Capítulo 20


Capítulo 20


          ¡Que me lo quitan de las manos!

Hemos estado de compras toda la tarde. Ya dispongo de todo lo necesario para montar un puesto comercial en condiciones. Incluso me he agenciado una especie de toldo que servirá de sombrilla.

La mesa y este sombrajo lo hemos dejado en el carro. El resto de cosas más pequeñas como las varas de medir, tijeras, tizas, etc. Las he subido a casa en una bolsa de cuero.

Después de cenar he dado permiso a Culito para que salga a besuquear a su novia. Hoy no tengo tiempo para darle la primera clase de lectura. Hay algo muy importante que debo hacer.

Me he puesto a recortar con mis flamantes tijeras nuevas los pergaminos que compré el primer día. Los había adquirido para ir anotando mis ventas diarias y hacer un balance contable chapucero. Pero de momento esto es ciencia ficción. En cada uno de estos papelillos del tamaño de una cajetilla de tabaco, he escrito con bonitas letras:

Guilius

Las mejores telas de Roma

Compra y te haré un regalo

Tras un rato tengo unos doscientos de estos panfletos. Los guardo en una pequeña cajita de madera en donde el antiguo inquilino guardaba cintas para las sandalias que reparaba.

He reservado dos de esos papelotes para hacer una tabla con conversión de medidas romanas y practico un poco con las varas para saber cortar la cantidad exacta.

Resulta que no es demasiado complicado. Todo se mide tomando como referencia el pie, que son unos treinta centímetros aproximadamente y luego está el Palmipes que es un pie y cuarto, el Cubitos que es un pie y medio, el Gradus que son dos pies y medio y el Passus que equivale a cinco pies.

No es necesario que los traduzca a centímetros porque mis varas y cintas vienen calibradas con estas medidas. Sólo me resta escribir en otra hoja el precio que le voy a poner a cada una de estas cantidades de tela para no perder dinero con su venta y establecer un precio adecuado a cada cual.

Me acuesto a dormir sin esperar al chico. Que haga lo que le dé la gana. Solo espero de él que vuelva a traer otra cantarita de leche para el desayuno. Verdaderamente hasta que no desayuno no soy persona y no considero prudente comprar este lujo mientras mi bolsa adelgaza como si estuviese sometida a la dieta Duncan.

Amanece. Culito duerme plácidamente en su rincón. Pero sobre la mesa ha dejado una bolsa de hierbas que debe contener Poleo o cualquier otra infusión comestible. No le molesto. Yo mismo caliento agua en el hornillo y espero a que esté todo listo para despertarle y desayunar.

–Cuando le apetezca al señor esclavo, le ruego que se despierte y desayune. Pongo en su conocimiento que tenemos muchas cosas que hacer hoy. – le digo con tono de burla.

Se despereza y se frota los ojos para deshacerse de las legañas.

–Los dioses sean contigo, Gilius. – me dice con voz casi de ultratumba. Este va a caer malo si no deja de jugar con su chica todas las noches.

Sacamos el carro del cobertizo y nos instalamos en el mercado. Ahora ya tengo un puesto con aspecto más decente que ayer, con su mostrador, su toldo de colores y todas mis telas ordenadas en el carro y el suelo para que se puedan apreciar bien sus colores. No es que sea precisamente El Corte Inglés, pero por lo menos tiene pinta de tienda.

 El guardia vuelve a pedirme el asqueroso impuesto por instalarme en esta plaza. No espero a que me diga nada. Le doy los veinte sestercios de reglamento y el tipo se larga sin mediar palabra conmigo.

Arreglo bien la mesa y dejo sobre ella las tijeras y el resto de herramientas que necesito muy bien ordenaditas. Después entrego a Culito la caja en donde tengo los boletos que recorté ayer.

–Escucha, recorre las calles cercanas y dale a cada una de las esclavas que veas sin su ama uno de estos papelillos. – le digo.

–¿Y qué es esto? Ya te dije que no se leer y las esclavas tampoco. –

–Lo sé. No te preocupes. Lo importante es que se lo entregues y les digas que vengan a mi tenderete. Recibirán una recompensa a cambio de que me entreguen el boleto. – Le explico.

El chico se encoje de hombros y sale presuroso a realizar el encargo que le he hecho.

Pocos minutos después se planta ante mí una esclava alta y delgada como el palo de una escoba.

–¿Qué es esto? – Me pregunta mientras me muestra el boleto.

–Escucha– le explico–Este es el mejor lugar para comprar telas y lanas de toda Roma. Por cada diez sestercios que pagues, yo te daré uno para ti. De ese modo tendrás una comisión por compra. –

–No lo entiendo– me dice– ¿Comisión? –

 –Claro. Todas las esclavas y sirvientas hacéis sisas a vuestras amas. Aquí no tienes que preocuparte de eso porque la sisa te la proporciono yo de mi bolsa. Pero a cambio no admito regateos. Los precios son los que son. –

Por la cara de extrañeza que pone, adivino que sigue sin comprender bien. Pero creo que llega a la conclusión de que puede salir ganando algo.

–El problema es que no puedo comprar nada que no me haya ordenado mi ama. –

–Este es tu trabajo. Dile que has encontrado un lugar casi mágico en el que hay todo tipo de telas maravillosas a buen precio y que sería una pena que ella no las disfrutase. Recuerda que te daré un sestercio por cada diez que gaste. –

Parece buen trato. – me dice al fin y se marcha. 

Durante la siguiente hora he atendido a una buena procesión de esclavas que venían con el papelillo en la mano y a la que les he explicado lo mismo.

Culito trae la caja vacía. Ha hecho un buen trabajo.

–Ya he repartido todos los papeles. – me dice.

Saco un pedazo de pan de mi talego y se lo doy al chico con un poco de queso rancio que todavía tenía en la despensa.

–Siéntate y come. Pronto podrás comprobar por ti mismo lo importante que es saber leer y escribir para forjarte un futuro. – le digo.

Un rato después aparece una de las esclavas acompañando a su ama.

–Me ha dicho mi sirvienta que dispones de buena mercancía a buen precio. Quiero verla. – me dice la tipa con aires de señorona.

Le muestro todo mi arsenal de telas. Se entretiene un momento tocando el género y extendiendo parte de algunos rollos a la luz del sol.

–No está mal. – termina diciendo– Quiero dos Passus de lana verde y otros tres de la roja. Espero que me hagas un precio justo. –

–No voy a aburrirte con el origen divino de estos paños ni de su exquisita confección porque sin duda eso ya lo sabes. – Atención, el vendedor más inteligente de Roma está haciendo una exhibición– Pero debes saber que el precio es innegociable. No vamos a perder el tiempo en regateos inútiles. – Hago unas cuentas en el suelo con un pedazo de tiza y calculo el precio.

 –Sesenta sestercios por todo. Lo tomas o lo dejas. – le digo categórico.

Tras pensárselo más de lo debido acepta el trato. Verdaderamente, el precio que he fijado es de escándalo. Nadie en toda Roma los tendría más bajos incluso después de un riguroso regateo.

Culito se afana en medir y recortar sobre la mesa los pedazos vendidos. El chico tiene buena maña con las varas y las tijeras. Creo que incluso lo hace mejor de lo que lo haría yo mismo.

Cuando todo está listo, la mujer hace una seña a la esclava para que recoja la compra. Y disimuladamente, le entrego los seis sestercios acordados como comisión.

Nunca había visto una cara de felicidad en una esclava como la de esta delgaducha. Seguramente nunca ha tenido en su bolsillo esa cantidad de dinero junta para su disfrute personal.

El resto de la mañana se desarrolla de modo parecido. Han venido varias amas con sus esclavas e incluso esclavas solas para comprar.

Sólo me quedan nueve rollos intactos de los veinte que traje. Y mi recaudación está muy por encima de los ochocientos cincuenta y cinco sestercios.

Todo esto me deja un beneficio neto de casi doscientos setenta y cinco sestercios, descontados ya los importes de las piezas compradas en Ostia,  las comisiones y los impuestos. ¡Una verdadera fortuna en una sola mañana!

Hace mucho rato que pasó el medio día. Los comerciantes comienzan con la rutina de desmontar sus puestos. Culito y yo estamos cansados de tanto cortar y servir. Cargamos todo en el carro, la mesa, el toldo, los rollos sobrantes y volvemos al cobertizo en donde lo guardamos.

Mi bolsa pesa considerablemente en el bolsillo interior de la túnica.

–¿Qué te ha parecido, Culito? – le digo al chico mientras caminamos en dirección a casa y apoyo mi mano en su hombro.

–No he entendido bien ese asunto de los sobornos a las esclavas ni el milagro de tus papeles. Pero me alegro de que el carro se haya vaciado tanto. –

–Créeme que lo que más me alegra de todo esto es haberte entretenido toda la mañana con un trabajo honrado. No todo en la vida consiste en ir robando por ahí. – le digo.

A punto estamos de entrar en el portal del edificio en el que vivimos cuando cambio repentinamente de idea.

–Espera, no vamos a casa todavía. Hoy tenemos algo muy importante que celebrar. Vamos a la taberna de Otacilia y nos daremos un homenaje–

–Los dioses sean contigo, Otacilia. – saludo a la tabernera al entrar.

–Y contigo. Tú eres el amigo de Pinarius que estuviste el otro día aquí ¿verdad? – me contesta.

–El mismo. –

–¿Y qué haces con ese criminal que vino con su padre hace un mes para estafarme? ¿Acaso te ha enredado a ti también? – dice señalando a Culito.

–Nada de eso. En realidad es mi nuevo esclavo. No era hijo de Culus. Además, a Culus lo asesinaron anteanoche en plena tormenta. Ahora me sirve a mí y se ha reformado. –

–No me fío de este ladrón. Te aconsejo que le azotes cuanto antes y se lo vendas al gestor del anfiteatro para que puedan almorzar algo las fieras. –

–Hemos venido a comer en abundancia. Guárdate tus consejos para quien los necesite. –

–Los esclavos no tienen permitida la entrada en este local si no es para trabajar. Esta es una casa decente. –

Dejo sobre la barra dos sestercios. Ella los recoge rápiamente.

–Pero en tu caso haré una excepción. Se nota claramente que eres un individuo generoso y cabal. Si alguien pregunta diré que es tu hijo. –

–Prepara una mesa en el comedor reservado. El chico y yo tenemos hambre. –

En ese instante entra Pinarius en el bar para beber una buena cerveza como es costumbre en él tras almorzar en el mercado y recoger su puesto.

–Otilia, Mesa para tres. – Le digo a la mujer mientras estrecho la mano de mi vecino y colega. Pinarius pone una cara de asombro al ver que le invito a comer nuevamente. Ni Picasso hubiese sido capaz de retratarla.

Nos sentamos en la mesa y pedimos cada uno lo que nos apetece. No hace falta decir que Pinarius se decanta claramente por la carne, algo que no suele comer a menudo. Culito no pide nada, no está acostumbrado a estos lujos. Queda a la espera de que le dé permiso para hacerlo.

Pinarius es un sinvergüenza que no pone tantos remilgos y pide además un entrante de pescado, vino de calidad, aceitunas y fruta.

–Lo mismo para nosotros. Pero a mí me lo sirves sin Garo. Me produce acidez. – le ordeno a Otilia. No soporto esa mierda.

El primer plato de carne nos lo sirve una esclava negra que está al servicio de Otilia. Pinarius se apodera inmediatamente de él a la espera de que lleguen los otros dos y comienza a comer con deleite y sin educación ninguna.

Culito lo observa muy serio y mastica en la nada cada bocado que Pinarius da a la apetitosa carne de su plato.

–Ya he visto que has tenido un buen día hoy en el mercado– dice Pinarius con la boca llena.

–No ha estado mal. El negocio ha comenzado a andar a pesar del aciago día que tuve ayer. – le respondo.

Culito comienza a meter mano al plato de carne. Por su expresión, creo que es la primera vez en su vida que la prueba. La unta de Garo como ha hecho Pinarius  y parece que al jodido niño le gusta bastante más que a mí. 

–Come despacio– le digo– Es bueno que la mastiques antes de tragarla. Te podrías atragantar. –

Pero el muchacho parece más una trituradora de carne que un ser humano.

A la salida le pago a Otilia la cantidad escandalosa a la que ha ascendido el banquete.

–He de marcharme a comprar más frutos secos para preparar la venta de mañana. – se despide Pinarius –Mi agradecimiento eterno por la comilona de hoy. Seguro que los dioses sabrán recompensarte con buena ventura. – Y se larga tan campante.

Nosotros volvemos a casa. Necesitamos descansar un poco con una buena siesta.

–Culito– le digo al chico– Esta tarde quiero que busques a Excrementus, el esclavo de Hijoputus con el que hablé camino de Ostia. No sé dónde vive pero si su amo tiene gladiadores, seguramente es el propietario de algún  Ludus. No te costará mucho encontrarle.

–Así lo haré– me contesta–¿Qué debo decirle?

–Pregúntale si va a ir mañana otra vez a Ostia. En ese caso, descargaremos el carro en el mercado y te irás con él para comprarle más rollos de tela al anciano del puerto. Hice un trato con él. –

–Lo recuerdo. –

Y entonces hago algo insensato que asombra al mismísimo crío:

Introduzco en un pañuelo quinientos sestercios y se lo entrego.

–Esto es para pagarle. Como ves, confío en ti. Espero que no tenga que arrepentirme. –

–Te juro por todos los dioses que no malgastaré un solo semi. Y que tu dinero está seguro conmigo. Eres el mejor amo que uno pudiera soñar. –

–En eso confío. Después de hablar con Excrementus puedes tomarte el resto de tiempo libre para visitar a tu chica. Pero no estaría de más que antes adecentases un poco la casa. – 

–Gracias. Dejaré la casa que te va a parecer que es una villa. –

–Y otras cosa, pregúntale a Excrementus acerca de cierta reunión que se ha de celebrar esta noche. Que te diga lugar y hora. Pero en este punto sé discreto. Se trata de una cita secreta sólo para extranjeros como yo que llevamos poco tiempo en Roma. – No voy a decirle que es para cristianos. Soy gilipollas pero no tanto.

Creo que asistiré para volver a ver a Pedro y conocer al resto de cristianos. Me da algo de miedo el hacerlo, pero es bueno establecer relaciones nuevas. Conocer a gente siempre es provechoso.

Vuelvo a introducir en la caja de madera los boletos que me han ido devolviendo las esclavas en el mercado. Mañana repetiremos la operación. Me acuesto a la siesta satisfecho.

El muchacho no se acurruca en su rincón. En lugar de eso, se afana en ir limpiando la casa para adelantar faena y tener más tiempo para sus aventuras amorosas de esta noche. ¡La madre que lo parió! Juraría que este mamarracho lleva alguna gota de mi sangre aunque eso sea imposible; ¡Yo he nacido dos mil años más tarde que él!

Esta reflexión me lleva a una encrucijada que me sobrecoge:

¡A ver si el descendiente de este mocoso voy a ser yo!