Capítulo 16


Capítulo 16

                                                                          Fin del primer viaje


Me preparo un buen baño, me visto y bajo para desayunar algo. En el comedor encuentro a un individuo al que no conozco. Permanece sentado ante un zumo de naranja, un café con leche humeante y un Donut. Me mira durante un brevísimo espacio de tiempo y da un bocado al bollo.

Tú debes ser JuanVi, el nuevo gilipollas– me dice con la boca llena.

Pues sí ¿Y usted quién es? No lo había visto antes por aquí.

Tras saludarnos nos sentamos uno frente a otro. Aparte de que me ha apretado la mano de manera muy blandita,  noto en él alguna dificultad para sentarse correctamente.

Horacio. Un gilipollas como tú. Regresé anoche de una misión. – me responde mientras yo me sirvo un café de una jarra.

Vaya. No sabía que había otros viajeros en el tiempo aparte de mí.

Somos varios. Pero en realidad no sabemos ninguno cuantos con exactitud. Este es un trabajo peligroso y a veces el gilipollas de turno muere o se queda atrapado en el tiempo por alguna razón y no vuelve. Mister Patterson siempre ha sido muy cuidadoso para que no se hunda la moral de los que quedamos a consecuencia de esas pérdidas.– Se levanta y me da la mano a modo de saludo. Noto que cojea ligeramente.



Bueno, llevo muy poco tiempo aquí y apenas conozco prácticamente a nadie. Ni siquiera estaba seguro hasta hace algunas horas de que esto tuviese pies y cabeza

Parece que has tenido éxito en tu primer viaje– me dice– Me lo ha comentado Mari Tere, la recepcionista. Es mi mujer. En realidad fue ella la que me metió en este lío de los viajes en el tiempo. Y lo tuyo… bueno, supongo que es la suerte del principiante.

Pues es posible que haya sido así. –Le digo mientras señalo su forma de sentarse a la mesa– Pero noto que estás un poco perjudicado de tu espalda ¿Te ha ocurrido algo en el viaje? ¿Dónde has estado? – Le pregunto aparentando gran interés.

He estado una temporada en la antigua Grecia investigando las andanzas de Platón. Un farsante, ya te lo digo yo– contesta con cierta pesadumbre.

–¡Platón! ¡Qué pasada y que suerte! Yo estuve con un mindundi de tres al cuarto que quería ser Marqués. Nada que ver con un personaje de primera categoría– Estoy asombrado.

Pues de personaje nada. Un pelmazo de tío. Siempre filosofando y hablando como si solo supiese hacer adivinanzas. Y luego el tonto de su discípulo Aristóteles ¡Otro que tal baila!

 –Hombre, yo no entiendo mucho de esas cosas. Pero tengo entendido que eran filósofos– le digo para que vea que tengo una vasta cultura general e intentar impresionarle.

Unos plastas, te lo digo yo – contesta airado– Y ahora tengo que entregarle un informe a Mister Patterson acerca de la vida de estos fulanos. Por lo visto una universidad  de Londres anda interesado por las andanzas de esta gente – Termina su café y se pone en pie con una carpeta voluminosa que tiene junto al donut–Ya veremos cómo queda la cosa. Después de casi tres meses conviviendo con estos sujetos no he sacado gran cosa en claro. Y créeme, cuando digo conviviendo lo hago de modo literal. Ni siquiera ellos saben de qué va su gilipollez. Menos mal que al final fue el mismo Platón el que le dijo por lo bajini a Aristóteles que “Solo sé que no se nada”. 

 

Lo escuché por casualidad. Ya te puedes hacer una idea de cómo se las gastan estos tunantes. ¡Unos gilipollas más grandes que nosotros, te lo digo yo!

Sí, estos tipos están sobrevalorados. Antiguamente pasaba a la historia cualquier mequetrefe de tres al cuarto– le digo para consolarle.

Pues no sabes lo mejor– me dice cuando ya estaba a punto de salir de comedor para subir al despacho de Mister Patterson y entregarle el informe– La estatua que le hicieron a Platón no se parece en nada a él. Resulta que no quiso ir al taller del escultor porque le daba pereza posar durante una semana sin moverse y me envió a mí que era su esclavo. Eso sí, el escultor un verdadero artista. Me sacó de lo más realista…

Me quedo solo en el comedor terminando mi desayuno. Verdaderamente a mí me importa bastante poco todo lo que me ha ido contando. Pero me ilusiona el poder conocer a personajes históricos en carne y hueso. Solo espero que en la siguiente misión que me encomienden no me envíen a espiar a gente de esa clase. No aguanto a los sabiondos que siempre actúan como cuñados. Compadezco un poco a mi compañero Horacio. La de monsergas que debe haberse tragado con estos filósofos tan raros y pedantes.

Vuelvo a mi habitación a relajarme un poco. No me cruzo por el camino con nadie. Parece que todo está tranquilo. Pero al subir al primer piso, escucho claramente a Mister Patterson hablando en tono muy alto con Horacio.

Valiente mierda de informe que has traído. Eso no sirve para ninguna investigación seria– habla con tono de voz contrariado– ¿Y a quien le puede importar que Platón se tirase a Aristóteles cada vez que se le antojase o que hiciese griegos con sus sirvientes?

Pues a mí, por ejemplo, Patxi– Contesta airado Horacio en el mismo tono de voz–Tengo el culo como un bebedero de patos. Y todo gracias a la idea de hacerme pasar por esclavo frigio. Otro día me envías a los sitios con otra condición. ¡Cómo se nota que tú te quedas 

 

en este despacho tan campante mientras nos envías a esos tiempos tan peligrosos y dejados de la mano de Dios!

Subo al segundo piso sin entretenerme en escuchar más. Nunca me ha gustado meterme en conversaciones ajenas. Pero al parecer, Horacio no ha triunfado con su informe. Desconozco si será despedido o sancionado de alguna manera. Me tendría que haber leído bien mi contrato en lugar de firmarlo sin ton ni son.

Y hablando de contratos… Tendré que inventarme una sarta de mentiras para justificar los hechos que he vivido. Me advirtieron claramente que no podía cambiar ni intervenir para nada en la historia y sin embargo, creo que me involucré algo más de la cuenta. ¡Joder que me casé con la Marquesa! Y eso por no mencionar el flechazo que le metí en los huevos a don Nuño.

He de inventar algo convincente porque como me hagan demasiadas preguntas creo que voy a terminar metiendo la pata.

Llevo un rato en mi alcoba dándole vueltas a la cabeza. Al final decido que improvisaré sobre la marcha. Total nadie va a volver a aquel lugar a verificar mi versión, al menos eso espero.

Enciendo el televisor para entretenerme un poco. Pero no entiendo nada de lo que dicen porque nadie se ha tomado la molestia en la cadena para subtitular en castellano lo que dice esta gente en inglés. Unos golpes en la puerta me sobresaltan.

Adelante, está abierto– exclamo.

JuanVi, ha llegado ya Don Álvaro, el Marqués de Raboblanco.–Es Brenda– Por lo visto se ha adelantado su vuelo y está ahora en el despacho de Mister Patterson esperándote. Arréglate ligero y baja a la mayor brevedad, por favor. Te esperan con impaciencia. –

Bajo inmediatamente porque estoy arreglado y en perfecto estado de revista. Llamo a la puerta de Mister Patterson con cierta ansiedad.

Adelante– escucho a Mister Patterson.


Don Álvaro está sentado en un sillón bebiendo una copa de coñac y fumando un soberbio puro. No se levanta cuando me ve entrar pero me mira con impaciencia y curiosidad.

Bueno, Don Álvaro, como le dije, este gilipollas iba a hacer un trabajo impecable y va a comprobar usted que no andaba equivocado– Le dice Mister Patterson a ese individuo estirado y engreído.

Espero que haya sido así. Me llamó su secretaria para que volviese a Philadelphia con urgencia pero no me adelantó nada acerca del asunto.

Mister Patterson abre cuidadosamente una carpeta metálica que tiene sobre su mesa y extrae de ella el viejo pergamino. Se lo entrega a don Álvaro con parsimonia para que le eche un vistazo.

Instantáneamente el tipo cambia de color. Pasa de un blanco pálido a un azul turquesa entreteniéndose por el camino en toda la gama de verdes…

–¡Esto es formidable! ¡El acta de matrimonio entre mi antepasado y la marquesa Rosalba! – Me mira ahora con tal estupefacción que se le cae el ridículo monóculo que usa para darse un aire aristocrático.

Efectivamente– dice Mister PattersonMucho más de lo que cabía esperar. Ahora ya tiene usted y su descendencia acreditado su derecho al marquesado. Y todo gracias a la descomunal eficiencia de JuanVi.

Don Álvaro se pone en pie y me abraza completamente fuera de sí– ¡Vivan los gilipollas! – exclama como poseído por un diablo y agitándome violentamente.

Tras un momento de euforia, se sienta nuevamente en el sillón mientras yo intento reajustarme la americana. Vuelve a releer el pergamino y lo guarda con sumo cuidado en su cartera de cuero.

–¿Conoció usted a mi antepasado Don Martín? ¿Cómo era? ¿Cómo consiguió este valiosísimo documento? ¿Y Don Nuño? ¿Existió 

 

realmente o es una invención de esta gentuza que me ha estado amargando la vida todos estos años? – Comienza el interrogatorio.

He de sacar lo mejor de mí mismo para salir airoso. Mister Patterson también se muestra curioso por conocer los detalles del viaje.

Sí, conocí a Don Martín. Lo vi en una ocasión en un burdel escribiendo cartas de amor a la marquesa. Pero apenas tuve contacto con él. Solo eso. – Comienzo a mentir porque la verdad es muy peligrosa y no puede traerme nada bueno.

¿Y qué impresión se llevó de él? –vuelve a inquirir Don Álvaro–

Un caballero como los de antes. Se le notaba la gallardía a la legua. Un ser valiente y temerario como pocos. Con una belleza física incomparable, digna de una marquesa casadera. Y en cuanto a Don Nuño, nada destacable. Un mierda que no tenía ni media hostia. Creo haber oído que se batieron en duelo y don Martín le dio tal paliza que el otro se tuvo que marchar con el rabo entre las piernas. Aunque hay versiones que me contaron unos campesinos que difieren en esto último y del rabo entre las piernas nada de nada. –Puestos a mentir tampoco es cuestión de dejar a Don Martín como lo que fue realmente. Un respeto al Marqués.–

¿No lo volviste a ver después de aquel encuentro en el burdel? – me pregunta de nuevo don Álvaro–

No. Disponía de una formidable escolta y un auténtico ejercito de mercenarios. Imposible acercarse a él sin ser degollado. –¡Qué más da! Estos se van a tragar todo lo que les cuente–

¿Entonces Don Nuño era un farsante y toda su descendencia también? – Esta vez es Mister Patterson el que mete baza.–

Pues no sabría decir. Supongo que Don Nuño ya había tenido hijos antes de pretender a la marquesa, porque si es cierto lo que dicen las malas lenguas del lugar, Don Martín le cortó lo que cuelga. –

¿Y cómo consiguió esta valiosísima y excepcional copia del Acta de Matrimonio? –Uff la cosa se complica. Debo pensar rápido.


Ya sabe usted y si no se lo aclaro, que en aquella época la Iglesia tenía un poder ilimitado. Sin embargo, cuando no estaba atenta, las gentes relajaban un poco la moral. En resumen, me lie con el escribano de palacio y a cambio obtuve este hermoso pergamino. No quisiera entrar en más detalles embarazosos, por favor.– Ahí queda eso ¿Soy o no soy un genio? –

Siendo así, le agradezco su profesionalidad. No hay más preguntas– Me dice muy serio.–

–Pues todo aclarado. Ya sabemos la verdad del asunto y la ralea de unos y otros. Por parte de Pensilvania News Tymes & Horizonts, asunto concluido– dice un Mister Patterson radiante de felicidad.

Sabía yo que esta familia tenían un linaje más que dudoso. Vuelvo a Madrid con este documento para dejar en regla los derechos nobiliarios. No sabe usted lo feliz que me ha hecho. Me gustaría agradecérselo con un regalo que espero que acepte. –Me dice Don Álvaro con lágrimas en los ojos.

No sé si puedo aceptar obsequios aparte de mi sueldo. Supongo que algo debe poner en el contrato que no he leído. Miro a Mister Patterson para pedirle permiso y saber si puedo aceptar o no. Me devuelve una sonrisa y un gesto afirmativo.

Don Álvaro extrae del bolsillo interior de su americana un pequeño objeto que me entrega ceremoniosamente. –Es un detalle de mi empresa afincada en Salamanca. Espero que le guste. Estamos en plena campaña de promoción de nuestra nueva línea de productos.

¡Un bolígrafo de plástico con propaganda! ¡Preservativos Raboblanco! – Me tomo mis segundos reglamentarios para contar hasta diez y no mandarlo a la mierda.

Mister Patterson se pone en pie para dar por concluida la entrevista. Creo que no se ha tragado nada de lo que he dicho y tiene prisa para acabar cuanto antes y evitarme el meter la pata de un momento a otro. Pero Don Álvaro extrae de su cartera un documento con pinta de ser también bastante antiguo y me lo entrega.


Hasta ahora, lo único que tenía para probar mi linaje es este viejo papel. Nunca entendimos en la familia a que se refiere exactamente 

pero ya que en él menciona que es Marqués, siempre lo tuvimos como única prueba de derecho al título– Me extiende el papelote amarillento. En él sólo figura un poema que me eriza los cabellos:


Martín de la Chota soy.

El Marqués de Raboblanco.

Mi derecho gané en duelo.

Dando gracias desde hoy.

Un misterio aquí revelo:

La mitad de lo que soy

se lo debo a mi escudero.

¿Sabe usted lo que pueda significar esto JuanVi?– Me pregunta mientras vuelve a guardarlo cuidadosamente en su cartera.

No. Pero todo el mundo sabe que entre un caballero de bien y un sirviente siempre suelen haber asuntos ocultos. Pero no, ni idea de lo que quiera decir este poema– Una lágrima traicionera se descuelga por mi cara hasta la barbilla.

 Don Álvaro se despide de Mister Patterson y de mí con otro abrazo. Me deja a solas con Mister Patterson.

Asunto concluido. Algo me dice que hay cabos sueltos en tu historia. Pero bien está lo que bien acaba. ¡Carpetazo al tema! – Y se pone en pie con la carpeta metálica para colocarla en una estantería en donde se encuentran cuidadosamente archivadas otras tantas.

Estoy a punto de abandonar el despacho para retirarme cuando quedo paralizado con una frase que me dice mientras termina de introducir la carpeta en su lugar correspondiente de la estantería.

¿Te gustaría conocer a Nerón? 

FIN DEL PRIMER VIAJE