Capítulo 16


Capítulo 16


                                                          Mi pequeño Culito

He dormido hasta después de mediodía. Me he levantado con una jaqueca considerable y tengo hambre. En mi habitación la pequeña despensa está completamente vacía. Creo que voy a bajar al mercadillo para comprar algo con que llenarla. Me lavo la cara y me peino como puedo con los dedos.

Cuando llego a la plaza encuentro a Pinarius afanado en vender sus frutos secos a una esclava que le regatea hasta la extenuación. Paso de largo sin saludarle para no interrumpirle.

En uno de los puestos he visto que tienen todo tipo de cacharros de cerámica para la cocina. Compro un olla grande, dos vasos de barro y algunos cubiertos de madera. En otro he comprado una pequeña banqueta de madera y después me he provisto de frutas, algo de pescado seco y ahumado  que he metido en la olla para transportarlo mejor, dos hogazas de pan y una hermosa manzana que comienzo a comer con deleite.

Vuelvo al puesto de mi amigo Pinarius.

–Ave, Pinarius– le saludo.

–Ave, amigo Gilius. – me responde mientras cuenta las monedas que le he entregado la esclava tras la venta.

–Quisiera pedirte el favor de que me guardes estas cosas que he comprado y luego me ayudes a llevarlas en tu carro hasta casa. –

–Dalo por hecho. No te preocupes. –

–Te quedo muy agradecido. Eres un buen amigo, Pinarius. –

Me hace un gesto para que me acerque a él discretamente.

–Esta noche han matado a Culus. Ya no tienes nada que temer con respecto a ese sinvergüenza cabrón. – me dice en voz muy baja.

–Sí, ya lo sé. Es por eso que me he atrevido a salir de casa y venir al mercado a comprar algo. –

–Por cierto, ha estado aquí Culito. Me ha dicho que está ahora a tu servicio y me ha preguntado por la compra de un carro. ¿Sabes tú algo de todo eso? –

–Es cierto. Se presentó esta mañana en mi casa y me contó que habían asesinado a su amo. Se puso tan terco insistiendo en que quería ser mi esclavo que no tuve más remedio que aceptar. –

–¡Por Neptuno! ¡Cómo progresas, ya tienes esclavo y todo! Pues me alegro. Aunque ahora tus gastos crecerán. Mucho tendrá que trabajar para ti para compensar su comida y el hogar que le ofreces. Por cierto, ¿Dónde está ahora ese rufián?–

–Le dije que hablase contigo acerca de la compra del carro y le di algo de dinero para que comiese por ahí. –

–Lo del carro déjamelo a mí. Hablaré con los comerciantes del mercado y te conseguiré uno bueno y barato. Esta misma tarde lo tendrás en el mismo lugar en el que dejo el mío. –

Una esclava negra está manoseando las almendras que tiene Pinarius en una cesta. La golpea en la mano con una varita que tiene para tal efecto.

–Se mira pero no se toca. ¡A saber si se la has sobado la polla esta mañana a tu señor con esa misma mano! –

La mujer se aleja rezongando y frotándose la mano para calmar el dolor y blasfemando como una mula.

–Te lo agradezco mucho, amigo. Mañana sin falta debo ir a Ostia para comprar más mercancía. El tiempo pasa y la bolsa adelgaza a pasos agigantados en esta condenada ciudad. Necesito el carro para traer género en gran cantidad. El viaje es largo y debo aprovecharlo al máximo. –

–Conforme, en cuanto recoja el puesto me pongo con lo del carro. –

Vuelvo a casa. Culito no ha vuelto todavía así que aprovecho que no está para vaciar mi bolsa sobre la mesa. Necesito saber cuánto dinero queda todavía en ella.

Cuento cincuenta denarios,  doscientos cuatro sestercios, cien ases y unos cuantos semis. Decido convertirlo todo mentalmente a sestercios, ya que es la moneda de uso más común y con la que me aclaro más. Es para mí como el equivalente a euro que conozco de mi vida real.

En total tengo unos novecientos noventa y cuatro sestercios, aparte de dos piezas pequeñas de plata y una de oro, cuyo valor desconozco y los semis que no he contado porque son calderilla y además tengo muy pocos. En realidad cuento con una pequeña fortuna. Pero insuficiente para pasar el enorme tiempo que me queda para salir de aquí y volver a mi época.

Aparto diez sestercios para mis gastos más inmediatos y decido esconder el resto oculto en una pequeña rendija que he descubierto cerca del techo. Es un lugar que me parece seguro. Además, tengo que tener cuidado. Ya no vivo solo. No quiero arriesgarme a que el granuja de Culito me robe y me deje en una situación todavía más desastrosa.

Alguien está llamando a mi puerta. Bajo de la silla en la que me he subido para esconder la bolsa y observo desde abajo que el escondite pasa completamente desapercibido.

–¿Estás ahí, amo? – es Culito que regresa a casa.

Le abro la puerta y el chaval entra cargado con una especie de talego grande comparado con su estatura.

 –¿Qué es eso que traes? –

Sin mediar palabra lo deja sobre la mesa y extrae de él una hogaza de pan grande y tierno, dos trozos de queso de cabra que tiene un aspecto soberbio y una pieza de tocino.

–¿Ya te dije que no hay mejor esclavo que yo en toda Roma? – me dice con aires de darse importancia.

–No lo habrás robado ¿Verdad? – 

–¿Importa mucho eso cuando hay hambre? – me contesta con todo el desparpajo del mundo.

–Escucha, mocoso, no quiero que andes robando por ahí. Me puedes meter en un lío de tres pares de cojones. –

–Pierde cuidado, amo. – me dice sonriendo mientras yo ya estoy empezando a devorar uno de los trozos de queso y un buen bocado de exquisito pan. Tiene toda la razón. El hambre tiene muy mala cara.

Toma el otro trozo de queso y lo que queda de pan, se sienta en el suelo y se lo zampa en menos de lo que uno tarda en darse cuenta.

–Te he comprado un taburete. No volverás a comer en el suelo como un perro. – le digo– Y otra cosa; no me llames amo. Para ti soy Gilius. – creo que no me acostumbraré nunca a tener esclavos.

La tarde está ya avanzada. Le ordeno a Culito que limpie un poco la casa. El inquilino anterior no se caracterizaba precisamente por ser un gran aficionado a la limpieza. Lo habría hecho yo mismo porque soy un poco tiquismiquis para los asuntos del orden. Pero bien pensado, está de puta madre eso de tener un esclavo para según qué cosas.

Me tumbo en la cama para meditar y observarle.

Tras un rato viendo al chaval afanándose en dejar aquello medio decente, siento cierta pena por él. Me parece verme a mí mismo intentando con torpeza realizar faenas a las que no estoy acostumbrado ni sé cómo hacerlas bien. Pero no le voy a llamar la atención. Si este niñato se parece un poco a mí y me pongo borde con él, pronto veré mi nombre escrito en la pared de la letrina.

Llaman a la puerta. Es Pinarius. El chico abre.

Viene cargado con la compra que he hecho esta mañana y que le dejé en su puesto para que me la trajese con el resto de sus cosas. Las deja en la entrada y se hurga entre la túnica hasta sacar algo de uno de los bolsillos interiores.

–Ave. Aquí tienes la llave del almacén en donde he dejado tu nuevo carro. Lo he comprado por ochenta sestercios. Es incluso mejor que el mío. ¡Una ganga! –

Me entrega una llave de hierro enorme.

–Muchas gracias, amigo. ¿Cómo sabré identificar mi carro entre todos los demás. –

–He grabado tu nombre en una de las varas con mi cuchillo. Lo encontrarás porque además está junto al mío. –

–Eres un buen amigo. Nunca olvidaré lo que haces por mí. –

Pero ahora se me presenta un problema con el que no había contado. El dinero para pagarle a Pinarius lo tengo escondido y no quiero que nadie sepa dónde está.

–¿Te importa que te lo pague mañana? – le pregunto.

 –No, Gilius. Me hacen falta los ochenta sestercios ya. Los necesito para comprar más mercancía y venderla mañana. –

–De acuerdo. – le respondo y saco de mis reservas dos sestercios, que le entrego al  Culito. 

–Ve inmediatamente a cualquier bodega y compra una buena jarra de vino. Quiero invitar a mi amigo Pinarius y celebrar la compra. – es una excusa como otra cualquiera para quitarme al niñato de en medio.

Culito recoge el dinero y sale para realizar el encargo.

–No es necesario que me invites a beber. Pero si ese es tu deseo, aceptaré beber un trago contigo. Por Apolo que eres generoso. –

–Sinceramente, Pinarius, tengo mi bolsa escondida para que no me la robe Culito. Todavía no me fío de él. Por eso le he hecho salir con cualquier pretexto. –

–No creo que sea capaz de hacerlo. Por un delito como ese se puede hacer crucificar a un esclavo y él lo sabe. – 

–¿Crucifixión solo por robar? – le digo perplejo.

–En realidad a un esclavo le puede castigar por cualquier cosa. Para eso eres su Dóminus. En Roma la vida de estos desgraciados no vale ni su peso en estiércol. –

Echa una mirada a toda la habitación como para inspeccionarla.

–Perdona, Gilius. Pero he de decirte que hay que ser muy gilipollas para esconderla donde lo has hecho. Es el primer lugar en donde miraría un ladrón. – me dice mientras señala el lugar exacto en donde la he ocultado.

Me subo a la silla para recuperarla del escondrijo.

–Pues a mí me parece el lugar perfecto. No entiendo cómo has averiguado tan pronto donde tengo escondido mi capital. –

–Mucho te queda por aprender, Gilius Pollus Casto. – me dice riendo.

Saco los ochenta sestercios de la bolsa y se los entrego. Después aprovecho para colocar la olla de barro en una banca que hay junto al fregadero y pongo en la mesa un platillo con el pescado ahumado que he comprado. Coloco también dos vasos a la espera de que llegue Culito con el vino. Y cuidadosamente dejo la banqueta que he comprado para el niño junto a la mesa e invito a Pinarius a que se siente en ella.

El chaval aparece casi de inmediato. Se ha dado prisa en realizar el encargo. Deja la jarra en la mesa y se sienta en la cama.

–Jajaja. –ríe Pinarius. –Este bribón de esclavo tuyo ya te ha hecho sisa. Esta jarra de vino no vale los dos sestercios que le has dado. –

El muchacho le lanzan una mirada asesina y luego me mira a mí como sonriendo y con ojos lastimeros.

–Ya te dije que te robaría poco. – me dice con toda su cara–Apenas me ha sobrado un semis. – Y me extiende la mano con la monedita para que la coja.

  –Está bien, Culito. Quédatela. En el fondo no me has mentido y creo eres un esclavo honrado. –

–Te ruego que no vuelvas a desconfiar de mí, Gilius. – continúa el chico– Si hubiese querido robarte te hubiese quitado toda la bolsa que ocultas en ese escondrijo tan cutre que le has buscado. No te hubieses dado cuenta siquiera. – Y señala la grieta.

–Te lo dije, Gilius. Hay que ser gilipollas para esconder las cosas de valor ahí. – sentencia Pinarius.

–Va a resultar que entre todos los tontos de Roma habéis dado con el César de Césares. – Estoy entre indignado y perplejo.

–Y un amo muy blando ¿Cómo consientes que te hable así tu sirviente? Creo que deberías azotarlo de inmediato. –

–Lo haré en cuanto estemos solos. – le miento ¿Cómo voy a darle de azotes al niño sin más ni más?

Bebemos unos buenos vasos de vino mientras nos comemos el pescado. Culito nos observa sin levantarse de la cama en la que está sentado. Sabe perfectamente que no puede comer con su dueño. Para eso es un esclavo. Sin embargo, he guardado en la despensa el resto de comida que he comprado. Se la daré cuando se marche Pinarius.

Terminada la cena, indico al chaval que se sirva algo de la despensa y se lo coma tranquilamente sentado en su taburete.

Nunca había visto a nadie cenar tan orgulloso y feliz por tener su propia silla y comer en la misma mesa que su amo. Me asalta un enorme sentimiento de tristeza al verle conformado con tan poca cosa.

La oscuridad de la noche se apodera de Roma. Mañana tenemos un largo día de viaje y compras en Ostia.

Culito se acurruca en un rincón y se dispone a dormir. Me sabe mal que tenga que hacerlo en el suelo como un animal, pero mi cama es estrecha y no cabríamos los dos.

Además ¿Cuándo se ha visto que un subordinado se acueste con su jefe? Bueno, sí, esas cosas pasan en mi mundo, vale, hay gente dispuesta a todo con tal de ascender en la empresa. Pero desconozco las costumbres de Roma.

Indudablemente no debe estar bien visto que un esclavo se acueste con su Dóminus si no es porque éste último tenga aviesas intenciones y le obligue a ello y ese no es el caso.

Saco del armario la otra túnica que tengo de reserva y cubro al niño con ella para que no pase demasiado frío.

Me prometo a mí mismo que con los beneficios de la primera venta que haga le compraré una camita digna en donde pueda descansar confortablemente. Es posible que el chaval haya dormido siempre en el suelo. No pienso consentirlo más. En el fondo no es más que un desgraciado como los otros miles que hay en todo el Imperio. Pero este es especial: es mi desgraciado.

Poco a poco la algarabía que constantemente hay en el edificio se va apagando y el silencio se abre paso a medida que las tinieblas inundan Roma.

He de descansar. Mañana recogeremos el carro y saldremos temprano hacia Ostia.

Es preciso poner definitivamente mi futuro en marcha.