Capítulo 4


Capítulo 4

                                                        El Marqués de Raboblanco

Poco antes de las cuatro de la tarde, Lola, la secretaria de Mister Patterson, viene a buscarme a mi habitación. Yo ya estoy preparado para asistir a la reunión con el Marqués.

-Juanvi, si estás listo, ven conmigo al despacho. La reunión está a punto de comenzar en breve. El Marqués de Raboblanco no tardará en llegar. Apresúrate. – me dice.

Salgo de mi cuarto. Ella me ajusta el nudo de la corbata y revisa mi aspecto general.

-Perfecto. Vas a causarle una buena impresión. Vamos. Y recuerda que lo importante es guardar las formas. Ahora no soy Lola, soy Brenda. Y Patxi es Mister Patterson.

- A mí me da que todo esto es una estafa. Me siento mal con todo este teatro – le confieso.

-Tranquilo. Te acostumbrarás. Tú no metas la pata y verás cómo todo marcha como la seda.

Entramos decididamente en el despacho de Mister Patterson. Él está sentado en su escritorio revisando una carpeta con documentación. Levanta un poco la mirada y me hace gestos para que me siente en un sillón. Brenda nos deja solos.

-Tranquilo Juanvi. Esta es tu primera entrevista con un cliente. Mantén la boca cerrada hasta que te presente al aristócrata. Yo me encargaré de todo. Se discreto. – Asiento con la cabeza.

Brenda vuelve a llamar a la puerta.

-Mister Patterson, El Marqués de Raboblanco.

Patxi se pone en pie para recibir al hombre y yo hago lo mismo. Entra un individuo alto y muy delgado. Debe haber cumplido holgadamente los cincuenta. Viste impecable pero con ropas demasiado formales, incluso lleva un monóculo colgando en un ojo. Ambos hombres se dan la mano cordialmente.

-Don Álvaro. Buenas tardes. Es un placer tenerle de nuevo por aquí. – Le dice Mister Patterson mientras le hace un gesto para que el aristócrata repare en mí.

-Y este es Juanvi. El hombre que realizará el trabajo que nos encomendó. Nos ha costado encontrarlo pero créame que es perfecto para esta misión.

-Bien – me dice fríamente el marqués – espero que sea usted un poco más eficiente de ahora en adelante. Tenía cita para ayer y usted no se presentó. He tenido que alargar mi estancia en Philadelphia más de lo previsto. –Me dice con tono asquerosamente de reproche.

-Problemas con los enlaces aéreos. – Justifica Mister Patterson- Pero ya está todo solucionado. No tendrá queja de Juanvi. Tendría que haberlo visto esta mañana. Tiene una soberbia habilidad para los disfraces.

Mister Patterson toma de nuevo asiento en su escritorio y el marqués y yo en dos sillones casi juntos frente a él.

-Bien Juanvi, Don Álvaro le pondrá ahora en antecedentes.

El hombre se dirige a mí.

-Soy Don Álvaro Martín de la Chota, Marqués de Raboblanco. Y sí, se lo estará preguntando, mi título no es porque tenga la polla paliducha. Que ya estoy hasta los cojones de las gracietas. Así que ni se le ocurra hacer el gilipollas conmigo – me dice muy serio.

  Durante el siglo catorce, un antepasado mío, Don Martín de la Chota, fue nombrado Marqués por el Infante Don Pedro de Castilla, tutor del rey Alfonso XI. El marquesado es un territorio que hace frontera con Portugal. Tiene forma alargada como la cola de un león y como suele estar nevado durante muchos meses, Su Majestad le puso el nombre de Raboblanco. De ahí deriva el peculiar nombre.

-Comprendo – Le digo como si a mí eso me importase tres pepinos.

Brenda entra en el despacho. Trae un servicio de café para Mister Patterson. Después abre un mueble bar y sirve una copa de coñac al Don Álvaro. A mí, por lo visto, me pueden ir dando por saco. Porque también tomaría una copita de esa botella de  Napoleón.

-¿Desea algo más Mister Patterson? – Pregunta antes de volver a dejarnos solos.

-No, gracias Brenda. Puede retirarse.

El marqués saborea el brandy y continúa hablándome.

-Verá, señor Juanvi. Tengo algunos problemas con el asunto del título nobiliario. Hay un fulano en Salamanca, un tal Nuño de Braganza, que reclama los derechos al mismo alegando no sé qué historias. Afirma que su familia es la legítima heredera al marquesado y que mi antepasado les usurpó el título con turbias estratagemas. –Toma otro sorbo de brandy. Mister Patterson le ofrece un habano. Y Don Álvaro lo enciende anegando la habitación de aroma a tabaco.

-Y ahí entra usted, Juanvi. – Me dice Mister Patterson- Se trata de que viaje a ese lugar y a esa época. Indague los acontecimientos y recopile toda la información y documentación necesaria en provecho de don Álvaro.

-Es importante que haga bien su trabajo. –Me dice el marqués- Me va a costar un dineral. Pero si puede usted demostrar con pruebas convincentes que mi familia es la legítima heredera del marquesado, me sale rentable el asunto. Este título goza de importantes privilegios. Además me es muy útil para mis negocios. Conservo en la caja fuerte de mi casa de Salamanca documentación al respecto. Pero es confusa y no aporta gran cosa. Necesito algo más concluyente.

-¿Y si no pudiese demostrarlo de ninguna manera o fuese el otro el que tuviese razón? – Intento aclarar un poco el asunto porque aquí veo yo muchos cabos sueltos. Mister Patterson interviene.

-Juanvi, no puedes cambiar en modo alguno la historia. Es precisamente por eso que irás como un simple labriego al pasado. Pero si al final don Álvaro no tuviese los derechos legítimos del marquesado, el informe no se llevará a cabo. Volverá a España como si tal cosa y New Times & Horizons levantará un muro de silencio sobre el asunto. Nada más. En caso de que todo sea correcto, nos facilitarás toda aquella información y documentos que puedas aportar mediante un sistema especial que nos permitirá tenerlos aquí al instante. Mister Anthony, nuestro asesor científico, te explicará los detalles.

-Pero entonces no se trata de verificar si la historia es falsa. En ese caso se trataría de ocultar la verdad de los acontecimientos- Les digo.

-No lo veas así Juanvi – vuelve a intervenir Mister Patterson – Este no es un caso de investigación científica. Es un pedido de un cliente. No cambiamos la historia. Pero tampoco la investigamos si no es por encargo especial como este. Y nunca un cliente puede salir perjudicado.

-Comprendo. Pero entonces la otra familia sí sería la legítima propietaria del título en caso de tener razón.

-Este tío es gilipollas – interviene el marqués.

-Ya lo ve don Álvaro. Hemos dado con el tipo perfecto. Tras rebuscar entre todos los gilipollas de España, tenemos al mejor. 

 -Bien, pues todo correcto por mi parte – interviene el marqués - ¿Para cuándo está prevista su partida?

-Viajará esta misma noche. – Responde Mister Patterson. 

Se ponen en pie. Mister Patterson le acompaña hasta la puerta del despachoEl marqués me mira.

-Supongo que será usted lo suficientemente cuidadoso  para no meter la pata. En ello confío.

-Tranquilo señor Marqués. Siempre enviamos a gilipollas a este tipo de viajes. De ese modo nos aseguramos de que no vayan a perturbar los hechos históricos. Jamás un gilipollas apareció en los libros de historia. Y Juanvi ha demostrado desde un principio que es de los buenos. Uno de estos no se encuentra así como así. 

Cuando el marques sale del despacho, Patxi cierra la puerta con una gran sonrisa.

-Estupendo. Pues ya está todo atado. – Vuelve a su escritorio, descuelga el teléfono y habla con el botones- Bobby, acompaña a Juanvi a su habitación y que se vista como corresponde. Después que baje al laboratorio. Allí debe estar ya Mister Anthony preparándlo todo para el viaje.

Me guiña un ojo

-Tranquilízate. En el primer viaje es normal estar acojonado. Pero ya verás que incluso te vas a divertir. Y también vas a aprender algo de historia. – Me dice 

Paquito, el botones alias Bobby, entra en el despacho para indicarme lo que debo hacer. Subimos los dos a mi habitaciónabre el armario en donde había colocado mis nuevas ropas y saca la caja de cartón que también habían depositado dentro.

-Juanvi, Debes ponerte esto antes de bajar al laboratorio. Son las vestimentas que debes llevar acordes a la época a la que vas a viajar.

Inaudito. Saca de la caja un blusón, unos pantalones de pana con pinta de haber sido usados durante mucho tiempo, una especie de zapatos de piel ya muy desgastados, un gorro ridículo y un jubón con varias composturas y parches cosidos. Cuando me pongo esas ropas tengo el aspecto de un campesino pobre como las ratas.

-Perfecto – me dice el cabronazo de Paquito con una sonrisa de aprobación – Vamos para abajo. El laboratorio está en el sótano.

De los nervios me están entrando ganas hasta de mear. Me parece que me he metido en un lio de los gordos. Por lo visto la cosa va en serio y no es una broma. Debo ser en este momento el gilipollas más grande de la Creación.

Bajamos a una especie de sótano muy bien cuidado. El supuesto laboratorio no está lleno de trastos, frascos, alambiques, probetas… No hay nada salvo una mesa con algunos libros viejos, un par de sillas vulgares, un sillón de psicólogo y una lámpara de pie. El bruto de Antxón está con los brazos en jarras esperándonos. Supongo que es para tomar medidas en caso de que me arrepienta de todo esto a última hora.

-¡Picha, estás pa verte! – el Antonio, supuestamente el científico de la empresa y el cerebro de todo aquello, me recibe con su guasa gaditana habitual. Va vestido con una bata blanca como la de los médicos – Ahora lo que tienes que hasé es no ponerte nerviozo. Esto no es ná. Y peligro ninguno. 

-Pues no sé qué quieres que te diga Antonio, Mister Anthony o como haya que llamarte. Estoy cagao de miedo.

-Na, tranquilo. Esto es mu fasil. Tú solamente te tienes que dejá llevá. Yo mengargo de to. –Me indica que me siente en el sillón y pone sobre mi cabeza una especie de casco con cables.

-Esto es pa que aprendas el idioma del sitio adonde te vi a mandá. En este caso es fácil ya que zolo es necesario que aprendas ciertas palabras de la época y er modo de desirlas. Ar fin y ar cabo vas a Zalamanca y allí hablaban castellano, antiguo, pero castellano. –Me explica mientas conecta el cableado a unos enchufes.

-Mira, yo esto no lo tengo claro. Pero te advierto que como me tengas que pinchar yo me largo. No aguanto las agujas.

-¿Qué agujas ni que niño muerto? ¿Tas creído que soy practicante. Aquí se hacen las cozas de manera mu distinta, picha. Semos sientíficos.

Siento una ligera descarga en la cabeza cuando acciona un interruptor. Apenas es molesta. Aparte de eso no noto ningún cambio por ninguna parte. No he aprendido nada nuevo. Ya me parecía a mí que todo esto es una farsa.

-Es normá que no notes na. Er efecto lo hace en cuantito llegues a la época y lugar de destino. Ahora te quitaré el casco y vamos al aparato que te va a llevá al marquesao de Raboblanco y ar ziglo catorse. – Me quita el armatoste ese de la cabeza y enrolla los cables.

Paquito, el botones, ha asistido a toda la operación desde un rincón junto a Antxón. Se acerca y me ayuda a levantarme. Miro por toda la habitación y no encuentro la supuesta máquina del tiempo.

Me cachea todo el cuerpo y se asegura de que no llevo ningún objeto que no corresponda a la época: reloj, bolígrafo, teléfono móvil, etc. Después me entrega un viejo zurrón en donde hay un cuartillo de pan, queso de cabra, algo de cecina y una pequeña bolsa que contiene algunos reales y otros tantos  maravedíes, monedas cuyo valor desconozco.

Cuando ha terminado, me acompaña hacia una portezuela que hay hábilmente camuflada en un rincón. Apenas mide un metro y medio y tenemos que agacharnos para entrar. Observo lo que hay en su interior. Es una estancia pequeña en la que apenas cabemos el científico y yo. Las paredes están recubiertas de espejos y un pequeño tubo fluorescente ilumina el habitáculo.

-¿Qué mierda es esto? Ya sabía yo que me estabais tomando el pelo. ¡Que soy gilipollas pero no tanto! – le grito

-¿Qué paza colega? ¿Te esperabas un armatoste plagao de cables y bombillas? ¡Muchas películas has visto tú! – Me responde con un tono que denota cierta molestia.

-Hombre, yo no sé lo que me esperaba. Pero desde luego que lo último que me podía imaginar como máquina del tiempo es ¡Un sillón de barbero!

-Pero zi es cohonúo pa hasé er trabajo que tiene que hasé. Ten en cuenta que tiene que ser reclinable, que se pueda girá pa varios sitios y no ocupe mucho espasio. –Me explica mientras me sienta y ajusta la silla en altura.

-Ahora tienes que sabé una coza mu importante. Nosotros no te vamos a está viendo lo que hagas porque nos encontraremos a ziete ziglos de distancia en er futuro. De manera que dónde tú estés, nosotros no existimos todavía. Pero tienes un modo de comunicasión. Debes escondé en un agujero todo aquello que necesites enviarnos. Cuarquié mensaje o documento importante. – Me entrega un pequeño pergamino en el que hay dibujado una especie de mapa muy simple – Ezte es er lugá en donde tienes que meté los menzajes. Actuará como una cápsula der tiempo. Nosotros lo recibiremos al instante porque ese agujero conduce directamente aquí.

 Me muestra una trampilla metálica que levanta y da acceso a un pequeño zulo vacío.

-Lo que tú deposites en el hoyo, lo tendremos al instante porque es como si desenterrásemos argo que lleva cientos de años escondido. Er tiempo es relativo. Ya lo dijo mi colega Einstein. Un tío con el cerebro mu apañao.

-¿Y para que me volváis a traer aquí que tengo que hacer? –Pregunto muy inquieto.

-Na, simplemente dejas un cacho paper o lo que sea en lo que hayas escrito las palabras “Retorno”. Y vorverás a aparesé en er sillón zano y zarvo.

-Comprendo. O sea, que me tengo que fiar de ti ¿no?

-Sastamente. Por ezo siempre contratamos gilipollas que estén dispuestos a tó a cambio de dinero. Er mundo funsiona asín. – hace una pausa mientras me ajusta unos arneses a los pies y los brazos – Pero te aconsejo que no hagas ninguna trastá que pueda comprometé er éxito de la misión. Y sobre todo que no vuervas sin antes completar el encargo. En eze cazo, en er contrato que has firmao sin leer, hay una cláuzula que especifica que no vas a cobrá na.

-Pues de puta madre. Y me lo dices ahora. Desde luego que si buscabais un gilipollas, lo habéis encontrado.

Me coloca un paño con agua fría en la frente. Tengo miedo. A continuación extrae un cable de debajo del asiento de la silla de barbero. Lo conecta en una especie de cuadro de mandos que hay tras uno de los espejos de la pared. Me da la sensación de estar sentado en una vieja silla eléctrica.

-Es importante que actúes con naturalidá – me dice – Pasarás desapercibido y  por supuesto no debes contar a nadie del pasado quien eres y de dónde vienes. – Me pone una mano en un hombro – Lo principal ahora es que estés zereno.

Extrae de uno de los bolsillos de su bata una especie de tableta electrónica y la manipula hábilmente.

-Todo listo, Juanvi ¿Alguna duda de última hora? 

-Sólo una – respondo - ¿Qué ocurriría si me matan en el pasado? ¿Volveré aquí o desapareceré para siempre?

-Si mueres en el pasado pues ahí te quedas. Sería una muerte más de un fulano desconocido, sin influencias en nada de nada. Nadie llorará en tu entierro porque nadie te conocerá. 

Estoy a punto de levantarme del sillón pero las putas correas que me ha puesto me lo impiden.

-Desde luego que hay que ser gilipollas para aceptar este trabajo – hablo en voz alta.

-Ten en cuenta que no corres más peligros que aquí. Aparte de poder contagiarte de la peste o la lepra, por lo menos no te puede atropellar un coche. – Y con ese pobre argumento se cree que me va a calmar el pánico que ahora mismo tengo.

Un ligero zumbido sale del sillón. Esperaba una especie de descarga eléctrica o algo por el estilo. De momento no siento nada. Si hay suertecilla, este trasto no funcionará y me iré a casa en el primer barco que salga para España. Estoy harto de ir por la vida como un gilipollas y encima que se pitorreen de ello en mi cara.

Tras unos segundos sin que se produzca aparentemente ninguna novedad, comienzo a experimentar una especie de leve ingravidez. Mis ojos se nublan y Antonio parece moverse como si estuviese hecho de gelatina. Contemplo en los espejos como mi cuerpo se va volviendo borroso…


© Juan Vicente Sánchez Díaz, 2020. Todos los derechos reservados.