Capítulo 15


Capítulo 15

                                        El asesinato de Culus

La noche ha sido un calvario. Cierto es que el tal Pichurrus no ha dejado de dormir plácidamente como un niño pequeño, al menos eso me ha parecido. Sólo me ha extrañado no oírle roncar. Con su volumen debería haberlo hecho casi igual que un búfalo. No sé a ciencia cierta si él ha dormido o no, pero lo que es seguro es que yo no he podido conciliar un solo minuto de sueño.

Al alba se ha levantado, vestido y salido a realizar sus tareas como cada día. Probablemente ha debido creer que estoy durmiendo y ha procurado hacer el menor ruido posible para no despertarme. Me siento avergonzado por haber desconfiado de este individuo. Pero estoy en manos de un escritor majareta que es capaz de inventar cualquier cosa con tal de no dejarme vivir en paz.

Sigilosamente salgo de la habitación yo también. Una chiquilla, de no más de doce años, está fregando el pasillo arrodillada sobre una pequeña estera para proteger sus rodillas.

 –¿Eres un nuevo esclavo? – me pregunta con su vocecilla infantil.

No, bella niña. Yo soy huésped de Galla y Séneca. Me han invitado a pasar la noche aquí. –

Estaría muy bien que no pisases por lo mojado. Una no se levanta antes que el gallo para que le estropeen la faena. – me dice.

 ¡Joder con la niñita!

Lo siento. Procuraré andar de puntillas. No quiero menospreciar tu trabajo. Pero comprende que tengo que marcharme ya. –

¿Has pasado la noche con Pichurrus? ¿Qué tal te ha ido?

Pues muy bien. Somos dos personas adultas que sabemos lo que hay que hacer para no perdernos el respeto. – le contesto un poco contrariado por la preguntita. Pero ella sonríe picaronamente.

Escucha, esclavita. No es lo que parece. Además no tengo que darte explicaciones. – 

La niñata sigue sonriendo. ¿Qué se habrá creído esta mona? Ganas me entran de volcarle el cubo de agua para que se joda. Pero unas voces en el patio me alarman. Son varios soldados que están hablando con Séneca. Probablemente se lo llevan detenido.

Medio escondido, veo como el hombre se ajusta correctamente su túnica y se marcha con los legionarios de la guardia. No son simples soldados. Por sus armaduras brillantes, sus cascos con ese cepillo tan raro y sus hermosas capas rojas, se nota que son oficiales de alto rango y no soldados cochambrosos. Galla permanece en el patio.

–¿Qué ocurre, Galla. ¿Se ha llevado a tu padre la Guardia del César? – le pregunto a la mujer que está aparentemente tranquila.

Buenos días, Gilius. El Emperador ha requerido su presencia en palacio. Nada de particular. Es frecuente que lo haga llamar para consultarle cosas de estado. –

Pues es un alivio. Por un momento pensé que se lo llevaban detenido. Con el ejército nunca se sabe. –

Ni con el chiflado de Nerón tampoco. – me contesta– Pero no debes preocuparte. Lo hace llamar muy a menudo. Yo creo que muchas veces sólo para fastidiarle. –

Créeme que me alegro. Ahora lo que deseo es recuperar mis ropas y marcharme. Tengo muchas cosas que hacer en Roma. Y la tormenta ha cesado. Luce un sol espléndido. –

Desayuna algo y haré llamar a una de mis esclavas para que te entregue tu túnica. Desafortunadamente Séneca no usa calzones y no puedo prestarte uno. Así que tendrás que ir a pelo. –

Gracias, no importa. No sé cómo agradecerte tu hospitalidad. Si alguna vez necesitas algo no dudes en contar conmigo. –  

¿Has pasado buena noche?

Pues a decir verdad, no. He estado inquieto por la presencia de Pichurrus en la habitación. – le confieso.

Jajaja. No tienes nada que temer de ese coloso. Le gustan las mujeres más que a un tonto una tiza. No para de acosar y meter mano a mis esclavas doncellas. Incluso nos hemos planteado Séneca y yo el tema de caparlo. –

Pobrecillo. Déjale al hombre que disfrute. Además, no creo que a las chicas les importe demasiado. Es un buen ejemplar. –

Vuelve cuando quieras. No te prometo nada. Pero si  necesitas trabajo, probablemente mi padre pueda ofrecerte algo. Tenemos una potra en la cuadra a punto de parir. ¿Sabes algo de veterinaria?

Gracias, noble Galla. Pero tengo otros planes. Además no sé nada de nada en asuntos de paritorio. –

Una esclava a la que no conozco trae mis ropas perfectamente dobladas y secas. Me las entrega haciéndome una leve reverencia y vuelve al interior de la casa con el mismo silencio y sigilo con el que ha salido al patio para devolvérmelas.

Retorno a la celda en la que he dormido y me cambio de ropas. La túnica que me prestaron es mucho más suave y elegante que la áspera tela con la que está cosida la mía. Pero es una pena que me esté demasiado pequeña.

Salgo nuevamente al patio y me despido de Galla.

–¿Dónde vas a ir ahora, hispano? –

No lo sé. Tengo un serio problema con otro mercader que probablemente me cause algún que otro disgusto. Es algo que tengo que resolver hoy mismo sin falta. –

Ten mucho cuidado, Gilius. Si en lugar de acabar en esta casa lo hubieses hecho en otra cualquiera, te habrían delatado y detenido. –

–¿Qué quieres decir con todo eso? ¿Por qué me tendrían que detener? ¿Acaso he hecho algo que te haya molestado? – estoy desconcertado.

Sospecho que eres un cristiano de esos. – me dice dejándome helado.

–¿Cristiano yo? ¡Vamos, no me jodas!

Es inútil que lo niegues. Anoche pegué mi oído a tu puerta y escuché como rezabas cuando te dejé solo con Pichurrus en su habitación. –

Claro, yo siempre rezo a los Dioses como buen ciudadano civilizado. –

Es posible. Pero invocabas a ese dios pagano de Judea. –

Debiste oír mal mis ofrendas. – No sé qué decirle. Estoy nervioso.

 –Pichurrus me lo ha confirmado. Él tampoco ha dormido bien esta noche pensando que eras un sátiro enviado por Séneca para quitarle la afición a las mujeres mediante el viejo truco de hacerle conocer varón. Dicen que quien lo prueba repite. –

 –¿Qué te ha dicho esa especie de elefante? Yo no medié palabra con él en todo el rato. –

Que rezabas cosas muy raras sin dejar de mirarle– me dice– “Padre nuestro que estás en los cielos” o algo así. –

Sin duda debe tratarse de un error. Yo he pasado mucho miedo en su compañía. Te juro que si se llega a levantar en plena noche me hubiese hecho mis necesidades en la cama. Pero te lo aclaro, en Hispania a Apolo se le llama Padre Nuestro porque somos sus hijos favoritos. Es una forma de alagarle. – Ya no sé qué decirle. Por su mirada me doy cuenta de que no le convencen mis excusas.

No te esfuerces, Gilius. No le diré a mi padre que hemos dado cobijo a un pagano. Pero te vuelvo a avisar de que andes con cuidado. No vale la pena ir jugándose la libertad por un dios por mucho que creas en él. –

Gracias. Lo tendré en cuenta. Ahora debo marcharme. Siento si te he incomodado con mi presencia. –

En absoluto. No tienes porqué disculparte. Además, Séneca me ha encargado que te diga que vuelvas porque quiere tener contigo una larga conversación. No sé qué habrá visto en ti pero es un hombre muy sabio y él sabrá. –

Volveré. Es un honor que ese personaje tan importante en Roma se interese por mí. Quede tranquilo. En cuanto me sea posible me reuniré con él. –

Salgo de la casa. El sol luce resplandeciente tras una noche de tormenta tremenda. El cielo está despejado y la temperatura es agradable en la calle. El empedrado ha realizado un buen trabajo de drenaje y no hay apenas charcos a pesar del torrente de agua que se desencadenó anoche. Roma luce hermosa.

¡Gilius! – oigo una voz áspera que me llama. Me sobresalto.

Se trata del borrachín de Sargentus. Me hace señas para que me acerque a él. Verdaderamente este hombre es muy cansino. Seguramente quiere que le invite otra vez a un buen vaso de vino.  Creo que me ha tomado por gilipollas. Y aunque en ese aspecto no anda equivocado, me hago el despistado como si no le hubiese oído. A estos gorrones hay que atarles en corto.

Desgraciadamente, con el rabillo del ojo, le veo andar con su cojera  apresuradamente hacia mí.

Gilius, tengo que hablar contigo– me dice cuando llega a mi lado y me agarra del brazo. Luego me doy cuenta de que me está casi arrastrando hacia una lujosa taberna que hay en la esquina de la calle.

Escucha, Sargentus. No estoy dispuesto a seguir pagándote  la bebida. Tengo muy poco tiempo y dinero como para gastarlo contigo. –

Y es entonces, mientras entramos en la taberna, cuando pronuncia una palabra en voz muy baja cerca de mi oído que me deja temblando.

Culus. –

Da dos fuertes palmadas en el mostrador para pedir vino urgentemente. Yo estoy paralizado. ¿Acaso le envía el estafador asesino para matarme?

Insiste en que entremos en el comedor reservado. No quiero hacerlo. Prefiero permanecer de pie entre los clientes. No creo que se atreva a apuñalarme delante de todo el mundo.

Es mejor que me hagas caso, Gilius. Busquemos una mesa discreta. Lo que debo decirte es absolutamente secreto y peligroso. – me dice mientras tira de mí hacia el reservado y manteniendo un generoso vaso colmado de vino en la otra mano sin que se le vierta una sola gota.

Nos sentamos en una mesa situada en un rincón. Dos hombres están sentados en otra de las mesas pero alejados de la nuestra. Esos tipos hablan con entusiasmo de la lucha de gladiadores de que se celebran en la clandestinidad de unas cuevas fuera del anfiteatro, sin reglas y en las que se cruzan apuestas elevadas. El resto de mesas están vacías.

Esta noche he matado a Culus. – me dice entre trago y trago.

¿Has matado a Culus? – exclamo en un tono de voz demasiado alto para el gusto de Sargentus.

Chissss. Baja la voz. En Roma hasta las paredes tienen oídos. –

Perdona. Pero estoy muy sorprendido con lo que has dicho. –

Sargentus ha terminado su vino a una velocidad de record y levanta la mano para indicar al tabernero que quiere otra jarra.

Anoche hablé con mi amigo Pinarius y me contó lo que ocurría con este criminal y sus intenciones de hoy contigo. –

¿Y has liquidado a Culus para salvarme a mí? – le pregunto.

 Para ser sincero, no. Lo he hecho por Pinarius. Le tenía amenazado de muerte si no colaboraba en sus trapicheos. Conozco a Pinarius desde hace mucho tiempo y me ha salvado de morir de hambre en muchas ocasiones. Se lo debía. –

 Una nueva jarra de vino está ya sobre la mesa. Cuando el tabernero se retira, continúa hablando Sargentus.

Era cuestión de tiempo que detuviesen a Culus. Y en ese caso también Pinarius hubiese tenido problemas por cooperar con él. Cierto es que lo hacía obligado pero actuó como cómplice al fin y al cabo. Y ya de paso lo he hecho también por ti. Ya te dije que tendrías un amigo fiel si te portabas bien conmigo. Y lo has hecho siempre. –

¿Y cómo sabías dónde estaba yo pasando la noche? – le pregunto con escepticismo.

Te seguí cuando saliste de tu edificio sin que te dieses cuenta. –  la jarra de vino está ya a la mitad. Este hombre no es un ser humano, es una especie de sumidero.

–¿Y cómo diste con Culus? ¿Acaso también me seguía?

Sí, te esperó escondido en un portal cercano. Al verte salir corriendo bajo la lluvia, intentó matarte para robarte y luego entrar en tu casa para apoderarse de lo que en ella tuvieses. –

Estoy horrorizado. ¿Para qué coño me meteré en estos jaleos? ¿Y la policía? ¿Dónde está la policía cuando más la necesita uno?

Aproveché la ocasión. – continúa SargentusCon tanta lluvia las calles estaban desiertas y el murmullo del agua apagó el pequeño ronquido que dio al cortarle el gaznate de oreja a oreja y por la espalda. – Su voz suena fría como el hielo. Me pregunto si me he librado de las zarpas de un criminal para caer en las de otro mucho peor.

Ahora soy yo el que pide otra jarra de vino para consumo propio. Creo que la necesito para digerir todo esto.

¿Y ahora qué? – le pregunto.

Nada, puedes volver a tu casa y continuar con lo que estuvieras haciendo antes de salir a toda prisa. Nadie te va a relacionar con la muerte de un criminal odiado por media Roma como Culus. –

No es tan sencillo, Sargentus. Hay alguien que sabe que estuvo anoche en mi casa: Culito Envilo, su hijo. – le contesto.

 Sargentus se pone en pie y lanza un sonoro eructo. Parece que quiere dar por terminada la conversación. Se conoce que en su estómago ya no cabe una sola gota de vino más. Y es entonces cuando me dice una frase que me hace casi vomitar el trago que estaba yo bebiendo.

Sargentus nunca deja cabos sueltos…–

Lentamente sale de la taberna. Yo permanezco petrificado en mi silla por el horror. Supongo que en Roma las cosas se hacen a fondo o no se hacen. Siento pena por el mocoso.

¿Sabes que te digo? Que me da igual ya todo. Creo que poco a poco me estoy embruteciendo en este ambiente. Pago los seis de sestercios que me ha costado la bromita de Sargentus y vuelvo a casa lentamente y cabizbajo.

En el portal está Amígdalas, el casero vigilando que su esclavo barra en condiciones la entrada.

¿Valió la pena mojarse anoche? – me pregunta en tono burlón.

Sí, nunca una salida nocturna me había proporcionado tanto placer. Tendré que hacerlo más a menudo. En casa se aburre uno cuando está tan solo. –

Pues debes tener más cuidado de aquí en adelante. Creo que han matado a uno tres calles más arriba. Por un momento he llegado a pensar que se trataba de ti, hispano. – me dice.

¿Han asesinado a alguien? Primera noticia. Roma está imposible. – le digo fingiendo desconocer el crimen.

Por cierto, un esclavo te ha estado esperando. Me ha dicho que se marcha a Ostia y habías quedado con él para que te acompañase.

¡Joder! Debe tratarse de Excrementus. Le dije que me avisase cuando partiera hacia el puerto para comprar más telas. Pero ciertamente estoy muy cansado. Ahora lo que necesito es dormir tras pasar la noche en vela.

Gracias, Amígdalas. Es cierto que quedé con ese esclavo. Pero ya sabes cómo son estas noches en vela por culpa de los temas carnales. ¡Un sinvivir!– En el fondo no le estoy mintiendo.

Subo a mi habitación. Cierro la puerta. La estancia está oscura. Abro un poco la ventana para que entre la luz a pesar de que además entrará el olor a cieno de las letrinas. Es en ese momento cuando mi corazón está a punto de sucumbir a un infarto.

Ave Gilius. – me dice Culito Envilo, el hijo de Culus. Está sentado en mi cama.

–¿Qué haces aquí? ¿No estás muerto? – Ya no se ni lo que digo.

No, el que está muerto es el cabrón de mi antiguo amo Culus. Yo no soy su hijo. Era su esclavo al que utilizaba para dar credibilidad a sus historias y engaños. Alguien lo mató anoche. Pero no te voy a decir quién. –

Vale. ¿Pero eso que tiene que ver conmigo? Te lo repito ¿Qué haces aquí en mi casa?

Su mirada se vuelve tierna y lastimera.

Quiero ser tu esclavo. No puedes ser peor que Culus. –

 –¿Mi esclavo? Yo no quiero esclavos. Ya te puedes largar por dónde has venido. – le grito.

–¿Irme a dónde? No tengo ningún oficio. Siempre he dependido de un amo u otro. Pero sólo me han enseñado a robar y a engañar a pardillos. Culus me compró hace ocho meses y desde entonces hemos ido engañando y asesinando a paletos como tú. Me necesitas tanto como yo a ti. Si me dejas libre ahora moriré de hambre. –

El jodido crio tiene razón. De pronto se arrodilla ante mí y extiende sus brazos menudos.

–Te seré fiel y te sisaré y robaré menos que cualquier otro esclavo que compres. Créeme, por favor. –

Estoy muy cansado. Llevo muchas horas sin dormir y no tengo ganas ni de pensar ni de discutir con el mocoso. Pero decido ponerle a prueba.

–Está bien. Puedes quedarte a mi servicio. ¿Conoces a Excrementus, el esclavo de Hijoputus?–

–No, pero puedo preguntar hasta dar con él. Te lo juro por todos los dioses. –

–Olvídalo. Quiero que hagas algo por mí. –

–Dalo por hecho. ¿De qué se trata? –

–Busca un buen carro para transportar mercancía. Mañana partiremos hacia Ostia. Necesito un buen cargamento de telas. –

El chaval se queda impasible ante mí.

Creí que me ibas a obedecer. Mal empezamos. – le reprendo.

 –En toda Roma no encontrarás a nadie que te provea de un buen carro si no es a cambio de dinero. Pero si es tu deseo lo robaré. – y me extiende la mano para que le de mi bolsa.

–¿Robar? ¡Ni se te ocurra! Habla con Pinarius y que te oriente acerca de los precios y pregúntale si sabe de alguno que esté en venta. Si lo encuentras, vienes esta tarde e iré contigo para cerrar la compra. –

–Me apena que no confíes en mí. Podrías haberme dado el dinero y yo mismo te hubiese comprado el mejor carro de toda Roma. – me dice con gran frustración.

 –No, todavía no me fio de nadie. Además, recuerda que anoche viniste a estafarme haciéndote pasar por el hijo de ese cabrón de Culus y como tú mismo has confesado, sólo sabes de engaños y robos. –

–¿Y qué podía hacer si no? Al fin y al cabo yo era sólo el esclavo de mi amo. Y los esclavos obedecen sin rechistar. – 

Me tumbo en la cama todo lo largo que soy.

–Te prometo que sabré recompensar tu fidelidad y que no seré un mal amo. Pero eso te lo tienes que ganar día a día. Por lo pronto haz lo que te he ordenado. Yo ahora solo quiero dormir un poco. –

El muchacho esboza una sonrisa. Creo que en el fondo está contento con el cambio de dueño. Y ya está a punto de salir cuando le detengo.

–Espera. – saco mi bolsa de entre mi túnica y le doy dos sestercios– Con esto podrás comer algo a medio día. Si te sobra algo, puedes quedártelo. Pero necesito que comas bien de aquí en adelante. Estás muy enclenque para tirar del carro cada vez que tengamos que ir a Ostia o tengamos que llevarlo al mercado. –

–Gracias, amo. Te prometo que te obedeceré–

– Y otra cosa, cierra la condenada ventana que entra un olor a mierda que se puede cortar con un cuchillo. ¡Putas letrinas! –

–Mi amo Gilius, quisiera pedirte humildemente un favor. – me dice mientras la cierra.

–Tú dirás, Culito. – 

–Pues se trata precisamente de eso; mi nombre no es Culito, me lo puso el desgraciado de Culus para hacerme pasar por su hijo. –

–¿Y cuál es tu verdadero nombre? –

–No lo sé. Cada amo que he tenido me ha puesto el que le ha salido de las pelotas. Ponme tú uno. –

Entre la jarra de vino y el sueño que tengo, no me apetece pensar en ningún nombre apropiado para el enano. Le digo lo primero que se me ocurre. Puesto que yo me llamo Gilius, intento buscar uno relacionado.

–¿Qué te parece Gilipichi? – 

–Sea, si este es tu deseo. Pero no te ofendas, puestos a elegir, prefiero seguir siento Culito. – me dice resignado.

–Mira, déjame en paz. Vete a hacer lo que te he encomendado. Quiero dormir. ¿Culito? Pues no se hable más. Culito y punto. –