Capítulo 18


Capítulo 18

                    Vida Social en Roma

Estamos ya saliendo de la ciudad de Ostia. Por las sombras calculo que debe ser ya bastante tarde, cerca de las catorce horas nuestras. Los romanos no usan una hora fija. Todo depende de que sea invierno o verano y de que sea de día de noche.

¿Un jaleo? Pues sí. ¿Pero a mí que me cuentas? Al fin y al cabo esta gente no conoce el estrés del reloj y la puntualidad no tiene mayor importancia. Por ejemplo: ¿Cuándo terminan las funciones en el anfiteatro? Pues depende del hambre que tengan ese día las fieras.

–Hispano, ¡Olé! – Una voz que reconocería entre mil me llama.

–Ave, Clitórica ¿Cómo te va? –

–No puedo quejarme. Hoy hay mucha actividad en el puerto. Es uno de esos días en los que me puedo permitir el lujo de escoger a mis clientes a mi gusto. – Me contesta con desparpajo.

–Me alegro. Yo parto ahora hacia Roma. He llegado esta mañana para realizar mis compras y no voy a pasar la noche en Ostia. –

–Es una pena. Podríamos disfrutar un buen rato juntos. – 

–Pues ya ves, las cosas son así. Tengo mucho que hacer todavía en Roma. Lo siento. –

–¿Quién es ese niño que va contigo? ¿No serás uno de esos marranos que se acuestan con criaturas? ¡Por todos los dioses que desengaño me acabo de llevar! –

–Nada de eso. Es mi esclavo. No habrás pensado ni por un momento que me gusta pacer con niños. ¡No me jodas, Clitórica! –

–Eso quisiera yo. Pero ya veo que gastaste todas tus energías la otra noche conmigo o tal vez te ha dejado seco una ramera romana y ahora ya no quieres saber nada de mí. Seguro que en Roma no vas a encontrar a otra tan buena como yo en los asuntos de la jodienda. –

–Eso puedes jurarlo. Nadie como tú. Pero ya te he dicho que tengo mucha prisa en volver. Otra vez será. Créeme que lo siento. –

La mujer da media vuelta con gran enfado y sin dignarse siquiera a despedirse. Probablemente se ha convencido de que hoy nada tiene que hacer conmigo. Y por otro lado, su tiempo es tan valioso o más que el mío.

–Está buena la fulana esa ¿Verdad, Gilius? – me suelta de improviso el crío.

–¿Tu que sabrás, descarado? A tu edad no es conveniente ir por ahí fijándote en las nalgas de las mujeres. Eres demasiado joven para eso. –

–Un momento. Ya soy todo un hombre. Tengo una esclavita con la que paso buenos ratos. Se llama Sulpinia y tiene mi edad aproximadamente. –

–¿Ah sí? ¿Y qué edad tienes realmente si puede saberse? –

–Catorce o quince años, creo. –

–Pues estás muy canijo para esa edad. Tus anteriores amos no han debido alimentarte bien. –

–No, he pasado tanta hambre en mi vida que creo que mis tripas son sólo un adorno dentro de mi cuerpo. –

–¿Sales con una chica? Debes saber que tienes que respetarla. Un verdadero hombre que se precie tiene que saber en todo momento donde están los límites para según qué cosas. –

–Sí, pierde cuidado. ¡Pero es tan guapa! – Suspira al cielo de Ostia.

 –¿Y qué haces con ella cuando estáis solos?–

–Nos besamos y nos tocamos mucho. En cuanto me crecieron los primeros pelos le enseñé los huevos y desde entonces es un no parar. Ella tiene ya una gran mata en el connus (Chichi. ¿No sé si me explico? (Nota del traductor) y unas tetitas... –

–¿Qué me estás contado, desgraciado? – le reprendo. Este crio ha conseguido sacarme los colores– Como se te ocurra volver a desnudarla y dejarla preñada te corto yo mismo la pilila y la meto en un frasco con alcohol. Te prohíbo tajantemente que vuelvas a verla hasta que seas un poco más mayor. –

–Pero amo, eso no es justo. Todos los esclavos pueden emparejarse entre ellos ¿De dónde crees que salen los futuros esclavitos? –

–Mira, haz lo que quieras en tu tiempo libre. Pero como me vengas con un muñeco, vais los tres a la puta calle. No te lo volveré a repetir más veces. –

El chaval guarda un silencio sepulcral durante el resto del camino. En el fondo tiene razón. Pero bastante jaleo llevo yo entre manos como para meterme en asuntos de adolescentes.

El sol se está ocultando tras una nube cuando divisamos por fin la ciudad de Roma. Comienza a refrescar. Empujo el carro hasta el lugar en donde tengo plaza reservada para guardarlo junto al de Pinarius.

Lo dejo allí sin descargar la mercancía como hacen los demás y al salir me aseguro de que el pesado candado queda bien cerrado.

Las calles están todavía muy transitadas por ciudadanos, esclavos y todo tipo de gentes procedentes de las diversas provincias del Imperio. Culito camina detrás de mi muy cabizbajo.

–Escucha– le digo– Ahora vamos a cenar algo en casa con lo que “compraste” en Ostia. Después te concederé la gracia de que puedas  ir un rato a visitar a tu querida… ¿Cómo dijiste que se llamaba?– 

El niño por fin sonríe.

–Sulpinia. – dice como saboreando su nombre y con los ojos casi en blanco. Sin mirar siquiera adivino que está experimentando una erección. Me apostaría todas mis telas ahora mismo a que eso es rigurosamente cierto.

–Está bien. No soy tu padre ni quiero saber nada de todo ese asunto. Pero ya te he advertido de lo que te puede pasar si no andas con cuidado con esa chica. –

–Queda tranquilo, Gilius. Sabré que hacer en todo momento. –

Estoy muy cansado del viaje. Empujar todo el día el pesado carro me ha dejado exhausto. El chico no tiene todavía suficiente fuerza como para hacerlo él mismo.

Tenía razón Excrementus cuando me dijo que había hecho un mal negocio al recogerlo como esclavo. El muchacho no parece mal chico y en el fondo le estoy tomando cierto cariño a este sinvergüenza.

Eso sí, espero que no malgaste sus fuerzas con la tal Sulpinia porque este va a tirar del carro aunque sea atándole la chorra a las varas. Yo no volveré a Ostia a comprar si no es estrictamente necesario.

Subimos a la habitación para cenar. Estoy tan cansado que sólo deseo darme un buen baño y dormir a pierna suelta. Desgraciadamente la terma solo dispone de aguas frías, tal y como me advirtió el avaro de Amígdalas y el atardecer es fresco.

Me siento en mi silla para comer algo. La cara de Culito se desfigura cuando le digo que se siente en su banqueta y cene conmigo en la misma mesa.

Sin duda no debe estar acostumbrado a compartir mesa y mantel con sus anteriores dueños. Apenas come nada de la emoción. Llora de placer al sentirse un ser humano por primera vez en su vida.

–Si quieres dejaré de visitar a Sulpinia. No quiero disgustarte por ello. – me dice. Indudablemente no sabe cómo agradecerme el gesto y está dispuesto a renunciar a lo que más desea en esta vida.

–No quiero que hagas ese sacrificio por mí. Pero ten cuidado. Las mujeres son como gatas; crees que eres su dueño y sin embargo son ellas las que se apoderan de tu vida. Ellas piensan con la cabeza y sin embargo los hombres pensamos con el pijo. – Creo que le estoy dando un buen consejo. Espero que me lo agradezca en un futuro.

  –¡Por todos los dioses del cielo! ¿Tú piensas con el pijo?– me dice asombrado– Yo solo lo estoy usando para mear y para que juegue con él mi Sulpinia hasta que se me estropea con un gustirrinín y luego se me pone blando. –

Su inocencia me hace sonreír.

 –Pronto comprenderás lo que te he querido decir, Culito. – Decididamente dejo bastante que desear como pedagogo.

Se pone en pie y recoge los vasos y las escasas migas de pan que han quedado sobre la mesa. Friega rápidamente los platos con el agua fría que sale de la pequeña fuente del fregadero. Creo que los ha dejado peor que estaban. Pero decido ser comprensivo. En su cabeza sólo tiene a su esclavita amada.

–¿Me das permiso para salir un rato, amo? Mis tareas están concluidas salvo que se te antoje ordenarme algo a última hora. – me dice

–No vuelvas muy tarde. Mañana tenemos que establecernos en el mercado. Madrugaremos mucho para conseguir el mejor lugar de la plaza. Te moleré a palos si te haces el remolón. No estoy dispuesto a mantener a un vago. –

No me ha dado tiempo a terminar mi frase cuando ya ha cerrado la puerta y se ha largado con viento fresco. Igual le estoy dando demasiada cuerda a este enano.

Me acuesto emocionado. Mañana emprenderé verdaderamente mi negocio. Hasta ahora he ido deambulando sin un rumbo fijo de un lado a otro. Pero ahora ya tengo todo lo necesario para comerme a Roma enterita por los pies. Con mis veinte piezas de buena lana seguramente mañana estaré a estas horas aburrido de contar preciosas monedas.

Me vuelvo a levantar. Los nervios y la impaciencia no me permiten conciliar el sueño.

¡Cuánto daría ahora por fumarme un cigarrito tranquilamente!

Pero faltan todavía quince siglos para que el imbécil de Colón se decida a descubrir el nuevo mundo y traer el preciado tabaco. Sin embargo, quien está pagando el pato es mi vientre. Me están entrando ganas de hacer de cuerpo.

Me asomo por el ventanuco y compruebo que las letrinas están vacías. Aprovecho para bajar y cagar tranquilamente.

Me siento con verdadera aprensión y asco en el banco agujereado que se supone son las letrinas romanas. Hay otros dos huecos al lado sin separación ni intimidad ninguna. Por debajo se escucha un pequeño torrente de agua que se supone es el alcantarillado para mantenerlo siempre libre de residuos.

 –Buenas noches, vecino– Me dice un individuo que se levanta la toga y sienta su redondo trasero sobre uno de los agujeros.

–Buenas noches, que los dioses sean contigo. – le respondo.

Durante unos segundos permanecemos el uno junto al otro sin mirarnos y con la mirada perdida hacia adelante hasta que una mujerona se acerca también y se sienta con toda naturalidad en el otro hueco libre.

¡Perfecto, ya solo falta la banda de música del César con sus trompetas y todo!

No me acostumbro a cagar así, sin más intimidad que la del cielo estrellado. Francamente me da mucha vergüenza hacer mis necesidades en estos aseos al aire libre. Pero así es Roma. Donde fueras haz lo que vieras. Aparte de que no me queda otro remedio.

Nuestros olores se mezclan en un amasijo gaseoso infernal. La mujer se tira un sonoro pedo como para dar más fundamento al hedor.

–¿Cómo te llamas?– me pregunta el tiparraco con toda tranquilidad.

–Gilius. Soy hispano y afamado comerciante textil. – le contesto.

–Nunca había oído hablar de ti. – me dice la mujer– No debes ser tan famoso como dices. Yo soy costurera y jamás te he visto por el mercado. Conozco a todos los comerciantes. –

–Acabo de llegar a Roma hace apenas dos días. Pero en mi provincia soy bastante conocido. – Una mentira saca a otra

–Yo me llamo Vitoria Luquina y ya te he dicho soy costurera. Es un placer conocerte. Ya me enseñarás lo tuyo. – me dice mientras se levanta sin limpiarse siquiera el trasero.

–¿Cómo que te enseñaré lo mío? No pienso levantarme hasta que no te largues. –

–Jajaja, me refiero a tus telas. No habrás pensado por un momento que tengo el más mínimo interés en verte los pellejos. –

–Pásate mañana por el mercado que hay en la plaza. Instalaré allí  mi puesto y podrás admirar y comprar la mejor lana que hayas visto en tu vida. –

–Lo haré. Precisamente ando buscando una muy especial para hacerle una túnica a mi marido. Hace tiempo que no se cambia de ropa y ya no se sabe ni del color que era cuando se confeccioné. Ente eso y que no se baña nunca, prefiero mantener la ventana abierta para que entre el olor de las letrinas antes que cerrarla y soportar el suyo. – 

–¿En vuestra provincia no compartís las letrinas, Gilius?– me pregunta el hombre un poco asombrado.

–En absoluto. Allí están instaladas en cuartos individuales. Incluso las cerramos con un cerrojito para que nadie nos vea. Esto de cagar en tertulia está muy mal visto. – 

–¡Que raros sois los extranjeros! – sentencia el hombre y rubrica su afirmación con un colosal trueno que me parece más propio de un borrico que de un ser humano corriente.

–A mí me da cierto reparo eso de charlar con el culo al aire ¿Qué quieres que te diga…? No me relajo. No sé, a mí esto de estar de cháchara en este lugar me cohíbe tanto que no consigo hacer nada por mucho empeño y fuerza que hago para conseguirlo. –

–Te acostumbrarás. Nosotros no somos tan escrupulosos con estas cosas. Pero te advierto, si no evacúas puedes morir de fiebres. – 

¿Cómo has dicho que te llamabas, vecino? –

–No te lo había dicho. Soy Ovidius. Vivo en el tercer piso. Ya ves, sin agua ni apenas espacio. Mi oficio no me permite gozar de los lujos de los primeros pisos. –

–Lo siento Ovidius ¿A qué te dedicas?

–Soy un funcionario de Nerón. Me dedico a recaudar los impuestos. Todo comerciante de Roma me teme más que al mismísimo Plutón. –

Lo que me contesta hace que definitivamente me vaya la por la pata abajo.

Me da un pequeño codazo.

–Jajaja, es broma. Pero sabía que eso te iba a hacer mucho bien para eso de tu estreñimiento. En realidad soy un pobre liberto (esclavo liberado. Nota del traductor). Trabajo como vigile (Bombero y policía semejante a los serenos, nota del traductor). Está muy mal pagado y es un trabajo muy duro. Te lo puedes imaginar. – 

–Me hago cargo. – le contesto sin que eso me importe ahora. Pero la verdad es que me he quedado de lo más a gusto.

El hombre se levanta y se larga. Yo hago lo mismo. Me espera mi cama dura y fría. Pero la verdad es que dormiría incluso en un colchón de faquir. Tengo mucho sueño. En el fondo no está mal este aseo. Es un buen lugar para conocer a gente interesante.