Capítulo 6


Capítulo 6

                                    Clitórica la prostituta

Amanece en Ostia. Unos rayos de sol me acarician el rostro. Estoy tumbado en una especie de cama ancha provista de un cabezal excesivamente alto y duro para mi gusto.

Anoche he debido beber bastante vino porque me asalta una jaqueca casi intolerable. Estoy solo en aquel cuartucho pequeño pero limpio y ricamente decorado con más frescos de parejas en porretas haciendo guarrerías. Clitórica se ha debido marchar hacia la caza y captura de nuevos clientes con los que aumentar su fortuna.

Me levanto completamente desnudo y me visto tranquilamente antes de abrir de par en par el ventanuco que da directamente a la calle y compruebo con alivio que no me ha robado nada de mi bolsa ya que no echo en falta monedas ni piezas de oro en su interior. Tan solo unos denarios de plata que representan el precio acordado con mi anfitriona a cambio de su calor y techo.

Recojo mi talego con mis cosas y las tres piezas de tela que compré al viejo zorro del puerto y con las que comenzaré a labrarme un futuro en Roma.

Salgo al patio de aquella casa en donde la fuente sigue incansable vertiendo sus chorritos de agua que tienen el efecto instantáneo de producirme unas enormes ganas de mear.

Me topo con un individuo gordote que sale también al patio y va impecablemente vestido con una preciosa túnica blanca. Debe ser un hombre de posición social bien acomodada.

Disculpa, señor.–le digo–¿Podrías indicarme dónde está el wáter, si eres tan amable?

Me mira extrañado.

¿Wáter? ¿Qué es wáter?

¡Claro!, esa palabra es inglesa. ¿Cómo me va a entender este ignorante de la vida? Pero yo ya no me puedo aguantar durante mucho tiempo. Me hecho la mano a mis partes y me pongo a dar saltitos como si eso fuese una buena estrategia para evitar lo inevitable. El hombre por fin parece darse cuenta de mi situación.

¿Urinariorum? – pregunta.

Si, por favor. – Contesto. Y me señala con su dedo regordete una de las puertas.

Para mi asombro, la puerta es la de la salida a la calle. Así que sigo dando saltitos por una de las aceras hasta que un olor desagradable a mierda invade mis fosas nasales. En una de las callejuelas hay una especie de banco con agujeros. En dos de ellos hay dos caballeros sentados haciendo sus necesidades al aire libre sin ningún pudor. No puedo aguantarme más.

Corro hacia uno de los cagaderos sin ocupar dejando mis cosas presurosamente en el suelo y sacándome la chorra para no desperdiciar un solo segundo que no tengo. Y entonces experimento esa sensación reconfortante y agradable de dejar llevar al cuerpo libremente en sus quehaceres biológicos más básicos. ¡Qué alivio por todos los dioses!

Una vez cumplido con la madre naturaleza, me dispongo a poner rumbo a Roma cargado con mis telas.

En una de las calles de Ostia, encuentro una especie de taberna en la que sirven vino, cerveza y comida. Decido entrar en ella para desayunar algo antes de la larga caminata que me espera.

A la entrada hay una especie de barra de adobe con grandes agujeros en las que hay introducidas unas ánforas con todo tipo de cosas en su interior. Tocino en aceite, pescado hervido, quesos, encurtidos, chacina, pan e incluso alimentos calientes que se mantienen al calor de un horno de leña oculto debajo de la barra.

A estas horas el establecimiento tiene una buena clientela. Todos están de pie porque no existen mesas en donde sentarse. Pero compruebo que hay una sala anexa, reservada a los más relevantes clientes que sí dispone de buenas mesas y sillas. Pero está vacía.

¿Qué vas a beber? – me dice el hombre que atiende la barra.

Un buen vaso de leche caliente, por favor.

Dos tipos me miran con extrañeza mientras dan buena cuenta de sus jarras de vino.

Instantes después tengo sobre la barra mi desayuno que bebo rápidamente a pesar de que quema bastante. Pero la presencia de estos individuos que no dejan de mirarme me incomoda y quiero salir de allí cuanto antes.

Medio sestercio.– me dice el tipo del bar cuando termino mi vaso y lo dejo sobre la barra.

Todavía no sé a qué moneda corresponde el medio sestercio, así que le entrego un sestercio enterito. Me devuelve un semis y así averiguo el valor de esta moneda desconocida hasta ahora por mí y de las que tengo algunas en mi bolsa.

La ciudad está ya en pleno apogeo. Al puerto han llegado ya multitud de barcos pesqueros que salieron anoche a faenar y las calles están repletas de gentes circulando de un lado a otro.

Reconfortado con el sabor todavía en la boca de esa magnífica leche que me han servido en la taberna. Estoy ya casi a las afueras de la ciudad cuando me vuelvo a encontrar con Clitórica, la prostituta.

Ave, hispano. Esta mañana dormías tan plácidamente que me dio pena despertarte. – me dice en tono tan bajo que casi es un susurro.

Ave, Clitórica. – le contesto– Te lo agradezco. La verdad es que ayer tuve un día muy ajetreado. Estaba muy cansado

Bueno, bueno. Pero tampoco te impidió… ya sabes…–me guiña un ojo en señal de complicidad.

Sí, no estuvo mal. Ha sido una noche muy completita. Pero detén tu lengua, alguien podría estar leyendo esto en un futuro muy lejano. Créeme que habrá  gente muy metomentodo y con lenguas afiladas como espadas. Ya verás cómo me arde el Facebook en cuanto se enteren. ¡Menudas son!

 –¿Qué? No entiendo nada de lo que me dices. ¿Facebook? ¿Qué coñus es eso?

– Nada, nada. Son cosas mías. –

Si vuelves por aquí, búscame. Siempre suelo estar en la calle en donde nos encontramos ayer.

Lo haré. No lo dudes. Pero no sé si volveré. De momento pretendo instalarme en Roma y no moverme de allí. Tengo asuntos importantes que resolver.

Pone su dedo índice en mis labios a modo de beso de despedida. Y ya estoy comenzando a caminar cuando vuelve a dirigirse a mí.

Hispano, por cierto, quisiera hacerte dos preguntas– me dice– La primera es que me gustaría saber tu nombre.

Gilius– contesto –¿Y la segunda?

Es simple curiosidad. No tiene importancia. Pero me intriga no saber por qué exclamaste una palabra extraña cuando terminamos de hacer el amor por sexta vez.

No recuerdo, Clitórica ¿A qué palabra te refieres?

Pues no sé si voy a poder pronunciarla como tú. Debe ser una cosa que decís en vuestra provincia. Pero sonó algo así como: ¡Ole!

Uff… No lo entenderías y es difícil de explicar. Pero no es nada malo, créeme. Todo lo contrario. Es el remate perfecto a una faena terminada con arte.–

Entonces todo aclarado. Que los dioses te acompañen y te hagan volver pronto. 

Que Júpiter y Venus te protejan a ti también en este mundo tan azaroso que nos ha tocado vivir. Te deseo lo mejor Clitórica.

Me despido de la muchacha y pongo rumbo a Roma por la Vía Ostiensis para desandar el camino que hice ayer. El sol comienza a calentar las calles y todo parece encauzado debidamente hasta que, tras un buen trecho andado, me detengo bajo un frondoso sauce que hay cerca del camino para descansar un poco y resguardarme del sol que calienta ya todo el valle.

¡Maldición, me están entrando unas ganas locas de cagar!

Dejo los pesados rollos de tela junto a mí. Me agacho tras el viejo árbol y mientras hago lo que he venido a hacer, me distraigo un poco viendo el ir y venir de las gentes por el camino. Pero al poco se me acerca un individuo alto y moreno. Por su aspecto debe tratarse de uno de esos esclavos que transitan sin cesar por esta vía.

Que Dios esté contigo, hermano. – me dice al llegar a mi lado ofreciéndome agua de una especie de cantimplora de barro.

¿Dios? ¿Cuál de ellos? –  le pregunto mientras le agradezco con un gesto su ofrecimiento y me limpio el culo con una piedra.– ¿Júpiter, Marte, o tal vez Baco ?

 –El único Dios verdadero. Esos que nombras no son más que unos mamarrachos a los que les encantan los sacrificios de ignorantes paganos. – Su voz suena contundente.

¿Acaso eres tu uno de esos a los que llaman cristianos? –no me fio de que sea una treta para descubrir que yo también lo soy, al menos en mi mundo. En esta época es una actividad de riesgo.

Chitón. No pronuncies esa palabra en público ni en voz alta. Podría ser peligroso. Últimamente no están las cosas como para ir pregonándolo a los cuatro vientos. – Mira a un lado y a otro con cierta preocupación.

–¿Y qué quieres de mí? ¿Acaso no temes que te delate y acabes de aperitivo para las fieras del anfiteatro?

Sé quién eres, extranjero. – me dice sentándose a mi lado– Te vi ayer en la Colina del Aventino y pude comprobar que no delataste a mis hermanos Ligia y Tontochorrus cuando podrías haberlo hecho y ganado mucho oro. Por eso sé que eres un hombre bueno.

¿Conoces a Tontochorrus? Entonces tú también eres gladiador ¿no es así? – le pregunto con mucho interés.

–No, sólo soy un criado de Hijoputus, igual que lo era Ligia. Me encargo de hacerle las compras en Ostia. Es un hombre caprichoso y siempre está interesado en la adquisición de cosas exóticas. Sin embargo, hoy sólo voy a comprar Garo (Es una salsa preparada con vísceras fermentadas de pescado. Equivalente en cuanto a su uso a nuestro kétchup). Un buen romano no sabe comer si no unta sus comidas con este mejunje.

Bajo considerablemente mi tono de voz hasta convertirlo en un susurro.

Pero eres cristiano. ¿Estoy en lo cierto?

 –Sí, lo soy. Y Tontochorrus y Ligia también. Y tú deberías abrazar esta nueva fe. El ser pagano no cuadra con tu manera de ser tan bondadosa y honrada. – me dice incorporándose de nuevo. Pero antes de marchar hacia Ostia me entrega un pequeño trocito de tela en el que hay escrita una dirección.

En Roma nos congregamos en este lugar para orar y darnos fuerzas los unos a los otros. Nos hacemos llamar hermanos y espero que nos visites pronto para hacerte comprender la verdadera fe en Dios y alumbrar con ello tu alma. Pero sé muy discreto con este asunto. En ti confío. Gilius.–

¿Y no es peligroso asistir a estas reuniones clandestinas? – le digo.

Lo es. Por eso es necesaria toda precaución. Pedro nos advierte constantemente de ello. Pero a la vez nos anima a que no cejemos en el empeño de convertir a más y más paganos hacia la fe en Cristo.

– ¿Pedro? ¿El discípulo de Jesús? – Estoy anonadado. ¡Tengo la oportunidad en Roma de conocer al mismísimo San Pedro!

El mismo. Pero me asombra enormemente que conozcas estos detalles tan cuidadosamente guardados. – Ahora el sorprendido es él.

Soy hombre de mundo– le digo – Conozco muchas cosas que te asombrarían y no podrías siquiera imaginar acerca del cristianismo. Y del mismo modo te digo que lo peor está a punto de llegar. Cuidaros de Nerón, los Césares que le sucedan en el trono y de sus soldados.

Hablas como un profeta, extranjero. ¿Quién eres tú en verdad? ¿Un ángel celestial o un esbirro que el Diablo me envía para confundirme?

Jajaja– rio –En absoluto, ni lo uno ni lo otro. Aunque debo confesarte que tengo visiones del futuro y podría contarte acontecimientos venturosos y horribles que están por suceder.– Ahora me pongo intencionadamente enigmático y le susurro pausadamente.

Por ejemplo, he visto que llegará un tiempo en el que tendréis que guardar voto de castidad riguroso si os dedicáis profesionalmente al culto a Jesús.

¡No jodas, noble Gilius! ¿Estás seguro de eso?– exclama– ¡Tal cosa no figura en el guion!

Pues es lo que hay. Pero no temas, para eso faltan un par de siglos. De momento puedes seguir adorando a Cristo al tiempo que recorres el camino de la pierna sin renunciar a ninguna de las dos cosas.

Y comienza a largarse meditabundo y enigmático tal y como llegó.

Un momento, esclavo, detente. – le grito para que vuelva.

¿Qué se to ofrece, Gilius? ¿Qué más puedo hacer por ti?

Asistiré a alguna de vuestras reuniones secretas. Sólo deseo saber tu nombre para tener alguna referencia cuando me pregunten.  

Se acerca a mí y mira a un lado y a otro de la calzada para asegurarse de que nadie nos está oyendo.

Soy Excrementus, esclavo al servicio de Hijoputus como te he dicho antes. – me dice. Ahora comprendo sus precauciones para que nadie escuchase su nombre.

Vaya, un nombre muy peculiar. 

Sí, un nombre de mierda. Anda dilo. Pero no se te ocurra reírte de mí. Bastante mal lo paso cuando alguien me lo pregunta. Afortunadamente, el ser cristiano me ha dotado con el don de la paciencia, porque de otro modo Roma estaría repleta de cadáveres de tipos burlones. Pero no abuses ni se te ocurra reírte. Toda paciencia tiene sus límites. – Lo noto grandemente alterado.

No veo motivo de chanza en ello. Yo tampoco puedo ir presumiendo al respecto. No se me ocurriría juzgar a un hombre ni por su aspecto ni por su nombre. Desde luego que hay mucho hijo de la gran puta que se recrea a la hora de poner nombrecitos a la gente. Conozco yo a uno al que le ajustaré las cuentas en su debido momento.

El hombre retoma su camino hacia Ostia. Yo recojo mis cosas y cargo con los pesados rollos de tela. La mona que acabo de echar detrás del árbol huele que corrompe y una legión de moscas revolotean y se posan encantadas de la vida en ella.

Roma aún queda lejos. Tengo muchas cosas que resolver en la capital. La primera de ellas será encontrar un alojamiento adecuado. No voy a ir noche tras noche de lupanar en lupanar para dormir un rato bajo techo.

Eso no hay cuerpo humano que lo resista ni bolsa que lo financie