Capítulo 15


Capítulo 15

         Retorno


Ha sido introducir el pedazo de corteza de abedul en el hoyo, cerrarlo con la pesada losa y comenzar a sentirme un poco mareado. El paisaje se ha tornado progresivamente borroso. Después oscuridad absoluta. El olor a campo y naturaleza se ha tornado en una atmósfera densa. Intento abrir los ojos pero una luz cegadora y blanca me impide ver nada.

¿Tas bien quillo? – me parece oír una voz que me resulta familiar pero que se me antoja muy lejana.

Pues un poco confuso y entumecido. – contesto. Acabo de caer en la cuenta de que quien me habla es el científico de tres al cuarto que se hace llamar Antony o Manolo o como leches haya que llamarlo.

–¿Qué ta paresío er viajesito? Interezante ¿no? – continúa diciéndome mientras me abofetea demasiado fuerte para mi gusto para sacarme del sopor en el que me encuentro.

Tengo todo mi cuerpo en una especie de parálisis que me impide moverme. Intento incorporarme pero compruebo que estoy atado algún sillón o algo por el estilo.

Mis ojos se van acostumbrando a la luz y puedo ver a Manolo vagamente afanándose en quitarme las correas que, efectivamente, me tienen atado a un sillón de barbero.

Poco a poco me voy haciendo una composición de lugar acerca de dónde estoy y que ha pasado.

Debo haberme quedado dormido. He tenido un sueño extraordinario– Le digo mientras me levanto a duras penas y con cierto tembleque.

Es normal que estés un poco confuzo. No to los días viaja uno ziete  ziglos der tirón– Me dice con socarronería gaditana.

¡Venga ya! No me creo que esto haya sido real. Seguro que me habéis drogado con algo y he tenido una pesadilla.–le contesto mientras intento incorporarme del todo. Desde dentro del bolsillo de su bata blanca suena un teléfono móvil. Manolo descuelga y escucha unos segundos.

Zi, ya lo tenemos de vuerta. Ahora mismo subimos a tu despacho y vemos los resultaos der viaje. – Corta la conversación y me contempla curioso mientras vuelve a introducirse el teléfono en el bolsillo.

¿Qué? Sigue el cachondeíto ¿No? – le digo cuando por fin compruebo que me puedo poner de pie y  guardar el equilibrio sin grandes problemas.

 –No. Zolo estoy mirando tus ropas– me dice observándome de arriba abajo. –Te fuiste de aquí vestido de gañán y vuelves hecho un pincel. Ya veo que te fue bien y has progresado en esos tiempos tan difíciles

Me contemplo a mí mismo en uno de los numerosos espejos que rodean la habitación. Es cierto, mis ropas no son las que me pusieron cuando me sentaron en esta silla para hacer el paripé. Son las mismas con las que me casé con la marquesa en mi sueño y que me había prestado el bufón. Pero que no crea este sacamocos que me la va a pegar. Todo ha sido un sueño. ¡Viajes al pasado! No me hagas reír.

Reconozco que lo habéis bordado. No sólo me habéis dormido en un trance extraño, sino que además habéis adivinado lo que estaba soñando y me habéis vestido tal cual

JuanVi, convéncete. Has estado viajando en el tiempo hasta el siglo catorse. Es normá que tardes en azimilá el hecho. Pero to ha sio rigurozamente real

Salimos ambos del habitáculo repleto de espejos y con una triste silla de barbero en su interior por todo mobiliario. Estoy muy confuso. En la sala contigua nos espera el bruto de Antxón, Paquito el botones y Brenda, la secretaria de dirección de Mister Patterson.

¡Caramba JuanVi!, estás muy elegante con esas ropas – exclama a modo de saludo y visiblemente emocionada.

Tenemos que subir a la mayor brevedad al despacho de Mister Patterson. Tengo órdenes de que así sea. – dice el botones mientras me toma ligeramente del brazo para que le acompañe.

Sí, debe estar muy impaciente por conocer el resultado. Ya sabes lo que es este hombre en los asuntos del tiempo y la rapidez– es Brenda otra vez la que me habla mientras comenzamos a caminar hacia la salida del sótano en el que nos encontramos.

Yo voy a abrir er zulo pa ve lo que nos ha taío este gachó der viaje y enseñárzelo a Mister Patterzon. Ir zubiendo que ahora voy yo – Dice el supuesto científico mientras se agacha para abrir el agujero en donde deberían estar las cosas que escondí.

Subimos las empinadas escaleras y Brenda da unos ligeros golpecitos con sus nudillos en la puerta de Mister Patterson.

Adelante–  Se escucha la voz de Mister Patterson desde el interior.

Penetramos en su soberbio despacho. Me mira sonriente, se acerca a mí y coloca sus manazas en mis hombros y me agita con brusquedad a modo de saludo.

Estupendo– me dice –Bienvenido otra vez al siglo XXI. ¿Qué tal el viaje? Espero que hayas cumplido con exactitud la misión encomendada y de paso hayas aprendido algo de historia– Me invita a sentarme en un mullido sillón.

¿De verdad que todo ha sido real y no un truco para reírse un rato a costa de un gilipollas? –Le contesto –Francamente ya no sé qué pensar de todo esto.–

Mister Patterson elimina su sonrisa mientras se sienta tras su escritorio.

–¿Todavía no te lo crees? ¿Acaso piensas que estamos aquí para perder el tiempo y dedicar tantos recursos para burlarnos de un Gilipollas?

–No lo sé. Todo es tan raro. Y sin embargo tan real.

Mister Patterson vuelve a dibujar su extraña sonrisa mientras se dirige a Brenda.

–Por favor, trae una copa de champán y algo de caviar.  Supongo que JuanVi tendrá hambre. A él le puedes servir unos taquitos de queso y una Coca-Cola. Además, esto hay que celebrarlo. ¡Su primera misión!. – Hace una pausa breve y continúa frunciendo el entrecejo –Solo espero que se haya realizado con el éxito requerido.

Si todo esto es una comedia me parece a mí que ha ido demasiado lejos. Aparte de ir vestido como un naipe, nada hay que pruebe que no he sido engañado.

Manolo, el científico loco, entra en el despacho sin llamar. Trae una caja de madera entre sus manos. La deposita sobre la mesa del despacho.

–Ezto es lo que ha traío er Gilipollas. Me parece a mí que er viaje ha sio un éxito totar Dice a Mister Patterson con euforia.

Brenda se encarga de abrir la caja. Extrae de ella un viejo pergamino por el que se nota claramente el paso del tiempo. Se lo entrega a Mister Patterson. Con un abrecartas dorado rompe el sello de cera con el que estaba lacrado el rollo. Y su sonrisa le llega ahora de oreja a oreja.

–Llama inmediatamente a Don Álvaro. Dile que se presente aquí a la mayor brevedad posible. Tenemos muy buenas noticias para él– ordena a Brenda mientras noto un ligero temblor en sus manos al leer nuevamente aquel pergamino rugoso.

–Estoy muy satisfecho con tu trabajo– esta vez se dirige a mí –Has conseguido mucho más de lo que se podía esperar. Supongo que sabes qué es este documento que sostengo en mis manos?

¡Esto no es posible!  Si es lo que puse en el hoyo, se trata de la copia  del Certificado de Matrimonio entre la Marquesa Rosalba y Don Martín de La Chota– Le digo poco convencido ya que yo lo dejé en perfecto estado y ahora parece muy estropeado y amarillento.

–Exacto. Este documento pone fin a las disputas con la familia de los Nuño que se han mantenido durante tantos siglos. Don Álvaro va a dar saltos de alegría cuando lo tenga por fin en sus manos– Me dice mientras enciende un soberbio cigarro puroLuego me observa con ojos inquisidores –¿Todavía no estás convencido de que todo esto haya sido real ¿Verdad?

–Sinceramente no. – Contesto secamente mientras saca de la caja de madera otra cosa que me hace temblar de los pies a la cabeza. ¡El laúd del trovador!

–No sé para qué habrás metido este trasto en el agujero ni qué significado pueda tener. Pero tú sabrás – Me dice mientras me lo entrega.

No puedo evitar un escalofrío. A mi mente vienen imágenes que se agolpan como un torbellino. El juglar, Don Martín, Don Nuño, la Marquesa de Raboblanco y especialmente, sin saber muy bien porqué, la doncella Leonor.

–Por la cara lelo que has puesto, compare,  debes de haberte convensío de una puñetera vez de que to ha sio verdá- Interviene Manolo el científico que se ha servido una copa de coñac y se está metiendo un lingotazo que no se lo salta un gitano.

–Es normal tu comportamiento. Es tu primer viaje, no nos conoces prácticamente de nada y has desconfiado como lo hubiera hecho cualquiera. Pero ya no tienes ninguna duda ¿Verdad? – Me dice Mister Patterson con tono paternal.

  –¡Todo esto es una puta locura! – exclamo– Una maravillosa y puta locura. Estoy convencido ahora de que todo es rigurosamente cierto y he viajado al siglo catorce. Soy sincero Mister Patterson. Estoy convencido de verdad. He viajado al pasado…

–Bueno, ahora lo que toca es descansar. Supongo que has vivido muchas aventuras – Me dice Mister Patterson – Ya sólo resta entregar esta documentación a Don Álvaro. 

Suena el teléfono que hay sobre el escritorio. Mister Patterson descuelga con rapidez  y tras unos segundos a la escucha, contesta brevemente – Fantástico. Gracias Brenda –

–Me comunica Brenda que Don Álvaro tomará esta noche un vuelo desde Madrid. Mañana por la tarde estará aquí y le entregaremos la preciosa documentación que has traído. – Hace una breve pausa – No te puedes imaginar lo satisfecho que me siento y lo orgulloso que estoy de ti. Han sido muy pocos los gilipollas que han salido tan exitosos de su primera misión–

–Ni que lo digas Picha. ¿Ta cuerdas de aquel que enviamos al siglo cuatro para investigá er Consilio de Nicea y lo aprezaron los romano y ar finá se lo zamparon los leone en er anfiteatro?

¡Se lo comieron los leones! Debe ser una broma.

–Gajes del oficio, pero esta vez tenemos al Gilipollas perfecto –Concluye Mister Patterson.

¡Hostias pues no es broma!. Mister Patterson lo ha confirmado. ¿En qué mierda peligrosa me he metido yo? ¡Si es que soy gilipollas!

Mister Patterson se dirige ahora a su hijo Antxón– Encárgate de que esté cómodo y descanse. Esta noche llévalo a conocer un poco la ciudad. Pero no volvás muy tarde porque mañana debe estar descansado cuando se produzca en encuentro con don Álvaro Y cenad en alguna pizzería. Invita la casa–

 –¿Una pizzería? Desde luego Mister Patterson que a usted no se le van a caer a usted los huevos despilfarrando – No debía haberle dicho eso pero me salió del alma.

 El hombre aparenta no haber escuchado nada. Centra ahora su mirada en unas carpetas escrupulosamente ordenadas que hay sobre su escritorio y abre una de ellas aparentando interés en unos folios grapados que extrae de la misma. Y con un gesto con su mano derecha nos indica que nos larguemos con viento fresco de su despacho.

Subo a mi habitación y tras darme una buena ducha me visto con ropas elegantes pero informales que alguien colgó en una percha de mi armario. Me sientan bien y son mucho más suaves que la vestimenta que traía  y que he dejado mal doblada sobre la cama. Me entra un escalofrío al contemplarlas. Al fin y al cabo es cierto eso de los viajes al pasado. ¡Verlo para creerlo!

Después de observar esas prendas durante unos segundos, tengo la intención de conservarlas como recuerdo junto al laúd. Supongo que esta gente no pondrá ningún inconveniente. Además, he visto que en el armario hay una especie de cofre de madera muy bonito, rematado con cantoneras y bisagras doradas. En la tapa superior hay una plaquita metálica sujeta con cuatro discretas tachuelas. Alguien se ha molestado en grabar estas palabras:


Juan Vicente.

Misión Primera.

Raboblanco.


Es todo un detalle el que me ofrezcan la posibilidad de guardar en ella las pertenencias personales que he traído desde el siglo catorce. Abro el baúl e introduzco cuidadosamente el laúd que se encuentra en estado muy frágil a consecuencia del tiempo. Hasta tal punto que una de sus cuerdas está rota y la madera está extremadamente seca y quebradiza.

Vuelvo a la cama para recoger el traje de la boda para guardarla en la caja y cuando me agacho parar recogerlo, me asalta un aroma especial. ¡Huele al perfume de la Marquesa Rosalba! Lo reconocería entre mil.

Con una mezcla de nostalgia, nerviosismo, aturdimiento y por qué no decirlo, de alivio, introduzco todo con sumo cuidado en la caja y la cierro con una pequeña llave de oro que hay prendida al candado. 

Ahora me asalta la tontuna. Mi mente vaga libre subiendo la escalinata del torreón en donde al final espera la Marquesa y su fiel doncella. Cabalgo junto a Don Martín por los pedregosos caminos de Salamanca. Atónito me siento sobre la cama y me parece estar en la alcoba de la Marquesa fuertemente sujeto por los abrazos de Leonor.

Unos golpes en la puerta me sacan de este ensimismamiento. ¡El Comendador…!

 –¿Estás listo? Nos vamos de cena. Paga mi aita  . Eso no se ve todos los días. Hay que aprovechar – Es el bruto de Antxón

Salimos a la calle y acabamos en una amplia avenida que recorremos tranquilamente. Huele a combustible quemado, a hollín, a alcantarilla. Nada que ver con la pureza del aire de los prados, los olores a hierba o al estiércol de los caballos. Por unos instantes siento la necesidad de vomitar.

Antxón ha posado su enorme brazo en mi hombro y ambos caminamos como dos compadres entre las gentes que abarrotan las aceras. El ruido del tráfico me molesta. Pero he de volver a acostumbrarme nuevamente a mi época cuanto antes. Al fin y al cabo es el momento que nos ha tocado vivir para bien y para mal.

Después de cenar, Antxón me introduce súbitamente en un local nocturno. Me guiña un ojo y casi me obliga a entrar con uno de los empujones que este bruto no sabe medir. Una mujer entrada en canas con demasiado maquillaje en la cara, nos recibe y nos da la bienvenida.  En el interior unas chicas sin sujetador nos invitan a sentarnos en una mesa y nos sirven unas copas que no hemos pedido.

 Todo es impersonal, nada que ver con el ambiente del Burdel de Doña Engracia. Esto no tiene aquel glamour. Aquí no hay ni rastro de alegría, solo vicio y un silencio roto por una ligera melodía procedente de algún hilo musical a escaso volumen.

¿Dónde están las chicas que abrazaban entre risas a los gañanes y caballeros con generosos escotes mucho más sugerentes e incitantes que no llevar nada? ¿Acaso no haya un noble enamorado escribiendo bellos poemas a su amada?. No, nada de eso. Aquí todo es obsceno, sucio. Me doy cuenta de que en muchos aspectos hemos retrocedido mucho.

Antxón me observa y repara en que mi mirada está perdida ensimismada en mis pensamientos. No me dice nada pero me nota incómodo en aquel lugar. De improviso, bebe de un solo trago su copa y paga a una chica el importe de las consumiciones.

Algo en mi semblante ha debido ser lo suficientemente inquietante como para que hasta ese bruto se haya dado cuenta de que no me encuentro a gusto en este antro.

Salimos del local. Antxón guarda silencio durante todo el trayecto de vuelta. Miro al cielo. No se ven las estrellas en todo su esplendor como las había contemplado maravillado en las noches castellanas, a la luz de la lumbre. El cielo no es completamente negro. Las luces de la ciudad nos roban este espectáculo fascinante.

Es casi media noche cuando regresamos al edificio y nos metemos en la cama.

Al cabo de un rato, suenan unos golpecitos en mi puerta.

–Adelante– digo mientras me incorporo a medias en la cama.

Mister Patterson entra en la habitación.

–Estoy un poco preocupado por ti, Juanvi. Me ha dicho Antxón que estás algo afectado todavía– Se sienta en la cama.

–Sí, tengo la extraña sensación de estar en dos mundos distintos–

Bueno, eso es normal. Pero hazte a la idea de que ya estás otra vez en el tuyo. Ese tiempo que has vivido ya no existe. Pertenece a un pasado muy lejano. A todos os pasa lo mismo cuando regresáis de esos viajes. Pero no tardarás en acostumbrarte a superar estas sensaciones

Ha sito todo tan extraño y hermoso a la vez. – le digo mirando al  techo.

Bueno, lo que has vivido y a las gentes que hayas conocido ya no existen. Hace una eternidad que desaparecieron. No les olvides pero tampoco te obsesiones con ellos. Al fin y al cabo el tiempo y la vida consisten en eso.

Verdaderamente no había pensado en ello. Cuando se miran las cosas con esta perspectiva todo pierde su sentido. ¿Para qué tanto sacrificio, tanto esfuerzo en conseguir algo si todo queda borrado en algún momento por el tiempo que pasa inexorable como una goma de borrar?

Hazte a la idea de que tú mismo, en el pasado, tampoco existes ya para nadie. El momento actual es tu momento. Todo lo demás son recuerdos buenos y malos. – Hace una pausa prolongada.

–¿Qué sentido tiene la vida, Patxi?– Me olvido por un instante de que debo llamarle Mister Patterson.

Me temo que a eso no puede contestarte este campesino vasco. Yo también me he hecho esa pregunta mil veces. Tal vez lo importante sólo sea vivir el momento. No es bueno hacerse esas preguntas que probablemente no tengan respuesta. Descansa. Después de la entrevista con Don Álvaro tómate unos días libres. Philadelphia es una ciudad muy hermosa. Aprovecha para conocerla y aprender algo el idioma. – Me dice mientras se pone en pie.

Gracias, lo haré

Bien, quiero que estés pronto otra vez en forma. Tengo grandes planes para ti – Hace una pausa y se vuelve hacia mí  antes de abrir la puerta para salir –Porque supongo que seguirás con nosotros ¿No es así?

Sí, aunque tengo que pensarlo. Ahora estoy un poco confuso

Conforme. Eres libre de marcharte o quedarte. Tómate tu tiempo. Ahora descansa

Mister Patterson cierra cuidadosamente la puerta al salir. Me deja solo. ¡Cuánto me gustaría tener ahora un rotulador en mi mano para hacerle una visita a los azulejos del cuarto de baño!

 Tengo una asfixiante sensación de desasosiego. No quiero dormirme. Seguro que volverán en sueños todas aquellas gentes que he conocido. Me da cierto miedo pensar que desaparecieron hace ya mucho. Pero por otro lado me encantaría volver a compartir mi tiempo y mi vida con todos ellos.

Al final caigo en un sueño profundo. Afortunada o desgraciadamente, no recuerdo haber soñado nada en toda la noche. Ha sido una descanso reparador. Despierto descansado y relajado. El sol penetra ya por entre las cortinas de mi habitación. Un nuevo día se abre paso…