Capítulo 8


Capítulo 8

                                                          Marcia Cornuta

A medida que me acerco a los barrios más ricos, el panorama cambia radicalmente. Los edificios ya no son bloques infectos sino bonitas casas y villas pintadas de colores vivos. Las calles son mucho más anchas. Algunas fachadas tienen columnas de mármol y hasta los esclavos visten mejor y van más limpios que muchos de los paisanos de los humildes suburbios.

¡Y los templos! ¿Qué me dices de los templos? Algo increíble, hermoso, rotundo... Esta gente sabe construir las cosas. No como otros que hacen palacios con goteras a la orilla de mi amando y lejano río Turia.

Un nutrido grupo de gentes se arremolina en torno a un hombre muy anciano que subido en el pedestal de una estatua erigida en honor al general Mario, está profiriendo grandes gritos a la multitud curiosa.

Roma arderá por los cuatro costados con toda su podredumbre. Así me lo ha asegurado Dios en persona. El imperio está condenado. Vuestros ridículos dioses caprichosos y sanguinarios no tienen nada que hacer ante el Todopoderoso.– Vocifera.

La gente le abuchea y algunos le escupen y lanzan alguna que otra piedra. Súbitamente aparecen unos soldados que le obligan a bajar de su atalaya improvisada, le golpean, le detienen y se lo llevan mientras el hombre no deja de arengar con voz en grito a la multitud.

No quedará piedra sobre piedra de este infecto lugar de muerte y paganismo. Jajaja… – es lo último que le oigo decir.

Indudablemente se ha debido volver loco de remate para montar este espectáculo en pleno centro de Roma.

A este mañana lo vemos en el anfiteatro echándole su discursito al león. A ver si su Dios es tan fuerte que le convence para que no se lo almuerce.– dice entre carcajadas un individuo a otro.

Sí, esta secta de los cristianos es la pollum. Les encanta formar tumulto para ser detenidos y convertirse en lo que ellos llaman mártires. No hay quien les entienda.– le contesta el otro.

Me inunda un sentimiento de tremenda tristeza al contemplar como el anciano es maltratado por los soldados mientras lo llevan maniatado hacia algún lugar que desconozco.

Acabo de recordar al esclavo con el que hablé en la Vía Ostiensis y que me dio la dirección en donde se reúnen los cristianos. Con suerte conoceré al mismísimo San Pedro en persona.

Pregunto a varios ciudadanos acerca del lugar en cuestión. Al final averiguo que no está demasiado lejos de aquí.

Me resulta chocante comprobar que no se trata de una catatumba oscura y fría, escondida en lo más recóndito de la ciudad sino de una villa bonita y céntrica.

Su formidable puerta de madera ricamente tallada está cerrada. Llamo sin pensarlo dos veces.

Un sirviente la abre muy ligeramente, lo justo para asomar el hocico por la rendija de la puerta entreabierta.

¿Qué vienes a hacer a esta casa?  – me dice en un todo osco.

Me envía Excrementus, el esclavo.– contesto.

Una voz femenina se oye desde el interior de la casa.

Hazle pasar, Portulanio , trae buenas referencias– dice la mujer. No sé, yo creo que en realidad mis referencias son una mierda, pero en fin…

¿Le parece a usted prudente, Dómina? – Pregunta el sirviente.

Sí, si viene de parte de Excrementus es, sin duda, alguien de fiar.–

El sirviente abre la puerta lo justo para que pueda entrar en la casa y la cierra rápidamente.

Contemplo asombrado el vestíbulo de la residencia ricamente adornado con frescos que representan a diversos dioses protectores y  a otros dioses menores llamados Lares, estatuillas pequeñas que están dentro de unas hornacinas y cuyo trabajo es proteger las casas romanas. Presidiendo la entrada, otro fresco que representa a una pareja de patricios que debe ser un retrato de los señores de la villa.

El sirviente me acompaña hasta el Atrio, un patio sin techado con una especie de balsa a la que llaman impluvium porque se mantiene llena gracias la lluvia y que tiene una delicada fuente de piedra  en el centro de la cual no para de manar un chorrito de agua.

Una señora de mediana edad está cuidando unas hermosas rosas rojas que tiene sembradas alrededor de la balsa. Va vestida con lujosas  ropas. Se pone en pie ante mí y creo reconocer que es la misma mujer que está pintada en uno de los frescos de la entrada.

Me acerco hacia ella inclinando un poco la cabeza como signo de respeto. El tal Portulanio , su sirviente, le entrega un bonito bastón de una madera negra que supongo será de carísima caoba y que está rematado además con un puño repujado en oro.

Se acerca a mí con una cojera más que evidente.

Dicen que todos tenemos a un sosias, es decir, una persona con gran parecido físico a otra. Y he de deciros que eso es estrictamente cierto. Si no fuera  por su cojera y porque estamos en el siglo primero, juraría que esta tipa es Terelu Campos.

Soy Marcia Cornuta. La Dómina de esta casa.– se presenta– ¿Y tú quién eres? No te conozco ni te he visto jamás por aquí.–

Gilius, un comerciante venido de la lejana Hispania. Excrementus me habló de vosotros y aquí estoy.– Le contesto a la señora.

La mujer dibuja con la punta de su bastón una especie de pez en la tierra donde están plantadas las rosas y me observa fijamente esperando mi reacción.

Afortunadamente he visto en alguna de las películas que esta gente usa este símbolo como distintivo propio de los cristianos. Afirmo con la cabeza para darle a entender que lo reconozco y ella lo borra con su garrota.

Ignoro por qué no usan la cruz. Tendré que informarme más a fondo. Ahora eso no me preocupa.

Bien, noble Gilius, supongo que quieres asistir a alguna de nuestras reuniones clandestinas. Pero no es la hora. Casi todos los hermanos son esclavos y en este momento están sirviendo a sus amos.–

¿Tú también eres cristiana, Marcia? – le hago esta pregunta tan tonta porque no deja de extrañarme que una patricia haya renunciado a sus creencias poniendo en peligro su estatus social e incluso su vida.

No me contesta a eso, pero a cambio me hace ella otra pregunta.

–¿Y tú? ¿Lo eres o simplemente sientes curiosidad por conocernos más a fondo?  – 

Efectivamente lo soy desde mi nacimiento. Mis padres también lo eran y me bautizaron siendo un niño. Pero he de reconocer que no practico los ritos con asiduidad.­– le contesto sinceramente.

Vuelve al anochecer, hoy tenemos una de nuestras reuniones. Pero asegúrate de que nadie te sigue y descubre nuestra ubicación.– Me dice la mujer mientras hace un ademán de caminar hacia la casa desde el patio en señal de dar por terminada la conversación.

Súbitamente se escucha un tremendo estruendo. Alguien está aporreando la puerta con enorme fuerza e insistencia.

–Abrid, traigo malas nuevas.– Se escucha un voz ronca y desagradable.

Una sirvienta menuda y muy delgada entra en el Atrio nerviosa.

–Dómina, están llamando a la puerta con insistencia y vociferando. ¿Qué hacemos?– Dice la chica muy inquieta.

–Tranquila, Lidia, acompaña a Gilius a tu cellae servorum (Habitación para los sirvientes de la casa). Y tú, Portulanio , abre sin prisas. Dale tiempo a Lidia a esconder a nuestro huésped.– ordena al criado sin perder el temple.

–Por la voz me ha parecido reconocer a Rabigordus, el esclavo de Chavolus el arquitecto.– dice la muchacha.

–¿Estas segura de eso, Amazónica?– Le pregunta el sirviente.

–Sí, su vozarrón es inconfundible. Juraría por todos los dioses que se trata de él.– contesta la chiquilla.

–No importa, Lidia, acompaña a Gilius a donde te he indicado. Y tú, Portulanio , abre la puerta y haz el favor de no volver a llamar Amazónica a Lidia. Sabes que eso no me gusta.– ordena la dueña.

Lidia me toma del brazo apresuradamente y me introduce en una especie de habitación pequeña. Es una de las estancias en las que duermen los sirvientes de la casa. Me hace un gesto para indicarme que guarde silencio absoluto. Desde aquí podemos oír la conversación entre el que ha llamado a la puerta y la señora de la casa.

–Los soldados han detenido hace un rato a Huevus Cuadratus.– dice el recién llegado.–Por lo visto se ha puesto a gritar en mitad de la plaza Glaudia amenazando a las gentes con no sé qué cuantas maldiciones.–

–Sabía yo que este Huevus iba a acabar mal. Siempre ha sido un bocazas. Sólo espero que no se vaya también de la lengua ante el Pretor. Seguro que a estas alturas ya lo están torturando.– la Dómina sí parece ahora preocupada a juzgar por su tono de voz.

–Siempre tiene que haber un gilipollas metiendo la pata.– dice Portulanio  lamentándose.–Deberíamos degollarlos a todos antes de que nos veamos de patitas en la arena del anfiteatro.– A mí estas palabras me ponen los pelos de punta. ¿Qué le habremos hecho los gilipollas a este imbécil?

–Mantened la calma. Aunque Huevus nos denuncie, los soldados no tendrán pruebas de nada contra mí. Además, confío en este anciano y no le veo capaz de traicionarnos. Lo dejo todo en manos de Dios. Tened fe ante esta prueba a las que nos somete.– 

El esclavo Rabigordus vuelve a la calle a continuar con sus trabajos. La señora nos llama para que volvamos a comparecer ante ella. Cuando estoy nuevamente en el atrio me advierte:

–No me parece prudente que salgas ahora a la calle. No sabemos si tenemos a alguien vigilando la puerta. Será mejor que te quedes un buen rato con nosotros.– Aquello no me suena como un ofrecimiento de hospitalidad sino más bien como una orden en toda regla.

–Conforme. Sólo espero no haberte incomodado con mi visita inesperada y lamento profundamente el apresamiento de Huevus Cuadratus. Yo mismo asistí a su arresto.– le digo.

 –No te preocupes. Era cuestión de tiempo que eso sucediese. Lleva varios días muy raro y nos hacía saber su intención de convertirse en mártir para mayor gloria de la causa cristiana.–

Un hombre entra en la casa sin llamar. Va vestido con una túnica blanca que reluce impoluta con los rayos del sol que penetran el en Atrio. Cuando llega a la fuente me mira receloso y luego se le habla a Marcia.

–¿Quién es este? – 

–Un comerciante hispano. Es de los nuestros. No te preocupes, trae referencias de Excrementus. Es de fiar.– le contesta al hombre. Indudablemente debe ser su esposo. Le saludo con una reverencia elegante.

–¿Cómo puedo estar seguro de que no me mientes y sea algún amante tuyo?– el fulano saca su espada amenazadora y me apunta con ella desafiante.

–Soy Gilius Pollus Casto­, mercader de tejidos.– le contesto extendiendo mis brazos en señal de que no voy armado y mostrar mis intenciones pacíficas. Por primera vez agradezco mis apellidos al imbécil de Anthony.

–¿Pollus Casto? – reflexiona mientras guarda su afilado glaudio nuevamente entre sus ropajes. 

– O tu nombre es una patraña inventada o no tengo nada que temer en cuanto a mi reputación. Pero nada me impide pensar que no seas un espía de Nerón disfrazado.–me dice sin dejar de fijar su mirada en mí.

–¡Gilius Pollus Casto! –Susurra Portulanio  por lo bajini a la esclava Lidia con cierto recochineo poco disimulado y esbozando una sonrisa de oreja a oreja.–¿Lo has oído, Amazónica? –

–Han detenido a Huevus Cuadratus– dice el hombre.– Sabía yo que esta extraña fe pagana que has abrazado nos iba a traer problemas, Marcia. Los cristianos no son del agrado del Cesar.– le reprocha el hombre a su esposa.

–No temas, Sempronius, te aseguro que este incidente no va a acarrearnos desgracia alguna.– le contesta la mujer como sin dar importancia a la cosa– Te advierto que deberías tú también convertirte a la verdadera divinidad en lugar de gastarte mi fortuna en sacrificios a Apolo. Este dios no tiene ningún poder y además mira las estatuas erigidas en su honor. Tiene la minga muy pequeña.

–No te digo lo contrario pero tampoco me convence tu Dios que se deja crucificar como un delincuente. No tendrá tanto poder cuando acaba así. ¿Qué se puede esperar de una divinidad de ese tipo? 

–Deberías asistir a nuestras reuniones, Sempronius. Todas tus dudas al respecto quedarían contestadas. Nuestro Dios no da puntadas sin hilo. Sabe lo que se hace.–

–Paparruchas.– contesta el hombre y hace un gesto a Lidia para indicarle que tiene hambre y que la mesa debe estar convenientemente servida.

La esclava le sigue hasta el Triclinium (comedor) en donde están dispuestas varias piezas de fruta, un plato de gachas caliente, una jarra con vino, un vaso de barro muy elegante y un platillo con aceitunas verdes.

–Acompáñame, Gilius.– me dice la señora con tono mucho más dulce.– Mientras haces tiempo para salir tengo para ti una sorpresa que sin duda será de tu agrado.–

Me toma del brazo suavemente y sin prisas me acompaña, junto a Portulanio, hasta una de las múltiples habitaciones que hay en la casa. Una vez dentro, abre una trampilla camuflada hábilmente en el suelo y que pasaría desapercibida a cualquier mirada indiscreta. Un pasadizo descendente, estrecho y oscuro aparece tras ella.

Me dejo llevar a pesar de que esto me da muy mala espina. Pero algo en mi interior me dice que no debo temer nada de Marcia Cornuta. La mujer entra con mucho cuidado en el corredor inclinado a causa de su cojera y después Portulanio  cierra cuidadosamente la trampilla tras nosotros.

–¿Dónde vamos Marcia? – le pregunto un poco angustiadoElla enciende una pequeña antorcha empapada en brea para iluminar el estrecho corredor y se la entrega a Portulanio  para que nos alumbre.

–No hagas preguntas. Nosotros tomamos muchas precauciones. Los cristianos debemos hacerlo. En ello nos va la vida. Pero no temas, aquí estamos seguros.–

Caminamos unos pocos metros hasta alcanzar una tosca puerta de madera que deber ser la entrada a algún sótano secreto. La abre sin necesidad de usar llave alguna ya que no dispone de ningún cerrojo. Basta con un pequeño empujón para abrirla. Las bisagras chirrían.

La estancia está casi en penumbra. Pese a ello, puedo distinguir una sala muy grande, completamente desnuda de mobiliario, salvo unos bancos de madera que están colocados junto a las paredes y unos taburetes igualmente toscos. De ese modo, el centro de la habitación permanece completamente diáfano. Las paredes no lucen decoración alguna, ni están enlucidas con cal. Sólo se ven los ladrillos de adobe rojizos con la que está construida.

–Bienvenido seas a la casa de Dios, hermano.– escucho una voz de fondo que deber pertenecer a una persona de muy avanzada edad. Pero en la oscuridad no puedo localizarlo.

Marcia me señala hacia un punto determinado de la sala y por fin puedo distinguir a un hombre muy viejo arrodillado frente a una de las paredes con actitud de estar orando.

–¿Sabes quién es? Me dice Marcia emocionada.

–No, solo distingo lo que me parece que sea un anciano.– le respondo mientras intento que mis ojos se acostumbren a estas tinieblas.

–Es Pedro, el pescador. Nuestro maestro. ¡Imagínate, conoció y besó las manos del mismísimo Jesús!–