Capítulo 5


Capítulo 5

                                                            Ostia

Me pongo en camino hacia el puñetero puerto de Ostia. Está bastante lejos para ir andando. Me ha costado casi dos horas el llegar allí.

Afortunadamente los romanos saben hacer calzadas como Dios manda, o mejor dicho, como los dioses mandan. No vayamos a tener ahora un disgusto con el tema de la religión, que esta gente se las gasta de aquella manera con eso de las cosas divinas.

Pero bueno, a lo que vamos: La Vía Ostiensis, (no podría llamarse de otra manera. Son buenos constructores de caminos pero a la hora de darles un nombre tampoco se escaldan las ingles pensando), conduce directamente desde Roma a Ostia. Y por si os lo estáis preguntando, también desde Ostia a Roma. Es decir: y viceversa. Todo depende de la dirección que tomes.

Está muy transitada por personas que caminan de un punto a otro. Muchas llevan carros tirados por caballos o bueyes con todo tipo de mercancías en dirección a Roma. Otras recorren la vía cargadas con pesados fardos. Patricios, plebeyos, comerciantes y esclavos son fácilmente reconocibles por sus ropas. Sobre todo los primeros. Algunos se hacen transportar por el pedregoso camino en litera sostenida por dos o cuatro esclavos jadeantes y sudorosos.

En el puerto la actividad no es muy grande a esta hora porque ya está anocheciendo. Sólo un par de barcos grandes están en plena descarga y otros barquitos, sin duda pesqueros, parten hacia la mar. La puesta del sol ofrece un panorama magnífico. El puerto es muy hermoso con el cielo anaranjado de fondo.

Hay una especie de lonja de pescado que huele a perros muertos. Dos montones grandes de sal para conservar la pesca están custodiados por algunos soldados con cara de aburrimiento y al fondo hay almacenes más pequeños con todo tipo de cosas.

No me interesa en absoluto el asunto de la pesca. Aparte de que no se distinguir entre un mero y una merluza, tampoco dispongo de ningún medio de transporte que me garantice que esos bichos lleguen a Roma en condiciones para su venta.

Inspecciono un poco las instalaciones. Las atarazanas militares del puerto están fuertemente custodiadas por un enjambre de soldados romanos porque se encuentra anclado un barco de guerra formidable que, según he oído, pertenece al Emperador. Tengo la precaución de alejarme de ese lugar. Además,  estos soldados huelen peor que la lonja del pescado.

Unos niños me asaltan de improviso para pedirme limosna. Son demasiados para poder darles algo y me hago el despistado para que no me den la lata. Pero los jodidos críos son cabezones y me siguen durante un rato hasta que se convencen de que no van a sacar de mí ni una sola moneda. Uno de ellos acaba insultándome y lanzándome una piedra que, afortunadamente, no me alcanza.

En un almacén veo frutas. Pero el problema es el mismo que tengo con el pescado. No voy a poder transportarlas hasta Roma. Hasta que por fin doy con la solución a mi problema.

Magníficas telas, lanas, todo tipo de prendas para ti.– me dice un hombre muy mayor que regenta un pequeño almacén de ropa. Entre sus manos me muestra un rollo de tela que desenvuelve en parte para mostrármelo con el mismo tacto que si estuviese manipulando un delicado tesoro.

Toco delicadamente los tejidos para hacerle creer que soy un experto en ese tipo de cosas. Le miro con expresión apática.

Anciano ¿Por cuánto me vendes estas tres piezas de tela?– le digo señalando a una estantería en donde tiene muchos rollos de distintos colores.

La calidad no tiene precio, pero por ser tú, te la podría dejar en cincuenta sestercios cada una. Excepto la roja, que te costará sesenta.– El hombre me lanza una mirada condescendiente como si me estuviera ofreciendo la ganga del siglo.


No tengo ni idea de si me está engañando porque desconozco el valor de los sestercios ni lo que pueda ser un precio justo. Pero he visto siempre en las películas que es de buena educación regatear los precios.

–¿Acaso me tomas por tonto? ¡Cincuenta sestercios! – le digo en tono de enojo. –Jamás he visto un engaño de semejante envergadura. No serás tú, vejestorio, quien me estafe.

Los extranjeros no sabéis valorar un buen tejido aunque lo tengáis delante de vuestras narices. Estas magníficas telas vienen directamente de Grecia. Y la tejen los mismísimos dioses.– El abuelo se hace el ofendido con tal maestría que hace que me resulte hasta divertido.

¿Los dioses? No me hagas reír. Se nota a la legua que son de muy mala calidad. – La conversación va subiendo de tono. Otro individuo se acerca interesado en la disputa.

No sé lo que es una legua.– contesta en vendedor– Pero probablemente se trate de algún calostro de tu puñetera madre. – No me ha hecho ninguna gracia que me hable así. ¿Qué formas son esas de tratar a la clientela?

¡Basta! Te doy ochenta sestercios por todo y asunto terminado. Lo tomas o lo dejas.

Que Neptuno vierta sus olas sobre tu cabeza para darte algo de cordura porque indudablemente eres un loco. – Ahora grita haciendo grandes aspavientos. Otros se arremolinan divertidos ante la escena.

¿Entonces cuánto? No quiero perder más mi valioso tiempo contigo, anciano. 

Los dioses no me lo van a perdonar. Ultrajar su trabajo a cambio de cien sestercios me parece una ofensa hacia ellos. Pero los aceptaré. – ¡Qué buen vendedor hubiera tenido Zara con este viejo!

Noventa y no se hable más. Es mucho más de lo que estaba dispuesto a pagar. – Intento cerrar el trato.

Sin duda eres avaro, extranjero. Pero es tarde y quiero irme a casa a descansar. Hecho. Noventa y cinco sestercios. – Me extiende la mano para que le plante en ella el dinero. Los curiosos sonríen y murmuran entre ellos.

Saco de la bolsa que tengo prendida en el interior de la túnica y cuento y le entrego las noventa y cinco monedas de un sestercio cada una. Después dobla cuidadosamente las piezas de tela que me ha vendido y me las entrega como si fuesen un trofeo delicado.

Bien se la has jugado a este forastero.– le dice uno de los que estaba arremolinado junto al tenderete al viejo que se afana en guardar el dinero en su bolsa con actitud desconfiada no sin antes morder algunas monedas para comprobar que son auténticas.

Esas telas no valen ni cuarenta sestercios en total. Y eso siendo muy malgastador.– dice otro riendo.

Es evidente que este no sabe nada de nada de estas estas cosas.– comenta otro.

Me vuelvo hacia ellos cargado con los rollos y mirándoles con un rencor creciente.

Pues en mi provincia valen mucho más que esto. Haré un gran negocio con mi compra.– no me resigno a quedar como un mequetrefe ante esta chusma.

Reconócelo, eres gilipollas. – me dice aquel tipo. Me quedo de piedra. No sé qué contestarle. ¿A qué se refiere con que soy gilipollas? ¿A que me ha engañado el fulano de la tienda o a que alguien, también procedente del futuro, me haya reconocido?

Decido no meterme en otros problemas y hago caso omiso de su comentario. Esta gente siempre está dispuesta a armar tumulto y tienen una gran afición a sacar las espadas a relucir.

¡Extranjero! –me grita una chica desde el otro lado de la calle– Sin duda necesitas una mujer con la que pasar la noche. Ostia es muy fría de madrugada para pasarla al raso sin el calor femenino.– Se contonea ante mí como una gallina clueca.

No necesito a nadie en este momento. Me vuelvo a Roma. Tengo un negocio que atender allí. – le contesto.

Nadie en su sano juicio recorre la Vía Ostiensis de noche. Está plagada de bandidos que te asaltarán, te robarán tus cosas y aparecerás al borde del camino degollado como un cerdo.  ¿Acaso no lo sabes? – Estas palabras tienen el don de dejarme paralizado. La miro con espanto.

Debes ser un recién llegado para desconocer estas cosas. – continúa mientras se acerca a mí. –Además, jamás hombre alguno que se precie de serlo ha despreciado a Clitórica como lo has hecho tu ahora.

¿Te llamas Clitórica? Curioso nombre. Pero no te he despreciado. Reconozco tu belleza pero, efectivamente, no conozco Roma ni sus costumbres. Te pido disculpas.– le respondo mientras ella me toma descaradamente del brazo y me hace caminar por la calle hasta una casa cercana.

Puedes pasar una agradable noche conmigo si ese es tu deseo. En esta casa todo hombre es bienvenido. – me dice mientras me introduce en ella. Preciso es comentar que tampoco es que yo ofrezca resistencia. Simplemente me dejo llevar por el devenir de los acontecimientos. Por primera vez desde que estoy aquí el panorama que se me presenta no tiene mala pinta.

A decir verdad, la estancia es muy agradable. En sus muros hay pinturas bien obscenas de prácticas sexuales inauditas. Murmullos de conversaciones apagadas salen de algunas habitaciones, pero son apagados por el gorgoteo del agua que sale de una fuente en mitad de un patio interior muy limpio y bien cuidado.

Y ahora, con cierto temor a decepcionaros, voy a correr un tupido velo con las telas que he comprado porque lo que ocurra esta noche en este lupanar pertenece a mi intimidad y no os cuento lo que va a acontecer porque atentaría gravemente a la confidencialidad entre adultos y hasta a la protección de datos.

Ya sé que os gusta mucho el morbo y todas esas cosas. Pero no veo necesidad alguna de hacer alarde de mis habilidades en según qué actividades. Buenas noches y mañana será otro día.