Capítulo 19


Capítulo 19

                            Un baño de realidad

Apenas ha amanecido. He dormido como un leño. Estoy tan nervioso como cuando vas a trabajar el primer día a una empresa nueva.

Para mi sorpresa, Culito ha bajado a comprar una buena cántara de leche y la está calentando en un cazo de hierro abollado que ha debido encontrar en alguna alacena de la despensa.

Ignoro cuanto tiempo haya estado con su amada ni tampoco cuando ha vuelto para dormir. Tampoco sé cuándo ha bajado a por la leche ni como diantres se las ha arreglado para entrar y salir porque yo no le he dado la llave de la puerta. Probablemente se trate de habilidades de ratero que le haya enseñado alguno de sus anteriores amos.

Pero de lo que estoy completamente seguro es de que la leche la ha robado en algún sitio.

 –Buenos días, Gilius. – me dice con unas ojeras espantosas. Este ha debido estar toda la noche date que te pego con la novieta.

–Buenos días, Culito. Me alegro de que hayas preparado el desayuno. Todo un detalle. – le contesto estirándome y bostezando como un hipopótamo.

 –Pensé que te gustaría tomar un buen vaso de leche de vaca calentito. Pero si lo prefieres, también te he traído cerveza. – me dice mostrándome una jarra de barro cubierta con un pequeño pañuelo como tapadera.

–Supongo que todo es robado ¿No es así? –

–Sí, pero no lo he robado yo. Me lo ha dado Sulpinia. Ella trabaja en una casa de ricos como camarera o lo que se tercie. En realidad fue ella misma la que distrajo esas cosas y me las regaló anoche. –

Esta especie de gángster que me he buscado como esclavo me va a meter en jaleos más pronto que tarde. Y la niña tiene pinta de ser otra granuja de primera. Pero realmente la leche está deliciosa a pesar de no disponer de azúcar ni de un buen café.

Basta de cháchara. Estoy impaciente por instalarme en el mercado. Recogemos el carro cargadito con mis preciosas lanas y nos dirigimos a la plaza. Todavía debe faltar bastante tiempo hasta el amanecer. Hace frío.

En la plaza ya hay algunos comerciantes montando sus tenderetes. Echo un vistazo general al entorno y descubro un buen sitio para establecerme.

Como no tengo ningún tipo de mostrador ni una mísera mesa en donde colocar el género, he puesto el carro junto a la pared detrás de mí y con algunos rollos de tela puestos en pie apoyados sobre él.

Pinarius llega al mercadillo y se instala en su lugar habitual. Está un poco alejado de mí. Nos saludamos con la mano.

Todo parece perfecto para recibir a mis primeras clientas pero hete aquí que lo que aparece es una patrulla de soldados recorriendo todos los puestos. Dos de ellos se aproximan al mío.

No sé qué ha debido ocurrir con un mercader gordote que comercia con sandalias y zapatos de mujer, pero le están dando una manta de hostias que el pobre hombre ha debido entrar en calor. Después le han volcado el puesto y su cosas están desperdigadas a su alrededor.

–Buenos días nos den los dioses– le digo al soldado.

–Déjate de dioses. Venimos a cobrar los impuestos del César. – me dice con tono muy osco y acariciando una cachiporra ansiosa por  probar lomo ibérico.

–¿Impuestos? ¿Qué impuestos? – Le pregunto. No contaba yo con esto del fisco. Por lo visto es una fea tradición que se remonta desde estos tiempos infames.

–Me gustaría explicártelo bien para que lo entiendas, extranjero. Pero es mejor que lo haga esta. – Me contesta con el palo en la mano y mostrándomelo como si me lo quisiera vender . Sabía yo que la porra iba a salir a relucir sin tardanza.

–Espera, soldado. Si hay que pagar se paga. ¡No faltaría más! –

–Por la cuenta que te tiene. Ya ves que no bromeamos con este tipo de cosas. –me dice mientras me señala al zapatero que lloriquea tullido mientras recompone su tenderete.

–¿Cuánto se ha de pagar para poder vender aquí? – le pregunto.

–Veinte sestercios cada día. – me dice y acerca su boca a mi oreja para que le escuche bien. – Pero tú me has caído simpático. Así que sólo te voy a cobrar veinticinco ¿Qué te parece? – Ahora se golpea suavemente la palma de su mano con la porra y sonríe.

–Me parece correcto. No vamos a discutir por eso ¿Verdad?. – ¡Pero qué hijo de puta corrupto!

Le entrego los veinticinco sestercios. Me da una palmadita en la cara para indicarme que soy un buen chico y se larga satisfecho hacia la siguiente víctima.

No me había dicho nada Pinarius acerca de este inconveniente. Pero supongo que daba por hecho que yo ya lo sabría.

Las primeras esclavas más madrugadoras ya comienzan a recorrer los puestecitos y negocian los precios con sus largos regateos. Pero ninguna de ellas parece prestar atención al mío.

Tras una interminable hora, el sol hace acto de aparición y la plaza luce más bonita y es en ese bendito momento una esclava se toma la molestia de observar mis lanas. Pero mi gozo acaba en un pozo porque ni siquiera se interesa por ellas y se larga.

A medio día sigo sin vender una escoba. Aparece mi vecina Vitoria, la costurera flatulenta.

–Los dioses te bendigan, Gilius. –me saluda y se pone a toquetear mis rollos de lana.

–Buenos días, Vitoria. – le contesto mientras le dejo  que curiosee libremente entre ellos.

–No están del todo mal. – me dice al fin– Pero claro, todo depende del precio. –

–A ti te haré un precio ajustado. Precisamente para esto estamos lo vecinos ¿no?. –

–Necesito tres gradus y dos palmipes. –Señala uno de los rollos de color morado. – Con esto será suficiente para hacerle la toga a mi marido. – me dice.

¡La madre que la parió! ¿Qué coño es todo esto? ¿Gradus? ¿Palmipes? ¡Me pinchan y no me sacan sangre!

Pero ha llegado la hora de sacar partido al ladronzuelo de Culito.

–No faltaría más. Eso está hecho. – le digo con todo el desparpajo del mundo mientras hago señas al chaval para que extienda la tela y me señale la cantidad que quiere esta bruja. 

El muchacho desenrolla la pieza en el suelo y me señala aproximadamente la cantidad de lana que eso supone. Es casi media pieza.

–Has elegido el mejor color y calidad. Se nota que entiendes de estas cosas, Vitoria. – la adulo mientras calculo mentalmente el precio que le  voy a ofertar. Después me acerco a ella como para confesarle un secreto.

–Para ti te lo puedo dejar en veinticinco sestercios. Y créeme que estoy perdiendo mucho. – le digo al fin. De alguna manera tengo que sacar para los impuestos. Ella hace un gesto con la boca torciendo los labios.

–Poco aprecio me tienes como vecina. Ni esto vale tanto, ni mi marido se merece tal dispendio. – Comienza el puñetero regateo. Francamente, a mí estas cosas me agobian y no me gustan nada.

–Tú dirás– le contesto.

–Quince. Y porque no tengo tiempo de ir a otro sitio en donde las podía comprar por diez a un mercader más honrado que tú. –

–Mira, tarde o temprano te lo voy a tener que decir. Así que te lo digo ya y eso que llevamos adelantado: Estás loca. –

–Ciertamente lo estaría si me gastase ese dineral que me pides. –

–Entonces lo dejamos en catorce y asunto terminado. –

–Hablando se entiende la gente ¿Ves que fácil? – me dice al fin tras pensar un rato.

Este episodio me ha dado un baño de realidad. No cuento ni con varas para medir los trozos al por menor. Tampoco dispongo de unas míseras tijeras con los que cortarlos y la unidades de medida son para mí como un jeroglífico egipcio. Gracias a Culito he podido negociar la venta. ¡Qué vergüenza de mercader estoy hecho!

–Escucha Vitoria, no quiero que vayas cargada con las telas. Continúa con tus compras del día y esta tarde te entregaré lo que me has comprado ¿Conforme? – Intento salir del paso como puedo. No dispongo de ninguna herramienta con la que cortar su el rollo a la medida solicitada.

–Eres muy amable. Ya no tengo yo la espalda como para ir cargada todo el rato con las compras. Te lo agradezco, Gilius. –

–¿En qué puerta vives para entregártelas? – le pregunto.

–Vivo en el cuarto piso, dos por encima del tuyo. Pero no te molestes en subir. Yo bajo cada noche a las letrinas en donde nos conocimos ayer. Para esas cosas soy como un reloj de arena. Pasaré por tu habitación cuando suba para que me las entregues. –

–Sea. Así lo haré. –

La mujer se marcha satisfecha. Le hago una seña a Culito para que se acerque.

–Escúchame bien. Ayúdame a recoger todo. Nos vamos. Ya es un poco tarde. –

Mientras el muchacho carga las telas nuevamente en el carro, compro algo para comer en distintos puestos. Camino de vuelta a casa compro en una especie de horno dos hogazas de pan que tienen muy buena pinta y guardamos el carro en el depósito. –

Subimos a casa y nos sentamos a la mesa para comer.

–Es preciso que esta misma tarde nos demos una vuelta por los alrededores. – le digo mientras damos buena cuenta de la comida. – Necesito tijeras, tiza para marcar los cortes, varas o cintas para medir ¿Qué más? Ah, sí, Un par de caballetes en donde poder poner una tarima que sirva como mesa. –

–Perdona, Gilius. Me parece que no tienes ni puñetera idea de este negocio ¿Verdad? ¿Acaso pensabas que la gente compraría las piezas enteras cuando sólo necesita un trozo? – ¡Que razón tiene el mocoso!.

–¿Qué no tengo ni idea? ¿pero tú que te has creído? Lo que ocurre es que me robaron todas esas cosas en el viaje desde Hispania y con tanto ajetreo que llevo estos días, se me había olvidado. – Este mono no se va a reír de mí en mis barbas.

–Ya. – me dice con descaro. Indudablemente es un hueso duro de roer.

 –Otra cosa más ¿Sabes leer y escribir? – le pregunto.

–No. Los esclavos como yo no sabemos de esas cosas. Sólo los más apreciados por sus amos reciben esta formación Y nada más que para que les sirvan como contables o escribas. – me dice.

–De acuerdo. Cuando hayamos comprado lo necesario, quiero que hagamos entre los dos una lista con todas las medidas que se emplean en Roma para cortar las telas. No sé qué son los Gradus, ni los Palmipes ni toda esa mierda. –

–¿Acaso en Hispania no se usan estas medidas? –

–No, allí somos mucho más prácticos. Usamos el sistema métrico decimal. Ya sabes… metros, centímetros, Etc. ¿Comprendes? –

–No. Primera vez que lo oigo. –

–Está bien. Lo arreglaremos. Ya buscaremos un sistema de equivalencias con el que pueda aclararme. No puede ser peor que cuando me tuve que acostumbrar a pasar de pesetas a euros. – 

El chico se encoje de hombros. Indudablemente, no entiende una palabra de lo que le estoy diciendo.

–Y otra cosa, a partir de ahora, dedicaremos un buen rato antes de dormir para enseñarle a leer y escribir. No quiero que termines siendo un ladrón el resto de tu vida. Te daré un buen futuro, yo soy de los amos que saben apreciar a un buen esclavo. –

Al pequeño no parece entusiasmarle demasiado la idea. Supongo que lo que realmente desea es irse de farra con su amiga. Pero se ponga como se ponga, lo haré. Es por su bien aunque ahora no lo valore. –

Me tumbo en la cama completamente abatido. ¡Ja! ¡A estas horas estaría aburrido de contar monedas! ¡Y tanto…! No he sacado ni para los impuestos.

¿Y ahora qué, sabelotodo? Te has comido una mierda. Anda, reconócelo. Solo has vendido un pedazo de trapo en toda la mañana. Tendrás que buscar una buena estrategia de márketing.

¡Joder, que pareces tonto muchas veces, Juanvi!

¿Por qué no aprovechar todo lo que sabes de tu mundo consumista para dar el gatillazo del siglo, nunca mejor dicho eso del siglo

–¡Márketing! ¡Eso es…!– grito y me levanto de golpe.

El chico se asusta al verme en pie mirando al techo como un bobo y aparentemente ido.

 Estos romanos viven como quien dice en la edad de piedra comparado con lo que yo sé de anuncios. Me encantaba ver los programas de tele-tienda de esos que ponen de madrugada. Eran capaces de hacerte preguntar cómo has podido vivir sin un masajeador de juanetes.

Esta tarde compraremos todo lo necesario para instalarnos mañana en el mercado y cuando se vaya Culito a festear con su gata, yo prepararé la mayor operación de Márketing jamás vista en Roma.