Capítulo 21


Capítulo 21

                                   

                                             EL ESPIA

La tarde avanza. La siestecita ha sido reparadora. Me encuentro como nuevo a pesar de lo tonto que me levanto cuando duermo entre horas.

No me he dado cuenta de cuando se ha marchado Culito. Me asomo a la ventana para ver si está en las letrinas pero no. Seguramente ha ido ya en busca de Excrementus tal y como le encargué. Probablemente quiere tener todo el tiempo libre del mundo para restregar cebolleta con su chica.

A pesar de todo es un buen crío. Ha dejado sobre la mesa el pañuelo con el dinero que le dejé para ir mañana a Ostia si Excrementus también va a partir hacia allí.

Me avergüenzo contando los sestercios del pañuelo al comprobar que no falta ni uno solo.

Me lavo la cara y salgo para hacer una compra importante. He descubierto un par de talleres que se dedican al trabajo con la madera. Así que he comprado una flamante cama para el chaval.

Al cabo de un rato estoy montándola en el mismo lugar en el que duerme. La habitación se ha quedado casi sin espacio entre la mesa, mi cama, la de Culito, mi silla, el taburete y el fregadero.

Vuelvo al cobertizo en el que está guardado el carro con las telas. Con un retal rojo precioso que me ha sobrado, haré una cortina para el ventanuco. Después elijo otra que me parece que es la más bonita. Es de color verde esmeralda u oliva o pistacho o botella… ¡Yo que sé! ¡Verde es verde! Corto un trozo muy grande, casi medio rollo y subo otra vez a casa.

Tras colgar la cortina en unos clavos que ya había puesto alguien con anterioridad, corto la tela verde y hago un par de mantas. Con todo esmero las coloco en la cama de Culito.

Alguien me sobresalta hurgando en mi cerradura. Me coloco detrás de la puerta para atacarle en cuanto asome la geta. Mi puñal brilla amenazador a la luz del candil de aceite.

La puerta comienza a abrirse y mi mano tiembla. Afortunadamente soy un cobarde y no he tenido valor para atacar. ¡Es Culito!

–¿Cómo se te ocurre forzar la puerta?– le grito enfurecido poniendo frente a él.

El muchacho está blanco como los paños que tengo en el carro a sesenta sestercios la pieza. El lector podría criticarme esta comparación y decir que debería haber dicho “blanco como la nieve”, por ejemplo. Pero me he metido tanto en el papel de comerciante que aprovecho la ocasión para anunciarme. Disculpen la pausa publicitaria. Continúo:

–¿Acaso ves apropiado abrir la cerradura con un gancho de hierro tal como haría un ladrón? ¡Podría haberte matado!– 

–¡Qué remedio, Gilius! No me has dado llaves. – protesta el chico.

Me retiro a un lado para dejarle pasar. El niño se queda más blanco todavía.

–No sabía que tú también tienes una mujer con la que vivir. Seguramente tendré que buscarme otro lugar en donde dormir. – me dice muy triste.

–¿Por qué dices eso, Culito? –

El muchacho no responde. Se limita a señalar la nueva cama.

–Siéntate, tengo algo que decirte. –

Se deja caer abatido como un saco en su taburete.

–Tal vez no lo entiendas. Yo no soy como esos amos a los que has servido desde que tienes uso de razón. Aprecio tu lealtad y sé que en el fondo eres un buen muchacho. Me lo has demostrado ya varias veces. –

–No sé qué quieres decirme. Pero estoy acostumbrado a obedecer. Es lo único que he hecho en mi vida. Si es esa tu voluntad, no lloraré cada noche cada vez que tenga que buscar un techo bajo el cual dormir. Los puentes del Tíber no están mal del todo…– Su cara es un poema.

–¿Ves como no lo entiendes? – le digo– Esa cama no es para ninguna mujer, ni amante, ni nada de lo que tu sucio cerebro de adolescente pueda llegar a imaginar… Es para ti. –

Se queda absorto con la boca tan abierta que podría guardar en ella mis rollos de lana sobrantes. Una lágrima de emoción recorre su cara hasta su barbilla. La estampa la estropean unos mocos en dirección a su boca que, afortunadamente, se limpia con la manga.

–¿De verdad? – consigue decir haciendo un puchero gracioso.

–Sí, Culito. Nunca más volverás a dormir en el suelo como un animal. Te lo juro. –

–No he tenido jamás mi propia cama. Incluso no sé si me acostumbraré a ella. –

–Te aseguro que no te llevará mucho tiempo ni trabajo hacerlo. –

–¿Puedo probarla? – me pregunta con la ilusión del niño que recibe una bicicleta en día de los Reyes Magos.

–Toda tuya. – le respondo y le indico con un gesto que se acerque a ella.

Se aproxima a su cama y seguramente la trata con más mimos que a su querida Sulpinia. Creo que no se atreve ni a tocar las mantas por si todo aquello resulta ser un sueño y se esfuma de repente.

Después se vuelve hacia mí y hace algo que me deja tan blanco como los rollos antes mencionados y sobre los que os podría hacer algo de descuento.  ¡Me abraza!

Me cuesta horrores contener yo también una lágrima. Y me cuesta aún más fingir ponerme duro con él.

–Bueno, ya está bien. Recuerda que eres un esclavo mío y estas confianzas no son de reglamento. Sólo te advierto de una cosa: esta cama es para que duermas solo y no para que traigas a tu chica para hacer guarrerías. Esto no es un burdel ¿Entendido?– A veces le cuesta a uno contener también la risa. No sé qué es más difícil.

Nos sentamos en la mesa y terminamos de vaciar la despensa para cenar.

 –¿Has encontrado a Excrementus? –

–Sí. Vive en el ludus de Hijoputus, al otro lado del Tíber. Un lugar maravilloso. Está repleto de gladiadores y alguno de ellos muy famoso. – me dice encandilado por lo que ha visto.

–No debes envidiar a esa gente. En realidad son también una panda de desgraciados que viven para matar y matan para vivir. –

–Son tan admirados en Roma que incluso su orina la venden a buen precio para lavar las ropas o como elixir para aliviar los males, comen mejor que muchos amos y son respetados. –

–Los gladiadores se matan entre ellos en el anfiteatro ¿Acaso no lo sabes? –

–Sí, lo he visto muchas veces. –

–¿Y te parece bien? Tal vez les toque asesinar a su mejor amigo en la arena si esa es la voluntad de la plebe y del César. –

–Sí, así son las cosas. Pero son héroes apreciados por las gentes. –

 –Quítate de la cabeza el sueño de llegar a ser gladiador. Vivirás poco. Además, imagina que ambos lo fuéramos ¿Serías capaz de matarme en la arena en un momento dado? –

El muchacho queda pensativo y desorientado.

–No. –

–Pues nada más que añadir a eso. ¿Qué te ha dicho Excrementus? –

–Mañana estará en Ostia. Su amo le envía para que compre aceites de calidad. Un barco procedente de la Bética hispánica ha llegado esta mañana. Me han dicho que Excrementus ha salido esta tarde para el puerto. Ya debe estar a más de medio camino. –

–Bien, no importa. Mañana terminaremos de vender los rollos que quedan. Ahora puedes marcharte a visitar a tu esclavita. Yo tengo cosas que hacer. Volveré tarde. –

Sale de la habitación como alma que lleva el diablo. Seguramente está impaciente por contarle a su Sulpinia que es propietario de una flamante cama. O tal vez vaya más orientado por el camino de la lujuria. ¿Quién sabe?

Oscurece en Roma. Sorteo la gran cantidad de callejuelas hasta llegar a los barrios más céntricos. Todo está pintado con un hermoso color anaranjado de un sol que se retira tras un largo día.

Un poco después me hallo muy cerca ya de la casa de Marcia Cornuta.

–Ave, Gilius. – oigo una voz que me saluda. Es Portulanio, el sirviente de Marcia.

–Ave. – 

–Me envía Marcia para advertiros de que la reunión no se celebrará en su casa. Su esposo se lo ha prohibido. Ni te acerques a su puerta. Sospechamos que nos vigilan los espías de Nerón. –

Me entrega un pequeño papelillo. En él se especifica el nuevo punto de reunión y me indica con un gesto la dirección que debo tomar para llegar allí.

Camino un trecho no demasiado largo. Me da la impresión de que me persigue un tipo. Es un legionario. Intento darle esquinazo pero continúa detrás de mí a unos cuarenta metros. Me palpo la túnica para asegurarme de que mi pequeño puñal sigue ahí.

Cuando llego a la casa que me ha indicado Portulanio, compruebo que se trata de una especie de cuartelillo en donde varios soldados hacen guardia perezosamente y bebiendo vino y cerveza.

–¿Qué quieres? –me pregunta uno con cara de pocos amigos.

No sé qué tipo de encerrona es esta en la que me ha metido el mamón de Portulanio, pero una cosa tengo muy clara: no les puedo decir la verdad a esta gente.

–Soy extranjero en Roma. Esta tarde he salido a dar un paseo y me he perdido. –le contesto. Ríen. –

El tipo que me perseguía ha llegado también junto a nosotros. Debe tener cierto rango en el ejército porque los guardias se ponen en pie como pueden y le saludan militarmente. Me toma del brazo, me introduce a la fuerza en un pequeño cuartucho y cierra la puerta de un portazo.

–No me trago tu historia. ¿Qué has venido a hacer a este puesto de guardia? – 

–Ya le dije a tus soldados que me he perdido. Eso es todo. –

–¿No tienes nada que contarme? No me preguntes cómo lo sé pero me da la impresión de que eres un cristiano de esos. –

–¿Quién? ¿Yo? ¡No me jodas! No conozco a ninguno de esos adoradores de un dios pagano. – En mi frente se forman gruesas gotas de sudor.

–Te propongo un trato. Tú me dices dónde se reúnen yo te juro por Apolo que te dejaré libre. –

–No tengo nada que contarte. No sé de qué me hablas. – Me la estoy jugando, no tengo madera de valiente, pero creo que es mejor negar la mayor que reconocer que conozco a los hermanos, sería una confesión en toda regla.

Me mira durante unos segundos con ojos fríos y penetrantes. Me toma de nuevo del brazo y abre la puerta.

–Ven conmigo. Te ayudaré a encontrar tu casa ¿Dónde vives o adonde quieres ir? – me dice en tono amigable. Pero no me fío.

A pesar de todo decido no mentirle y le indico que vivo en el arrabal en donde tiene su edificio Amígdalas. Pero no parece importarle demasiado mi explicación o tal vez yo no sé explicarle con claridad el lugar al que me refiero o, probablemente, lo sepa. ¿Me han estado vigilando los esbirros de César? –

 –Te acompañaré. La noche es espléndida y me apetece pasear. – me dice. Estoy aterrado. ¿Habrá descubierto que le he mentido y va a darme muerte en un lugar más discreto? –

Nos ponemos en marcha. Camina detrás de mí, no a mi lado. Con el rabillo del ojo intento descubrir el momento exacto en el que desenvainará su espada y me atacará. Pero en lugar de eso me dirige unas palabras que me dejan más helado todavía:

–Bien, Gilius, has demostrado tu fidelidad. No has delatado a los hermanos. –

–¿Hermanos? No sé de qué me hablas. –

–No te esfuerces. Yo también soy cristiano. Te ha enviado Portulanio al puesto de vigilancia para comprobar que no eres un espía. Si lo hubieras sido era el lugar idóneo para largar el tema de la reunión y denunciarnos a todos. ¿Sabes que ofrecen buenas recompensas a quien nos delata? –

–¿Y que si lo hubiera sido? Habéis corrido el riesgo de que os denunciara y diera todo tipo de nombres. –

Sonríe con displicencia y me muestra su espada que lleva elegantemente colgada en la cintura.

–¿A quién? ¿A una miserable tropa de soldados borrachos? Ya me habría ocupado yo de hacerte callar por el procedimiento de separarte la cabeza del cuerpo. Créeme que funciona. –

–Sospecháis que hay algún espía entre nosotros y habéis montado toda esta farsa para comprobar si se trata de mí? –

–No, no hay sospechas. Pero comprende que toda precaución es poca. Ahora sabemos que eres de fiar. Vuelve a tu casa y descansa. Hoy no hay prevista ninguna reunión. – me contesta.

–De acuerdo. No me gusta todo esto y además me siento ofendido. Pero lo entiendo. Lo que me duele de verdad es haber renegado de Cristo por cobardía.–

–Has sido valiente, en realidad te la has jugado. Y además, no te preocupes por eso. El mismísimo Pedro  negó a Jesús tres veces. –

Ahora camina a mi lado.

–Se te informará de cuándo se convocarán nuevamente a los hermanos. Excrementus te lo hará saber. Mientras tanto cuídate de ir a casa de Marcia. –

–De acuerdo. – Ya no estoy tan seguro de meterme en este enorme lío de los cristianos. Cada vez lo veo más peligroso y siniestro.

Vuelvo a casa. Culito no está. Andará con sus asuntos de Casanova de vía estrecha. Me preparo una infusión caliente y me acuesto. Mañana volveré al mercado y venderé las telas que me quedan en el carro.

Si es necesario viajaré personalmente a Ostia pasado mañana a comprar muchas más. En el fondo, lo más prioritario ahora es arrancar el negocio que ha de permitirme sobrevivir tanto tiempo.

Todo este episodio de los espías, el oficial legionario, los vigile, la encerrona y toda esa mierda, me ha puesto nervioso. No consigo conciliar el sueño.

Doy mil vueltas en mi cama y me pongo a filosofar.

Tienes que espabilar, me digo a mí mismo. ¿Qué vas a sacar en limpio si sigues empeñado en ese tema de los cristianos y sus peligrosas reuniones clandestinas? ¡Nada! ¡Por el amor de Dios, no has venido aquí a fundar religiones! ¿Acaso pretendes cambiar la historia tú solito y convertirte en Papa o algo por el estilo? ¡O peor aún, convertirte en mártir vía estómago de tigre! Ándate con cuidado si quieres regresar a tu mundo y a tu tiempo…

La puerta se abre. Es Culito. Esboza una sonrisa de oreja a oreja. Ignoro si es por comprobar que su flamante cama sigue estando ahí, porque ha tenido un encuentro de lo más satisfactorio con su novia o por ambas cosas.

Mantengo los ojos medio cerrados para que crea que duermo.

El chico procura hacer el menor ruido posible para no despertarme y se acuesta en su cama en donde comienza a dar vueltas hasta que encuentra una postura adecuada.

La noche se ha apoderado de la infernal Roma.