Capítulo 9


Capítulo 9

                                           Pedro el pescador

No me puedo creer lo que mis ojos están viendo. Me acerco lentamente hacia el hombre que, tras ponerse trabajosamente en pie, se da la vuelta hacia mí para observarme. Usa una especie de callado muy largo con el que se ayuda para sostenerse y caminar.

Portulanio  se acerca con la antorcha pero el anciano parece molesto por tanta luz y se cubre ligeramente los ojos con su mano derecha.  El sirviente se aleja un poco para no incomodar al viejo.

No sé cómo reaccionar. Permanezco ante ese hombre completamente paralizado y absorto. De pronto, y sin saber muy bien por qué, me postro de rodillas ante él. ¡Me hallo ante el mismísimo San Pedro!

Descubro que la iconografía a la que estamos acostumbrados no es correcta. Pedro no es un hombre grandote y fortachón, todo lo contrario, es más bien un individuo menudo. Su barba sí es canosa, pero corta y bien cuidada y en cuanto a su cabeza, luce una calvicie total. Su tez es más bien morena, como corresponde a un hombre curtido toda su vida por el sol. En resumidas cuentas, pasaría completamente desapercibido entre el gentío romano como un oriundo de alguna provincia del Oriente o del norte de África.

–Levántate, hijo mío. Sólo debes postrarte ante Dios. ¿Quién soy yo para merecer estos halagos? – su voz es débil pero muy tierna.

Portulanio  me ayuda a levantarme porque yo soy incapaz de hacerlo con unas piernas que me tiemblan como si estuviesen hechas de gelatina. Me siento imposibilitado de articular palabra alguna.

–¿Quién eres? Nunca te había visto por aquí. Tal vez la luz de Dios haya iluminado tu camino hasta esta morada. – me dice.

–Soy Gilius Pollus Casto– tartamudeo– un cristiano de la lejana Hispania. – acierto a decirle. 

El imbécil de Portulanio  ríe al volverme oír pronunciar mi nombre. Sin embargo, Marcia le atiza con su bastón para llamarle al orden.

–No debes burlarte de nuestro hermano Gilius.  Te prevengo de que no vuelvas a hacerlo. – le reprocha.

-¡Hispania!. Desconocía que nuestra fe se hubiese extendido ya hasta tan lejos. Sin duda el bueno de Santiago está haciendo una gran labor por allí. – Sonríe satisfecho el anciano PedroLuego le habla a Portulanio con tono didáctico.

–Dios le ha elegido para que comparta su vida con nosotros. No debemos ridiculizar a nadie que haya sido tocado por los designios del Todopoderoso. – y continúa– Todos sabemos que el Altísimo escribe recto pero con renglones torcidos. Él sabrá por qué nos envía a Gilius. Incluso podría tratarse de un gilipollas. ¿Quién sabe?– y se sienta con gestos de estar muy cansado en uno de los bancos de madera.

Es entonces cuando Portulanio  exclama, con voz quejumbrosa a consecuencia del dolor que le ha producido el bastonazo que Marcia le ha dado en las nalgas, una de las frases que pasarán a la posteridad:

–Lo siento mucho, me he equivocado. No volverá a ocurrir. –

–Esta misma noche nos reuniremos para alabar a Dios. – me dice el Apóstol– espero contar con tu presencia. –

–Descuida. Aquí estaré, hermano Pedro. Porque debo llamarte hermano ¿No es así? –

–Ciertamente todos somos hermanos ante Dios. Así nos lo enseñó Jesús en muchas ocasiones. – me contesta como si estuviese oyendo de nuevo al Nazareno en uno de sus sermones.

 – Aquí estaré con vosotros si Dios no lo impide. – le contesto

– Así sea. Pero ahora déjame solo de nuevo. Necesito descansar un poco para preparar la reunión de esta noche. Mi salud ya no es lo que era. Estoy algo cansado. –

–Es una pena. Me gustaría hacerte tantas preguntas que no sabría ni por dónde empezar. Pero  te obedeceré y no perturbaré tu descanso con todas ellas. – le digo apesadumbrado

–Ten paciencia, hijo mío. Eres joven y tienes mucho tiempo para aprender de nuestra fe. Sin embargo, ni con mil vidas podrás conocer todos los designios de Dios. Pero ten presente que todas tus dudas serán despejadas cuando llegue tu momento. Confía en ello. – 

No comprendo muy bien lo que me dice. Pero me imagino que se refiere a la muerte y a todo eso de estar a la derecha de Padre.  Nunca entendí la Biblia porque tal vez yo sea demasiado simple para ello.

–Un momento, Gilius. Acércate. – me llama cuando ya estaba a punto de salir de la sala. Y me hace señas para que me acerque a él.

–Estoy convencido de que no eres lo que aparentas. – me dice.

–No te voy a mentir, Pedro. Tarde o temprano sabrás la verdad sobre mí. Un día me tendrás que abrir la puerta de los cielos y me tirarás de las orejas por farsante. – le contesto.

–No sé de qué puerta hablas ni el por qué tengo yo que encargarme de abrirla. Pero te ofrezco el secreto de confesión si tienes a bien contármelo todo. – 

–No puedo hacer eso. Además no creerías ni una sola palabra. –

–¿Traes malas intenciones con respecto a nuestro culto a Jesús? –

–Nada de eso. Lo que ocurre es que me apena que esto derive en otras cosas que no me gustan nada. En nombre del carpintero de Galilea se verterá mucha sangre por quien lo aproveche para su beneficio. –

–Dios proveerá. De eso puedes estar seguro. –

–Eso espero aunque me temo que igual no sea así en un futuro. Las religiones derivan siempre en jerarquías en donde la pureza es sustituida por la ambición. Sólo las capas más bajas conservarán aun algo de la esencia de Jesús? –

–Sea lo que Dios quiera. Yo sólo puedo dar fe de lo que he visto. –

–Me temo que debemos marcharnos y no molestar más al hermano Pedro. – interviene Marcia un poco molesta por mis palabras.

–Espera un momento, hijo– me dice Pedro y a continuación introduce su dedo pulgar en un pequeño cuenco con aceite y me lo pone en la frente para ungirme mientras murmura palabras que no llego a oír claramente.

–Y ahora puedes marcharte con la bendición de Dios, Juanvi. – concluye.

–¿Juanvi? Te has equivocado, anciano. Mi nombre e Gilius. – le corrijo patidifuso. ¡Este tío lo sabe todo!

–Perdóname. ¡Qué tonto estoy! ¿Verdad? He estado a punto de meter la pata. – Y me hace gestos para que le deje solo con sus oraciones.

Necesito tiempo para asimilar todo esto. De momento soy incapaz de pensar fríamente. Los acontecimientos que acabo de vivir me han sobrepasado totalmente.

Sigo a Marcia y Portulanio  por el estrecho corredor sin decirles nada. Cuando volvemos a salir al Atrio mis ojos se deslumbran por el exceso de luz repentino. El sol está en su zénit y alumbra la totalidad del patio con esplendor. Hasta las rosas parecen más rojas.

–¿Por qué se esconde en este sótano? ¿Acaso teme ser víctima de las persecuciones de Nerón? –Pregunto a Marcia.

–No, generalmente Pedro transita por la calles de Roma libremente y realizando su tarea de propagación de nuestra fe. Pero los días en los que nos reunimos suele pasarlos en la cueva orando a la espera de recibir nuevas iluminaciones divinas que nos guíen por el recto camino de la fe hacia Dios. –contesta la mujer con entusiasmo.

–Te agradezco enormemente tu hospitalidad y todo lo que has hecho hoy por mí, Marcia. Sin embargo he de marcharme ya. Necesito buscar un lugar en donde hospedarme en Roma durante un tiempo y un amigo me espera para ayudarme a hacerlo. –

–De acuerdo. Pero no salgas por la puerta principal. Hazlo por la de servicio. Cuando vuelvas esta noche usa esa misma puerta. Es discreta y nadie reparará ni en tu entrada ni en tu salida. –

Agacho la cabeza ante ella como signo de respeto y despedida.

Lidia me toma del brazo para enseñarme el camino hacia la puerta indicada.

–Oye, Lidia– le digo– ¿Por qué Portulanio  te ha llamado Amazónica? ¿Es ese tal vez tu segundo nombre? –

Ella se detiene y se muestra ante mí.

–¿Acaso no me ves? – me dice con cierta resignación– Estoy muy delgada y no tengo apenas tetas. Desde la pubertad ya eso fue muy evidente. Y es por ello que los sirvientes desde entonces me han apodado Amazónica tal y como los griegos llamaban a las guerreras que se amputaban un pecho para disparar mejor con el arco. –

–Pero eso es sólo una leyenda. No creo que esas mujeres hicieran eso. Ni siquiera que existiesen. – le digo.

–Lo ignoro. Pero ya ves, las cosas son así. Portulanio  comenzó a llamarme de ese modo una tarde y desde entonces todo el mundo lo hace. Salvo Marcia, a la que le disgusta que lo hagan. Ella siempre me ha tenido en gran estima desde que me compró siendo yo muy niña. Más que una Dómina ha sido como una madre para mí. –

–¿Y a ti te molesta que te apoden así? –

–Sinceramente a mí me da igual– responde– Si Dios ha querido que no tenga ubres, sus razones tendrá. –

–¿Por qué siempre tiene que ser Dios el causante de todas las penas y las alegrías? Tú eres así y punto. No creo que él se haya tomado la molestia ni haya dedicado un solo segundo de su tiempo en decidir acerca de este tema. – 

–¡Cuánto te queda por aprender, noble Gilius! – sentencia mientras me abre la portezuela que da a un callejón discreto y gris.