Capitulo 2


Capitulo 2

                                                                        Ya estoy en Philadelphia


He salido del aeropuerto de Boston con los mismos andares que John Wayne cuando se bajaba del caballo. La maleta la he dejado en consigna porque el puto perro se ha meado dentro. Me compraré algo de ropa cuando llegue a Philadelphia. De momento con lo puesto voy bien. No tengo ganas de tomar más aviones. Pero tampoco dispongo de suficiente liquidez como para taxis. Y la Estación de Autobuses sólo Dios sabe dónde estará.

Como he visto en las películas que en Estados Unidos siempre pasa un tren de mercancías por todas partes, no he tardado en dar con unas vías y estoy esperando a que pase alguno en la dirección adecuada. Tras cuarenta minutos de espera y a pleno sol, por fin veo acercarse a uno. Y con mucho cuidado me pongo a correr paralelo a él, me subo a un vagón de ganado, que como siempre pasa en las películas, tiene las puertas abiertas. Los americanos son la hostia.

Dentro hay un par de vagabundos que me miran sin hacerme prácticamente caso. Jadeante, me siento sobre un montón de heno que hay en una esquina opuesta a la que están ellos. No terminan de darme buena espina.

-¿Philadelphia? –pregunto al que parecía más espabilado.

-Yes- me contesta sin apenas ganas y mirándome con ojos porcinos como si fuese miope mientras da un codazo disimulado a su compadre para que repare en mí. Sonríen…

Tranquilizado por estar ya en ruta me acomodo entre la paja y no puedo evitar que me invada el sueño. Ha sido largo y pesado el viaje hasta ahora pero parece que la cosa se encarrila adecuadamente. Y el culo ya no me escuece tanto.

No sé cuánto tiempo llevo dormido cuando una sacudida me sobresalta. El tren se ha parado. Ruidos de ajetreo a mi alrededor. Ignoro como lo han hecho esos jodidos truhanes, pero han sido capaces de quitarle el traje que llevaba puesto sin ni siquiera despertarme. Ahora estoy en calzoncillos sobre el montón de heno. Me pica todo el cuerpo. Afortunadamente han tenido el detalle de dejarme sus sucios harapos y aunque me han soplado el poco dinero que tenía en la cartera, por lo menos me la han dejado en el suelo del vagón, junto a una boñiga de vaca seca, con toda mi documentación.

He debido estar viajando toda la noche porque por el portón abierto del vagón contemplo un hermoso amanecer. Me asomo y estoy en la terminal de carga de una gran estación. Por el rabillo del ojo veo como los vagabundos corren a lo lejos a toda prisa por entre el entramado de vías para salir cuanto antes de las instalaciones.  Apresuradamente me visto con los trapos que se han dignado a dejarme. Huelen a todo menos a Channel nº 5. Y algo debe andar mal porque aquella vestimenta pica más que el heno sobre el que he dormido. Y encima la ropa me está pequeña, el pantalón queda muy por encima del tobillo. En desquite, los zapatos viejos y rotos me están grandes.

Salto del tren, miro a un lado y a otro para orientarme y veo a un par de empleados de ferrocarril que están inspeccionando los vagones. Ya están muy cerca del mío pero no me han visto todavía. Salgo corriendo en dirección a cualquier parte. Corro y corro entre las vías hasta que encuentro una cerca de hierro. Salto y estoy de lleno en la calle 32.

Necesito llegar al Pensilvania News Tymes & Horizonts cuanto antes, seguro que me esperan con impaciencia. A esta gente le gusta la puntualidad más que a un tonto una tizaSon individuos bastante tiquismiquis para esas cosas.

Me acerco a una señora mayor, mulata y algo entrada en kilos, que pasea por la acera con un canicheVoy a preguntarle si sabe dónde está esta empresa. La mujer me contempla con algo de recelo. El perro me enseña los dientes, se acerca, me huele y cae desmayado ipso facto. Ella saca un spray defensivo de pimienta y me apunta a la cara con él.

-Plis señora. ¿New Tymes and Horizons?  ¿Sabe usted dónde es? –le pregunto. Supongo que haber metido palabras en inglés ha sido suficiente para que me entienda.

-Te vas a salvar mi amol, porque soy cubana y he entendido tu guirigay. Pero no te acerques que te dejo ciego con este cachivache. – Me amenaza apuntándome con el chisme y me alejo un poco de ella por seguridad.

-Disculpe señora, no es mi intención molestarla. Sólo quiero saber dónde está esta empresa. –El perro ha recuperado el conocimiento y vuelve a olisquearme con el mismo resultado de antes. Yace de nuevo en mitad de la acera con la panza hacia arriba.

Le extiendo la carta en la que está escrita la dirección. Con suerte esa mujer podrá ayudarme a encontrar el lugar. Sólo espero que no quede muy lejos de aquí. Ella la lee sin dejar de apuntarme a los ojos con el dichoso spray. Al final me contesta.

- Eso es entre la décima y la cuarenta y dos. Y señala hacia el oeste.

- ¡Nos ha jodido! Entre la décima y la cuarenta y dos hay treinta y una calles. ¡Anda que se le habrá a usted escaldado el chichi con la repuesta! También podría ser usted más concreta.

Me observa atónita como si no me entendiese.

- Es como si me pregunta usted por Madrid y le digo que está entre Barakaldo y Sanlúcar de Barrameda. –Le aclaro.

-Eres un remamahuevos de mielda. Te ayudo y encima te guaseas de mí. ¿Qué modales son esos? ¿Y porque no te lavas un poquito de vez en cuando, cariño– Creo que se ha enfadado con mi comentario. Pero es que la tipa también se las trae con sus explicaciones. Recoge al perro que está tirado en la acera como un guiñapo, se lo coloca bajo el brazo y se larga sin ni siquiera decirme nada más.

Recorro un montón de calles en la dirección que me había indicado. Han pasado casi dos horas de caminata por esta enorme ciudad. Cansado me siento en un banco que hay en un parquecito. Una paloma me caga en plena cabeza.

No, no creo que haya sido buena idea venir a los Estados Unidos.

Una mujer joven que pasea por el parque con una niña de la mano se me acerca. Me mira piadosamente, me da un billete de un dólar sin mediar palabra y ambas continúan su camino.

-Gracias. Pero no soy un mendigo – le digo mientras me levanto para devolverle el dinero. Ella y la niña se detienen  y se vuelven a mirarme con cierta curiosidad.

-¿Spanish? –Me dice la mujer con un acento muy americano.

-Sí, soy español señora. Aquí tiene su dinero. Gracias. Sólo ando buscando esta dirección. – Y le enseño la carta.

-¡Oh, español! Mi madre también española. De México D.F. – Chapurrea como puede en castellano. No voy a sacarla de su error tras el esfuerzo que ha hecho la mujer con el idioma y lo generosa que ha sido conmigo. Pero vamos, que de México a España hay un largo océano por el medio.

You suerte. Es en la next calle. A menos de media milla de aquí. –Me dice sin aceptar el billete de dólar. La putada es que no tengo ni idea de lo que mide una milla. Esta gente tasa las cosas en yardas, millas y pies. El dilema con esto es que todo es relativo. No son lo mismo las medidas naturales de mis pinreles que la de los zapatos en donde los llevo metidos. Hay tres o cuatro tallas de diferencia. ¡Y las pulgadas! ¡Yo que coño sé lo que mide una puga estándar! Pero vamos, que si dice que esto está cerca, así será. La niña me observa con expresión burlona y escondiéndose un poco detrás de su madre.

Le doy efusivamente las gracias y me dirijo a grandes pasos hacia el lugar indicado. Y digo a grandes pasos porque llevo calzados unos cuarenta y ocho que ya me están haciendo ampollas en los talones y los dedos.

Hoy hace calor en Philadelphia. Mis ropas sucias, ásperas y malolientes se impregnan además de mi sudor. Debo echar el mismo tufo que una mofeta. Pero no tengo donde ir a lavarme un poco y conseguir otras ropas. Ya se lo explicaré a quien sea en mi nueva empresa. Me tendré que valer solo de mi espectacular físico para  causarles buena impresión. Aprovecho el reflejo en un escaparate para ajustarme correctamente la cuerda de esparto que me sirve de cinturón.

Y de pronto, ante mí, un edificio bastante antiguo de dos plantas, con columnas, un capitel y un cartel dorado en la puerta con letras románicas:

“Pensilvania News Tymes & Horizonts”

Por fin he llegado al condenado lugar. A partir de ahora comenzarán a ir las cosas sobre ruedas. Al fin y al cabo no es tan difícil desenvolverse en este país. Sólo es cuestión de conocer el idioma y hablarlo con soltura como ya comienzo a hacer yo. Voy a entrar aunque sea con estas pintas y que sea lo que Dios quiera.

© Juan Vicente Sánchez Díaz, 2020. Todos los derechos reservados.