Capítulo 4


Capítulo 4


                                             Capítulo 4
                                   Tontochorrvs, el gladiador

De repente estoy en una colina. Es un acierto que Antony haya elegido un lugar donde no hay nadie que me vea aparecer de improviso. En medio de alguna plaza romana alguien se hubiese dado un susto de muerte al sorprenderme surgiendo súbitamente de la nada.

Roma se me ofrece en todo su esplendor a un par de millas de distancia. Sigo sin saber qué coño es una milla, pero es algo que queda muy bien en los relatos, sobre todo si son de romanos ya que ellos la inventaron. Por lo visto una milla son mil pasos. Pero claro, eso deja cabos sueltos. No es lo mismo un pasito de Danny DeVito que uno de Pau Gasol. Así no se puede ir haciendo imperios, francamente. Eso para que luego vayan llamando bárbaros a los germanos que lo miden todo con precisión absoluta.

Puedo divisar perfectamente los edificios colosales en la lejanía. Mi cerebro piensa en latín como si lo hubiese hablado desde siempre.

 A partir de ahora, todo el relato de las aventuras que me depare el destino será íntegramente en latín. Pero voy a traducirlas al español para que no tengáis que enclaustraros en un seminario para aprender este idioma y poder entender este puto libro. Seguro que más de uno acabaría metido a fraile después.

Si has llegado con la lectura hasta aquí, puedo asegurar que madera de monja de clausura no tienes.

La tarde está en todo su esplendor y me ofrece una vista fantástica del entorno. Comienza a lloviznar. Es curioso que la caja de cartón en donde llevaba mis cosas se ha transformado en una especie de talego grande. Por lo visto, el cartón no se ha inventado todavía y la máquina de Anthony se ha encargado de reparar el error. Hay que reconocer que este fulano sabe hacer bien las cosas.

Por la temperatura supongo que debemos estar en primavera, tal vez Abril o principios de Mayo. El agua de la lluvia es fría pero afortunadamente diviso una pequeña cueva muy cercana a la que me dirijo para resguardarme del aguacero.

Me introduzco en ella sin penetrar apenas lo suficiente como para estar resguardado y no mojarme. No tengo intención de explorarla por si hay algún bicho que me muerda o pique. Soy muy cagalera para estas cosas. Permanezco sentado en el umbral a la espera de que la llovizna cese.

 Con espanto noto que un frío puñal se ha instalado en mi garganta. Intento gritar pero solo consigo abrir la boca sin emitir sonido alguno. Estoy completamente paralizado por el pánico.

Es inútil que grites. Te voy a matar igualmente– Una voz ronca se escucha tras mi nuca.

Consigo hablar con una vocecilla casi infantil que ni yo mismo reconozco.

¿Por qué me vas a matar, señor hombre? No te he hecho nada. –

¿No vienes acaso de parte de Hijoputus? Anda, niégalo si te atreves.– me dice apretando más la hoja de su puñal contra mi gaznate.

¿Qué Hijoputus ni que niño muerto? Yo no conozco de nada a ese individuo.

¿Quién eres entonces y que haces por aquí? 

Soy Gilius. Un mercader de Hispania. Voy camino a Roma. – le contesto.

-¿Gilius? ¿Qué más? Porque si no tienes otros nombres debes ser también un esclavo fugado como yo.– su puñal cada vez está más cerca de cortarme el cuello.

No, no soy un esclavo. Ya te he dicho que soy un pacífico mercader.– Intento ganar tiempo. El tiparraco este está más nervioso que yo– Gilius Pollus Casto. Ese es mi nombre. –

Ja, Hay que tener cojones para llamarse así. Ese debe ser tu verdadero nombre porque a nadie se le ocurriría inventarse una gilipollez semejante. – Retira el puñal y se sienta junto a mí.

Pues mira, yo conozco a un individuo capaz de eso y mucho más. ¡Si yo te contara!– Ahora estoy más tranquilo después del susto. –Y por cierto ¿quién demonios eres tú?

Ya te he dicho que soy un esclavo fugado. Me llamo Tontochorrus. Antes de evadirme era gladiador.

–¡Tontochorrus! ¿Y has tenido el cuajo de reírte de mi nombre? Anda, que ya te vale a ti también.– no sé si ha sido adecuado hacerle este comentario. Se podría haber ofendido. Pero me lo había puesto tan  a huevo...

No me contesta. Ahora mira fijamente al exterior de la cueva durante unos segundos a un lado y a otro. Intenta averiguar si hay alguien más que haya venido conmigo.

¿Viajas solo? – Pregunta al fin.

Sí, vengo de muy lejos. Sólo pretendo establecerme en Roma y ganarme la vida como buenamente pueda.

Se vuelve nuevamente hacia mí y hace una seña a alguien que debe estar también dentro de la caverna para que se acerque a nosotros.

Esta es Ligia, una esclava que también se ha fugado conmigo.– me dice cuando aparece una mujer joven, rubia, menuda, bonita y vestida con harapos.

Me pongo en pie para saludarla. Ella está tan asustada como yo. Pero mantiene el temple y no se mueve de su  sitio. También lleva un pequeño puñal en su mano derecha.

Soy Ligia, tal y como te ha dicho Tontochorrus– Súbitamente se arrodilla y me implora– Por favor Gilius, no nos delates. Nos espera una muerte horrible si así lo hicieras.

No temas, Ligia.– le digo mientras la ayudo a incorporarse– No soy un cazador de esclavos fugados. Como habrás oído antes sólo soy un mercader de una provincia muy lejana.

Más te vale que no nos estés mintiendo. Nada tenemos que perder si te quitamos la vida aquí mismo. – Tontochorrus se vuelve a mostrar amenazador. Es evidente que no me ha mentido cuando me ha dicho que es gladiador. Este hombre es una mole cuajada de músculos y mide algunos centímetros más que yo.

Y vuelta la burra al trigo. Eres muy pesado, Tontochorrus, ya te he dicho que no soy cazador de hombres, sólo un comerciante.

Está bien, cuando acabe de llover te irás y nosotros partiremos en dirección desconocida para ti. Este lugar ya no es seguro. Tú sabes que estamos aquí. – indudablemente el tío es precavido.

 –¿Por qué os habéis escapado? – pregunto con interés – ¿Acaso tenéis miedo de que vuestro amo os castigase por algo que hayáis hecho mal?

La vida del esclavo es muy dura y si eres mujer lo es aún más.– me dice Ligia entre sollozos– Nací esclava en casa de mi amo Hipoputus. He crecido aprendiendo siempre a trabajar y a ser obediente y sumisa. Pero ahora mi señor quiere de mí alguna cosa más ¿Me comprendes?

Sí, lo siento mucho Ligia. Entiendo tus motivos.– me acongoja profundamente su historia. –¿Y tú, Tontochorrus? ¿También quería el tal Hijoputus propasarte contigo? 

 –No, noble Gilius, lo mío es distinto. No quiero luchar más en el anfiteatro matando a mis compañeros de Ludus (escuela de gladiadores). Estoy harto de derramar tanta sangre.– le miro como esperando algo más. Él me devuelve la mirada llena de angustia.

Ligia lo abraza tiernamente.

Nos amamos.– confiesa la chiquilla. El hombre la toma tiernamente entre sus brazos. No me cabe duda de que están verdaderamente enamorados y a la vez aterrorizados.

Huiremos al fin del mundo si es necesario.–Tontochorrus alza su puño en el que luce una espada. –Mi gladius (espada romana)  y yo haremos lo necesario. Y si hay que matar, se mata. Lo juro por todos los Dioses.– Sus ojos están ahora fijos en los míos.

¿Puedo hacer yo algo por vosotros? Soy un hombre libre y tengo algo de plata y oro que podría servir para compraros a vuestro amo y podríais estar a mi servicio o simplemente ser libres. – Digo mientras me estoy arrepintiendo de decirles que llevo encima oro y plata. ¡Hay que ser gilipollas, JuanVi. Definitivamente a veces lo bordas!

Ambos se miran con semblante incrédulo.

–¿De dónde has salido tú, Gilius? ¿Acaso ignoras que para un esclavo fugitivo no hay precio. Sólo la muerte puede saldar su atrevimiento.– Ligia comienza a llorar nuevamente sobre el hombro de Tontochorrus.

–¿Entonces no podría hacer una oferta a Hijoputus por vosotros? Estoy dispuesto a hacerlo. –

Ni se te ocurra tal idea. Con ello sólo demostrarías que sabes dónde estamos. Te haría confesar, te arrancaría las uñas y cuando cantases te haría cortar la lengua y vendría con sus otros esclavos a detenernos. De ahí a la cruz sólo hay un paso.–

La lluvia ha cesado y el monte huele a tierra mojada.

Entonces siento mucho vuestra situación pero veo que no puedo hacer nada.– les digo mientras recojo mi talego para marcharme.

Gilius– me dice el gladiador poniendo su mano en mi hombro para detenerme– Eres noble y es por eso que te perdono la vida. Algo me dice que no nos vas a delatar. A esa intuición le debes la vida.

¡Uff…! Por un momento pensé que quería mi bolsa con el dinero que llevo bajo la túnica y hacia la que llevo mi mano izquierda. Tontochorrus se da cuenta del gesto.

No somos ladrones. Sólo queremos la libertad que nos ha sido negada durante toda nuestra vida. No temas por tu riqueza.

Sois buenas gentes. – les digo– Merecéis tener éxito.

Sólo una duda me angustia. – dice Ligia – Si es verdad que eres un mercader ¿Dónde están tus productos? ¿Con que comercias?

Tontochorrus no había caído en ese pequeño detalle y vuelve a sacar su gladius (Espada romana usada para combatir) .amenazante.

En realidad todavía no tengo género con el que negociar. Tampoco sé dónde obtenerlo. Es algo en lo que no había pensado hasta ahora. He salido de mi patria con lo puesto y así he llegado hasta aquí.

Gilius ¡Qué bien te cuadra el nombre, por los Dioses!. Hay que ser Gilipollus vulgaris para venir a vender tus presentes a Roma y no traerlos. – Para mi gusto este esclavo se está pasando de la raya.

Lo mejor es que vayas primero al puerto de Ostia. Allí podrás comprar todo lo que desees y transportarlo al Foro. Es lo que hacen casi todos los vendedores romanos. – Ligia me aconseja bien.

Gracias, amigos. No os olvidaré. Que los Dioses tengan la ventura de hacernos volver a ver. Los caminos del futuro son extraños. Os lo aseguro. Suerte. –

Me despido de ellos con pesadumbre. Pero me reconforta que mi primer encuentro con esta gente haya salido más o menos bien. Me ha servido también para comprobar que Anthony tenía razón y hablo latín de modo natural.

¿Has oído como habla Gilius? Tiene un acento un poco raro.– oigo a Ligia comentar con el gigante.

Sí, debe ser porque es de Hispania, creo que ha dicho eso. Nadie en Roma pronuncia de ese modo tan suave ni habla con tanta delicadeza. Y menos a dos esclavos fugitivos como nosotros.– sentencia Tontochorrus.

¿Crees que es un poco sarasa? – pregunta Ligia al bruto gladiador.

Seguramente. Pero eso a nosotros ni nos va ni nos viene ¿verdad amor mío? – Me resulta ya algo empalagoso este bruto embaucador.

Bueno, no está mal. Tener un acento extranjero seguro que me proporciona un carácter exótico en los mercados romanos. Creo que no voy a tratar de corregirlo. Por otro lado, ahora necesito saber cómo llegar al puerto de Ostia para comprar algo que poder vender luego en Roma. No sé exactamente el valor de las monedas que me entregaron ni cuánto tiempo pueda vivir con este capital sin trabajar en algo. ¿Cuánto tiempo durará mi misión? No los sé.

Y en esto voy pensando cuando me doy de bruces con un par de soldados romanos que deben estar de patrulla por el monte. Probablemente buscando a estos dos.

Uno de ellos lleva una lanza en la mano izquierda y ambos una espada brillante colgando de un cinturón. Sin embargo, su armadura no es de metal como en las películas sino de una especie de cuero ennegrecido que huele a sudor.

Alto en nombre del Emperador– me grita uno que porta una especie de cepillo en el casco. Según las películas ese debe ser oficial, o centurión o vete tú a saber.–¿Quién eres y que haces aquí? – Sigue gritándome de un modo tal que, indudablemente, me debe tomar por sordo.

Un hombre de bien.– le contesto. Ellos se miran un poco sorprendidos.

–¿Y qué es lo que estás haciendo en medio del monte? ¿Acaso te escondes de alguien? – me dice el otro cuyo casco refleja los rayos del sol que se cuelan entre las nubes y brilla como una antorcha. Verdaderamente estos cascos tienen la virtud de transformar la cara de un santo en la de un asesino en serie.

No, de nada huyo. Me llamo Gilius Pollus Casto, vengo de Hispania. Soy comerciante. – Estos me dan tanto miedo que me parece estar parado en un control de carretera por dos Guardias Civiles.

 Se descojonan directamente en mi cara.

-¡Gilius Pollus Casto! ¿Has oído eso Mingus Largus Tobillus? –le dice el del cepillo al otro.

Por la pinta que tiene, ese debe ser su nombre. Tengo entendido que los de Hispania son unos bichos raros de cuidado. – Asegura el tal Mingus. – ¿Qué opinas tú centurión? ¿Lo matamos ya o nos esperamos a ver que nos cuenta?

No, no me parece un tipo peligroso. Enséñanos lo que llevas en el talego. Me pica la curiosidad.– me dice el oficial.

Afortunadamente en la bolsa llevo la balanza romana para pesar cosas, algunos platillos para sostenerlas, una especie de caja en donde hay unas pequeñas pesas de bronce y el resto de mis ropajes.

–¿Te has fijado en eso, centurión? Lleva calzones de lino y todo. Para mí que es un tipo rarito. Ya sabes a lo que me refiero. – Le da un codazo al otro para que se fije en mis prendas íntimas que ha sacado de mi talego.

Definitivamente el Imperio se va a la mierda si seguimos admitiendo inmigrantes de otras provincias. Los hombres cabales nunca llevan calzones y menos de delicado lino. – me dice el soldado mientras se levanta la faldita para dar debida cuenta de su afirmación.

Parece que no miente. Este es un mercader. No vamos a perder más tiempo con él. – El oficial envaina su espada y lo mismo hace el otro.

Gracias. Son ustedes muy amables– respiro como cuando convences al motorista de tráfico de que no te ponga una multa porque el carnet de conducir lo llevas caducado pero que mañana sin falta pasas por Jefatura a renovarlo.

Extranjero ¿No habrás visto por casualidad a un par de esclavos fugitivos que sospechamos andan escondidos por estos montes? En cuanto les demos caza van derechitos al anfiteatro. Los leones tienen hambre.– me pregunta el soldado.

No, no me he cruzado con nadie. ¡Qué horror! ¡Esclavos fugitivos! ¿Dónde vamos a ir a parar? – Me llevo las manos a la cabeza para aparentar espanto ante tal noticia. Creo que sobreactúo pero en las películas funciona a las mil maravillas.

Bien, continuaremos nuestra ronda un rato y luego volveremos al campamento. Es una pena porque su amo, Hijoputus, ofrece una buena recompensa por su captura. Pero tú puedes continuar tu camino. Nada tenemos contra ti ni creo que alguien de un miserable sestercio por tu cabeza.

 Necesito llegar al puerto cuanto antes para comprar mercancías con las que comerciar. Si son tan amables, me gustaría que me indicaran cómo puedo llegar a Ostia.– les solicito humildemente.

¿Ostia? Claro, no faltaba más.– me dice servicial el centurión luciendo una extraña sonrisa y acercándose a mí lentamente.

Un chasquido como un rayo resuena en mi rostro y me quita el gorro de lana que llevo puesto. La cara me escuece y no precisamente de lo guapo que soy.


El cabrón que le puso el nombre al puto puerto ya podría haberle llamado de otra manera. ¡Joder que no gana uno para disgustos en este puto imperio!