclavas de Roma y esto es una auténtica locura.

Poco a poco estoy creando un gran capital. Ya no considero seguro tenerlo en casa. En roma hay una gran cantidad de establecimientos que actúan como bancos y entidades de préstamo y cambio de moneda. Se llaman Argentarias

Busco una que tenga buen aspecto. No voy a poner mi dinero en manos de un mequetrefe de tres al cuarto. Tras investigar y consultarlo con mi amigo Pinarius, decido ir al banco de Rodrigus Ratus. Tiene fama de honrado. Ya veremos…

Su entidad bancaria es de lo más cutre. Una mesa y un banco de mármol blanco, poco más. Pero tampoco es muy distinta al resto de bancos de la ciudad. Entro para hablar con el tal Ratus.

–¿Qué? – me dice en tono desagradable. Parece que hasta le molesta que haya entrado en su local.

–Vengo a ingresar unas monedas. Quiero saber cuál es tu comisión de custodia. –

 –Eso depende de la cantidad a depositar. No pareces un hombre rico a juzgar por tu facha. –

Saco de entre mi túnica dos bolsas grandes repletas de todo tipo de monedas, desde los valiosos denarios, cuyo valor es de cuatro sestercios cada uno a hasta dupondios y ases, que son fracciones de sestercios. He contado todo en casa antes de venir.

–Cinco mil quinientos sestercios. – le contesto.

Abre los ojos como si eso le ayudase a escuchar mejor.

–¿Cuánto has dicho, noble señor? – me dice ahora como mimando sus palabras.

–Cinco mil quinientos sestercios. – le repito y le entrego las bolsas para que cuente el dinero.

–Te cobraré una comisión del dos por ciento mensual. Con ello te garantizo seguridad absoluta. – me contesta muy serio.

–Conforme. No me parece un mal trato. Pero con una condición: Mi dinero quedará en depósito. Te prohíbo que lo uses para hacer con él préstamos a otros. Quiero disponer de él cuando lo necesite. Sin sorpresas.–

–De acuerdo. Es lo habitual. De todas formas, sacarías beneficio si te concedo una comisión del dinero si lo prestase. –

–Ni hablar de eso. Me conozco el truco. En mi tierra ya hemos tenido muchos disgustos con estas cosas. Y mira qué casualidad, uno de los prestamistas se llamaba Rato, casi como tú. Acabó en la cárcel. –

–Así se hará. Sólo quedará en depósito si ese es tu deseo. Ahora voy a contar tus monedas. – Y se dirige con mis bolsas a la banca de mármol. Tras contarlas y comprobar que suman la cantidad que le he dicho, realiza una serie de cosas que me desconciertan.

Se pone a batirlas como un loco entre sus manos, las lanza violentamente contra el mármol para comprobar por su sonido la calidad de la aleación, las examina cuidadosamente e incluso las huele. Por fin las pesa en una balanza para asegurarse mediante un cuadrante que el peso es el adecuado.

–Todo correcto, dice al fin tras casi veinte minutos de comprobación y conteo. –Cinco mil quinientos sestercios en distintas monedas. – 

He decidido también venderle los pedazos de oro y plata que me dio Anthony antes de partir de Philadelphia. Es algo cuyo valor desconozco. Se lo entrego también a Ratus.

–¿Qué me das por este oro y esta plata?. –

Con estos metales realiza la misma ceremonia que con las monedas. Pero esta vez, además, las restriega contra una piedra llamada parangón y que sirve para verificar si realmente son de oro auténtico.

 –Tres mil sestercios por el oro. La plata tiene mucho menos valor y casi que no me interesa. Pero te podría dar quinientos más por ella.–

No me parece mal. Al fin y al cabo creía que iban a valer menos.

 Se sienta en su mesa y comienza a escribir en una especie de recibo que me entrega firmado. Luego rellena otro papelote en el que debo responsabilizarme de que el dinero proviene de actividades legales y no ha sido robado.

–Nueve mil sestercios. ¿Correcto? –

–Ni uno más ni uno menos.– contesto.

–¿Nombre? – me pregunta.

–Gilius. –

–Gilius ¿Qué más? –

–Gilius Pollus Casto. –

–¡Joder! – masculla entre dientes.

Me extiende el papel para que lo firme. Moja una pluma de ganso en  un tintero  ¡Y me la entrega atada con un cordel a un clavo!

–Ha sido un placer tenerte como nuevo cliente. Y para que veas que no te miento… espera un momento. – entra en una especie de cuartucho que tiene al fondo de su local.

–Esto es para ti, Noble Gilius. –

Y me regala… ¡Una sartén!

Salgo con mi flamante recibo y la puta sartén de cobre. En el fondo no me vendrá mal. Aunque hubiese preferido una vajilla de barro. Ando escaso de utensilios de cocina.

 Ahora voy más tranquilo y ligero de peso. Además, el recibo es mucho más fácil de guardar y nadie puede cobrarlo porque va a mi nombre. Solo espero que Ratus cumpla porque por mi madre que lo mato si pierde mi dinero.

Pero me ha hecho pensar acerca de mi aspecto. Todavía llevo las pobres ropas de humilde mercader que me dio Bobby. No es de recibo que aparente ser un muerto de hambre cuando tengo un negocio boyante. Hay que cuidar la imagen. No voy a hacer bueno el refrán de “En casa del herrero cuchillo de palo”.

Aprovecharé la tarde para escoger entre mis mejores linos una pieza con la que hacerme una toga y una túnica. Pediré presupuesto a mi vecina Vitoria Luquina, la costurera cagona.

Subo a mi casa. Culito no está, a estas horas debe estar ya de vuelta desde Ostia con el carro cargado. Mejor, así vendrá cansado y no tendrá ganas de festear con la novieta. A este ritmo se va a quedar sin calcio en los huesos.

Hago un poco de engrudo con una cucharada de harina y agua y pego con él mi recibo en un lugar discreto detrás de la despensa de madera. 

Subo a hacer una visita a la costurera cargado con unos linos que son de gran calidad y tengo guardados en casa porque no me arriesgo a dejarlos en el carro.

La encuentro cosiendo a la luz de su ventanuco que, aunque también da al patio, el hedor a mierda no llega tan concentrado al cuarto piso. Mira, alguna ventaja tenía que tener.

–Ave, Luquina. – le digo cuando me abre la puerta.

–Los dioses sean contigo, vecino Gilius. ¿A qué debo tu visita?– 

–Quiero que me cosas una túnica y una toga con estos bonitos linos. ¿Cuánto me cobrarás? –

–Ciertamente son hermosos y de calidad. – me dice –Por ser para ti te podría cobrar treinta y cinco sestercios. Precio de amiga, por supuesto. –

Se me hace un poco caro. Pero he visto prendas terminadas que tiene colgadas de una barra en una especie de perchas y me parece que es muy buena en su oficio.

­–¿Para cuándo las tendrás lista? –le pregunto. De repente parece que me han entrado prisas por vestir como un señor.

–Tres o cuatro días. – contesta mientras me observa de arriba a abajo con profesionalidad y finalmente saca una cuerda con nudos para tomar medidas. –

–Conforme. Avísame cuando las tengas. –

–Es una pena que con este cuerpo no puedas vestir de seda. Estarías magnífico. – ¡Creo que me está piropeando! Le sigo la broma.

–¿Por qué no? Igual el próximo encargo es una capa de seda bien lustrosa. –

–¡Que tonto eres, Gilius. – me dice riendo y luego su sonrisa desaparece y queda muy apagada.

– ¿No estarás hablando en serio? ¿Acaso no sabes que la seda sólo está reservada al César y su familia bajo pena de muerte? –

–Hostias, pues no lo sabía. Joder como se las gasta esta gente. Se nota que le han tomado el gustillo a eso de matar por un quítame allá esas pajas.– le contesto asombrado.

Vuelvo a la calle. Esperaré la llegada de Culito para ver que ha comprado en el puerto y dejar correctamente guardado el carro.

Un griterío me sorprende. Algunos hombres corren calle arriba alarmados. Un fuerte olor a humo indica que debe haberse iniciado un incendio cerca. Picado por la curiosidad me apresuro yo también en la misma dirección en la que corren las gentes.

No muy lejos de mi casa una especie de almacén arde en llamas. Un hombre grita impotente al ver cómo se volatiliza su tienda. Otros vecinos se apresuran a hacer una cadena con cubos llenos de agua para intentar apagar el incendio.

No tarda mucho en llegar una colla de Vigili di fuoco. Son el equivalente de los bomberos.

Para mi asombro, no actúan de inmediato. En lugar de eso, se ponen a negociar con el desesperado propietario el precio que debe pagar a cambio de sus servicios.

Me doy cuenta de lo peligroso de estos fuegos. Las calles son muy estrechas, lo que facilitan la propagación de las llamas de un edificio a otro. No me extraña que en el incendio que se producirá el año que viene arda media Roma cuyos barrios más humildes están construidos con adobe y mucha madera.

Entre todos conseguimos apagar las llamas. El edificio no ha sufrido daños graves. Pero el contenido del almacén de este pobre hombre ha sido consumido en su totalidad por el fuego.

Me acerco al hombre que está desesperado y cagándose en todos los Dioses.

–¿Estás bien? – 

–Sí, ¡Por los cojones! ¿Acaso no ves que lo he perdido todo? –

–Tranquilízate, por lo menos has salvado la vida. Todo puede ser recompuesto. Sólo ha sido un poco de fuego. Eso es todo. –

–Sí, eso para ti es fácil decirlo. Toda mi vida se ha abrasado ante mis propios ojos. – El hombre llora desconsolado.

Entro en el almacén. Es un local bastante grande. Salvo que las paredes y el techo están completamente ennegrecidos, la estructura no parece haber sufrido daños.

Cientos de sandalias chamuscadas y apiladas en montones siguen humeando. Pero no hay llamas.

–Estoy dispuesto a hacerte una oferta para comparte tu almacén. – le digo. No sé si el hombre me ha oído porque sigue llorando sentado en el bordillo de la calle. Pasan unos minutos interminables. El pobre zapatero entra también en lo que era su negocio. No queda nada que se pueda salvar. Toda su producción se ha ido con el humo.

–¿Has escuchado lo que te he dicho? – le pregunto.

–Aceptaría tu oferta. Estoy completamente arruinado. –

–¿Cuánto pides por el local? Me interesaría instalarme en él. –

–Ahora no lo sé. Necesitaría tiempo. Pero probablemente te lo vendería por seis mil sestercios tal y como está. –

No me parece un precio alto. Es cierto que tendría que adecentarlo todo, encalar las paredes, reparar lo necesario y revisar las vigas de madera del techo por si han sufrido daños. Pero en líneas generales, acepto.

–Mañana cerraremos el trato e iremos a la argentaria de Ratus en donde te pagaré el precio convenido y formalizaremos la compra venta. –

El hombre está en completo estado de aturdimiento. Siento auténtica pena por su desgracia. Saco de mi bolsa algo de dinero.

–Con esto podrás pasar la noche en algún lugar. Cálmate. Esto ya no tiene remedio. Con el importe de la venta podrás volver a rehacer tu vida. –Me mira consternado.

–Gracias. Eres un buen hombre. Los mismos dioses que me han jodido la vida, te han puesto en mi camino.–

–Mañana temprano nos vemos aquí y cerramos la operación? ¿Te parece bien? –

–Sí, aquí estaré. – responde mientras comienza a llorar de nuevo.

–Anímate, hombre.  – no sé cómo consolarleMe produce una tremenda lástima verle así. Toda su vida se ha volatilizado en un humo negro que vuela sobre las callejuelas de roma. Pero nada más puedo hacer por él.