Capítulo 7


Capítulo 7

                                        

                                               Pinarius Arbina

Cerca del medio día llego por fin a la ribera del río Tíber.  Está muy crecido y los barrios anexos está semi inundados. Parece que esta primavera está siendo muy lluviosa en Roma y el río ha vuelto a desbordarse.

La ciudad es inmensa. Cerca de un millón de personas se hacinan entres las siete colinas que la delimitan.  Pero no es oro todo lo que reluce. Los barrios humildes están compuestos por calles muy estrechas, oscuras y tortuosas. A pesar de que tienen un inmenso caudal de agua potable que proviene de los acueductos, la Roma suburbial huele mal.

A medida que me alejo del Tíber y penetro más en la ciudad, encuentro barrios igualmente cochambrosos pero la crecida del río no les ha afectado y sus calles están sucias pero secas.

En una pequeña plaza descubro un mercadillo con muchos puestos pequeños de venta de todo tipo de cosas, especialmente de alimentos secos y frutas más o menos frescas sobre las que revolotean algunas moscas. Muchas personas casi abarrotan la plaza haciendo sus compras mientras los vendedores vocean sus artículos a la plebe.

Encuentro un rincón libre en el que inmediatamente extiendo uno de mis rollos de tela para que lo vea la multitud y me lo compre. No tarda en acercarse una señorona con dos de sus esclavas. La mujer acaricia mi pieza de lana y la soba repetidamente para asegurarse de su calidad.

¿Cuánto pides por la pieza entera? – me pregunta por fin.

Noble señora– le digo– Esto no es una lana corriente. Proviene de la misma Grecia y puedo asegurar que la tejieron los dioses. –Uso la misma engañifa que me relató el viejo en Ostia.

Ya veo que me tomas por imbécil.– Me dice muy seria sin dejar de toquetear la lana– Esto es un tejido vulgar. El único dios que ha podido tejer estas piezas debe ser del inframundo y que se dedique a esquilar ovejas enfermas.

Nada de eso.– le contesto poniendo la ropa al trasluz del mediodía para que vea que es muy tupida y el sol no la traspasa en absoluto– Y los tintes están hechos con el néctar de mil flores recogidas al alba por muchachas vírgenes. –No sé ni lo que digo, pero parece que tiene un efecto provechoso.

Te doy treinta sestercios por cada una.– me dice al fin tras pensarlo detenidamente.

Señora, debes estar de broma. Sabes perfectamente que valen más del doble. La lana griega auténtica es mucho más valiosa que la romana. Sus ovejas comen la mejor hierba y sólo beben agua destilada. Ese es el secreto de su enorme calidad. Incluso sus cagarrutas se venden en los mercados griegos como una exquisitez.– A medida que me oigo a mí mismo me convenzo más y más de que he nacido para el comercio.

¡Sesenta sestercios! Ni loca pagaría esa fortuna por tus trapos. – Las dos esclavas que la acompañan permanecen inmóviles y serias.

Hoy ha sido un gran día. Sólo me quedan estas tres piezas porque las otras las he vendido nada más llegar a gente muy entendida en estas cosas. Prácticamente me las han quitado de las manos.– le miento– Es por ello que te aprovechas de mi buena providencia y pretendes comprar por casi nada una cosa que vale con creces su peso en oro. 

 ¡Toma ya! Hablar en latín me ha proporcionado una labia que hasta los presentadores de Tele tiendas deben estar babeando y tomando notas en cuanto lean este relato.

No me convences. Eres un embaucador que se quiere aprovechar de mi.– me dice con tono de enojo– Te doy cincuenta sestercios por cada una y da gracias a que no te mando apalear por mentiroso. No sabes con quien estás hablando, extranjero.– La mujer hace un gesto como para darme a entender que no le interesa el trato y hace amago de marcharse para que mejore mi oferta.

Lo que ella me ofrece compensa mis gastos y ganaría dinero con la operación. Decido contraatacar a la desesperada.

Que todo el Olimpo griego me perdone por malvender sus obras. Voy a aceptar tu oferta porque en el fondo soy muy generoso y un vendedor muy torpe cuando se trata de negociar un precio con una mujer tan hermosa. – Le digo adulándola mientras enrollo la pieza de lana con cuidado y la uno a las otras tres para entregárselas.

Ella vuelve a darse la vuelta hacia mí y hace un gesto a una de las esclavas para que me pague.

La muchacha me entrega veinticinco denarios y cincuenta sestercios. No estoy al tanto del valor de las monedas todavía pero supongo que eso debe sumar los ciento cincuenta sestercios acordados. Después, las dos esclavas cargan con las piezas de lana y la señora se retira sin mediar más palabras.

Si mis cálculos son correctos, he ganado en una sola venta la nada despreciable cantidad de cincuenta y cinco sestercios en un momento. Esto tiene buena pinta. Mi bolsa vuelve a estar repleta de monedas.

Eres buen negociante.– me dice un tipo que hay a mi lado y regenta un puesto de frutos secos. –Pero te la has jugado con Popilia. Por menos de lo que le has dicho tú, la he visto hacer azotar al mercader de turno. Sin duda los dioses hoy están de tu lado.

¿Popilia? ¿Quién es Popilia? ¿Acaso una patricia importante con aires de grandeza? – le pregunto.

No, ella es sólo una sirvienta de confianza del gran Nerón. Viene a estos mercados humildes para comprar todo tipo de cosas. En los mercados de los barrios más ricos son mucho más caras. Ella le sisa al Emperador la diferencia. Ha amasado una gran fortuna así.

¡Hay que joderse con la Popilia! – exclamo– Y a mí que me había hecho creer por un instante que era una patricia romana de esas que tienen esclavas y toda la pesca. –

Tiene mucho más poder del que puedas imaginar. Ser sirvienta destacada del Emperador representa mucho más de lo que crees. Para nosotros tiene el mismo valor que si tratásemos con el César en persona. Hazte a la idea de que ser mercader en estos barrios bajos no es mucho más que ser una mierda de perro. Ándate con ojo en un futuro.

Agradezco enormemente tus sabios consejos. 

Nunca te había visto, he pensado que sin duda eres forastero en Roma y que estás empezando a comerciar por aquí. Nadie trae tan poco género a un mercado y mucho menos lo vende a tal velocidad. Te auguro un gran futuro. – Y vuelve a sus quehaceres porque una mujer se interesa por sus almendras secas que tiene expuestas en una gran cesta de esparto junto a otras muchas cosas.

Si mis cálculos no me fallan, el incendio de Roma se producirá en una noche de verano. Desconozco en qué mes estamos pero no debe ser todavía Mayo o Junio, lo que me deja un margen de dos o tres meses de estancia en Roma. Tengo que resolver pronto el asunto de la vivienda y de ganarme la vida durante este tiempo. Con los precios que ya voy conociendo, mi bolsa no será suficiente para vivir dignamente.

Cuando cierra su venta vuelvo a hablar con él.

–¿A quién debo el enorme favor que me hacéis?– le pregunto.

Me llamo Pinarius Arbina. – me contesta– También soy forastero en esta ciudad. Nací en Pompeya. Pero allí hay una corrupción que no te puedes imaginar. Mucho más que aquí. Así que me establecí en Roma hace ya varios años.

Sí, noble Pinarius. He oído hablar de la Mafia Napolitana y de un tal Vito Corleone. Esas gentes son peligrosas

Extrañas palabras, extranjero. ¿Qué es la mafia y quién es ese tal Corleone. Nunca había oído hablar de él en Pompeya. 

Nada, no tiene importancia, son cosas mías. – le digo. Joder JuanVi, pienso para mis adentros, a ver cuándo te das cuenta de que muchas veces calladito estás más mono. Mentalízate de que estás en el siglo primero ¡Coño!.

 –Necesito un lugar en donde poder asentarme en la ciudad. ¿Conoces algún sitio en donde pueda residir durante un tiempo?

Puedes tomar en alquiler alguna habitación. Es lo  más habitual. Comprar una casa no está al alcance de nosotros. En el edificio en donde yo vivo hay alguna disponible. Si quieres, vuelve por la tarde y te acompañaré para que lo negocies con mi casero. Me caes bien y me gustaría tenerte como vecino. – Me dice mientras atiende a una esclava que curiosea observando los frutos de sus cestas.

Conforme, te estoy muy agradecido. Al atardecer volveré a buscarte, noble Pinarius. –

Aprovecha para conocer la ciudad. Pero ándate con cuidado. En estas calles hay mucha gentuza presta a robarte la bolsa y si es necesario hasta la vida. – me advierte seriamente.

Un poco intimidado por estas palabras, me introduzco de lleno en los barrios grises y cochambrosos de Roma en dirección a las zonas más ricas del foro. Siento enorme curiosidad por conocer esta magnífica ciudad, tan antigua y tan moderna a la vez.

Varias mujeres de la vida interrumpen mi paseo. Se me ofrecen con descaro. Pero yo no quiero saber nada. Paso de largo sin hacerles el menor caso.

Me llama mucho la atención el ver en muchas paredes pintadas con mensajes de todo tipo. Se conoce que el tema de los grafiteros viene de muy antiguo.

Desde mensajes políticos a los más mundanos. Desde inscripciones amorosas hasta mensajes de confrontaciones entre vecinos y textos más o menos chocantes:

“Pichurrus la tiene pequeña”, “Donaldus Trumpus, eres un bocazas” o “Alexio, hijo de Licinia, gran invertido y mamón, es un pierniabierto”, por poner algunos ejemplos significativos.

Las tabernas abundan y algunos bajos son tiendecitas de comerciantes más pudientes que se han permitido establecerse en ellas. Algunos casi se abalanzan sobre mí para ofrecerme sus productos. Se me hace un poco pesado transitar tranquilamente con tanto trasiego. Pero me doy cuenta de que al fin y al cabo, los dos mil años que nos separan en el tiempo no han supuesto un gran avance social hasta ahora.

La ciudad me resulta tan familiar que incluso no me sorprendería encontrarme con un semáforo, fíjate lo que te digo.

Encuentro también unas termas de las que salen y entran muchos hombres. Me encantará visitarlas para ver qué pinta tienen. Pero es demasiado pronto para estas cosas. Primero tengo que conocer a fondo las costumbres y modo de vida en Roma. Tiempo habrá para darme alguno de estos caprichos y lujos.

Un perro cojo se me acerca. El paisaje ya está completo.

Todo el mundo sabe que no hay pueblo que se precie que no tenga un perro cojo y un tonto. Ya estamos todos.