Capítulo 17


Capítulo 17

                    Retorno a Ostia

Nos hemos levantado temprano. La mañana es bastante fría. El carromato que me compró ayer Pinarius es fantástico aunque un poco pesado y Culito no puede arrastrarlo. Pero mi amigo no me mintió cuando me dijo que era incluso mejor que el suyo. Hemos desayunado generosamente. El camino que nos espera es largo.

La Vía Ostiensis está bastante transitada ya. Muchos esclavos caminan perezosamente hacia Ostia. A estas horas casi nadie va camino de Roma. Todos viajan hacia el puerto para comprar todo tipo de cosas. Es por la tarde cuando las caravanas viajan de retorno hacia Roma después de realizar las compras en el puerto.

La carretera no está mal. Pero el empedrado es incómodo para ir tirando de un carro que traquetea entre los adoquines como una castañuela. Eso sin mencionar la enorme cantidad de boñigas de los caballos y bueyes que transitan por ella y que hacen que tenga que ir como bailando para no pisarlas.

–Alabados sean todos los dioses que hacen que nos encontremos de nuevo. – Oigo una voz que me resulta familiar.

Es Excrementus que vuelve a Roma.

–Alabados sean, Excrementus. Me alegro de verte. –

–Ayer fui buscarte pero no estabas en tu casa. –

–Lo sé. Estuve muy ocupado resolviendo ciertos asuntos de negocios. Pero gracias de todas formas. –

–Mi amo me envió a Ostia para comprar aceites y esencias. He pasado la noche en el puerto porque me soplaron que llegarían esta mañana tres barcos cargados con todo tipo de cosas. Ha valido la pena esperarlos toda la noche. Ciertamente han traído buenas mercancías. – Me muestra pequeñas ánforas y tarros de cerámica que transporta en un carrito mucho más  pequeño que el mío

Salimos del camino para descansar y charlar. Le indico a Culito que se quede junto a los carros para vigilar que no nos roben y nos alejamos un poco para hablar sin ser escuchados.

–¿Quién es ese chico que te acompaña? ¿Acaso tu hijo? – me pregunta.

–No, nada de eso. Es un esclavo que tengo desde ayer. –

–¿Has comprado un esclavo tan pequeño? Perdóname Gilius, pero no creo que haya sido una buena compra. No te saldrá a cuenta. No puede ni tirar del carro. –

–No, no lo he comprado. Es una larga historia. Se llama Culito y me sirve bien. –

–¿Culito? ¡Joder, Gilius! También tú eres un poco cabronazo en eso de ir poniendo nombrecitos. –

¿Cómo te atreves a hablarme así? Te recuerdo que eres un esclavo y yo un ciudadano. A ver si respetamos lo galones. Además, el nombre no se lo he puesto yo. Él mismo lo eligió. Yo quería llamarle Gilipichis. –

–Lo dicho, un cacho cabrón. ¡Pobre crío!– me contesta.

–Te estás ganando una buena hostia, Excrementus. – Este bruto me está ya sacando de mis casillas. Me dispongo a atizarle cuando se cubre el rostro con los brazos y me cambia de conversación:

–Me dijo Marcia que estuviste en su casa. –

–Sí, una gran mujer. También conocí a Pedro. Se me ponen todavía las carnes de gallina al recordarlo. –

–¿Las carnes de gallina? ¡Qué cosas más raras dices, Gilius! – Debe ser que esa expresión data de siglos posteriores y en Roma no se le ponen a nadie la carne de ese modo.

–¿Sabes algo de Tontochorrus y Ligia? Espero que estén bien. –

–Sé que han salido de Roma y están a salvo camino de algún lugar seguro. De lo contrario ya estarían en el estómago del león o colgando de una cruz. Pero ignoro qué dirección tomaron. –

–Me alegro mucho. Espero que Dios les ampare. –

–Pasado mañana tenemos una reunión. Marcia quiere que estemos todos porque teme que se nos enfríe la fe en Jesús. Pero hay que ser mucho más discretos que de costumbre. –

–Gracias, una buena noticia. –

–Su marido se ha negado en redondo a que se realicen más reuniones en su casa. Le ha entrado mucho miedo.  Huevus Cuadratus no ha sido ejecutado todavía. Eso significa que le están torturando a fondo para que desembuche nombres. Todavía no sé el lugar en que la haremos. Pero te tendré informado en cuanto me lo comuniquen. –

–Sinceramente, yo también tengo miedo de asistir. Pero procuraré hacerlo. Me encantará volver a hablar con Pedro el pescador y conocer al resto de cristianos de Roma. –

–No temas nada. Tampoco está del todo mal ser apresado y morir como mártir para mayor gloria de Dios. –

–Deja, deja. No tengo madera de héroe. Si ya me cuesta ir al ambulatorio para vacunarme contra la viruela, como para que me pinche un gladiador con el tridente en las tripas. Ni pensarlo. –

–¿Ambulatorio, vacuna, viruela? No entiendo el valenciano, Gilius. Es preciso que hables  en latín correctamente si quieres hacerte entender por todo el Imperio y no quedar como un gañán de provincias. –

Verdaderamente  me cuesta mentalizarme que estoy en una época muy distinta a la mía.

El sol comienza ya a calentar. La mañana avanza y no es cuestión de perder más tiempo. Nos despedimos y continuamos nuestros caminos.

–Nos veremos en la reunión, Excrementus. Haré todo lo que pueda para no faltar a la cita. –

–¿Quién era ese, Gilius? – me pregunta Culito cuando emprendemos la ruta.

–Excrementus, el esclavo de Hijoputus del que te hablé ayer. Si todo marcha bien, le acompañarás en los próximos viajes a Ostia para comprar las mercancías. Yo tendré que ocuparme de las ventas diarias en el mercado y no podré ir viajando de un lado para otro. –

Tras recorrer el tortuoso camino sin mayor incidencias que las de pisar alguna que otra mierda de caballo, divisamos el hermoso puerto de Ostia.

Excrementus tenía razón. Han llegado tres barcos enormes cargados hasta arriba con todo tipo de artículos. Muchos esclavos se afanan en descargarlos para llevar las mercancías a los tinglados.

Desgraciadamente no está permitida la compra directa a los capitanes de los navíos. Todo debe hacerse mediante los mayoristas de las lonjas. Eso encarecerá el precio. Pero no me importa demasiado. Volveré a la tienda del viejo zorro al que le compré el otro día las telas. Creo que podré sacar un buen precio con el regateo adecuado.

–¿Te acuerdas de mí? – le digo al anciano cuando llegamos a su tienda. –

–No. ¿Por qué debería hacerlo? Tampoco es que tengas una cara tan hermosa como para haberme impresionado en el pasado y tener que recordarla. – 

–Te compré tres rollos de lana hace dos días. –

–Los siento. No admito devoluciones. Ya te puedes ir largando por dónde has venido. Tengo mucho trabajo hoy ¿Acaso no lo ves?

–Todo lo contrario. Quiero comprarte más. Los vendí en un instante en Roma. Estoy satisfecho con tus telas. –

Su actitud cambia súbitamente. Me sonríe y se entretiene unos instantes en sacudirme con sus propias manos el polvo que el camino ha depositado sobre mi túnica.

–Eso es otra cosa, señor. Ya me parecía a mí que eres un experto en los asuntos textiles. Se te nota a cientos de millas. Por supuesto has venido al lugar adecuado. El mejor de todo el puerto. Tú dirás. –

–¿Por cuánto me dejas cada pieza que no valen ni treinta sestercios asquerosos? –

–¿Treinta sestercios? –exclama– El sol ha debido darte fuerte durante el camino. Quiera Plutón que te recuperes pronto. Es una pena quedarse gilipollas por una insolación cuando uno tiene un negocio que atender. Pero no te preocupes, conozco a un galeno que te puede curar la tontería y te dejará como nuevo. –

–Escucha, especie de engañabobos. Estoy dispuesto a comprarte todos los rollos de tela que quepan en mi carro. Pero no voy a pagarte más de cuarenta sestercios por cada uno. Lo tomas o lo dejas. –

–¡Cuarenta! Eso es un insulto a mis piezas ¿Acaso no sabes que las tejen los dioses griegos?

–Déjate de hostias. Te doy setecientos sestercios y me llevo veinte rollos. Pero debo elegirlos yo personalmente para asegurarme que son de lo mejor. –

Durante un instante le veo calcular mentalmente la operación ayudándose de los dedos de sus manos. Los romanos son muy habilidosos para contar con los dedos. Pueden llegar hasta diez mil usando trucos ingeniosos.

–¡Eso solo son treinta y cinco sestercios por pieza! Ni lo sueñes. ¿Acaso quieres arruinarme? –

–No. Pero volveré muchas veces a negociar contigo si me haces un precio justo. Hay muchos otros almacenes como el tuyo. –

Culito interviene providencialmente. Me tira de la túnica

–Amo, he visto otro lugar en donde los podrías comprar por veinte sestercios. – miente como un bellaco pero le agradezco su ayuda.

  –¿Quién es ese niñato maldecido de los dioses que osa meter baza en la conversación? ¿Qué clase de educación le das a este mequetrefe?– dice el viejo muy enfadado. 

–Mi esclavo. Conoce todas las tiendas de Ostia. – le respondo.

Hago un gesto para darle a entender que me largo con el muchacho a otra parte para comprar mis artículos.

–Espera, extranjero. Podemos llegar a un acuerdo. Acepto tus cuarenta sestercios por pieza. No se hable más. Y que todo el Olimpo griego de perdone por esta infamia. –

–Treinta y cinco. Es lo justo. Ni un puto semis más. –

–Mil veces te maldigan los dioses y termines con Vulcano en el inframundo. ¿Acaso quieres ver morir de hambre a este pobre viejo con tus tratos? – Hace aspavientos e incluso consigue que brote una pequeña lágrima de sus ojos. Este tío es un artista del enredo.

–Treinta y cinco. ¿Trato hecho? – intento dar por cerrada la compra.

–Sí, si me juras por todos los dioses que siempre me comprarás tus telas a mí y solo a mí. Y de ahora en adelante por cuarenta sestercios la pieza. – 

–Me parece bien. Pero vendrá mi esclavo a recogerlas cuando las venda y necesite más. Fíjate en él, su nombre es Culito. En el futuro debes respetar con él el precio acordado. –

–Conforme. Lo tendré en cuenta. – 

Cargamos el carro con las que considero que son las veinte mejores piezas de todo el almacén. No entiendo mucho de estas cosas pero he procurado escoger las más tupidas, pesadas y gordas.

Me aparto un poco hacia un rincón para sacar de mi bolsa el dinero acordado. No quiero que nadie sepa cuanto me queda ni donde la oculto dentro de mis ropas.

Le entrego también a Culito un par de sestercios para que compre algo con lo que comer durante el camino de vuelta. No quiero permanecer en Ostia con el carro cargado hasta arriba en medio de este tumulto de gentes que abarrotan los tinglados del puerto. No dudo por un momento que esto debe estar plagado de ladronzuelos.

Al cabo de un rato vuelve con una cantidad de comida que se me antoja demasiado copiosa como para haberla obtenido por dos míseros sestercios. Me está pareciendo a mí que tiene las manos demasiado largas. Tendré que educarle convenientemente cuando regresemos a Roma. No me agrada que vaya robando por ahí.

Pero ¿Qué cojones? Ha traído un pedazo de tocino casi tan grande como otro pedazo de queso que reposa junto a un pan todavía humeante. Eso por no mencionar la hermosa anforita repleta de buen vino, el racimo de uvas, las cuatro piezas de fruta… ¡Una fantasía oriental!

–¡Por todos los dioses que tu esclavo sabe administrar tus dineros! –exclama el viejo zorro de las telas Mi mujer siempre anda quejándose de que baja a los mercados con cincuenta sestercios y no le cunde. Sin duda me debe estar sisando lo que no está en los escritos. Esta misma noche le voy a dar una paliza que se le van a quitar para siempre las ganas de robarme. –

–Sí, soy muy afortunado al disponer de un esclavo tan servicial y eficaz. Todas las noches doy gracias a los dioses por haberme ofrecido un ejemplar tan bueno. –

–¿Y cómo has dicho que se llama el chico? –

–Culito. –

–Por la diosa Juno que tienes un buen cuajo para llamar así al muchacho. Pero eso no es cosa mía. Si cuando crezca te rebana el cuello durante una noche sin luna lo tendrás bien merecido. –

Sale a la calle junto a nosotros que estamos terminando de amarrar bien las telas en el carro. Inesperadamente se dirige al niño y le abre la boca para inspeccionar su dentadura y después le palpa los brazos para asegurarse de que es un niño sano y fuerte,

–¿Se puede saber que estás haciendo?– le grito enfurecido.

–Te lo compro. Hagamos un trato. Me lo quedo a cambio de otras diez piezas de los mejores linos que poseo en mi tienda. –

–Ni pensarlo. No está en venta. Además, como tu muy bien dices, Culito tiene en común con tus trapos el que está engendrado por los polvos de los mejores dioses griegos en una noche de orgía desenfrenada. La misma Venus debió de encargarse concienzudamente de que fuese así. – Toma de tu propia medicina, cabrón.

 –Todo tiene un valor y todo está permanentemente en venta, extranjero. ¿Qué precio consideras justo para darte por tu Culito?–

–No insistas. Por mi Culito ni el bigote de una gamba. –